
EL GALENO - SEGUNDA PARTE - LUCHANDO POR SUS IDEALES
La vida de José García-Ramos durante la Segunda República
PRÓLOGO
Soy masón.
Lo digo así, sin rodeos, sin disculpas, sin bajar la voz. Lo digo porque creo que ya es hora de que en este país se puedan pronunciar esas dos palabras sin que alguien frunza el ceño cargado de prejuicios heredados, de leyendas negras, de décadas de propaganda franquista diseñada para convertir una palabra noble en sinónimo de conspiración y perversión. Lo digo porque mi bisabuelo, José García-Ramos y Segond, también lo fue, y a él le costó la libertad, la carrera y la reputación. A mí, por haber nacido en 1966 y no en 1875, no me ha costado nada. Y esa diferencia, esa injusticia histórica que el tiempo corrige pero no borra, es precisamente uno de los motores que han impulsado la escritura de este relato.
José García-Ramos y Segond, médico, diputado, hombre de bien, fue iniciado el 2 de diciembre de 1929 en la logia «Curros Enríquez nº 9» de La Coruña, integrada en la Gran Logia del Noroeste de España. Su nombre simbólico era «Galeno». Cuando lo supe, algo se movió dentro de mí con una fuerza que no supe explicar de inmediato: la sensación de que ciertos caminos no se eligen del todo, que a veces son los muertos quienes nos guían hacia ellos.
Yo llegué a la masonería sin conocer a nadie dentro de ella. No tenía un amigo que me presentara, ningún compañero de trabajo que me abriera una puerta, nadie que me tendiera la mano desde dentro. Para solicitarlo, tuve que demostrar algo: que era bisnieto de un masón. Que la sangre y la historia me avalaban cuando las relaciones personales no podían hacerlo. Fue un trámite extraño y hermoso al mismo tiempo, porque me obligó a investigar, a documentarme, a sentarme frente a papeles viejos y fotografías amarillentas y reconocer en ellos a un hombre al que nunca conocí pero que, de alguna manera, ya formaba parte de quién soy.
Después vinieron las tres entrevistas obligatorias, una por cada miembro designado por la logia, conversaciones largas y sinceras en las que me preguntaron sobre mis valores, mis contradicciones, mis motivaciones. No eran un interrogatorio. Eran, más bien, un espejo. Luego llegó la noche en que me senté ante todos los hermanos reunidos, con los ojos vendados, respondiendo a sus preguntas sin poder ver sus rostros, sin más apoyo que la honestidad de mis propias palabras. Terminado ese momento, salí de la sala mientras ellos deliberaban. La votación se hace con bolas: las blancas admiten, las negras rechazan. Una sola bola negra hubiera bastado para cerrarme la puerta para siempre. El resultado fue favorable.
El 5 de mayo de 2017 fui iniciado en la logia «Igualdad» de Madrid, cerca de la calle Delicias.
Esa noche comenzó en el gabinete de reflexión. Es una pequeña estancia, casi una cripta, con poca luz, en silencio. Las paredes desnudas. Una vela. Una calavera. Una mesa con papel y pluma donde el candidato escribe sus últimos pensamientos antes de dar el paso. Te dejan allí solo, contigo mismo, con la pregunta fundamental: ¿quieres seguir adelante? No es una formalidad. Es un momento de una gravedad real, una pausa impuesta en medio del ruido del mundo para que te escuches. Yo pensé en mi bisabuelo. En él iniciándose ochenta y ocho años antes en otra ciudad, en otro tiempo histórico incomparablemente más difícil. Me pregunté si él también habría sentido aquella mezcla de solemnidad y vértigo.
Después vino el Guía. Me tomó del brazo en silencio y me condujo hacia el Templo.
El Templo masónico es una sala rectangular orientada de este a oeste, como las catedrales medievales que construyeron aquellos albañiles de los que somos herederos simbólicos. El suelo es un damero de mosaico blanco y negro: la dualidad de la existencia, la luz y la oscuridad, lo que somos y lo que aspiramos a ser. En el extremo oriental se eleva el trono del Venerable Maestro, ante el que descansan la escuadra y el compás sobre el libro de la Ley Sagrada, abierto siempre. A ambos lados, los hermanos ocupan sus asientos en filas paralelas, y en el centro del todo, sobre el pavimento de mosaico, aguarda el altar rodeada de velas cuya luz cálida y escasa obliga a la concentración, al recogimiento, a escuchar el propio silencio interior. En las paredes, los símbolos del oficio: la plomada, el nivel, la piedra bruta y la piedra cúbica perfecta, que es el hombre tal como espera llegar a ser tras el trabajo constante sobre sí mismo. Cuando el Venerable Maestro golpea tres veces con su mazo y declara abiertos los trabajos, ese sonido resuena en el Templo de una manera que es difícil de describir: es a la vez un inicio y un recordatorio, una llamada al orden que es también una llamada a uno mismo.
En ese espacio entré yo aquella noche. Y prometí solemnemente no revelar lo que allí aconteció.
Dicho esto, me parece necesario ser muy claro sobre lo que la masonería es y lo que no es. No somos satánicos. No practicamos ritos oscuros. No comemos niños, no manipulamos gobiernos desde las sombras, no aspiramos al dominio del mundo. Esas fábulas tienen una larga historia interesada detrás: fueron difundidas por regímenes que necesitaban un enemigo interior al que culpar de todos los males. Franco firmó la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo en 1940, y bajo ella miles de españoles fueron condenados y destruidos profesionalmente por el único delito de creer en la libertad, la igualdad y la fraternidad. Mi bisabuelo fue uno de ellos.
Eso es lo que somos: personas que creen en esos tres principios y que se comprometen, en comunidad, a trabajar para aplicarlos. La libertad de pensar y de ser. La igualdad de todos los seres humanos en dignidad. La fraternidad como práctica concreta, no como retórica. En la logia, uno aprende que son un trabajo permanente, exigente y nunca terminado.
Si yo hubiera nacido en 1875, como José García-Ramos, o simplemente si hubiera vivido la Guerra Civil española, hoy sería un expediente en el Archivo de la Memoria Histórica de Salamanca. Habría sido condenado por masón. Quizás encarcelado. Quizás algo peor. Esa certeza no me abandona mientras escribo. Porque los hechos que narro en este relato no son solo historia familiar; son la historia de lo que este país le hizo a sus mejores hombres por el hecho de pensar con libertad.
José García-Ramos y Segond, «Galeno», fue uno de ellos. Este relato es mi manera de devolverle la voz que le arrebataron.
José Luis Perrinó Guimaraens, Madrid, 2026
- CAPÍTULO 13: El médico y el político (1931)
- CAPÍTULO 14: La hermandad discreta
- CAPÍTULO 15: El ascenso al Congreso (1933-1934)
- CAPÍTULO 16: Dos hermanos en el hemiciclo
- CAPÍTULO 17: La ruptura política (1934)
- CAPÍTULO 18: El triunfo del Frente Popular (1936)
- CAPÍTULO 19: la detención (25 de julio de 1936)
CAPÍTULO 13: El médico y el político (1931)
Mira, para entender lo que pasó aquella mañana del 14 de abril de 1931, tienes que imaginarte La Coruña como era entonces. Una ciudad de puerto, con sus tranvías traqueteando por las calles empedradas, sus vendedoras de pescado en la Plaza de Lugo gritando sus precios, y ese olor permanente a mar y salitre que se te metía hasta en la ropa.
José García-Ramos Segond salió de su casa en la calle Ferrol 8 sin saber muy bien qué esperar ese día. Tenía 56 años, era médico forense del Juzgado, tenía su consulta privada de dermatología donde ganaba bien, y una familia que le daba más dolores de cabeza que alegrías últimamente. Su hijo Moncho no sentaba cabeza, y en un arranque de genio, del que tenía mucho, le había mandado a Cuba a barrer la ferretería que su hermano Modesto tenía en La Habana. Y Carmelina, de 23 años, llevaba siete años de novia con José María, el chico que vivía en el piso de abajo. Y a José el vecino le parecía demasiado joven para su hija, pero bueno, ese era el menor de sus problemas ese día.
Porque ese día, España se había despertado sin rey.
Alfonso XIII —el mismo que había gobernado desde que era un bebé en brazos— se había largado. Así, sin más. Bueno, "sin más" no exactamente. Las elecciones municipales del domingo habían sido un desastre para los monárquicos. En las ciudades, los republicanos habían arrasado. Y el rey, que no era tonto, había entendido el mensaje: ya no te queremos aquí.
Según decían los periódicos, Alfonso XIII había cogido su coche y había conducido él mismo hasta Cartagena. Desde allí, un barco a Francia. En su comunicado —que sonaba más a carta de despedida que a otra cosa— decía que prefería irse antes que provocar una guerra civil. Muy noble por su parte, pensaba José con ironía.
Caminó hasta la Plaza de María Pita. Había un gentío impresionante. En uno de los balcones del Ayuntamiento alguien había colgado una bandera nueva: morada, amarilla y roja. La bandera republicana. Un grupo de jóvenes cantaba La Marsellesa desafinando bastante, la verdad.
—¡República! ¡República! —gritaban.
José se quedó ahí parado, mirando aquella escena. Él no era de los que se emocionan fácilmente —treinta años haciendo autopsias te curten bastante—, pero algo sintió. Esperanza, quizás. O simplemente el alivio de que por fin algo cambiara en este país. Él descendía de Modesto Segond, aquel francés republicano que había emigrado a Galicia trayendo las consignas: Libertad, Igualdad, Fraternidad, y vibraba especialmente con ellas.
Porque José creía en el progreso. No solo en la medicina —que para eso había desarrollado un electrodo para la diatermia, había sido de los primeros médicos en usar rayos X y ultravioleta en Galicia, y había filmado de las primeras películas que se hicieron en España—, sino también en la política. Había visto demasiada pobreza, demasiados niños muriéndose de enfermedades que se podían prevenir, demasiadas mujeres muriendo de parto porque no tenían dinero para un médico.
Treinta años con Alfonso XIII y esos problemas seguían ahí. Así que sí, José pensaba que era hora de probar otra cosa.
Dos meses después, en junio, llegó su oportunidad.
El Partido Republicano Radical —el partido centrista de Alejandro Lerroux, aquel cordobés de verbo incendiario que llevaba años predicando el republicanismo— convocaba elecciones. Las primeras de la República. Y querían que José se presentara como candidato a Diputado por La Coruña.
En la familia de José había una tradición republicana que venía de los Segond. El hermano de su abuela, el fotógrafo Eliseo Segond, era republicano. Su hermano Alfredo, era republicano. Él era republicano.
—Pero no tengo ninguna experiencia en política —les dijo cuando se lo propusieron.
—Sabes de medicina. Sabes de justicia. Eres forense. La gente te conoce, te respeta. Eso es política suficiente —le respondieron.
Y había otro gancho: Valle-Inclán iba también en las listas. Ramón del Valle-Inclán, el escritor de la barba blanca y el genio terrible, el que escribía aquellas obras de teatro que escandalizaban a las buenas conciencias. Valle-Inclán era gallego, de Vilanova de Arousa, y era republicano hasta la médula. Tener su nombre en la papeleta era puro caramelo electoral.
José le comentó la idea a Pilar, su mujer, esa noche. Ella estaba zurciendo unos calcetines —Pilar era así, muy de casa, muy religiosa, muy diferente a él— y levantó la vista con cara de preocupación.
—¿Para qué, José? Nos va bien. Tienes tu trabajo, tenemos la casa, los niños están bien...
Los niños. Pepito, que ya no era ningún niño sino un hombre de 27 años y que acababa de reincorporarse a la Facultad de Medicina tras una larga lucha de siete años contra la tuberculosis, la tercera generación de médicos en la familia. Moncho, Inspector de Aduanas. Carmelina, con su carrera de piano, sus libros y sus partidos de tenis. Y Aurita, la pequeña, que se quedaba siempre en casa con ellos.
—Es importante, Pilar. Podemos cambiar las cosas —dijo José.
Pilar suspiró. No discutió. Nunca discutía. Pero José vio en sus ojos esa mezcla de resignación y miedo que se te queda grabada.
La campaña fue intensa. José se recorrió la provincia entera dando mítines. Era buen orador — aunque no tenía el carisma de Lerroux ni la pluma de Valle-Inclán—, pero hablaba claro. Reforma agraria. Escuelas públicas. Justicia social. Separación de Iglesia y Estado.
—República, orden, libertad, justicia social, amnistía —repetía el eslogan del partido.
La gente le escuchaba. Algunos porque le conocían como médico. Otros porque querían creer que esta vez las cosas podían ser diferentes.
Las elecciones se celebraron el 28 de junio de 1931.
José no ganó.

Obtuvo una cantidad respetable de votos, sí, pero no suficiente. El Partido Republicano Radical quedó segundo, solo detrás del PSOE, pero José García-Ramos no sería diputado. Valle-Inclán tampoco.
Cuando le llegaron los resultados, José se quedó mirando los papeles un buen rato. Luego se los guardó en el bolsillo y siguió con su vida. Tenía autopsias que hacer, pacientes que atender, fotografías que revelar en el cuarto oscuro que compartía con Pepito.
Pero seguía yendo a las reuniones del partido. Seguía leyendo los periódicos cada mañana en el Casino. Seguía debatiendo con sus amigos sobre la nueva Constitución que estaban redactando.
Y en diciembre de 1931, cuando esa Constitución se aprobó, José la leyó entera. Artículo por artículo.
—España es una República de trabajadores de toda clase.
—Todos los españoles son iguales ante la ley.
—El Estado no tiene religión oficial.
—No podrán ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, las ideas políticas ni las creencias religiosas.
Se quitó las gafas —ya las necesitaba para leer— y se quedó mirando por la ventana hacia el puerto. Hasta hacía un año, en España había nobles con privilegios de sangre, una religión oficial, y las mujeres no podían ni votar. Todo eso había cambiado en meses.
Era increíble. O lo parecía.
José, que era médico y científico, sabía que los cambios rápidos siempre tienen consecuencias. Sabía que cuando operas un cuerpo enfermo, el paciente puede mejorar... o puede empeorar antes de curarse.
Lo que no sabía aún es qué tipo de paciente era España.
Ni que él mismo acabaría en la mesa de operaciones.
CAPÍTULO 14: La hermandad discreta
Para entender por qué José García-Ramos se hizo masón, primero tienes que entender una cosa: en 1929, con 54 años, José había visto ya demasiadas cosas.
Había visto morir a pacientes por falta de medicinas que existían pero que no se podían pagar. Había visto injusticias en los tribunales donde hacía de forense. Había visto cómo la Iglesia católica tenía más poder que el Estado mismo. Y había llegado a la conclusión de que España necesitaba cambiar, pero que ese cambio no iba a venir solo desde la política.
Una tarde de noviembre de 1929, un amigo suyo —otro médico, también republicano— le hizo una propuesta.
—José, ¿has pensado alguna vez en unirte a la logia?
—¿La logia? —José dejó el café en la mesa del Casino—. ¿Los masones?
—No pongas esa cara. No somos ninguna secta satánica, aunque eso diga el cura desde el púlpito —su amigo se echó a reír—. Somos hombres que pensamos por nosotros mismos. Que creemos en la razón, en la ciencia, en la libertad. Como tú.
—Ya —dijo José, escéptico—. ¿Y qué hacéis exactamente? Porque todo el mundo habla de vosotros, pero nadie sabe muy bien qué hacéis.
—Nos reunimos. Debatimos. Estudiamos filosofía, historia, ciencia. Tratamos de perfeccionarnos como personas. Y sí, también hacemos política, aunque no somos un partido político. Queremos cambiar este país desde dentro, formar a gente con criterio propio.
José se quedó mirando a su amigo. No era ningún loco. Era médico, como él. Padre de familia. Hombre respetable.
—¿Y por qué yo?
—Porque eres exactamente el tipo de persona que necesitamos. Médico. Científico. Progresista. Librepensador. Y porque creo que tú también nos necesitas a nosotros.
Tenía razón.
El 2 de diciembre de 1929, José García-Ramos fue iniciado en la logia masónica "Curros Enríquez nº 9" de La Coruña. Le pusieron un nombre simbólico, como hacían con todos los nuevos miembros: "Galeno", en honor a aquel médico griego de la antigüedad.
La ceremonia de iniciación fue... extraña. Le vendaron los ojos, le hicieron recorrer un camino a oscuras, le hicieron jurar sobre una Biblia y una escuadra. Todo muy teatral, muy ritual. José, que era un hombre práctico, pensó que aquello era un poco excesivo. Pero entendió el simbolismo: el paso de las tinieblas a la luz, de la ignorancia al conocimiento.
—¿Y ahora qué? —le preguntó a su padrino cuando le quitaron la venda.
—Ahora eres un Aprendiz. Tienes que aprender a tallar tu piedra bruta, a pulirla hasta convertirla en piedra cúbica perfecta.
—Habla en cristiano, hombre.
Su padrino se rio.
—Tienes que trabajar en ti mismo. Perfeccionarte. Estudiar. Leer. Pensar. Y sobre todo, ayudar a tus hermanos y a la humanidad.
Las reuniones de la logia se celebraban en un local discreto, sin carteles ni señales exteriores. Solo los miembros sabían dónde era. Se reunían cada dos semanas, siempre por la noche, después de que cerraran los comercios y se vaciaran las calles.
José llegaba con su traje oscuro, su maletín de médico —por si alguien preguntaba, podía decir que iba a visitar a un paciente—, y entraba por una puerta lateral. Dentro, todo cambiaba. Los hombres se ponían mandiles blancos, como los antiguos albañiles de las catedrales. Había una mesa con escuadras, compases, un libro abierto. Velas encendidas.
Y charlaban.
Hablaban de todo: de filosofía, de ciencia, de política, de moral. ¿Existe Dios? ¿Qué es la justicia? ¿Cómo podemos hacer un mundo mejor? No había respuestas fáciles. No había dogmas. Cada uno exponía su punto de vista y los demás lo discutían.
Para José, aquello fue una revelación. Él venía de una familia católica —su mujer Pilar era muy religiosa, iba a misa todos los domingos—, pero siempre había tenido dudas. La Iglesia decía: "Esto es así porque lo dice la Biblia, punto final". La masonería decía: "Investiga, piensa por ti mismo, cuestiona todo".
Era liberador.
El 1 de marzo de 1930, solo tres meses después de su iniciación, José fue ascendido al segundo grado: Compañero. Estaba progresando rápido. Estudiaba, leía, participaba en los debates. Sus "hermanos" —así se llamaban entre ellos— le respetaban.
Pero en 1932, la logia "Curros Enríquez" se disolvió. Problemas internos, discrepancias sobre cómo actuar en aquellos tiempos tan convulsos. La República acababa de llegar y las tensiones eran enormes. Algunos masones querían implicarse más en política activa. Otros preferían mantenerse al margen.
José no se rindió. Se unió a otra logia: "Pensamiento y Acción nº 11".
Y aquí es donde la cosa se pone interesante.

La logia "Pensamiento y Acción" se reunía en un sitio que nadie habría imaginado: la buhardilla de la cúpula derecha del Ayuntamiento de La Coruña. Sí, has leído bien. En el Ayuntamiento.
¿Cómo era posible? Pues porque el Secretario del Ayuntamiento, Joaquín Martín Martínez, también era masón. Y controlaba el acceso a aquella escalera que subía hasta la buhardilla. Si alguien preguntaba, se guardaban allí archivos antiguos, papeles que nadie consultaba.
Pero por las noches, cuando el edificio estaba vacío, aquella buhardilla se transformaba en templo masónico.
José subía aquellas escaleras estrechas y oscuras, pasaba junto a Joaquín —que hacía de guardián— y entraba en una sala circular bajo la cúpula. Allí estaban sus hermanos, todos con sus mandiles, sus símbolos, sus rituales.
Y allí, bajo aquella cúpula, José encontró algo que no había encontrado en ningún otro sitio: una comunidad de hombres libres que pensaban por sí mismos.

Hubo un día en que se hicieron fotografías. Era arriesgado —los masones evitaban las fotos, por seguridad—, pero alguien insistió en tener un recuerdo.
José posó como los demás, muy serio, con su traje oscuro. Y en la foto hizo algo que solo otro masón reconocería: metió un dedo dentro de un libro que tenía delante. Un gesto pequeño, casi imperceptible. Pero era una señal, un código. Para quien supiera leerlo, aquello decía: "Soy masón".
Años después, cuando aquella fotografía cayera en manos de la policía franquista, aquel pequeño gesto le costaría muy caro.
Entre los compañeros de José en la logia había otro político: José Miñones Bernárdez, también de Unión Republicana, también diputado. Los dos compartían ideales: república, progreso, educación, justicia social.
Y los dos compartían algo más: el líder de su partido político, Diego Martínez Barrio, era el Gran Maestro del Gran Oriente Español. Es decir, el jefe máximo de todas las logias masónicas de España.
Aquello no era casualidad. En la República, masonería y política progresista iban de la mano. No es que todos los republicanos fueran masones, ni mucho menos. Pero muchos masones eran republicanos. Y muchos republicanos veían en la masonería una escuela de pensamiento libre y de valores democráticos.
Para José, aquello tenía sentido. Si querías cambiar España, necesitabas hombres preparados, con criterio propio, con valores morales sólidos. Y eso era exactamente lo que intentaba hacer la masonería: formar mejores personas para construir una sociedad mejor.
—¿Tú eres masón, papá? —le preguntó un día Pepito, su hijo mayorl.
José le miró fijamente. Pepito tenía 28 años. Era un hombre adulto. Y quizás merecía una respuesta honesta.
—Sí —dijo simplemente.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que creo en la razón, en la ciencia, en la fraternidad universal. Que creo que todos los hombres son iguales, independientemente de su religión o su origen. Y que trabajo para mejorarme a mí mismo y para hacer un mundo mejor.
—Suena bien —dijo Pepito—. Pero ten cuidado, papá. Hay mucha gente que os odia.
—Lo sé.
Y lo sabía. La Iglesia católica había condenado la masonería desde hacía siglos. Los reyes absolutistas habían perseguido a los masones. Y ahora, con la República, las derechas veían en la masonería una conspiración judeo-masónica para destruir España.
Eran acusaciones ridículas, claro. José y sus hermanos no conspiraban para destruir nada. Solo querían construir. Construir un país más justo, más libre, más educado.
Pero en tiempos convulsos, la razón no siempre gana.
Y los tiempos estaban cada vez más convulsos.
Pilar nunca le preguntó directamente sobre la masonería. Era demasiado discreta para eso. Pero José sabía que ella sabía. Y que no le gustaba.
Una noche, cuando él volvió tarde de una reunión de la logia, Pilar estaba todavía despierta, rezando el rosario en su pequeño dormitorio. Tenían dormitorios separados desde hacía años —él uno grande con una cama espaciosa, ella uno pequeño y austero—, pero a veces José pasaba a darle las buenas noches.
—¿Has cenado? —preguntó ella sin levantar la vista del rosario.
—Sí, no te preocupes.
—El cura ha vuelto a hablar de los masones en misa —dijo Pilar en voz baja—. Dice que son enemigos de Dios.
José suspiró.
—El cura dice muchas cosas, Pilar.
—¿Tú eres enemigo de Dios, José?
—No. Yo creo en un Dios diferente del que predica ese cura. Un Dios que nos dio razón para usarla, no para obedecer ciegamente.
Pilar siguió pasando las cuentas del rosario entre sus dedos.
—Ten cuidado —dijo finalmente—. Por favor.
—Lo tendré —mintió José.
Porque en el fondo, sabía que en España, en aquellos años, no había forma de estar a salvo si pensabas diferente.
Y José García-Ramos pensaba muy diferente.
CAPÍTULO 15: El ascenso al Congreso (1933-1934)
En 1933, José García-Ramos tenía 58 años y estaba harto.
Harto de ver cómo la República se desangraba por culpa de la torpeza de sus propios gobernantes. Harto de ver cómo los anarquistas quemaban iglesias y los católicos ultramontanos conspiraban contra el régimen. Harto de quedarse al margen mientras España se partía en dos.
Por eso, cuando le propusieron ser Presidente del Consejo Provincial del Partido Republicano Radical en La Coruña, aceptó sin dudarlo.
Era un cargo importante. El Consejo Provincial coordinaba toda la actividad del partido en la provincia: organizaba mítines, captaba afiliados, preparaba candidaturas. Y José se lo tomó muy en serio.
Porque iban a venir elecciones. Y esta vez, José estaba decidido a ganar.
El problema era que España estaba irreconocible.
En enero de ese año había pasado lo de Casas Viejas, aquel pueblo de Cádiz donde la Guardia de Asalto había quemado vivos a seis campesinos anarquistas en su choza. El escándalo fue tremendo. La derecha acusaba al gobierno de Azaña de ser débil con los revolucionarios. La izquierda le acusaba de asesino. Azaña, atrapado en medio, cayó.
Alejandro Lerroux, el líder del Partido Radical, fue nombrado Jefe del Gobierno en septiembre. Pero no tenía mayoría para gobernar, así que se convocaron nuevas elecciones para noviembre.
Y aquí venía lo importante: por primera vez en la historia de España, las mujeres iban a votar.
Seis millones ochocientas mil mujeres. Más de la mitad del censo.
Nadie sabía muy bien qué iba a pasar.
José se presentaba de nuevo como candidato, pero esta vez las cosas eran diferentes. Ya no era un desconocido. Era el Presidente Provincial del partido. Tenía experiencia. Y tenía algo más: convicción.

En las asambleas del partido, José se declaró abiertamente en contra de la autonomía de Galicia. Era una postura polémica —Galicia tenía un fuerte movimiento galleguista—, pero José lo tenía claro.
—Va a suponer una mayor carga administrativa para todos —decía—. Más burocracia, más gasto. Lo que necesita Galicia no son más políticos, sino más escuelas, más carreteras, más hospitales.
Algunos le criticaron por ello. Otros le apoyaron. Pero al menos nadie podía decir que José fuera un político de discurso vacío.
La campaña fue intensa. José participó en mítines por toda la provincia. En Ferrol, en Santiago, en Betanzos. Pero el mitin principal fue en el teatro Rosalía de Castro de La Coruña, un edificio precioso con palcos dorados y terciopelo rojo.
José subió al escenario con su traje oscuro, sus gafas redondas. No tenía la voz tronante de Lerroux ni la retórica brillante de Azaña. Pero hablaba claro.
—República, orden, libertad, justicia social, amnistía —dijo, repitiendo el eslogan del partido—. Eso es lo que necesita España. No revoluciones sangrientas. No reacciones ultracatólicas. Sentido común. Trabajo. Progreso.
La gente aplaudió. José miró al público y vio caras conocidas. Pacientes suyos. Colegas de la Academia de Medicina. Amigos del Casino. Y en una esquina del anfiteatro, casi escondidas, Aurita y Carmelina. Sus hijas. Carmelina recién casada con José María Guimaraens, el chico del piso de abajo. Por fin había accedido a ese matrimonio, después de nueve años de noviazgo.
Carmelina le sonrió. Y José pensó: ella va a votar por primera vez en su vida. ¿Votará por su padre?
No lo sabía. Y probablemente nunca lo sabría.
Las elecciones se celebraron el 19 de noviembre de 1933.
Eran de listas abiertas, lo que significaba que cada candidato obtenía sus propios votos. No bastaba con que ganara el partido: tenía que ganar cada uno personalmente.
José esperó los resultados en el Comité Provincial, rodeado de correligionarios que fumaban sin parar y bebían café malo. Los telegramas iban llegando desde los pueblos.
—De Ferrol: 8.247 votos para García-Ramos.
—De Santiago: 12.356.
—De Betanzos: 4.982.
—De...
Al final de la noche, José había obtenido 85.474 votos. El 29% de todo el censo provincial.
Había ganado. Era Diputado del Congreso.

Cuando llegó a casa esa noche, Pilar ya estaba durmiendo. José entró en su dormitorio —el grande, el que daba a la calle— y se quitó los zapatos con un suspiro.
Diputado. Él. Un médico de provincias.
Llamaron a la puerta.
—Pasa —dijo José.
Era Pepito, su hijo mayor.
—Enhorabuena, papá.
—Gracias.
—¿Sabes que el tío Alfredo también ha salido diputado?
José levantó la vista, sorprendido.
—¿Alfredo? ¿Mi hermano Alfredo?
—Por Pontevedra. Como independiente. Ha sacado 68.050 votos.
José se echó a reír. Su hermano Alfredo, el jurista, el Vicepresidente del Tribunal Supremo, el director de El Ideal Gallego. Pero políticamente estaban en las antípodas: Alfredo se había presentado con los Independientes de Derechas. José con el centro republicano.
—Vamos a estar cada uno en un lado del hemiciclo —dijo José.
—Pues sí. Pero seguís siendo hermanos.
—Claro que sí.
Y era verdad. A pesar de las diferencias ideológicas, José y Alfredo se llevaban bien. Eran familia. Y en aquellos tiempos, cuando España entera se estaba partiendo en dos, mantener los lazos familiares era casi un acto revolucionario.
José García-Ramos solicita la excedencia del Cuerpo de Forenses, y El 7 de diciembre de 1933, toma posesión del acta de diputado en Madrid.

Viajó con sus compañeros de partido en su Studebaker, ese coche americano grande y reluciente que se había comprado cuando le tocó la lotería y que era su orgullo. Tardaron dos días en llegar —las carreteras eran un desastre—, pero llegaron.
El Congreso de los Diputados le impresionó. Aquel edificio neoclásico con sus leones de bronce, su escalinata de mármol, su hemiciclo solemne. José se sentó en su escaño —en la zona del centro, con los radicales— y miró alrededor.
A su derecha estaba la CEDA, la derecha católica de Gil Robles. 115 diputados. La fuerza más numerosa.
A su alrededor estaban sus compañeros de centro radical. 102 escaños. La segunda fuerza.
A su izquierda estaban los socialistas de Largo Caballero. 59 escaños. Habían perdido la mitad de sus diputados.
Y al otro lado del hemiciclo, entre los independientes de derechas, estaba su hermano Alfredo.
Los dos se miraron desde la distancia y se saludaron con un gesto discreto.
Los primeros meses en el Congreso fueron... educativos.
José formó parte de las comisiones de Comunicaciones y de Justicia. Trabajo técnico, administrativo. Nada glamuroso. Pero importante.
Según el Diario de Sesiones, José no intervino ni una sola vez desde la tribuna de oradores. No era hombre de grandes discursos. Pero sí presentó dos votos particulares que le importaban personalmente.
El primero fue a favor de la amnistía para los implicados en el golpe de estado de Sanjurjo. Aquello levantó ampollas. ¿Cómo iba un republicano a votar a favor de amnistiar a quienes habían intentado derribar la República?
José lo explicó en la comisión:
—La República tiene que ser magnánima. Si queremos reconciliar a los españoles, no podemos tener miles de prisioneros políticos pudriéndose en las cárceles. Amnistía, sí. Pero con vigilancia.
El segundo voto particular fue sobre los haberes del clero. La izquierda quería eliminar todos los sueldos de los curas de golpe. José propuso que los mayores de 40 años cobraran dos tercios de lo que cobraban antes, para que pudieran subsistir.
—No se trata de proteger a la Iglesia —argumentó—. Se trata de no dejar morir de hambre a miles de personas, aunque sean curas.
Por esos dos votos le acusaron de antirrepublicano. De tibio. De moderado.
Y tenían razón. José era moderado. Creía en el cambio, sí. Pero en el cambio sensato, gradual, razonable.
El problema es que en España, en 1934, ya no había espacio para la moderación.
CAPÍTULO 16: Dos hermanos en el hemiciclo
La gran anécdota de aquellos meses la contaría después Carlos, el hijo de Alfredo García-Ramos.
Resulta que los porteros del Congreso —aquellos señores de uniforme que controlaban las entradas y salidas— a veces confundían a José con su hermano Alfredo. Apellidados García-Ramos los dos. Los dos con gafas.
Así que a veces le daban a José documentos que eran para Alfredo. O viceversa.
—Don Alfredo García-Ramos, esto es para usted.
—Yo soy José. Ese es mi hermano Alfredo, allí.
—Ah, perdone, don José.
Y al día siguiente:
—Don José García-Ramos, tiene una citación.
—Yo soy Alfredo. El diputado aquel es mi hermano José, el del Partido Radical.
—Ay, perdone, don Alfredo.
Cada uno en su bancada, cada uno con su historia, pero con el mismo apellido resonando en los pasillos de la Carrera de San Jerónimo y la misma manera de andar que habían heredado del padre, el viejo médico de Arzúa.
A veces José pensaba que aquella confusión era una metáfora perfecta de España: dos hermanos con el mismo apellido, sentados en lados opuestos del hemiciclo, confundidos constantemente por los porteros.
¿Cuánto tiempo podía durar aquello antes de que todo explotara?
No mucho, resultó.
Alfredo había sido de izquierdas en su juventud. Ardiente, incluso. Pero la vida lo había ido moldeando hacia otros territorios: los años en el Tribunal Supremo, la influencia callada pero constante de Carmelina Batallán, su mujer, de convicciones profundamente conservadoras, y quizás también el peso acumulado de haber visto de cerca cómo funcionaban los poderes del Estado, con toda su burocracia y su lentitud y sus injusticias de otro signo. Sus ideas habían viajado. Su carácter, no.
Porque Alfredo seguía siendo el mismo hombre que en 1931, cuando la ola anticlerical de los primeros meses de la República prendió fuego a conventos en Madrid, había corrido sin pensarlo dos veces hasta el convento de las trinitarias donde su hermana Julia —Sor Marina en los hábitos— se encontraba atrapada entre el pánico y las llamas.
—¡Julia! —la llamó desde la calle, con la voz que no se usa para nada más que para el miedo por alguien querido—. ¡Julia, sal!
La sacó casi en volandas. Y después, porque Alfredo era Alfredo, no se fue. Se quedó a ayudar a otras monjas que no tenían a nadie esperándolas abajo. Mujeres asustadas, sin familia cerca, sin nadie que hubiera corrido por ellas. Las sacó a todas las que pudo.
Era también el mismo hombre que volvía tarde a casa, noche tras noche, porque había un caso más que revisar, una apelación que leer, un inocente que llevaba demasiados días entre rejas esperando que alguien se acordara de él. Carmelina lo esperaba en el salón, con la lámpara encendida y la paciencia de quien sabe que discutir es inútil.
—Alfredo, son las once.
—Lo sé, Carmelina. Pero por diez minutos más no voy a consentir que un inocente pase dos días de más en la cárcel.
Ella suspiraba. Él se sentaba a cenar. Y al día siguiente volvía a pasar lo mismo, porque Alfredo García-Ramos y Segond era un trabajador infatigable que creía, con una convicción que le venía del tuétano, que la justicia era una obligación personal, no un cargo.
Cuando tomó posesión del acta de diputado en diciembre de 1933, José lo vio en el hemiciclo desde el otro lado del pasillo central y pensó que su hermano estaba más delgado de lo que debería. Tenía las mejillas hundidas. Una palidez que no era de cansancio sino de otra cosa.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó una tarde que coincidieron en los pasillos, entre sesión y sesión.
—Bien —dijo Alfredo, con esa seguridad de los hombres que no quieren preocupar a nadie.
—No me pareces bien.
—José, eres médico desde hace cuarenta años. No puedes apagar ese instinto ni cuando estamos en el Congreso.
—Precisamente por eso te lo digo.
Alfredo sonrió. Era una sonrisa que costaba algo, como si tuviera que traerla desde lejos.
—Es el estómago. Ya lo saben los médicos. Una úlcera, dicen. No es nada que no se pueda manejar.
José no dijo nada más. Pero no dejó de mirarlo.
En abril de 1934 Alfredo fue operado en Santiago de Compostela por el doctor Gómez Ulla, uno de los mejores cirujanos del país. José había viajado desde Madrid en el tren expreso para estar con él.
La operación había revelado lo que nadie quería saber. La úlcera no era una úlcera. El origen era tuberculoso. Gómez Ulla había abierto, había visto, y había cerrado sin haber podido hacer nada. Las raíces eran demasiado profundas. Demasiado antiguas.
—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó José al médico, de hombre a hombre, de colega a colega, con esa franqueza brutal que solo se permite entre los que conocen bien la muerte.
El doctor Gómez Ulla lo miró un momento antes de responder.
—Bastante.
Alfredo pasó el verano en el pazo familiar de Casalnovo, en Caldas de Reyes, Pontevedra. Era una casa señorial de piedra, con jardín y galería acristalada, rodeada de los campos verdes y mojados de las Rías Baixas. Un lugar para recuperarse, decía la familia, aunque todos sabían ya que la palabra exacta no era esa.
José fue a verle allí. Llegó una tarde de julio con el coche polvoriento de los caminos gallegos y lo encontró sentado en la galería, con una manta sobre las piernas a pesar del calor, mirando el jardín con esa atención tranquila de los que han aprendido a mirar las cosas como si fuera la última vez.
—Hombre —dijo Alfredo al verle, y en esa sola palabra había toda la historia de dos hermanos.
Se sentaron juntos. Hablaron durante horas, como habían hecho de niños en Santiago, como habían hecho de jóvenes cuando cada uno empezaba su camino en direcciones distintas, como habían dejado de hacer durante demasiados años ocupados en vivir sus vidas por separado. Hablaron de la República, que crujía por todas partes. De la España que olía cada vez más a pólvora y a rencor acumulado. De sus hijos, los de cada uno. De Carmelina y de Pilar, sus mujeres. Del padre, el viejo Manuel, que había muerto en 1910 sin imaginar que sus dos hijos mayores llegarían a sentarse juntos en el Congreso, uno frente al otro, separados por un pasillo y por las ideas pero unidos por algo más antiguo y más resistente que todo eso.
—¿Tienes dolor? —preguntó José en un momento, porque no podía no preguntarlo.
—Sí —dijo Alfredo, sin dramatismo—. Pero se lleva.
—Dímelo cuando no se lleve.
—Ya te lo diré.
Los dos sabían que eso no iba a pasar. Alfredo no era de los que pedían.
Hubo una tarde en que el cielo sobre Caldas de Reyes se cerró de golpe y empezó a llover con esa insistencia pausada y total de la lluvia gallega en agosto, y los dos se quedaron en silencio mirando el jardín desde la galería, escuchando el agua sobre las piedras y sobre las hojas, y José pensó que hacía mucho tiempo que no estaba tan cerca de su hermano y que iba a echar de menos ese silencio compartido de una manera que todavía no podía calcular del todo.
—José —dijo Alfredo en un momento.
—Dime.
—Me alegra que hayas venido.
José tardó un poco en responder. Cuando lo hizo, la voz le salió más ronca de lo que pretendía.
—Y a mí me alegra estar aquí.
No dijeron nada más. No hacía falta.
El 21 de agosto de 1934, con 57 años recién cumplidos, Alfredo García-Ramos y Segond murió en el pazo de Casalnovo. Había obtenido el acta de diputado nueve meses antes. Había subido pocas veces a la tribuna. Había llegado enfermo y había trabajado igual, porque era incapaz de hacer otra cosa.
José estuvo presente. Había venido a ver a su hermano vivo y se quedó a verle morir. Eran los dos hijos mayores del médico de Arzúa, los que habían abierto camino, los que los porteros del Congreso confundían porque tenían los mismos apellidos y la misma manera de andar y la misma voz grave heredada del padre.
Ya nadie volvería a confundirlos.
Fuera, sobre los campos de Caldas de Reyes, seguía lloviendo.
CAPÍTULO 17: La ruptura política (1934)
El problema empezó con algo tan simple como un desacuerdo entre caballeros.
En octubre de 1934, la CEDA —esos católicos conservadores de Gil Robles que tenían 115 escaños— le exigió a Lerroux entrar en el gobierno. No como socios menores, sino con peso real: querían tres ministerios, incluido el de la Guerra.
Lerroux aceptó. ¿Qué otra cosa podía hacer? Necesitaba los votos de la CEDA para gobernar.
Pero para muchos en el Partido Radical, aquello fue demasiado.
José lo vio venir. Estaba en su casa en La Coruña —había vuelto de Madrid entre sesiones parlamentarias— cuando recibió la llamada de Diego Martínez Barrio.
—José, tenemos que hablar.
Martínez Barrio era el número dos del partido. Diputado por Sevilla.
—Dime, Diego.
—Lerroux ha pactado con Gil Robles. La CEDA va a entrar en el gobierno.
—Ya lo he leído en los periódicos.
—Esto es una traición a la República, José. La CEDA no es republicana. Son monárquicos disfrazados. Católicos ultramontanos. Si les damos el Ministerio de la Guerra, van a meter a todos los generales antirrepublicanos que echamos.
José se frotó los ojos, cansado.
—¿Y qué propones?
—Que rompamos con Lerroux. Que fundemos un nuevo partido. Unión Republicana. Republicanos de verdad, de centro-izquierda, sin pactos con las derechas.
José tardó tres segundos en decidirse.
—Cuenta conmigo.
La escisión del Partido Radical fue dolorosa. Como todas las rupturas familiares.
Lerroux, aquel cordobés que había fundado el partido en 1908, que había sido el gran tribuno anticlerical, se quedó con la mayoría de los diputados. Pero los más idealistas, los más republicanos, se fueron con Martínez Barrio.
José entre ellos.
Pilar no lo entendía.
—¿Por qué tienes que cambiarte de partido? —le preguntó una noche mientras cenaban en silencio—. Ya eras diputado. Ya tenías tu sitio.
—Porque Lerroux se ha vendido a la derecha —explicó José, cortando una patata con más fuerza de la necesaria—. Y yo no puedo formar parte de eso.
—Pero vas a perder el escaño. Tendrás que volver a presentarte. Volver a hacer campaña. ¿Y si no sales elegido?
José dejó los cubiertos.
—Entonces no saldré elegido. Pero al menos podré mirarme al espejo.
Pilar suspiró. No discutió. Nunca discutía. Pero José vio en sus ojos la resignación que ya conocía tan bien.
Lo que pasó después fue peor que cualquier escisión de partido.
El 4 de octubre de 1934, en cuanto se anunció que la CEDA entraba en el gobierno, los socialistas cumplieron su amenaza: convocaron la huelga general revolucionaria.
No era una huelga normal. Era una insurrección.
En Barcelona, el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, proclamó el Estado Catalán dentro de una República Federal Española que no existía. El ejército lo sofocó en cuestión de horas.
Pero en Asturias la cosa fue diferente.
Veinte mil mineros se armaron con dinamita, rifles y escopetas. Tomaron Oviedo. Asaltaron cuarteles. Quemaron iglesias. Fusilaron a curas y a guardias civiles.
Era la revolución. De verdad.
El gobierno envió al General Francisco Franco para sofocarla. Franco trajo tropas marroquíes —los Regulares, aquellos soldados moros temidos por su brutalidad— y la Legión.
La represión fue terrible. Bombardeos de artillería. Ejecuciones sumarias. Cuando todo acabó, había más de mil muertos.
Y treinta mil prisioneros.
José leyó las noticias desde La Coruña con el estómago revuelto. Aquello no era la República que él quería. Ni la revolución socialista ni la represión militar. Aquello era España desangrándose.
En la logia "Pensamiento y Acción", bajo la cúpula del Ayuntamiento, el ambiente era sombrío.
—Esto es el fin —dijo uno de los hermanos, un abogado de mediana edad—. Han arrestado a Largo Caballero. A Manuel Azaña. Van a por todos nosotros.
—Azaña no tenía nada que ver con la revolución —protestó otro—. Lo han arrestado por ser de izquierdas.
—Da igual. La CEDA ha aprovechado para dar un giro autoritario. Han revertido toda la reforma agraria. Han eliminado el derecho a huelga. Han restaurado a militares contrarios a la República.
José escuchaba en silencio.
—¿Qué opinas tú, Galeno? —le preguntó el Venerable Maestro, usando su nombre simbólico.
—Opino que España está enferma —dijo José lentamente—. Y que cuando un paciente está muy enfermo, a veces empeora antes de curarse. O a veces simplemente se muere.
—Eso no es muy optimista.
—Soy médico. Conozco los síntomas de la agonía.
Hubo un silencio incómodo.
—Pero todavía podemos hacer algo —añadió José—. Por eso estoy en Unión Republicana. Por eso sigo aquí, con vosotros. Porque si todos los hombres de buena voluntad nos rendimos, entonces sí que España está perdida.
La represión después de la Revolución de Octubre fue brutal.
Treinta mil presos políticos llenaron las cárceles. Entre ellos, Largo Caballero, el líder socialista. Y Manuel Azaña, aunque a él lo soltaron pronto por falta de pruebas.
Azaña salió de la cárcel convertido en mártir. En símbolo. La izquierda lo aclamó como si fuera un santo.
José lo vio desde la distancia con escepticismo.
—Azaña es un buen escritor —le dijo a Pepito una tarde—. Pero como político es demasiado orgulloso. Demasiado seguro de tener razón.
—¿Y Lerroux?
—Lerroux es un pragmático. Ha olvidado todos sus ideales por conservar el poder.
—¿Y Martínez Barrio?
José sonrió.
—Martínez Barrio es de los pocos políticos decentes que quedan. Por eso le sigo.
Mientras tanto, la CEDA, la derecha, aprovechó su poder para revertir todo lo que había hecho el primer gobierno republicano.
La reforma agraria, que ya funcionaba mal, fue completamente desmantelada. Los campesinos que habían recibido tierras las perdieron. Los jornaleros volvieron a estar en la miseria.
Las escuelas laicas que se habían construido dejaron de recibir fondos. Los colegios religiosos reabrieron.
Los militares antirrepublicanos que habían sido pasados a la reserva —Mola, Franco, Goded— fueron restaurados en puestos de responsabilidad.
Esa noche José soñó que hablaba con su hermano Alfredo:
—Están desmantelando la República desde dentro —le dijo en sueños José a Alfredo.
—No la están desmantelando —respondió Alfredo con calma—. La están salvando de los revolucionarios. ¿O ya te has olvidado de lo que pasó en Asturias?
—No me he olvidado. Pero tampoco puedo olvidar que la CEDA quiere volver a la España de antes. A los privilegios. A la Iglesia dominando el Estado.
—La Iglesia es parte de España, José.
—Y la razón también. Y la ciencia. Y la libertad de conciencia.
Alfredo sonrió con tristeza.
—Seguimos siendo hermanos, ¿verdad?
—Siempre —dijo José.
En la primavera de 1935, Gil Robles exigió la presidencia del gobierno.
Tenía la fuerza parlamentaria. Tenía el apoyo de la derecha. Tenía todo el derecho a reclamarla.
Pero el Presidente de la República, Alcalá-Zamora, se negó.
—No voy a poner a un antirrepublicano al frente del gobierno de la República —dijo.
Aquello fue el principio del fin.
Sin gobierno estable, sin mayorías claras, con la izquierda radicalizada y la derecha cada vez más autoritaria, España se deslizaba hacia el abismo.
José lo veía. Todos lo veían.
Pero nadie sabía cómo pararlo.
En septiembre de 1935, Alcalá-Zamora disolvió las Cortes y convocó nuevas elecciones para febrero de 1936.
José se preparó para volver a la campaña. Esta vez con Unión Republicana, partido de centro-izquierda. Esta vez con Martínez Barrio.
Esta vez, pensó, nos jugamos todo.
Y no se equivocaba.
Una noche, después de una reunión de la logia, José se quedó solo en la buhardilla del Ayuntamiento. Miró por la ventana hacia La Coruña dormida. Las luces del puerto. La silueta de la Torre de Hércules.
Pensó en Pilar, rezando su rosario en casa. En Carmelina, ya con José María, su primer hijo. En Pepito y Moncho, trabajando, viviendo sus vidas. En Aurita, la pequeña.
Pensó en España. En la República que había llegado con tanta esperanza y que ahora se desangraba.
Y pensó en lo que vendría después.
No lo sabía todo. No podía saberlo. Pero tenía esa intuición que tienen los médicos cuando ven a un paciente muy grave: esto va a acabar mal.
Apagó las velas del templo masónico, cerró la puerta y bajó las escaleras.
Joaquín, el secretario del Ayuntamiento, seguía en su puesto, guardando la entrada.
—Buenas noches, hermano Galeno.
—Buenas noches, Joaquín.
—¿Crees que ganaremos las elecciones?
José se puso el sombrero.
—No lo sé. Pero vamos a intentarlo.
Y salió a la noche de La Coruña, caminando solo por las calles vacías, mientras España entera se preparaba para el desastre.
CAPÍTULO 18: El triunfo del Frente Popular (1936)
La idea del Frente Popular nació de la desesperación.
A finales de 1935, después de dos años de gobierno de derechas, la izquierda española había aprendido la lección: divididos, perdían. Unidos, quizás tendrían una oportunidad.
Así que hicieron algo sin precedentes: juntaron a todos. Socialistas, republicanos de izquierda, comunistas, sindicalistas, el POUM, hasta los galleguistas. Una coalición imposible de partidos que se odiaban entre sí, pero que odiaban más a la CEDA y a Gil Robles.
La llamaron Frente Popular. Y pusieron al frente a Manuel Azaña, el mártir de la prisión, el intelectual de mirada triste.
Diego Martínez Barrio, el líder de Unión Republicana, aceptó entrar en la coalición. Y José García-Ramos, naturalmente, le siguió.
La campaña electoral de febrero de 1936 fue la más violenta que se recordaba en España.
En las calles de Madrid, Barcelona, Valencia, se producían enfrentamientos diarios entre falangistas y socialistas. Tiros por la noche. Cuchillos en callejones oscuros. Bombas en locales de partidos.
España se había convertido en un campo de batalla incluso antes de que empezara la guerra.
José volvió a recorrer la provincia de La Coruña haciendo mítines. Pero esta vez el ambiente era diferente. Ya no había debates civilizados. Ya no había discusiones sobre reformas agrarias o leyes educativas. Ahora todo era: nosotros o ellos. La República o el fascismo. La revolución o la reacción.

—Si gana la derecha, volveremos a la España de los terratenientes y los curas —decía José desde los estrados—. Si ganamos nosotros, construiremos un país justo, con tierras para los campesinos, escuelas para los niños, derechos para los trabajadores.
La gente le escuchaba con una intensidad nueva. Ya no era curiosidad. Era urgencia. Miedo.
Porque todos sabían que esta vez, las elecciones iban a decidir mucho más que quién gobernaba. Iban a decidir qué tipo de país sería España.
En casa, Pilar rezaba más que nunca.
—Ten cuidado, José —le decía cada vez que él salía a un mitin—. Hay mucha violencia.
—Siempre tengo cuidado.
—Carmelina dice que le gustaría tener una hija —añadió Pilar de repente, cambiando de tema como hacía cuando estaba nerviosa—.
José sonrió. Carmelina, su niña, que ya tenía un hijo, José María, nacido hacía dos años. Casada con José María Guimaraens, el chico del piso de abajo, que trabajaba en una gestoría y que acababa de aprobar unas oposiciones al Cuerpo de Investigación y Vigilancia.
—Me alegro por ella.
—Su marido es de derechas, José.
—Lo sé.
—¿Y no te preocupa?
José se quedó mirando a Pilar.
—Carmelina nunca ha tenido interés en la política. Y José María es buena persona. Que piense diferente a mí no lo convierte en mi enemigo.
—Ojalá todo el mundo pensara como tú.
Pero no pensaban como él. Cada vez menos gente lo hacía.
Las elecciones se celebraron el 16 de febrero de 1936.
José votó en su colegio electoral de La Coruña, metió la papeleta en la urna y salió a la calle. Había colas enormes. Gente de todas las edades. Mujeres jóvenes votando por segunda vez en su vida. Hombres mayores que nunca habían votado en democracia.
La participación fue masiva. Más del 70% del censo.
Y cuando llegaron los resultados, José supo que algo había cambiado para siempre en España.
144.923 votos.
Recibió el cincuenta por ciento de todo el censo provincial de La Coruña.
El doble que en las elecciones anteriores.
José se quedó mirando los números sin poder creérselo.
—¿Estás seguro? —le preguntó al secretario del partido.
—Segurísimo. Has arrasado. La gente te quiere, José.
O la gente tenía miedo, pensó José. Miedo de lo que vendría si ganaba la derecha.
A nivel nacional, los resultados fueron ajustados pero claros.
El Frente Popular había obtenido el 48% de los votos. La derecha, el 46%. Una diferencia mínima. Pero con el sistema electoral español, aquella diferencia se traducía en 263 escaños para la izquierda frente a 156 para la derecha.
Habían ganado.
Manuel Azaña sería presidente del gobierno. La República volvía a manos de la izquierda.
Pero la derecha no lo aceptó.
Nada más conocerse los resultados, Gil Robles exigió al Presidente del gobierno en funciones que declarara el estado de guerra y anulara las elecciones. José Calvo Sotelo, el líder de los monárquicos, se manifestó en términos similares.
Y el General Franco, aún Jefe del Estado Mayor del Ejército, empezó a llamar por teléfono a otros generales para tantear el apoyo a un golpe de estado.
La respuesta fue mayoritariamente negativa. Por el momento.
Franco se echó para atrás. Pero el mensaje estaba claro: la derecha no pensaba aceptar la derrota democrática.
El 24 de marzo de 1936, José García-Ramos tomó posesión del acta de diputado por segunda vez.
Volvió al Congreso de los Diputados, a aquel hemiciclo de mármol y terciopelo, pero esta vez todo era diferente. El ambiente estaba envenenado. Los diputados de derechas e izquierdas se miraban con odio. Ya no había cortesía parlamentaria. Ya no había debates civilizados.
José fue asignado a las comisiones de Gobernación, Pensiones, Peticiones y Presupuestos. Trabajo técnico, administrativo. Como siempre, no intervino desde la tribuna de oradores. No era su estilo.
Pero observaba. Y lo que veía no le gustaba nada.
El nuevo gobierno de Azaña actuó rápido.
Lo primero fue alejar a los generales peligrosos. Franco fue enviado a Canarias. Mola a Pamplona. Goded a Baleares. Lejos de los centros de poder, donde no pudieran conspirar.
O eso pensaban.
Luego vinieron las medidas que la izquierda llevaba esperando dos años:
Amnistía para los 30.000 presos de la Revolución de Octubre. Todos libres.
Reposición de los alcaldes y concejales de izquierdas que habían sido destituidos.
Readmisión de los trabajadores despedidos por motivos políticos.
Y vuelta a poner en vigor la Ley de Reforma Agraria.
José apoyó todo aquello. Era lo justo. Era lo que había que hacer.
Pero sabía que cada una de esas medidas era como echar gasolina al fuego.
En abril pasó algo que José no se esperaba: Alcalá-Zamora, el Presidente de la República, fue destituido.
Lo acusaron de haber disuelto las Cortes demasiadas veces. Era un pretexto. La verdad es que la izquierda ya no se fiaba de él. Lo veían demasiado moderado, demasiado católico.
Y pusieron en su lugar a Manuel Azaña.
Azaña, Presidente de la República. El intelectual. El escritor. El hombre que había dicho que España había dejado de ser católica.

Para la derecha, aquello fue una declaración de guerra.
Y al frente del gobierno pusieron a Santiago Casares Quiroga, un gallego de La Coruña, del Partido Republicano Gallego. Un hombre enfermo, débil, completamente desbordado por los acontecimientos.
Los meses siguientes fueron una espiral de violencia.
Huelgas constantes convocadas por los anarquistas y la UGT. Los obreros estaban eufóricos con el triunfo del Frente Popular y querían cobrarse todas las deudas pendientes.
Los falangistas respondían con atentados. Bombas en sedes sindicales. Tiros en las calles.
Los socialistas se radicalizaban más cada día. Largo Caballero hablaba abiertamente de la dictadura del proletariado.
Y en los pueblos, los campesinos ocupaban tierras sin esperar a que el gobierno las repartiera.
José veía todo aquello desde Madrid con el estómago encogido. Aquello no era la República que él quería. Aquello era el caos.
El 12 de julio, un teniente de la Guardia de Asalto llamado José Castillo fue asesinado en pleno centro de Madrid por pistoleros falangistas.
Al día siguiente, sus compañeros de la Guardia de Asalto fueron a buscar venganza. Querían matar al líder de la derecha parlamentaria, José Calvo Sotelo.
Lo secuestraron de su casa, en plena noche. Lo metieron en un furgón. Y le pegaron un tiro en la nuca.
Cuando José García-Ramos se enteró, supo que había llegado el final.
El asesinato de Calvo Sotelo fue la excusa perfecta que los militares estaban esperando.
El 17 de julio llegó la noticia a Madrid: en el Protectorado de Marruecos se había iniciado una sublevación militar.
El 18 de julio, el gobierno de Casares Quiroga se derrumbó. El presidente dimite, incapaz de hacer frente a la situación.
Y Manuel Azaña, desesperado, llamó a Diego Martínez Barrio.
—Diego, tienes que formar gobierno. Tienes que parar esto.
Martínez Barrio lo intentó. Llamó por teléfono al General Mola, el jefe de la conspiración.
—Mola, para esto. Todavía estamos a tiempo.
—Ya es tarde, Diego —respondió Mola—. Esto ya no se puede parar.
Y colgó.
Martínez Barrio dimitió esa misma noche. No quería ser el que entregara armas al pueblo. No quería ser el que iniciara la guerra civil.
Pero la guerra ya había empezado.
José estaba en La Coruña cuando estalló todo.
El 18 de julio, los militares se sublevaron con el gobierno de la república, con francisco franco al frente. La Guerra Civil había comenzado.
Ese día, mientras España entera se partía en dos, José se despertó en su casa de la calle Ferrol 8, desayunó con Pilar en silencio, y salió a la calle.
La ciudad estaba extrañamente tranquila. Demasiado tranquila.
En el puerto, los barcos de guerra izaban banderas. En los cuarteles, los soldados se preparaban.
José caminó por las calles que conocía de toda la vida. Pasó por delante del Ayuntamiento donde, bajo la cúpula, había pasado tantas noches en la logia masónica debatiendo sobre cómo construir un mundo mejor.
Y supo, con la certeza del médico que diagnostica una enfermedad terminal, que aquel mundo se había acabado.
Tenía 61 años. Era diputado de izquierdas del Congreso. Era masón.
Y en la España que estaba naciendo en aquel preciso momento, todo eso le convertía en un hombre marcado para morir.
CAPÍTULO 19: la detención (25 de julio de 1936)
La Coruña, calle Ferrol 8
El reloj de péndulo del salón marcaba las diez y cuarto de la mañana cuando sonaron tres golpes en la puerta.
José García-Ramos los oyó desde su despacho. Llevaba una semana oyendo cosas: pasos en el rellano a horas extrañas, voces que se interrumpían al verle bajar la escalera, el silencio demasiado largo del teléfono. Siete días desde el dieciocho de julio. Siete días calculando probabilidades con la misma frialdad con que durante treinta años había calculado diagnósticos. El pronóstico, se temía, no era bueno.
Dejó la pluma sobre el papel. Había estado escribiendo una carta que nunca llegaría a enviar.
—José —llamó Pilar desde el pasillo, y en esa sola sílaba, en ese tono que los matrimonios construyen con décadas de convivencia, él supo todo lo que necesitaba saber.
Se levantó despacio. Tenía sesenta y un años y los sentía esa mañana como si tuviera cien.
La sala estaba en penumbra. Pilar había corrido los visillos por la mañana, un gesto instintivo, como si la oscuridad pudiera protegerles de lo que venía de fuera. Dos militares permanecían en el umbral: jóvenes, rígidos, con los kepis encuadrados sobre la frente y los fusiles cruzados a la espalda. El mayor de los dos —no tendría treinta años— sostenía un papel doblado.
—¿El doctor José García-Ramos y Segond?
—El mismo —dijo José, y su voz salió más serena de lo que esperaba.
El militar extendió el papel sin ceremonias.
—Queda usted detenido por orden de la autoridad militar. Acompáñenos.
Aurita, que había aparecido en el pasillo con los ojos muy abiertos, se llevó una mano a la boca. Tenía veinticuatro años y de repente parecía una niña.
—¿Adónde se lo llevan? —preguntó.
—Señorita —respondió el militar, sin mirarla.
José puso una mano en el hombro de su hija.
—Aurita. —Una palabra. Solo eso. Ella asintió, aunque no entendió nada.
Pepito llegó desde la cocina, frotándose las manos con un trapo, con esa expresión de alguien que intuye un desastre y aun así espera estar equivocado. A sus veintiocho años era el vivo retrato del padre, pero sin la coraza que los años construyen. Se puso blanco.
—Papá…
—Tranquilo —dijo José—. Tranquilos los dos.
Y lo decía con tal convicción, con tanta autoridad de médico acostumbrado a no alarmar, que casi era creíble.
Pilar entró en el dormitorio sin decir nada. José la siguió. Cerraron la puerta y estuvieron solos por primera vez ese día, quizás por última vez en mucho tiempo. Ella había abierto el armario y sacaba ropa con movimientos precisos, sin temblor en las manos, esa fortaleza callada que era su manera de amar.
—La camisa blanca —dijo José—. Y el jersey gris.
—Ya lo tengo —respondió ella, sin volverse.
Él se quedó mirándola. Pilar. Cincuenta y nueve años, el pelo recogido, los mismos gestos de siempre. La había visto rezar en silencio cada noche desde que tenían veinte años. No se parecían en casi nada: él librepensador, masón, diputado republicano; ella devota, conservadora, ajena a la política como quien es ajena a un idioma extranjero. Y sin embargo. Y sin embargo.
—Pilar.
—No. —Ella seguía doblando ropa—. Ahora no.
Tenía razón. Ahora no era el momento. El momento para decirse lo que llevaban una vida sin decirse con palabras ya había pasado, o quizás estaba aún por venir, en alguna carta desde alguna celda que todavía no existía.
José metió la mano en el cajón de la mesilla. Sacó las gafas de repuesto, el frasco de pastillas para el estómago, la foto pequeña —la de la boda, la única que cabía en cualquier bolsillo— y lo dejó sobre la cama.
Pilar preparó la maleta. Una maleta pequeña. Lo justo.
—Come si te dejan —dijo cuando acabó—. Y no discutas con nadie.
Él estuvo a punto de sonreír.
En el salón, los dos militares esperaban de pie, incómodos entre los muebles de caoba y los retratos de familia. El mayor miraba el suelo. El otro, el más joven, estudiaba disimuladamente el retrato que colgaba sobre la chimenea: José García-Ramos con toga de diputado, en el Congreso, en febrero de ese año. Otro tiempo. Otro país, casi.
—¿Está listo? —preguntó el mayor.
—Un momento —dijo José.
Volvió al pasillo. Aurita le abrazó sin decir nada, con toda la fuerza de sus brazos delgados. Él la aguantó. Pepito le tendió la mano, y José la estrechó, y luego lo atrajo hacia sí y le dio un abrazo rápido, de hombre, de los que duelen después.
—Cuídales —le dijo al oído.
—Claro, papá.
Pilar le entregó la maleta en la puerta. Sus dedos se rozaron sobre el asa. Ella no lloraba. Nunca lloraba delante de él.
—Vuelves —dijo. No era una pregunta.
—Vuelvo —respondió José.
Y cruzó el umbral.
El portal de la calle Ferrol número 8 olía a piedra húmeda y a cera, como siempre. La luz de la mañana entraba oblicua por el ventanuco que daba al patio interior, dibujando un rectángulo de claridad en el suelo de baldosas. José conocía ese portal de memoria: cuántos pasos desde la puerta hasta la escalera, el crujido del tercer escalón.
Bajaba el último tramo cuando oyó abrirse la puerta del portal.
Se detuvo en la escalera.
José María Guimaraens apareció.
Tenía veintiocho años y llevaba uniforme. Brigada de Caballería: la guerrera gris, los botones abrochados, las botas recién lustradas de quien se ha vestido con cuidado esa mañana porque sabe que es una mañana importante. Bajo el brazo, el kepis. En la cara, la misma expresión de alguien que va a decir adiós y todavía no ha encontrado las palabras.
Iba a casa de sus padres, al primer piso. A despedirse antes de incorporarse al regimiento, le habían llamado a filas.
Se miraron.
El suegro y el yerno. El médico republicano flanqueado por dos soldados del ejército sublevado, y el joven oficial del mismo ejército que iba a marchar al frente. Los dos en el mismo portal, a cuatro metros de distancia, con el mundo partido por la mitad entre ellos.
José María abrió la boca. La cerró.
José García-Ramos no dijo nada.
No había nada que decir. Las palabras —las de la política, las de la guerra, las del miedo y la lealtad y la familia— se habían convertido de golpe en instrumentos inútiles, demasiado pequeños para lo que estaba pasando en ese portal, en esa escalera, en esa ciudad, en ese país. Carmelina era la hija de uno y la mujer del otro. El hijo de Carmelina —José María, el pequeño, que aún gateaba— era el nieto del médico y el hijo del militar. La sangre no entiende de bandos. La sangre circula y ya está.
El mayor de los dos soldados carraspeó.
—Doctor.
José García-Ramos desvió los ojos del yerno. Bajó los últimos escalones. Al pasar junto a José María, ninguno de los dos se movió. No hubo apretón de manos. No hubo abrazo.
Solo la mirada. Un segundo. Quizás dos.
Y luego José siguió hacia la puerta, escoltado por los dos soldados, y José María subió hacia el primer piso, hacia sus padres, hacia su despedida, y el portal quedó vacío y en silencio salvo por el eco de los pasos en la escalera.
El vehículo militar estaba aparcado en la acera, con el motor encendido. Un camión con la lona verde levantando el polvo fino de julio. El sol de Galicia golpeaba la piedra de la fachada con una luz blanca y sin piedad.
Los dos soldados abrieron la portezuela trasera.
José García-Ramos puso el pie en el estribo. Se detuvo un momento —solo un momento— y miró hacia arriba, hacia las ventanas del segundo piso. Los visillos estaban corridos. No se veía nada.
Subió al vehículo. La portezuela se cerró con un golpe metálico.
El camión arrancó y tomó la calle Ferrol en dirección a la prisión provincial, al pie de la Torre de Hércules. La misma prisión en la que José García-Ramos había trabajado veinte años como médico de los reclusos. La misma prisión cuyos pasillos conocía mejor que el jardín de su propia casa.
Solo que esta vez no iba a entrar por la puerta de los médicos.
En el primer piso, José María Guimaraens llamó al timbre de sus padres.
En el segundo piso, Pilar García-Ramos entró en el dormitorio, cerró la puerta, y lloró por primera y última vez en todo aquel año.
Y en la calle, el camión dobló la esquina y desapareció.
Continuará...




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