EL GALENO - TERCERA PARTE - EL MÉDICO DE LA PRISIÓN

El ingreso en la cárcel del Dr. García-Ramos y su trabajo como médico allí. El destierro. El juicio. El penal del Puerto de Santa María. El penal de Burgos. El regreso a La Coruña. El homenaje y la rehabilitación completa. Una historia de dignidad y profesionalidad.


Índice
  1. PRÓLOGO
  2. CAPÍTULO 20: La cárcel conocida
  3. CAPÍTULO 21: El precio de la libertad
  4. CAPÍTULO 22: El proceso
  5. CAPÍTULO 23: El Puerto de Santa María
  6. CAPÍTULO 24 - El Penal de Burgos
  7. CAPÍTULO 25 - El destierro dulce
  8. CAPÍTULO 26 - El regreso
  9. EPÍLOGO

25 de julio de 1936

José García-Ramos había sido detenido en su casa de la calle Ferrol.

El camión militar esperaba en la calle.

Era un vehículo del ejército, con la lona verde y los bancos de madera en la parte trasera donde ya había otros hombres sentados. Había un maestro, un abogado, un funcionario municipal que había tenido algo que ver con el ayuntamiento republicano. Hombres que habían hecho su trabajo y vivido sus vidas y que ahora estaban sentados en un banco de madera en la parte trasera de un camión del ejército en una mañana de julio con las campanas sonando a lo lejos.

José subió al camión. Se sentó. Uno de los soldados bajó la lona y la ciudad desapareció.

En la oscuridad del toldo, con el traqueteo del vehículo arrancando y el olor a gasolina y a sudor, José miró sus manos. Eran las manos del médico que había pasado cuarenta años curando personas, las manos que habían firmado certificados forenses y sostenido instrumentos quirúrgicos y escrito artículos científicos y cartas a amigos y recetas para enfermos que no podían pagar. Manos que no habían hecho nada que no debieran haber hecho.

Eso no servía de nada ahora mismo. Pero era verdad, y José tenía la costumbre de aferrarse a las cosas que eran verdad cuando todo lo demás se movía.

El camión avanzó por las calles de La Coruña. Por los huecos de la lona entraban destellos de luz, fragmentos de la ciudad de siempre: una fachada, un árbol, el reflejo del cielo de julio que seguía siendo azul con absoluta indiferencia hacia lo que ocurría debajo. La ciudad no sabía, o no quería saber, o sabía y había decidido que la mejor respuesta era seguir siendo la ciudad de siempre hasta que fuera posible serlo.

Nadie habló durante el trayecto. Era el silencio de los hombres que están pensando lo mismo y que han decidido, sin consultarlo, que ese pensamiento no gana nada con ser dicho en voz alta.

El pensamiento era el mismo para todos: qué va a pasar ahora.


CAPÍTULO 20: La cárcel conocida

Julio - Octubre de 1936

La Prisión Provincial de La Coruña se alzaba en Monte Alto, al abrigo del viento del noroeste, con la Torre de Hércules visible desde sus ventanas más altas como un centinela de piedra que llevaba dos mil años mirando el mismo mar. Era un edificio de ladrillo rojo, geométrico y severo, con cuatro patios interiores dispuestos en cruz, separados por galerías repletas de celdas en dos pisos. El patio de los presos políticos quedaba a la derecha según se entraba, y en su primer piso estaba la enfermería.

José la conocía de memoria, había sido el médico de esa prisión durante veinticinco años.

Conocía el olor a lejía y humedad de las galerías, el ruido metálico de las llaves al girar en las cerraduras, la luz plana y amarillenta que se colaba por las ventanas enrejadas. Conocía los nombres de los funcionarios de guardia, saludaba por el apellido al alcaide, había pasado por aquellos pasillos durante un cuarto de siglo cargando su maletín negro. Pero ahora cruzaba el umbral sin el maletín, con las manos vacías, y el ruido de la puerta al cerrarse a su espalda tuvo un peso diferente, un peso que nunca antes había sentido.

Le condujeron al patio de presos políticos.

Lo que encontró allí lo dejó unos segundos paralizado, no de miedo, sino de asombro. El patio estaba lleno. Apretados contra las paredes, sentados en el suelo, de pie en grupos de tres o cuatro, había decenas de hombres que José reconoció: el maestro de Oza, el farmacéutico de la calle Real, el abogado con el que había compartido mesa en el Casino hacía apenas un mes. Y entre ellos, con el traje arrugado y los ojos enrojecidos, el diputado Pepe Miñones, su compañero de partido, el hombre con quien había comido tantas veces discutiendo de política con el entusiasmo de quienes creían que el mundo podía mejorar.

Miñones lo vio llegar y se acercó.

—José. —Le estrechó la mano con fuerza—. Sabía que vendrías.

—No era exactamente una invitación que pudiera rechazar —dijo José.

Miñones esbozó algo parecido a una sonrisa.

—¿Sabes lo que está pasando ahí fuera?

—Lo que me han dejado saber.

—Están fusilando gente, José. —Su voz bajó hasta casi desaparecer—. Carballo fue el primero. Al gobernador civil lo sacaron ayer de madrugada.

José asintió despacio. Francisco Pérez Carballo. Lo había conocido. Un hombre joven, inteligente, que había intentado mantener el orden en los días de caos previos al golpe. Fusilado en Punta Herminia, junto al mar, a la sombra del mismo faro que llevaba encendido dos mil años.

—¿Y su mujer? —preguntó José—. Juana Capdevielle. Estaba embarazada.

—También detenida. Está aquí, en el patio de mujeres.

José apretó la mandíbula. Luego miró a Miñones con toda la franqueza que podía permitirse en voz baja.

—¿Te han interrogado?

—Ayer. —Miñones tenía marcas frescas en el pómulo derecho que José no había visto al principio, disimuladas por la barba de días—. Querían nombres. Otros masones. Otros republicanos.

—¿Y?

—Les dije que se fueran al infierno. —Una pausa—. Con otras palabras, naturalmente. Soy diputado, tengo cierta obligación de mantener las formas.

José lo miró con una mezcla de afecto y de preocupación genuina.

—Ven a la enfermería mañana. Que te vea esa cara.


Esa noche fue la peor.

No había dormido bien, el camastro era duro, el aire viciado, y los sonidos de la prisión en la oscuridad componían una sinfonía que no dejaba descansar: gemidos, toses, algún llanto ahogado que alguien intentaba suprimir y no podía. José permaneció tumbado con los ojos abiertos, escuchando. Su mente analítica, la que le había servido durante décadas para diagnosticar lo que otros médicos no veían, funcionaba ahora a pesar suyo, calculando probabilidades, revisando mentalmente la lista de masones y republicanos que conocía, preguntándose cuántos de ellos estarían en celdas de este mismo edificio.

Preguntándose qué les iba a pasar. Preguntándose qué le iba a pasar a él.

Repasó mentalmente las instrucciones que los abogados de la logia habían transmitido antes de que todo estallara: negar, negar siempre, si todos negaban no habría pruebas suficientes para condenarlos. Era una estrategia racional. Pero las estrategias racionales estaban pensadas para situaciones racionales, y lo que estaba ocurriendo en La Coruña aquellos días distaba mucho de serlo.

El ruido de llaves en la cerradura lo sacó de sus pensamientos al alba. Un guardia joven, no debía tener más de veinticinco años, abrió la puerta con cierta torpeza.

—Doctor García-Ramos —dijo con voz insegura, como si no estuviera del todo cómodo con su papel—. El director quiere verlo.

José se incorporó. Sus articulaciones protestaron: a los sesenta y un años, una noche en aquel camastro no pasaba sin dejar huella. Se alisó la ropa como pudo, tratando de mantener algo de dignidad a pesar de llevar el mismo traje con el que había sido arrestado el día anterior.

—Muy bien —dijo—. Vamos.


El director de la prisión, el Comandante Suárez, era un hombre al que José conocía superficialmente de sus años como forense. Militar de carrera, eficiente pero no cruel por naturaleza. Eso, al menos, era algo. Su despacho estaba en marcado contraste con el resto del edificio: limpio, ordenado, con ventanas que dejaban entrar luz real y una vista sobre el patio donde los presos empezaban a moverse en la claridad del amanecer.

Suárez estaba sentado detrás de su escritorio, revisando papeles. Levantó la vista cuando José entró.

—Doctor —dijo simplemente, sin levantarse. No era hostil, pero tampoco amigable. Era la neutralidad profesional de un hombre cumpliendo órdenes que quizás no le gustaban del todo, pero que no cuestionaría.

—Comandante —respondió José.

Suárez señaló la silla frente al escritorio. José se sentó, notando que sus manos querían temblar. Las mantuvo firmemente sobre las rodillas.

—Tiene suerte —dijo Suárez sin preámbulos—. Podría estar en una situación mucho peor. Su edad lo protege en cierto sentido. No lo van a... interrogar físicamente. Al menos, no por ahora.

José no respondió. Sabía perfectamente lo que significaba "interrogar físicamente". Había tratado durante años las consecuencias de tales interrogatorios.

—Sin embargo —continuó Suárez—, tenemos un problema. Esta prisión está desbordada. Hemos detenido a cientos de personas en la última semana: sindicalistas, políticos republicanos, maestros de escuela, cualquiera sospechoso de simpatizar con el enemigo. Y muchos llegan aquí heridos. Algunos muy graves.

José comenzó a entender hacia dónde iba aquello.

—Nuestro médico no puede atenderlos a todos. Y además —Suárez hizo una pausa significativa—, algunos de estos presos no confían del todo en él. Creen que no los va a tratar bien.

—Y quiere que yo los atienda —dijo José. Su voz era plana, sin inflexión.

—Usted es médico. Y estos hombres lo conocen, lo respetan. Muchos son sus... correligionarios. —La palabra quedó suspendida en el aire con todo su peso—. Creemos que podría ser útil.

José estudió al comandante. ¿Era una trampa? ¿Una forma de comprometerlo más, de obligarlo a colaborar con el régimen que lo había encarcelado? ¿O era simplemente la pragmática realidad de que había demasiados presos y no suficientes médicos?

Sopesó las opciones. Pero algunas decisiones no requerían análisis. Requerían simplemente hacer lo correcto.

—No tengo instrumental —dijo—. No tengo medicamentos. ¿Con qué exactamente se supone que voy a tratarlos?

—Haremos lo que podamos. Hay un botiquín básico. Y usted tiene el conocimiento. Eso es más de lo que tenemos ahora.

—De acuerdo. Pero con una condición. —José lo miró directamente—. Cuando trate a un paciente, nadie más estará presente. El secreto médico se respeta, incluso aquí.

Suárez lo miró durante un momento con algo parecido al respeto.

—Acordado. Pero que quede claro: usted sigue siendo un preso. No un miembro del personal.

—Nunca lo habría pensado —respondió José con calma.


Treinta minutos después estaba en la enfermería.

Era un espacio rectangular con cuatro camas y un armario médico que había visto días mejores. El médico titular, un hombre mayor llamado Fernández, que le había sustituido cuando solicitó la excedencia para ser diputado, lo recibió con alivio visible.

—García-Ramos. Gracias a Dios. No doy abasto.

José miró a su alrededor. En tres de las cuatro camas había hombres en distintos estados de deterioro. Uno tenía la cara tan hinchada por los golpes que apenas podía abrir los ojos. Otro gemía con una pierna en un ángulo claramente antinatural. El tercero estaba demasiado quieto, con respiración superficial.

Y en la cuarta cama había una mujer.

—¿Quién es ella? —preguntó José, acercándose.

Juana Capdevielle —respondió Fernández en voz baja—. La esposa del gobernador civil. Embarazada. Muy embarazada. Y con complicaciones.

Se acercó. Juana lo miraba con ojos llenos de miedo y de una pregunta que aún no había formulado en voz alta. Era joven, no tendría más de treinta años, y su vientre prominente contrastaba terriblemente con el rostro demacrado.

—Señora Capdevielle —dijo José con la voz más suave que pudo—, soy el doctor García-Ramos. ¿Me permite examinarla?

Ella asintió débilmente.

—Mi bebé —susurró—. ¿Está bien mi bebé?

José colocó la mano sobre el vientre, palpando con cuidado. Luego usó el estetoscopio viejo que Fernández le pasó. El latido fetal era rápido pero regular.

—El bebé está bien —le aseguró.

Juana aferró su mano con fuerza sorprendente.

—¿Sabe algo de mi marido?

José vaciló apenas un segundo. Había escuchado los rumores desde el primer momento. Sabía que lo habían fusilado.

—Ahora concéntrese en usted —dijo—. Y en el niño.

No era una respuesta. Pero era lo más piadoso que podía ofrecerle.

Pasó las horas siguientes moviéndose de cama en cama, haciendo lo que podía con recursos mínimos. El hombre de la pierna rota, un sindicalista llamado Ramón, necesitaba cirugía que era imposible allí. Lo mejor que pudo hacer fue entablillarla y darle algo para el dolor. El hombre golpeado resultó ser un maestro de escuela de Betanzos, arrestado por tener libros "subversivos". José limpió sus heridas con el antiséptico escaso que encontró, constatando que al menos dos costillas estaban fracturadas.

—¿Por qué lo hicieron? —preguntó el maestro con voz débil.

—Porque tienen miedo —respondió José mientras trabajaba—. Los hombres violentos siempre temen a los hombres con libros.

Trabajó hasta que la luz del día comenzó a desvanecerse. Cuando finalmente un guardia vino a escoltarlo de vuelta a su celda, José estaba exhausto. Pero era un agotamiento diferente al de la noche anterior. Era el cansancio del trabajo bien hecho.

Al pasar por el pasillo, voces lo llamaron desde las celdas.

—¡Doctor! ¡Doctor García-Ramos! ¿Es verdad que está aquí?

—¡Doctor, mi compañero lleva dos días con fiebre muy alta!

—¡Doctor, por favor!

José se detuvo, a pesar de la urgencia del guardia por hacerlo avanzar. Miró las caras que lo observaban a través de los barrotes: hombres aterrorizados, muchos con señales visibles de brutalidad, pero que todavía tenían algo en los ojos que se parecía a la esperanza cuando lo veían a él.

—Volveré mañana —dijo en voz alta—. Atenderé a todos los que pueda. Lo prometo.


Los días se convirtieron en semanas. José había desarrollado una rutina: la enfermería por las mañanas, el patio por las tardes, las conversaciones en voz baja con Miñones al caer la noche, cuando el calor del verano cedía y desde el patio podían ver las estrellas por encima de los muros. Su reputación dentro de la prisión creció deprisa, con la velocidad silenciosa que tienen las noticias en los lugares cerrados. Los funcionarios lo respetaban porque lo habían respetado durante veinticinco años. Los presos confiaban en él porque sabían que era uno de los suyos. El alcaide Suárez empezó a consultarle sobre cuestiones sanitarias que iban más allá de los casos individuales.

Era una posición extraña: preso y médico al mismo tiempo, sin el maletín ni el instrumental, pero con algo que ningún armario podía contener ni ningún decreto podía requisar.

José García-Ramos, a la derecha de la foto, en el patio de la cárcel.

La primera visita de Pilar, Aurita y Carmelina llegó en los últimos días de julio, en cuanto le concedieron el permiso.

Venían con una cesta de mimbre. Pilar con el pelo recogido con más cuidado del habitual, como si quisiera demostrar a quien fuera que la familia García-Ramos no se dejaba vencer por nada.

—Te he traído caldo gallego con nabizas y repollo en el termo —dijo—. Y aquí en las fiambreras hay otras de tus comidas preferidas.

José la miró a través de los barrotes con una mezcla de gratitud y de amor sostenido durante treinta y cinco años. El rancho de la prisión era exactamente lo que cabía esperar, y su estómago, acostumbrado a las comidas de su mujer, lo rechazaba con la misma educada firmeza con que él mismo hubiera rechazado cualquier cosa sin la calidad mínima exigible.

—¿Has hablado con Pepito? —preguntó ella.

—¿Qué pasó?

El gesto de Pilar cambió apenas, una sombra que cruzó sus ojos y que José conocía demasiado bien como para no verla.

—Lo detuvieron —dijo ella en voz baja—. Dos días después de que te trajeran aquí. Lo estuvieron interrogando varias horas.

José apretó los labios. Pepito. Su hijo mayor, treinta y dos años, con su propio nombre, su propia vida, sin más culpa que ser hijo suyo.

—¿Está bien?

—Está en casa. Sin daño físico. Pero asustado, José. Y muy enfadado.

—Que no haga nada. —Su voz salió más firme de lo que pretendía—. Que no haga absolutamente nada que pueda darles una excusa. ¿Me oyes?

—Se lo he dicho.

—Díselo otra vez.

Pilar asintió. Luego sacó una carta del bolsillo de la chaqueta y la pasó entre los barrotes.

—Es de Moncho. La escribió desde Barcelona en cuanto Pepito le llamó.

José la abrió con cuidado. La letra de su hijo mediano, siempre tan ordenada, tan de inspector de aduanas, tan de hombre acostumbrado a que los papeles digan exactamente lo que tienen que decir. La carta era breve y prudente, como correspondía a alguien que sabía que cualquier carta podía ser interceptada. Decía que estaba bien, que estaba al tanto de todo, que tendría cuidado. Que no se preocuparan por él.

José la leyó dos veces. La dobló y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, cerca del pecho.

—¿Y Julio? —preguntó.

Esta vez el silencio de Pilar duró más.

—Lo destituyeron. —Sus palabras cayeron despacio, como piedras en un estanque—. Como Oficial de Correos. Desafecto al Régimen, dijeron.

José cerró los ojos un momento. Su hermano Julio. Correos. Treinta años de servicio en el cuerpo, una vida entera construida carta a carta, destituido de un plumazo por tener ideas diferentes en el momento equivocado.

—Toda la familia —murmuró.

—Toda la familia —confirmó Pilar, con la serenidad dolorosa de quien ha aceptado ya las dimensiones exactas del problema—. Pero todos estamos bien, José. Todos seguimos en pie.

Él la miró. Esa mujer católica hasta los huesos, que había ido a misa cada día desde que lo detuvieron y que rezaba con la misma convicción y la misma energía con que él diagnosticaba.

—El Arzobispo de Santiago sabe que estás aquí —dijo ella, bajando la voz—. Elías habló con él.

José asintió despacio. Su cuñado Elías García, marido de Filomena Platas, hombre de contactos y de palabra. Si el Arzobispo de Santiago ponía su nombre en el platillo de la balanza, el peso podía ser suficiente para inclinarla del lado correcto. En aquellos días, entre el miedo y el capricho de los vencedores, la diferencia entre vivir y morir podía reducirse a una sola conversación en el momento oportuno.

—Come bien —dijo Pilar—. Y duerme.

—Como siempre.

—José.

—Pilar.

—No me asustes.

Él la miró a través de los barrotes. Puso la mano sobre la reja, y ella puso la suya encima.

—No tengo ninguna intención —dijo.


A primeros de agosto Juana Capdevielle fue liberada. Siéndole prohibida la residencia en la capital de la provincia, se refugió en Vilaboa (Culleredo). Allí recibió una orden de deportación que no le dio tiempo a cumplir, porque en la noche del 17 de agosto fue detenida de nuevo por miembros de la Guardia Civil, y asesinada.​

En la Universidad de La Coruña un edificio dedicado a sala de estudios lleva su nombre.​


El 6 de agosto llegó la primera multa: quinientas pesetas por pertenecer a la logia Renacimiento Masónico Número 18. La noticia llegó a través de Pepito en la siguiente visita. Su hijo había recuperado la compostura desde el interrogatorio, aunque llevaba la tensión en la mandíbula como quien carga con algo que no ha aprendido todavía a soltar.

—Quinientas pesetas —dijo José.

—De momento. Dicen que puede subir.

—Que suba. —Una pausa—. ¿Cómo está tu madre?

—La pagó al día siguiente. Sin problemas. Todavía tenemos dinero en el banco, papá. El premio de la lotería dio para mucho.

José asintió. El premio. Aquella lotería ganada hacía unos años que había convertido un colchón holgado en una tranquilidad verdadera. Nunca había imaginado que ese dinero serviría algún día para pagar multas impuestas por un régimen militar. Las vueltas que daba la vida.

—Bien —dijo—. No os preocupéis por eso.

—Que no nos preocupemos —repitió Pepito, y en su voz había algo que podía ser ironía o simplemente agotamiento—. Papá, están destituyendo a la gente, están confiscando bienes, están fusilando a quien les da la gana. ¿Cómo no nos vamos a preocupar?

—Preocupaos lo justo. Lo justo para actuar con cabeza. Nada más.

El 16 de agosto requisaron su automóvil Studebaker.

Esa noticia sí le hizo reaccionar. Cuando Pepito se lo comunicó al otro lado de la reja, José guardó silencio durante varios segundos. Más que ante ninguna otra noticia de aquellas semanas.

—El Studebaker —dijo al fin.

—Lo vinieron a buscar por la mañana. Lo siento, papá.

José apretó los labios. Asintió una sola vez. Y cambió de tema.

Pero aquella noche, en la oscuridad de la celda colectiva, mientras los demás dormían o fingían dormir, José pensó en el coche. En el placer físico, casi sensorial, de conducirlo por las carreteras de la provincia. En el olor a cuero de los asientos, en el ronroneo mecánico del motor americano, en la libertad implícita de poder ir de un lugar a otro bajo su propio mando. Le habían quitado el cargo de forense, le habían puesto multas, le habían encerrado entre muros. Pero el Studebaker era diferente. El Studebaker era una extensión de sí mismo que nadie tenía derecho a tocar.

Ladrones, pensó. La única palabra que se permitió.

Y luego cerró los ojos y trató de dormir.


El 31 de agosto, a primera hora de la mañana, sacaron al alcalde.

Alfredo Suárez Ferrín llevaba días en el patio de políticos. José lo había visto en actos del Ayuntamiento, en cenas del partido, en la calle con su sombrero de ala ancha saludando a todo el mundo con la desenvoltura del político que cree genuinamente en lo que hace. Esa mañana vinieron a buscarlo cuando aún no había clareado, y Suárez Ferrín se levantó del camastro donde había dormido, se sacudió la ropa con dignidad, y miró a los hombres uniformados que esperaban en el umbral de la galería.

En el patio nadie dijo nada. Nadie podía decir nada.

José lo vio marcharse. Vio la espalda recta del alcalde desaparecer al final del pasillo. Y luego se quedó mirando el espacio vacío por el que había pasado, y escuchó el silencio espeso que cayó sobre el patio como una losa.

Esa noche, Miñones se sentó a su lado contra la pared del fondo.

—Era un buen hombre —dijo.

—Lo era —dijo José.

—¿Cuántos más, José?

José no contestó. No había respuesta. Nadie la tenía.


El interrogatorio llegó. Lo condujeron a una sala pequeña del edificio de administración donde dos oficiales lo esperaban sentados detrás de una mesa. Uno tenía delante una carpeta con papeles. El otro, más joven, sostenía un lápiz como si fuera a tomar notas, aunque en realidad no escribió casi nada.

—Siéntese —dijo el mayor.

José se sentó con la misma postura con que se sentaba en la consulta.

—Su nombre completo.

—José García-Ramos y Segond.

—Profesión.

—Médico. Y médico forense, hasta que el señor Gobernador Civil tuvo a bien destituirme el mes pasado.

El oficial alzó los ojos de los papeles. Había una punta de ironía en la frase de José, suave como un bisturí, que el hombre decidió no recoger.

—¿Ha pertenecido usted a alguna logia masónica?

—No.

—¿Es usted miembro del partido de Unión Republicana?

—Lo he sido, sí. Como tantos ciudadanos de este país que creyeron en la República de buena fe.

—¿Ha participado en actividades contrarias al Glorioso Movimiento Nacional?

—No. Durante los sucesos de julio me limité a continuar con mi trabajo. Soy médico. Los médicos tratan enfermos independientemente de lo que ocurra afuera.

El oficial más joven dejó escapar un sonido que podía ser una tos. El mayor lo ignoró.

—¿Conoce usted a un individuo llamado Manuel Campos Gómez?

Hubo una fracción de segundo, invisible para cualquier observador externo, en que José organizó su respuesta. Manuel Campos. Lo conocía. Habían coincidido en la logia, habían compartido veladas, conversaciones, el particular calor de la hermandad que se construye en torno a principios compartidos. Era un cubano de voz melodiosa y gestos expansivos, aficionado al dominó y a las discusiones filosóficas. Un hermano de logia.

—Conozco a mucha gente en esta ciudad —dijo—. He ejercido la medicina aquí durante veinticinco años.

—¿Le suena ese nombre en particular?

—Me suena vagamente. No podría decirle en qué contexto.

El oficial cerró la carpeta. Lo miró con los ojos entornados de quien no ha obtenido lo que buscaba pero no tiene instrumentos para ir más lejos.

—Puede retirarse.

José se levantó, se abotonó la chaqueta, y salió de la sala sin apresurarse.


El 15 de septiembre llegó la noticia de que la multa había sido aumentada a diez mil pesetas (25.000 € de 2026) por "desafecto al Régimen". Una cifra muy distinta a las quinientas iniciales, pensada para doler, para humillar, para dejar claro quién mandaba y quién pagaba. Pilar la abonó dos días después, en el Banco Pastor, con el mismo aplomo con que habría pagado cualquier otra factura. El dinero del premio de lotería seguía siendo suficiente. La familia no pasaría necesidades, al menos por ahora.

Cuando Pepito se lo comunicó en la siguiente visita, José asintió en silencio.


El 1 de octubre de 1936, tras setenta días en la cárcel, le comunicaron la resolución: libertad, con condiciones. Destierro fuera de La Coruña. Debía abandonar la ciudad y no podía regresar sin autorización expresa.

José recibió la noticia en el patio, de pie, con las manos en los bolsillos. El funcionario que se la leyó esperaba alguna reacción visible: alivio, gratitud, tal vez lágrimas. No hubo nada de eso.

—¿Puedo recoger mis cosas? —preguntó José.

Volvió a la celda. Dobló la muda que Pilar le había traído, metió el libro de medicina que había pedido que le subieran las primeras semanas, el rosario que Pilar le había dado a través de la reja.

Antes de salir, buscó a Miñones.

Lo encontró en su rincón habitual, apoyado en la pared, con el gesto de quien se ha resignado a esperar sin saber bien qué espera. Cuando vio venir a José con la maleta en la mano, lo entendió.

—Te vas.

—Me dejan salir. Destierro. Fuera de La Coruña.

—Suerte de ti. —No había amargura en las palabras de Miñones, solo el cansancio sereno de quien lleva semanas mirando el mismo cielo desde el mismo patio.

—En cuanto pueda, moveré lo que haya que mover para ayudarte —dijo José.

Miñones le puso una mano en el hombro.

—No te preocupes por mí. Preocúpate por ti.

Se dieron la mano. Un apretón largo, firme. Los ojos de los dos hombres se sostuvieron un momento. Y José cruzó la puerta de la prisión hacia la luz de octubre, parpadeando en el sol de mediodía como alguien que ha estado bajo tierra mucho tiempo.

Salió a la calle y fue caminando hasta su casa. Cuando llegó miró instintivamente hacia donde siempre había aparcado el Studebaker.

El espacio estaba vacío.

José apretó los labios. Se caló el sombrero. Y subió a su casa. Allí le recibió toda su familia.


José y Pilar estuvieron hablando y barajando las distintas opciones que había para salir de La Coruña.

Carmelina Batallán, la viuda de su hermano Alfredo, puso su pazo de Caldas de Reyes, en Pontevedra, a su disposición, sin miedo a las consecuencias que su decisión pudiera tener. Allí, en aquella casona de piedra gallega rodeada de camelias y de silencio, vivía ella con varios de sus diez hijos. José y Pilar decidieron que esa era la mejor opción

Cuando José llegó con su maleta, Carmelina lo recibió en la puerta con los brazos abiertos y los ojos húmedos, sin decir nada, que a veces el abrazo es más elocuente que cualquier palabra.

—Tu cuarto está listo —dijo al fin—. Y hay caldo en el fuego.

—Carmelina —dijo José—, eres un ángel.

—Soy tu cuñada —respondió ella—. Que es lo mismo.

El pazo era grande y algo frío, con techos altos y suelos de madera que crujían con una personalidad propia. Olía a piedra húmeda y a las flores del jardín que se colaban por las ventanas entornadas. José instaló sus libros en la habitación que le habían preparado, alineó los pocos frascos de medicamentos que había podido traer, colocó el retrato de Pilar en la mesilla de noche.

Aquello no era La Coruña. No era su consulta, no era su calle Ferrol, no era su vida. Pero era un techo y era familia, y en los tiempos que corrían eso valía más de lo que cabía calcular.

Pilar no se trasladó con él. Permaneció en La Coruña, en el piso de la calle Ferrol, con Aurita y Pepito. Era una decisión práctica y también una declaración silenciosa: la familia no iba a desaparecer de su ciudad, no iba a comportarse como si tuviera algo que esconder. Pero le haría visitas con frecuencia. Le llevaría la fuerza tranquila que ella desplegaba sin esfuerzo aparente.

Por ahora, José tenía los libros, el jardín de camelias, y el tiempo largo y silencioso del destierro para pensar en lo que había pasado y en lo que todavía estaba por venir.


José Miñones fue juzgado por rebelión militar y condenado a muerte y al pago de una multa de un millón de pesetas. Además, se le expropiaron todas sus empresas. Fue fusilado en el Campo de la Rata coruñés, el 2 de diciembre de 1936.

José lo supo en el pazo de Caldas de Reyes, sentado junto a la ventana que daba al jardín. Su cuñada Carmelina le trajo la noticia en voz baja, como si el volumen pudiera suavizar algo. José no dijo nada. No había nada que decir. Encendió la lamparilla, abrió el libro de medicina, y dejó que las páginas lo llevaran a un lugar donde las palabras tenían la precisión limpia de la anatomía y no el barro oscuro de los tiempos que corrían.

Esa noche sus pensamientos fueron para Miñones. Para el alcalde Suárez Ferrín. Para Juana Capdevielle y su hijo nonato. Por todos los que habían desaparecido al fondo de ese pasillo que él mismo había recorrido tantas veces, desde el otro lado, con el maletín negro de médico y la certeza de que el mundo, aunque imperfecto, tenía cierto orden.

Ese orden había dejado de existir. Y José García-Ramos, desterrado en el pazo de su hermano muerto, en una ciudad que no era la suya, comenzaba a entender que lo que se había roto no iba a componerse en mucho tiempo.


CAPÍTULO 21: El precio de la libertad

Octubre de 1936 – Julio de 1937

El destierro tenía una textura particular que José tardó unas semanas en identificar con precisión. No era el dolor agudo de la cárcel, con su miedo constante y sus ruidos nocturnos y la presión permanente de saber que cualquier día podían llamar a tu puerta para algo peor. Era algo más sordo y más difícil de combatir: el aburrimiento del hombre activo al que le han quitado la actividad. La inutilidad forzosa. El tiempo que pasa demasiado despacio cuando uno lleva cuarenta años llenándolo hasta los bordes.

En La Coruña, José había tenido la consulta, los pacientes, los casos forenses, las reuniones del partido, las veladas en el Casino, las cenas con amigos. Había tenido el Studebaker para escaparse los domingos por las carreteras de la provincia. Aquí tenía el jardín de camelias de Carmelina, los libros que había traído, el silencio del pazo y la buena voluntad de su cuñada, que cocinaba para él como si alimentarlo bien fuera su contribución personal a la resistencia.

Lo cual, en cierto modo, lo era.

—Hoy hice el caldo con la gallina de la tarde —decía Carmelina, sirviéndole el plato—. Que las de la mañana no tienen el mismo sabor.

—Carmelina, eres la única persona en el mundo que distingue el caldo de gallina de mañana del de tarde.

—Y tú eres el único que aprecia la diferencia. Por eso me caes bien.

José comía despacio, con el placer deliberado del sibarita que ha aprendido en los últimos meses a no dar nada por garantizado. El caldo de Carmelina era extraordinario. La tortilla de patatas que le hacía los miércoles era extraordinaria. Casi todo lo que salía de aquella cocina era extraordinario, y José lo sabía y se lo decía, porque los cumplidos bien dirigidos no cuestan nada y valen mucho.

Pero después de comer volvía a la habitación, abría el libro, y miraba las páginas sin leerlas durante un rato, pensando en sus pacientes de La Coruña, en quién los estaría atendiendo ahora, en los casos que habría dejado a medias.

Pensando en lo que le quedaba por delante.


Las cartas de Pilar llegaban dos veces por semana, puntuales como ella misma, escritas con esa letra apretada y vertical que José había aprendido a leer en la oscuridad si hacía falta. Le contaba las cosas pequeñas: que Aurita se había resfriado, que el mercado estaba caro, que la vecina del tercero le había preguntado por él con mucho interés y con esa sonrisa de quien pregunta para informar a otros. Le contaba también las cosas grandes, envueltas en el lenguaje cuidadoso de quien sabe que las cartas pueden ser leídas por más ojos que los destinados: que los trámites seguían su curso, que Pepito estaba bien, que Moncho escribía desde Barcelona con regularidad. Que Carmelina estaba embarazada de nuevo y que nacería para marzo. Que había recibido dos cartas del Banco Pastor y el Banco de La Coruña, informándoles de que la mayoría de su dinero en las cuentas había sido embargado por orden del Gobernador Civil.

Lo que no decía explícitamente, pero que José leía entre líneas con la facilidad de treinta y cinco años de matrimonio, era que ella estaba sosteniendo todo. Que iba al banco, que hablaba con los abogados, que mantenía el piso de la calle Ferrol como si la ausencia de José fuera algo temporal y perfectamente manejable, porque permitirse pensar otra cosa no era una opción.

José le contestaba cada carta. Le escribía con más detalle del que le habría dado en persona, porque la distancia y el papel hacen más fáciles ciertas cosas. Le describía el jardín, los libros que estaba releyendo, las conversaciones con Carmelina. Le preguntaba por detalles domésticos que normalmente habría ignorado. Era su forma de decirle que pensaba en ella, que pensaba en casa, que aquella vida en el pazo ajeno era un paréntesis y no un final.

Al final de cada carta escribía siempre lo mismo: No te preocupes. Esto también pasará.


En diciembre llegó desde La Coruña una carta de Pepito que José leyó tres veces antes de doblarla.

Su hijo le explicaba, con la precisión contenida de alguien que escribe sabiendo que puede haber censura, que había tomado una decisión. Que dadas las circunstancias, y dado que el nombre de la familia seguía en el punto de mira, había decidido hacer un gesto que pudiera ser interpretado como una muestra de buena voluntad hacia el nuevo régimen. Tenía en casa la lámpara de cuarzo Bosch de luz ultravioleta de José, el aparato de medicina que valía dos mil pesetas (5.000 € de 2026). Había pensado en regalársela al ejército, en nombre de su padre.

José leyó esa parte dos veces más.

Comprendía la lógica. Era la lógica del que intenta sobrevivir en un sistema que ha decidido que eres el enemigo: ofrecer algo de valor antes de que te lo quiten, convertir la expropiación en donación, el robo en generosidad. No era cobardía. Era inteligencia práctica en circunstancias en que la inteligencia práctica podía ser la diferencia entre seguir en pie o no.

Aun así, costaba leerlo.

Aquella lámpara de cuarzo había sido una inversión importante, un instrumento que José había usado durante años para tratar enfermedades de la piel con la tecnología más avanzada disponible. Se la regalaban al ejército de quienes lo habían encarcelado, le habían multado, le habían destituido y le habían robado el coche.

Le escribió a Pepito esa misma tarde. Has hecho bien, decía la carta. No hay nada en este mundo que valga más que seguir en pie.

Y después, en el silencio del pazo, se permitió un momento de rabia fría y limpia, breve como un relámpago, antes de volver a los libros.


En marzo, Carmelina le trajo una carta de Pilar con la letra más apretada que de costumbre, como si hubiera intentado meter más palabras de lo habitual en el mismo espacio. José la leyó de pie en el pasillo, sin sentarse, con la luz de la tarde entrando oblicua por la ventana.

El diez de marzo su hija Carmelina había tenido a la pequeña Beatriz. José era abuelo por segunda vez. La madrina había sido Aurita.


La primavera de 1937 llegó al pazo de Caldas de Reyes con una generosidad despreocupada que contrastaba con todo lo demás. Las camelias del jardín florecieron en rojo y en blanco, los días se alargaron, y José empezó a recibir visitas discretas de pacientes de la zona que habían oído que había un médico bueno desterrado en el pazo de Casal Novo. No podía ejercer oficialmente, su destitución como forense había sido confirmada en el BOE de febrero con la fría precisión burocrática del régimen, que era muy eficiente para destruir lo que otros habían construido.

Pero ejercer de manera informal, hablar con alguien que tenía una erupción en la piel o una tos que no cedía, eso no lo podía prohibir ningún decreto. Al menos no todavía.

Carmelina hacía pasar a los visitantes por la puerta de servicio y les ofrecía café mientras esperaban. Era una pequeña operación de resistencia doméstica que ninguno de los dos nombraba como tal, pero que ambos entendían perfectamente.

Una tarde de marzo, José estaba en el jardín con un libro cuando escuchó a Pepito en el camino de entrada. Su hijo apareció rodeando la esquina del pazo con paso rápido, y José supo antes de que abriera la boca que traía noticias que no eran buenas.

—¿Qué pasó? —dijo José, cerrando el libro.

Pepito se sentó en el banco de piedra frente a él. Tardó un momento en hablar.

—El Studebaker. El Gobierno Civil nos ha sugerido que se lo donemos formalmente. Ya no sería una requisición temporal, papá.

José no dijo nada durante varios segundos.

—¿Hay alguna forma de...?

—No. —Pepito sacudió la cabeza—. Ninguna. Es mejor que lo entreguemos nosotros, como gesto de buena voluntad.

José miró el jardín. Las camelias rojas. El muro de piedra. El cielo de marzo, todavía blanco y frío.

—Entrégalo —dijo al fin.

—Papá...

—Entrégalo, Pepito. —Su voz era tranquila, terminante—. No vale la pena pelearse por un coche.

Era la segunda vez que decía eso. Y la segunda vez que no se lo creía del todo. Pero era lo correcto, y José García-Ramos llevaba toda la vida haciendo lo correcto aunque le costara.


El verano de 1937 llegó con un calor inusual y con la sensación, engañosa como resultaría ser, de que las cosas se estaban estabilizando. La guerra civil seguía su curso brutal en el resto de España, pero en Galicia, territorio firmemente controlado por el régimen desde el primer día, la vida cotidiana había adquirido la rutina siniestra de la represión normalizada. La gente había aprendido a moverse con cuidado, a hablar en voz baja, a no preguntar por los que habían desaparecido.

José había aprendido también. Había aprendido a medir sus palabras en las cartas, a no comentar las noticias de la radio con nadie que no fuera Carmelina, a sonreír cortésmente cuando algún vecino de Caldas pronunciaba con entusiasmo el nombre del Generalísimo.

Por carta Pilar le comunica que su hijo Moncho ha regresado a La Coruña desde Barcelona y ha sido víctima del proceso de depuración del régimen, perdiendo su puesto como funcionario de aduanas.

A partir de ahí Moncho se encuentra en precario económicamente y decide buscarse la vida en el extranjero. Escapa clandestinamente en el vapor danés “Lotte” con el que llega al puerto inglés de Newport, trasladándose a Londres en donde la Embajada de la República Española le prepara los papeles necesarios para que pueda trasladarse a Cuba en donde residían familiares de su padre, particularmente su tío Modesto García Ramos. 


En julio llegó la Guardia Civil hasta el pazo para entregarle a José la nueva orden de ingreso en la cárcel de La Coruña. Va a ser procesado. Tiene cuatro días para trasladarse.

Una vez en La Coruña, José fue a conocer a Beatriz, su nueva nieta de cuatro meses. Ella sostenía la cabeza con esa concentración solemne de los bebés que acaban de descubrir que el mundo tiene más dimensiones de las que pensaban. José la tomó en brazos con los mismos gestos cuidadosos con que había sostenido a cientos de recién nacidos a lo largo de su vida, pero con algo diferente en los ojos que Pilar reconoció y que los demás quizás no vieron.

—Beatriz —dijo en voz baja, como si la nombrara por primera vez.

La niña lo miró con esa fijeza opaca y absoluta de los bebés, sin saber quién era, sin saber nada todavía del mundo en que había tenido la fortuna o la desgracia de nacer.

—Bienvenida —murmuró José—. Llegas en mal momento, pero eso no es culpa tuya.

Pilar, que estaba a su lado, le puso la mano en el brazo.

—José.

Él levantó los ojos.

—Ya vienen a buscarte —dijo ella, muy despacio—.

José miró a su nieta. Luego miró a su mujer. Luego volvió a mirar a Beatriz, que seguía estudiándole la cara con esa seriedad insobornable de los cuatro meses.

Le pasó un dedo por la mejilla, suave como una pluma.

—Qué remedio —dijo.

Y la devolvió a los brazos de su madre con el mismo cuidado con que la había tomado.


El 21 de julio de 1937, José García-Ramos y Segond cruzó por segunda vez la puerta de la Prisión Provincial de La Coruña.

Entró con la cabeza alta.

El Comandante Suárez lo vio llegar desde el fondo del pasillo y tuvo la decencia de apartar la mirada.


CAPÍTULO 22: El proceso

Julio 1937 - Diciembre 1941

La segunda vez fue diferente.

Ni mejor ni peor. Diferente. La primera detención había tenido la cualidad del shock, del mundo que se rompe de golpe en pedazos que uno no sabe todavía cómo recoger. Esta vez José entró en la prisión con el conocimiento exacto de lo que le esperaba: el camastro duro, el aire viciado, el rancho que no valía lo que costaba, los sonidos nocturnos de los hombres que no podían dormir. Y también sabía lo que podía hacer dentro de esos muros, lo que se le permitiría hacer, el lugar que ocuparía en el extraño ecosistema de aquella institución que había conocido desde siempre desde el otro lado.

Lo que no sabía era cuánto tiempo duraría esta vez. Y esa incertidumbre tenía una textura diferente a la del miedo. Era más parecida al vértigo.

El Comandante Suárez lo instaló en el patio de presos políticos sin muchas formalidades. Las mismas galerías, los mismos patios en cruz, la misma enfermería en el primer piso. Pero las caras habían cambiado. De los compañeros del verano del 36 quedaban pocos: algunos habían sido liberados, otros desterrados como él, otros habían tomado el camino sin retorno del Campo de la Rata. El patio estaba lleno de hombres nuevos, rostros que José no reconocía, historias que tendría que aprender de cero.

Esa misma tarde pidió ver a Suárez.

—Supongo que sabe para qué vengo —dijo José, sentado frente al escritorio del comandante con la misma postura de siempre.

—La enfermería —dijo Suárez.

—La enfermería.

El comandante tamborileó los dedos sobre el escritorio. Luego asintió.

—Mañana por la mañana.

—Esta tarde —dijo José—. Si hay pacientes, no pueden esperar a mañana.

Suárez lo miró durante un momento. Luego hizo un gesto al guardia que estaba junto a la puerta.

—Llévelo a la enfermería.


Las semanas pasaron con la lentitud particular del encierro, que tiene su propio sistema de medir el tiempo, distinto al del mundo libre. José atendía la enfermería por las mañanas y recorría el patio por las tardes, hablando con los presos nuevos, escuchando sus historias, diagnosticando en muchos casos no enfermedades del cuerpo sino del ánimo, que eran más frecuentes y más difíciles de tratar. Pilar seguía trayendo con la regularidad de un reloj suizo el termo de caldo gallego y las fiambreras con la comida que cocinaba ella. Pepito, Aurita y Carmelina venían cuando se podía.

El 17 de agosto llegó el auto de procesamiento.

Se lo leyeron en la sala de administración, el mismo cuarto pequeño del interrogatorio del año anterior. Esta vez había un oficial diferente, más joven, con aspecto de haber estudiado derecho y de lamentarlo. Leyó el documento con voz monótona y profesional, como quien recita una lista de la compra.

Los cargos eran tres.

Primero: pertenencia a secta masónica antinacional. Segundo: adhesión al Frente Popular y apoyo al gobierno republicano. Tercero: delito de rebelión militar, de acuerdo con el Código de Justicia Militar.

El oficial terminó de leer y levantó los ojos hacia José con una expresión que podía ser disculpa o simplemente indiferencia profesional.

—¿Tiene algo que declarar?

José había preparado mentalmente su respuesta durante las semanas anteriores, en las noches largas del camastro, cuando el cerebro trabaja mejor porque no tiene nada más que hacer.

—Sí —dijo—. Que durante los sucesos de octubre de 1934 permanecí en mi domicilio sin intervenir en alteración alguna del orden público. Que durante los hechos de julio de 1936 me limité a continuar en mi ocupación habitual como médico. Que no formé parte de comité, junta ni agrupación de carácter político disolvente. Y que no recuerdo haber firmado adhesión alguna a ninguna organización masónica.

El oficial lo miraba mientras hablaba, el lápiz inmóvil sobre el papel.

—¿No recuerda haberla firmado?

—No —dijo José.

Era la respuesta que los abogados de la logia habían aconsejado desde el principio. No una negativa rotunda que pudiera desmoronarse ante una prueba documental, sino una desmemoria estratégica, cuidadosamente construida sobre la base de que nadie puede demostrar lo que alguien recuerda o deja de recordar.

El oficial escribió algo. Luego cerró la carpeta.

—Puede retirarse.


Las visitas de Pilar en ese segundo periodo tenían una calidad diferente a las del primero. Ya no había el peso agobiante de la novedad, del mundo que acaba de romperse. Lo que había ahora era algo más sostenido y más grave: la conciencia compartida de que esto era largo, de que no había una fecha visible al final del túnel, de que la vida que conocían se había transformado en algo que habría que reconstruir desde cero cuando todo terminara, si terminaba.

Pilar no decía nada de esto. Pero José lo leía en cada visita, en la forma en que ella organizaba las noticias que le traía, eligiendo con cuidado qué contar y qué guardar, en la manera en que sus manos descansaban sobre la mesa del locutorio con una quietud que era esfuerzo contenido.

Una tarde de septiembre, Pilar llegó con la cesta de siempre y con algo diferente en la cara.

—¿Qué pasó? —dijo José antes de que ella abriera la boca.

—Nada malo. —Se sentó—. Moncho ha escrito desde la Habana. Dice que está bien.

—¿Y Pepito?

—Pepito está intentando recuperar algo de los embargos. Los abogados dicen que hay posibilidades con las cuentas del Banco de La Coruña.

—De momento no gastéis más de lo que puedan recuperar.

—Ya se lo dije. —Una pausa—. José, ¿cuánto tiempo más crees que...?

—No lo sé —dijo él, con la honestidad directa que era su forma de respetarla—. Nadie lo sabe. Pero el régimen necesita hacer sus procesos con cierto orden, aunque ese orden sea una farsa. Eso lleva tiempo.

Pilar asintió. Miró sus propias manos un momento.

—El Arzobispo volvió a interceder —dijo—. Elías fue a Santiago otra vez.

—Elías es un buen hombre.

—El mejor cuñado que podías tener. —Levantó los ojos hacia él—. Come la sopa caliente, y te he traído huevos encapotados con bechamel.


La guerra civil terminó en abril de 1939.

José lo supo por la radio que un funcionario dejaba encendida en el pasillo de administración, con el volumen suficientemente alto como para que se oyera en el patio. La voz de Franco anunciando la victoria final con esa cadencia plana y sin emoción que tenía, como si leyera un parte meteorológico. En el patio de presos políticos nadie celebró nada, naturalmente. Pero tampoco lloró nadie, porque ya no quedaban lágrimas para ese tipo de cosas.

José estaba apoyado en la pared del fondo cuando escuchó el anuncio. Cerró los ojos un momento. Pensó en todo lo que esa noticia significaba: que ya no había dos Españas en guerra, sino una sola España sometida. Que los que habían perdido no tenían ya ningún recurso legal, ninguna apelación posible, ningún frente alternativo al que acudir. Que el régimen que lo había encarcelado, multado, destituido y procesado no era ya un poder provisional sino una realidad permanente con la que habría que aprender a convivir.

Abrió los ojos. Miró el cielo sobre los muros del patio, azul y despejado, indiferente a todo.

Bueno, pensó. Hay que ver qué pasa ahora.


Lo que pasó fue el proceso del Tribunal de Responsabilidad Política.

En octubre de 1940, casi cuatro años después de su primera detención, José compareció ante el Tribunal de Responsabilidad Política de La Coruña. Era un organismo creado por el régimen para depurar responsabilidades políticas de quienes habían apoyado a la República, distinto del proceso por la masonería que seguía pendiente. España era eficiente en multiplicar sus tribunales de represión.

La sala era un cuarto amplio de techos altos en un edificio oficial de La Coruña, con sillas de madera y una mesa larga detrás de la cual se sentaban tres hombres con uniformes o trajes oscuros según el caso. Olía a papel viejo y a la particular solemnidad de los lugares donde se decide el destino de la gente sin que la gente tenga mucho que decir al respecto.

José se sentó en la silla del acusado y miró a los tres hombres con la misma atención clínica con que habría mirado a tres pacientes difíciles.

Allí se le informó de que el fiscal solicitaba para él la pena de muerte, por rebelión militar.

José se quedó helado. Muchos habían sido ya fusilados por el mismo cargo.

Lo que siguió duró varias horas. Hubo testigos, declaraciones, documentos. Y entonces ocurrió algo inesperado: varios vecinos y conocidos de La Coruña, algunos de ellos con credenciales indudablemente franquistas, declararon a favor de José. Dijeron que era un hombre de orden. Que nunca había participado en extremismo de ningún tipo. Que durante los años republicanos había ayudado a personas de derechas cuando había podido.

Era verdad. José había ayudado a quien lo necesitaba, independientemente de sus ideas políticas, porque esa era la única forma de ejercer la medicina que él conocía y que había practicado desde sus primeros años en Arzúa.

Finalmente la sentencia reconoció, con la retorcida gramática de los documentos oficiales del régimen, que José no había intervenido para nada en contra del Glorioso Movimiento Nacional, que estaba reputado como persona de orden y enemigo de todo extremismo. Y a continuación lo condenaba: ocho años de inhabilitación de empleos del Estado y una multa de quince mil pesetas (38.000 € de 2026) por haber sido diputado del Frente Popular.

José escuchó la sentencia sin moverse.

Era una condena. Pero era también, en el lenguaje en clave de aquellos documentos, un salvoconducto parcial. Había esquivado la pena de muerte. El tribunal decía en voz alta que no era un peligroso revolucionario. Eso podía servir de algo.

Cuando salió del edificio, Pilar lo esperaba en la calle, con el bolso apretado contra el costado y los ojos clavados en la puerta. Cuando lo vio aparecer, sus hombros bajaron un centímetro, igual que la primera vez que lo había visto entrar en el locutorio de la prisión.

José caminó hasta ella. La tomó del brazo.

—Quince mil pesetas y ocho años de inhabilitación —dijo.

Pilar absorbió la información un momento.

—¿Tienes hambre? —preguntó.

—Mucha.

—Bien. Aurita nos espera para comer.


Pero el asunto de la masonería seguía pendiente.

En marzo de 1940, el régimen promulgó la Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo, un instrumento legislativo de una contundencia que quitaba el aliento. Su primer artículo declaraba delito el mero hecho de haber pertenecido a la masonería, con penas que iban desde la inhabilitación perpetua hasta treinta años de reclusión. Para aplicarla, se constituyó en Madrid el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, un órgano dedicado en exclusiva a perseguir a los que el régimen consideraba sus enemigos más profundos e irreconciliables.

José lo leyó en el periódico una mañana de marzo, sentado en el comedor de la calle Ferrol. Llevaba unos meses relativamente tranquilos, sin estar formalmente encarcelado aunque con el proceso pendiente sobre su cabeza como una espada sin caer. Había retomado de manera muy discreta algunos pacientes particulares en la consulta de su casa, los más fieles.

Leyó el artículo despacio. Luego lo dobló y lo dejó sobre la mesa.

—¿Qué dice? —preguntó Pilar desde la cocina.

—Que van a por nosotros —respondió José.

Pilar asomó la cabeza por el umbral.

—¿Cuándo no?

José miró a su mujer. Y por primera vez en mucho tiempo, estuvo a punto de sonreír de verdad.


La propuesta de retractación llegó en mayo de 1940, junto con la citación del Juzgado para firmarla allí.

Era un documento extenso, redactado con la prosa enfática y grandilocuente del régimen, que José debía firmar para acogerse a una disposición que permitía reducir las penas a quienes reconocieran públicamente su error y declararan rotos todos sus vínculos con la masonería.

Se lo trajo un funcionario del juzgado a casa. Lo leyó de principio a fin, sentado a la mesa del comedor, con Pilar a su lado y Pepito de pie junto a la ventana.

Era un texto humillante. Tenía que declarar que había sido un error pertenecer a la masonería, que la masonería era una organización criminal y antinacional, que él rompía todos sus vínculos con ella y los repudiaba públicamente. Había párrafos enteros que parecían diseñados específicamente para hacer daño a quien los firmara, para dejar una marca indeleble de sumisión y renuncia.

José lo leyó hasta el final. Luego lo dejó sobre la mesa y miró a su hijo.

—¿Qué dicen los abogados?

—Que la firmes —dijo Pepito—. Que sin la retractación el tribunal de la masonería puede imponerte veinte años. Con ella, la pena se reduce significativamente.

—¿Cuánto es significativamente?

—Doce años como máximo. Posiblemente menos.

José miró el documento. Luego miró a Pilar.

Ella no dijo nada. Pero su mirada era clara: firma.

José fue al Juzgado, tomó la pluma. Y firmó.

No lo hizo con rabia ni con vergüenza. Lo hizo con la misma calma con que firmaba las recetas, los certificados forenses, los documentos oficiales de toda una vida. Era un papel. Decía lo que decía porque alguien con poder había decidido que dijera eso. Las palabras impresas en ese folio no cambiaban nada de lo que él sabía, de lo que él era, de lo que había creído y seguía creyendo sobre la libertad y la dignidad del ser humano.

Firmaría lo que querían. Él sabía lo que sabía.

Dejó la pluma sobre la mesa y empujó el documento hacia el centro.

—Listo —dijo—. ¿Hay café?


La citación de Madrid llegó en la primavera de 1941.

Un sobre oficial con el membrete del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. José debía presentarse ante dicho tribunal para ser juzgado por el delito continuado de masonería.

Pero no iría solo, ni en el tren de línea como un viajero cualquiera. El procedimiento era otro. La citación venía acompañada de una orden de ingreso en prisión preventiva en La Coruña mientras se tramitaba el traslado. Cuando el tribunal estuviera listo para verlo, la Guardia Civil se encargaría de llevarlo a Madrid.

José leyó el documento dos veces. Lo dejó sobre la mesa. Miró a Pilar.

—Tengo que ingresar en la prisión —dijo—. Hasta que me lleven a Madrid.

Pilar no parpadeó.

—¿Cuándo?

—Esta semana.

Hubo un silencio breve y denso, del tipo que se produce cuando dos personas que llevan muchos años juntas se miran y se dicen sin palabras todo lo que no tiene sentido poner en voz alta.

—Entonces esta noche cenamos en casa —dijo Pilar—. Y mañana te hago la maleta.


Cruzó la puerta de la Prisión Provincial por tercera vez en cinco años.

El alcaide Suárez lo recibió con la misma incomodidad de siempre, la de quien custodia a alguien a quien respeta y no puede hacer nada al respecto. José entró con la maleta pequeña de cuero marrón, saludó a los funcionarios que lo conocían por su nombre, y ocupó su lugar en el patio de presos políticos como quien vuelve a un sitio que, por mucho que le pese, ya le resulta familiar.

Esa misma tarde estaba en la enfermería.

—García-Ramos —dijo Fernández, el médico titular, con su alivio de siempre—. Otra vez por aquí.

—Otra vez —dijo José, dejando la maleta en el rincón y arremangándose la chaqueta—. ¿Qué tenemos?

Las semanas de prisión preventiva transcurrieron con la rutina ya conocida. La enfermería por las mañanas, el patio por las tardes, las visitas de Pilar con el termo y las fiambreras metálicos que ella apilaba con una geometría perfecta en la cesta de mimbre. José había hecho las paces con esa comida de locutorio, con el caldo gallego que llegaba templado y la tortilla que ya no estaba tan esponjosa como recién hecha, porque era lo que había y porque el estómago, cuando no tiene alternativa, aprende a encontrar placer en lo que le ofrecen.

Además, era de Pilar. Eso lo hacía todo mejor.

Una tarde, Pepito vino al locutorio con una expresión que José identificó inmediatamente como la de las noticias que se han masticado mucho antes de decidirse a escupirlas.

—¿Cuándo me llevan a Madrid? —preguntó José, adelantándose.

—La semana que viene. —Pepito apoyó los codos sobre la mesa—. Dos guardias civiles. En tren.

José asintió.

—¿Sabes cuánto durará el proceso?

—Los abogados dicen que semanas. Puede que más. Estarás en un calabozo en Madrid mientras dure todo.

—¿Donde?

—En la calle Conde de Peñalver. El Tribunal tiene sus propias instalaciones de detención.

José archivó esa información en el lugar donde archivaba los datos clínicos: con precisión y sin drama.

—Dile a tu madre que no se preocupe.

—Papá, mamá se preocupa. Eso no lo puedo evitar.

—Díselo de todos modos.


El día del traslado amaneció con una lluvia fina y persistente, la lluvia gallega que no moja de golpe sino que va calando despacio, con paciencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo. José recogió sus cosas con calma, dobló la ropa con el mismo cuidado de siempre, metió los libros en la maleta. Se despidió de Fernández con un apretón de manos.

—Cuida a los pacientes —le dijo.

—Hago lo que puedo —respondió Fernández.

—Ya sé. Pero hazlo un poco mejor mientras no estoy.

En el pasillo de acceso lo esperaban dos guardias civiles con sus tricornios y sus capotes de agua, jóvenes los dos, con esa expresión de profesionalidad impasible que tienen los hombres cuando cumplen órdenes que no han pedido. José los miró y pensó que podrían ser pacientes suyos en otras circunstancias. Que casi todo el mundo podía ser paciente suyo en otras circunstancias.

—¿Listo? —dijo uno de los guardias.

—Cuando ustedes quieran —dijo José.

Pilar estaba en la puerta de la prisión, bajo un paraguas negro, con la cesta de mimbre en el brazo. Los guardias se detuvieron a una distancia discreta, lo suficientemente cerca para no perderle de vista y lo suficientemente lejos para no escuchar.

José se acercó a ella.

Pilar lo miró de arriba abajo con esa inspección rápida e involuntaria de quien comprueba que la persona que quiere está entera. Luego le puso la mano en el pecho, sobre la chaqueta, encima del bolsillo donde él guardaba las cartas que le escribía.

—En la maleta tienes ropa limpia —dijo—. Y libros.

—Gracias.

—En Madrid hace más frío que aquí. Abrígate.

—Pilar.

—¿Qué?

—Te quiero.

Ella lo miró un momento. Luego apartó los ojos, como hacía siempre que algo la emocionaba más de lo que estaba dispuesta a mostrar.

—Eso ya lo sé —dijo—. Anda, que te están esperando.

José cogió la maleta. Siguió a los dos guardias civiles hacia el coche que los llevaría a la estación. Desde la acera, bajo la lluvia fina de La Coruña, Pilar lo vio alejarse sin moverse, sin agitar la mano, sin hacer ningún gesto que pudiera interpretarse como debilidad.

Solo cuando el coche dobló la esquina y desapareció de su vista, Pilar cogió un taxi. Al llegar cerró el paraguas, entró en el portal y subió las escaleras a la que seguía siendo, a pesar de todo, su casa.


El tren tardó muchas horas en llegar a Madrid.

José viajó en un compartimento de segunda clase con los dos guardias civiles, uno a cada lado, con la correcta distancia profesional que marca la diferencia entre la custodia y la brutalidad. No lo esposaron. Era un hombre mayor, un médico, no un fugitivo peligroso. Pero tampoco le quitaron los ojos de encima.

José miró por la ventanilla durante horas. Los montes de Galicia dando paso a la meseta castellana, el paisaje cambiando de verde a ocre a medida que el tren avanzaba hacia el sur, hacia una capital que él conocía de sus años de especialización pero que ahora era la sede del tribunal que iba a juzgarlo.

A mediodía, uno de los guardias sacó un bocadillo de la mochila y lo desdobló sobre las rodillas. El otro hizo lo mismo. Ninguno de los dos ofreció nada a José, que llevaba varias horas sin comer.

José abrió la maleta, sacó las fiambreras metálicas que Pilar había preparado y las abrió con cuidado. Ensaladilla con pimiento rojo, tortilla de patatas, pan de peso, una manzana.

El guardia de la derecha lo miró de reojo. José lo vio y, sin pensarlo demasiado, partió un trozo de tortilla y lo extendió en el papel de envolver.

—¿Quieren? —dijo—. Mi mujer hace la mejor tortilla de La Coruña.

Los dos guardias lo miraron. Luego se miraron entre ellos.

—Gracias —dijo el de la izquierda, y aceptó el trozo.

El de la derecha también. Y durante un rato los tres comieron en silencio, mirando el paisaje castellano pasar por la ventanilla, mientras el tren los llevaba hacia Madrid y hacia lo que viniera después.


El calabozo de la calle Conde de Peñalver era más pequeño que cualquier celda que José hubiera conocido en La Coruña.

Era un cuarto rectangular de paredes de cal, con una cama de hierro, una silla, una ventana diminuta enrejada a ras del techo que dejaba pasar un rectángulo de luz que se movía lentamente durante el día como un reloj de sol involuntario. El frío de las noches madrileñas de otoño se colaba por los bordes de la ventana con una puntualidad desagradable.

No había enfermería. No había patio. No había compañeros de celda con quienes conversar. No había nada que hacer salvo esperar, leer lo que había traído en la maleta, pensar, y escuchar los sonidos del edificio a su alrededor: pasos en el pasillo, voces amortiguadas, el ruido de puertas metálicas abriéndose y cerrándose con esa regularidad institucional que es igual en todas las prisiones del mundo.

José se adaptó.

Había aprendido, a lo largo de los últimos cinco años, que la adaptación no era derrota. Era supervivencia. Era la decisión de no desperdiciar energía peleándose con lo que no podía cambiarse y reservarla para lo que sí podía. Así que organizó el cuarto con lo poco que tenía, estableció sus rutinas dentro del espacio mínimo disponible: ejercicio físico por la mañana, lectura por la tarde, escritura por la noche.

Escribía cartas que no podía enviar. Las escribía en los márgenes del libro, en los bordes de los papeles que le daban para el proceso, en cualquier superficie disponible. Cartas a Pilar, cartas a sus hijos, anotaciones sobre casos médicos que recordaba, reflexiones sobre lo que estaba viviendo. No era un diario exactamente. Era más bien el ejercicio de un hombre que necesitaba mantener activo el pensamiento para no dejar que el encierro lo embotara.

Las comparecencias ante el tribunal eran los únicos momentos en que salía de ese cuarto. Lo llevaban por pasillos largos hasta una sala formal donde los jueces lo esperaban detrás de una mesa con carpetas y documentos y esa expresión de quien tiene el poder y lo sabe. José respondía a las preguntas con calma, con las respuestas preparadas, con la misma desmemoria estratégica de siempre.

Y entonces, en una de esas comparecencias, escuchó el nombre que cambió el tono de todo.

Manuel Campos Gómez.

El cubano. El hermano de logia de voz melodiosa y gestos expansivos, el aficionado al dominó y a las discusiones filosóficas. El hombre por cuyo nombre había preguntado el oficial en el interrogatorio de septiembre del 36, y cuyo nombre José había respondido que le sonaba vagamente.

Manuel Campos Gómez lo había denunciado. Había declarado ante el tribunal que José García-Ramos era masón, que lo había conocido en la logia, que podía atestiguarlo con detalle.

Un hermano de logia.

José escuchó la declaración con la cara completamente inmóvil. No miró hacia donde estaba el cubano en la sala. No había nada que mirar. La traición ya estaba hecha, ya estaba en las actas, ya era parte del proceso que determinaría cuántos años pasaría entre rejas. Lo que sintió en ese momento no fue soolo rabia. Fue algo más frío y más difícil de nombrar: la decepción profunda de comprobar que el miedo puede destruir lo que uno creía más sólido.

Cuando llegó su turno de declarar, José pronunció el texto que los abogados habían preparado con voz clara y sin temblor: que no recordaba haber firmado adhesión alguna, que se acogía a la retractación, que declaraba rotos todos sus vínculos.

Las mismas palabras de siempre. El mismo mecanismo de supervivencia, pulido ya por la práctica.

Esa noche, en el calabozo de la calle Conde de Peñalver, José estuvo despierto hasta tarde. No pensó en Campos con odio, aunque habría sido lo más sencillo. Pensó en lo que habría llevado a ese hombre a hacer lo que había hecho. El miedo tiene muchas formas y muchas caras, y no todas ellas son las de los verdugos. A veces la cara del miedo es la de alguien que conociste en la logia un martes por la noche, alguien que reía con tus chistes y debatía contigo sobre Voltaire y ahora ha firmado un papel que puede mandarte a la cárcel durante una década.

Nadie es completamente libre cuando tiene miedo. Esa era la verdad. No le consolaba. Pero lo explicaba.


El 12 de noviembre de 1941, José García-Ramos y Segond fue sentenciado y condenado a doce años y un día de reclusión, e inhabilitación perpetua para cargos de funcionario y para cargos de confianza y gerencia de empresas privadas, por el delito continuado de masonería.

Tenía sesenta y seis años.

Le leyeron la sentencia en la sala del tribunal, de pie, con los dos guardias a sus lados. La escuchó de principio a fin sin moverse.

Doce años y un día.

Cuando terminó la lectura y los jueces se levantaron, José permaneció un momento inmóvil, procesando los números con la parte analítica de su mente. Sesenta y seis años más doce. Setenta y ocho. Si cumplía la condena completa saldría de prisión con setenta y ocho años, si es que llegaba vivo a esa edad.

Pero había algo más en la aritmética de ese momento: con la retractación, la pena se había reducido desde los veinte años que podría haber sido. Los abogados habían hecho su trabajo. Y el tribunal de responsabilidad política había dejado escrito que era un hombre de orden. Esos papeles habían servido para algo.

Esa noche, en el calabozo, escribió una carta a Pilar. No era larga. Le decía que la sentencia era la que era, que el proceso había terminado, que volvía pronto a La Coruña. Le decía que estaba bien. Le decía que no se preocupara.

Al final, como siempre, escribió: Esto también pasará.

Dobló la carta, la metió en el sobre, escribió la dirección de la calle Ferrol con su letra firme y regular.

Y luego apagó la luz y trató de dormir, mientras afuera Madrid seguía con su vida nocturna, ajena y ruidosa, sin saber ni importarle que en esa habitación un hombre de sesenta y seis años acababa de ser condenado a doce años de prisión por haber creído, durante demasiado tiempo, en la libertad, la igualdad y en la fraternidad de los hombres.


El 8 de diciembre de 1941, los mismos guardias civiles o unos muy parecidos lo condujeron de vuelta al norte en el tren de La Coruña.

José miraba el paisaje castellano por la ventanilla en sentido inverso al de la ida, la meseta ocre dando paso de nuevo al verde de Galicia, la luz cambiando de cualidad a medida que se acercaban al Atlántico. Llevaba en el bolsillo la sentencia. Llevaba también, sin que nadie se lo hubiera dicho explícitamente, la sospecha fundada de que doce años y un día no necesariamente tenían que ser doce años y un día, que los procesos de revisión existían, que las circunstancias cambiaban, que la historia era larga y él había aprendido a serlo también.

Cuando el tren entró en la estación de La Coruña, José recogió la maleta, se puso el sombrero, y siguió a los guardias hacia el coche que lo llevaría a la prisión.

Cruzó la puerta de la Prisión Provincial por cuarta vez.

Conocía ya cada piedra de ese umbral.

El alcaide Suárez lo vio llegar desde el fondo del pasillo. Esta vez no apartó la mirada. Lo miró directamente, con algo en los ojos que era difícil de clasificar y que podía ser respeto, o culpabilidad, o simplemente el reconocimiento de dos hombres que llevan demasiados años en el mismo edificio desde lados opuestos de los barrotes.

—García-Ramos —dijo.

—Suárez —respondió José.

—La enfermería está como siempre.

—Eso me imaginaba.

Y sin más trámites, José García-Ramos y Segond dejó la maleta en el suelo, se arremangó la chaqueta, y fue a ver a sus pacientes.


CAPÍTULO 23: El Puerto de Santa María

Agosto de 1942

La noticia llegó un lunes de julio, sin previo aviso, como llegaban casi todas las noticias importantes en aquel lugar.

Un funcionario se asomó a la enfermería a media mañana, cuando José estaba cambiando el vendaje de un preso que había desarrollado una infección en la mano, y le dijo con la inexpresividad burocrática del que transmite órdenes sin entenderlas ni cuestionarlas que el director quería verlo.

José terminó el vendaje antes de ir. El preso, un hombre joven de Ferrol que llevaba tres meses en el patio de políticos, lo miró con algo parecido al pánico cuando vio que José recogía sus cosas.

—¿Se va, doctor?

—Todavía no lo sé —dijo José—. No te mojes esa mano hasta mañana.

El despacho de Suárez olía al tabaco de siempre y a los papeles de siempre, pero había algo en el ambiente que José identificó antes de que el director abriera la boca: la tensión particular del hombre que tiene que comunicar algo que preferiría no comunicar.

Suárez señaló la silla. José se sentó.

—Hay una orden de traslado —dijo el director, sin preámbulos—. La prisión central del Puerto de Santa María. El catorce de agosto.

José no dijo nada durante un momento.

El Puerto de Santa María. Cádiz. El sur. Cientos de kilómetros de su casa, de Pilar, de su comida, de las visitas de sus hijos, de todo lo que había construido dentro de ese encierro para hacerlo soportable.

—¿Hay algo que hacer al respecto?

Suárez lo miró con la honestidad incómoda de quien sabe la respuesta y sabe que no es la que el otro quiere escuchar.

—No —dijo.

José asintió una vez, despacio.

—De acuerdo. ¿Puedo avisar a mi familia?

—En la próxima visita.

Se levantó, se abotonó la chaqueta, y salió del despacho con el mismo paso tranquilo con que había entrado.


Pilar vino dos días después con la cesta de mimbre y la expresión de quien ya sabe, porque Pepito le había dicho, pero que necesita verlo con sus propios ojos para acabar de creerlo.

Se sentaron en el locutorio. Durante un momento ninguno de los dos habló.

—El Puerto de Santa María —dijo ella al fin.

—Sí.

—Eso está muy lejos, José.

—Lo sé.

—¿Cuánto tarda el tren?

—Dos días enteros, más o menos. Con transbordo en Madrid.

Pilar miró sus manos sobre la mesa. Tenía sesenta y cinco años y las manos de alguien que ha trabajado toda su vida, que ha cocinado y cosido y sostenido cosas y rezado con ellas. José las conocía de memoria, igual que conocía de memoria cada inflexión de su voz y cada gesto de su cara.

—No podré llevarte tu caldo —dijo Pilar.

Era una frase extraña para el momento, y los dos lo sabían. No era sobre el caldo. Era sobre todo lo demás.

—Ya me las arreglaré —dijo José.

—¿Cómo te las vas a arreglar? Tú con la comida de la cárcel no puedes. Nunca has podido.

—Pilar.

—¿Qué?

—Voy a estar bien.

Ella lo miró durante un momento largo. Luego sacó de la cesta el termo, las fiambreras, el pan de peso, y lo dispuso sobre la mesa con sus movimientos habituales, precisos, como si ese gesto repetido miles de veces fuera en sí mismo una forma de mantener el mundo en su sitio.

—Come —dijo.

José comió. Y mientras comía, hablaron de las cosas pequeñas, de Aurita, de una carta de Moncho desde Venezuela, de Carmelina en Pontevedra con la recién nacida. Porque hacía apenas unos días, el 1 de agosto, había nacido la pequeña Nena, hija de Carmelina y de José María Guimaraens, que estaba destinado como Capitán de Artillería en el regimiento de Pontevedra. Una nieta más que José no había podido conocer todavía, que había llegado al mundo mientras él estaba en ese locutorio con los barrotes entre medias y la maleta a medio hacer para el sur.

—¿Cómo está Carmelina? —preguntó.

—Bien. Cansada, pero bien. La niña es preciosa. —Pilar hizo una pausa—. No van a poder venir a verte. Con el traslado de José María a Pontevedra, con el bebé tan pequeño...

—No faltaba más —dijo José—. Que cuiden a la niña. Ya nos veremos cuando salga.

Lo dijo con naturalidad, como si salir fuera algo que estuviera en el calendario con fecha concreta. Pilar no respondió. Los dos sabían que no la había.

Al final de la visita, cuando el funcionario indicó que el tiempo había terminado, Pilar recogió la cesta. Se levantó. Miró a José a través de los barrotes con esa mirada que él había aprendido a leer en todos sus matices a lo largo de cuatro décadas.

—Escríbeme en cuanto llegues —dijo.

—Lo primero que haga.

—Y abrígate. Que aunque es el sur, por las noches refresca.

—Pilar.

—¿Qué?

—Gracias.

Ella hizo un pequeño gesto con la mano que podía significar muchas cosas y que probablemente las significaba todas.

Y se fue.


Lo que José no le había dicho a Pilar, porque no servía de nada decírselo y sí para angustiarla, era que llevaba semanas sin encontrarse bien.

No era nada agudo ni dramático, nada que un médico hubiera clasificado como urgente. Era un cansancio que no cedía con el sueño, una tos seca que aparecía por las noches, una falta de apetito que en él era en sí misma un síntoma revelador. Llevaba meses respirando el aire viciado de las galerías, durmiendo en un camastro con corrientes, comiendo un rancho que no alcanzaba los mínimos nutricionales exigibles. Tenía sesenta y siete años y un cuerpo que había sido tratado razonablemente bien durante la mayor parte de su vida pero que en los últimos años había acumulado facturas pendientes.

Se lo había dicho Fernández, el médico titular, con la incomodidad de quien examina a un colega.

—García-Ramos, no estás bien.

—Lo sé mejor que tú —había respondido José.

—Entonces sabes que un viaje largo en este estado no es lo más conveniente.

—Y también sé que la orden de traslado no viene con cláusula médica. Así que haz el favor de darme algo para la tos y dejemos de perder el tiempo.

Fernández le había dado lo que había. Que no era mucho.


El 14 de agosto de 1942 amaneció con el calor seco y blanco del verano gallego, ese calor que en La Coruña siempre tiene algo de sorpresa porque la ciudad está acostumbrada a la lluvia y al viento y el sol pleno le sienta como un traje prestado. José se levantó antes de que llamaran, se vistió con cuidado, dobló la ropa que quedaba y la metió en la maleta. Metió los libros. Metió el rosario. Metió las cartas de Pilar, atadas con un cordel, que había guardado desde la primera hasta la última.

En la enfermería se despidió de los pacientes que estaban en cama. El joven de Ferrol con la mano infectada lo miró desde la cama con los ojos de quien sabe que pierde algo importante.

—¿Quién me va a curar la mano ahora? —preguntó.

—Fernández —dijo José—. Y si Fernández no sabe, le explicas tú lo que hay que hacer. Ya te lo enseñé.

—Doctor...

—La mano seca, el vendaje limpio cada dos días, y que no la metas en agua fría. —José le puso la mano en el hombro un momento—. Cuídate.

En el pasillo, varios presos que lo conocían de meses de patio y enfermería se acercaron a despedirse. Apretones de manos, palabras en voz baja, una o dos palmadas en la espalda. José los recibió a todos con la misma calma con que lo había recibido todo, sin exageraciones hacia ningún lado.

Suárez lo esperaba en la puerta de administración.

—García-Ramos. —Le tendió la mano. Un gesto inhabitual, que los dos reconocieron como lo que era—. Que vaya bien.

—Siempre va bien de alguna manera —dijo José, estrechándosela.

El coche lo llevó a la estación.


El viaje al Puerto de Santa María duró dos días completos y dos noches.

El tren expreso de La Coruña a Madrid tardaba veinticinco horas en recorrer un trayecto que antes de la guerra se hacía en bastante menos. Los bombardeos habían destrozado tramos enteros de vía, y lo que quedaba en pie obligaba a la locomotora a avanzar a cuarenta kilómetros por hora, con la paciencia lenta y renqueante de un animal herido. José miraba por la ventanilla ese paisaje de posguerra, los pueblos con cicatrices de metralla en las fachadas, los puentes reconstruidos a medias, la tierra que había absorbido demasiado hierro en demasiado poco tiempo y que todavía no había acabado de olvidarlo.

En Madrid, transbordo. Andenes, maleta, el funcionario Serrano orientándose entre los carteles con la parsimonia de quien ha hecho esto antes. Luego otro tren, otras veinticinco horas hacia el sur, la meseta dando paso a Sierra Morena y Sierra Morena a Andalucía, el paisaje cambiando de color y de temperatura a medida que la locomotora avanzaba con su mismo paso fatigado de cuarenta kilómetros por hora, imperturbable, ajena a cualquier urgencia.

La tos apareció en la primera noche y no se fue. José la contenía contra el pañuelo en silencio, para no despertar a Serrano que dormitaba en el asiento de enfrente. En el transbordo de Madrid había comido algo en la cantina de la estación, poco, lo justo para que el estómago no protestara. En algún momento de la segunda noche, con Andalucía oscura pasando al otro lado del cristal, José apoyó la cabeza en la ventanilla y pensó que llevaba casi cincuenta horas en movimiento y que su cuerpo, que ya no era el de un hombre joven, lo sabía con una precisión que no admitía dudas.

Al amanecer del tercer día, cuando el tren empezaba a acercarse a la bahía de Cádiz, José despertó de un sueño inquieto y miró por la ventanilla. La luz era diferente. Era la luz del sur, más blanca, más horizontal, que lo bañaba todo con una claridad sin sombras que nada tenía que ver con la luz gallega. El mar apareció a lo lejos, la bahía de Cádiz brillando como una bandeja de plata bajo el sol de la mañana, y José lo miró con la curiosidad de quien ve algo hermoso en el momento menos indicado para encontrarlo.

El mar era el mar. Eso al menos era igual en todas partes.


La antigua Prisión Central del Puerto de Santa María era un penal mayor que el de La Coruña, con más módulos, más presos, y la particular atmósfera de los lugares donde el hacinamiento ha alcanzado un nivel que convierte la humanidad en un problema logístico: estaba pensado para mil reclusos y ya albergaba cinco mil. El penal ocupaba el monasterio de la Victoria, construido en el siglo XVI.

El coche que los recogió en la estación recorrió las calles del Puerto bajo un sol de mediodía que caía vertical y sin piedad. José miraba por la ventanilla las calles encaladas, las palmeras, la gente moviéndose con la lentitud razonable de quien vive bajo ese sol desde siempre. Era otro mundo. Otro país, casi, dentro del mismo país.

Llegó con la maleta, la tos, el cansancio del viaje y una fiebre que había comenzado a notar en las últimas horas del tren y que su termómetro interior, afinado por décadas de práctica clínica, situaba en torno a los treinta y ocho grados.

El funcionario de recepción lo registró con la eficiencia mecánica de quien ha procesado demasiados ingresos. Nombre, edad, delito, procedencia. Luego levantó los ojos hacia José por primera vez y lo miró con la atención de quien acaba de notar algo.

—¿Está usted bien?

—He tenido mejores días —dijo José.

Lo llevaron a la enfermería antes que al módulo. No por deferencia, sino porque el médico de guardia, un hombre joven llamado Castillo que tenía aspecto de haber acabado la carrera no hacía mucho, lo vio entrar y tomó la misma decisión que habría tomado José en su lugar.

—Siéntese —le dijo Castillo.

José se sentó en la cama de la enfermería. Dejó que Castillo lo auscultara, le tomara la temperatura, le mirara la garganta. Lo observó trabajar con esa atención involuntaria del profesional que nunca deja de evaluar la técnica de los demás.

—Treinta y ocho dos —dijo Castillo—. Y los pulmones no me gustan.

—A mí tampoco me gustan —dijo José—. Llevo semanas sin gustarme.

—¿Cuánto tiempo lleva con esta tos?

—Desde mayo, más o menos. El ambiente de La Coruña no ayuda.

—¿Ha expectorado sangre?

—No. Solo la tos seca.

Castillo anotó algo en la ficha. Luego levantó los ojos con la expresión de quien está calibrando cómo decirle algo a alguien que ya lo sabe.

—Doctor García-Ramos, usted necesita reposo. Y mejor alimentación que la que va a encontrar en los módulos.

—Lo sé perfectamente —dijo José—. ¿Puede hacer algo al respecto?

—Puedo dejarlo en enfermería unos días mientras se estabiliza.

—Le agradezco cualquier cosa por encima del rancho estándar.

Castillo asintió. Y luego hizo algo que José no esperaba: le tendió la mano.

—Es un honor tenerlo aquí, doctor. He leído sus trabajos sobre dermatología.

José lo miró un momento. Luego estrechó la mano del joven médico con una calidez genuina.

—El honor es mío por haberlos leído —dijo—. Ahora, si no le importa, creo que voy a necesitar ese reposo del que hablaba.


Pasó los primeros días en la enfermería, entre la fiebre y el cansancio y el ruido sordo del penal al otro lado de la pared. Desde la cama, cuando la fiebre cedía lo suficiente como para que pudiera pensar con claridad, José observaba el funcionamiento de la enfermería con ojo clínico. Vio lo que faltaba, que era casi todo. Vio lo que Castillo hacía bien, que era bastante para su experiencia. Vio lo que podía mejorarse.

Cuando al cuarto día la fiebre bajó, llamó a Castillo.

—¿Cuántos pacientes tiene usted solo?

—Depende del día. Entre veinte y cuarenta casos activos.

—¿Con qué personal?

—Un enfermero. Y yo.

José asintió.

—Necesita ayuda.

—Sí —dijo Castillo, con la sencillez del que no tiene energía para disimular lo evidente.

—Pues ya la tiene —dijo José—. Cuando me deje levantarme.

Castillo lo miró.

—Doctor, usted es el paciente.

—Soy médico —dijo José—. Lo de paciente es provisional. Lo otro es permanente.

Fue la propia dirección del penal quien, unos días después, formalizó lo que ya era una realidad: José quedaría asignado al "taller de médico". Los otros talleres existentes eran: alpargatería, confección, carpintería... Era la primera vez que escuchaba ese término, taller, aplicado a su profesión, con la lógica industrial de un sistema que convertía en trabajo cualquier habilidad de sus presos. Le pareció una forma curiosa de llamarlo. Pero el resultado era el mismo: podía ejercer. Y eso era lo que importaba.


Cuando pudo levantarse, José escribió a Pilar.

Le contaba que había llegado bien, que había tenido un poco de fiebre del viaje pero que ya estaba mejor, que el penal era grande y el clima muy diferente al de Galicia. Le contaba que ya estaba trabajando en la enfermería, que el médico joven era competente y buen muchacho. Le decía que el calor del sur era impresionante, que nunca había sentido nada igual, que entendía ahora por qué los andaluces iban tan despacio, que era la única respuesta racional a esas temperaturas.

Le decía que echaba de menos el caldo. Que la comida del penal era exactamente tan mala como cabía esperar, pero que estaba haciendo gestiones.

Lo de las gestiones era verdad. Había hablado con el director del penal, un hombre llamado Ortega que tenía el bigote de rigor y la mirada de quien lleva demasiados años administrando miseria ajena. José le había explicado, con la cortesía directa que era su estilo, que era médico, que llevaba veinticinco años como forense, que tenía sesenta y siete años y una salud que había salido deteriorada de los meses en La Coruña, y que si el penal quería aprovechar sus conocimientos necesitaba comer algo que no fuera el rancho estándar.

Ortega lo había mirado durante un momento.

—¿Tiene familia en el Puerto?

—No. Tengo la familia en La Coruña. Y una hija en Pontevedra con un bebé recién nacido.

—¿Conoce a alguien aquí?

—A nadie.

Ortega tamborileó los dedos.

—Puedo autorizar que una persona de aquí le traiga comida. A su costa, naturalmente.

—Naturalmente.

Escribió a Pilar esa misma tarde para que gestionara el dinero. Y Pilar, que era Pilar, lo resolvió en una semana: encontró a través de contactos una mujer del Puerto, una viuda llamada Carmen que cocinaba para varios presos de cierta edad, y acordó con ella una tarifa por traerle a José una comida decente cada día.

La primera vez que Carmen apareció en la reja de la prisión con el cazuelón tapado con un paño de cocina, José la olió desde el pasillo y pensó que Pilar valía su peso en oro.


Los meses en el Puerto de Santa María tuvieron su propia cadencia, distinta a todo lo anterior.

Era un penal más duro que La Coruña en algunos aspectos, más anónimo, más masificado. Pero tenía también algo diferente: la luz. Aquella luz del sur que entraba por las ventanas de la enfermería con una generosidad que el clima gallego nunca había dispensado, que hacía que los colores fueran más vivos y las sombras más nítidas.

José se hizo su lugar en la enfermería con la misma metódica paciencia con que se había hecho su lugar en la de La Coruña. Castillo lo respetaba, le consultaba los casos difíciles, le dejaba operar con autonomía dentro del espacio que la institución permitía. Los presos de los módulos sabían que había un médico mayor en la enfermería que entendía las cosas, y llegaban con sus dolencias reales y con sus dolencias imaginarias y con la dolencia verdadera de todos, que era el miedo y el tiempo y la incertidumbre, y José los atendía a todos con la misma atención.

No porque fuera un santo. Sino porque era su trabajo.

Las cartas de Pilar llegaban con regularidad, aunque tardaban más que desde La Coruña. Le contaba de Aurita, de Pepito, que había encontrado trabajo como médico en los astilleros de Ferrol, de las cartas de Moncho desde Caracas, de la pequeña Nena creciendo en Pontevedra. Le contaba las cosas pequeñas, el precio del mercado, la vecina del tercero, el tiempo en La Coruña que seguía siendo el tiempo de siempre.

José las leía despacio, dos veces, y luego las guardaba con el cordel junto a las anteriores, que ya formaban un paquete considerable en el fondo de la maleta.


Una tarde de octubre, sentado en el patio de la enfermería con la luz del sur dando de lleno en la cara, José cerró los ojos un momento y pensó en el Studebaker. En las carreteras gallegas. En Pilar en el asiento del copiloto. En el olor a mar cuando llegabas a la costa y bajabas la ventanilla.

Luego abrió los ojos y miró las calles del Puerto que se adivinaban más allá de los muros, las palmeras, los tejados blancos bajo el cielo azul de Andalucía. Un lugar que no conocía, que no había elegido, al que lo habían traído contra su voluntad a sus sesenta y siete años.

No podía saber entonces lo que el tiempo tenía reservado para ese rincón del sur. No podía saber que su nieta Beatriz, la niña de cuatro meses a quien había despedido en La Coruña con un dedo en la mejilla antes de volver a cruzar la puerta de la prisión, crecería, se casaría y se iría a vivir a Jerez de la Frontera, a apenas once kilómetros de donde él estaba sentado en ese momento mirando el cielo andaluz. Ni que su bisnieta, también llamada Beatriz, llenaría de vida y de risas una casa muy cerca del Puerto de Santa María. Y que su tataranieta Beatriz se graduaría en el monasterio de la Victoria, donde él estaba ahora encarcelado.

La historia tiene esa costumbre de trenzar los hilos sin avisarte.

José cerró los ojos de nuevo. El sol del sur era cálido y generoso y no distinguía entre libres y presos.

Esto también pasará, pensó.

Y volvió a sus pacientes.


El 30 de noviembre de 1942 llegó otra orden de traslado.

Esta vez el destino era Burgos.

José leyó el papel que Castillo le trajo a la enfermería con una expresión que el joven médico no supo interpretar del todo. No era sorpresa, exactamente. Era algo más parecido al reconocimiento: la confirmación de que el sistema seguía moviéndolo de un lado a otro como una ficha en un tablero, sin más lógica aparente que la demostración de que podía hacerlo.

—Burgos —dijo Castillo—. En diciembre.

—Sé leer —dijo José.

—Doctor, Burgos en invierno es...

—Sé lo que es Burgos en invierno.

Castillo lo miró con la preocupación franca del médico joven que no ha aprendido todavía a disimularla.

—No está usted en condiciones de...

—Castillo. —José levantó una mano—. ¿Hay algo que usted pueda hacer para que no me trasladen?

Una pausa.

—No —admitió el joven.

—Entonces haga el favor de ayudarme a preparar el informe médico que voy a necesitar para que en Burgos me traten con algo de sentido común. Eso sí puede hacerlo.

Castillo asintió. Y se puso a escribir.

Esa tarde, José le escribió a Pilar. La carta era más corta que de costumbre, directa como siempre, sin dramatismos que no servían para nada.

Me trasladan a Burgos el tres de diciembre, decía. El clima será peor pero ya me las arreglaré. No te preocupes. Cuídate mucho.

José.


Estatua a los presos del Penal del Puerto encarcelados por motivos políticos

CAPÍTULO 24 - El Penal de Burgos

Diciembre de 1942 – Diciembre de 1943

El tren entró en la estación de Burgos a primera hora de la mañana, con una puntualidad que contrastaba con el aspecto gris y exhausto del mundo que se veía por la ventanilla. José había viajado toda la noche desde el Puerto de Santa María, de nuevo custodiado, de nuevo con la maleta pequeña de cuero marrón en el portaequipajes, de nuevo mirando el paisaje cambiar de color y de temperatura mientras el tren avanzaba hacia el norte.

Pero esta vez el paisaje cambiaba en la dirección equivocada.

Del clima generoso del sur al frío de la meseta castellana en diciembre. De la luz blanca de Andalucía a ese cielo bajo y plomizo que Burgos tiene en invierno, como si la ciudad llevara siglos acostumbrándose a que el mundo se ponga encima suyo con todo su peso. Cuando José bajó al andén con la maleta en la mano, el aire le golpeó la cara con una brutalidad que no tenía nada de metafórico. Era simplemente frío. Un frío seco, cortante, el frío de la meseta a novecientos metros de altitud en el mes de diciembre, el tipo de frío que te dice desde el primer momento que aquí las cosas no van a ser fáciles.

José se subió el cuello del abrigo. Siguió al funcionario de custodia hacia el coche.

—¿Hace siempre este frío? —preguntó.

—Esto es suave —dijo el funcionario, sin ironía aparente—. Espere a enero.


La Prisión Central de Burgos se encontraba a cinco kilómetros al oeste de la ciudad, en las afueras, un edificio construido en 1932 con capacidad para ochocientos cincuenta presos repartidos en noventa y cinco celdas. Eso era lo que había sido. Lo que era en diciembre de 1942, cuando José cruzó su puerta, era otra cosa.

Según fuentes oficiales, en agosto de ese mismo año la población reclusa había alcanzado la cifra de cuatro mil internos. Cuatro mil hombres en un espacio pensado para menos de uno de cada cuatro de ellos. El resultado era predecible para cualquier médico y para cualquier persona con sentido común: hacinamiento insoportable, alimentación escasa y de pésima calidad, y la aparición inevitable de enfermedades contagiosas: tuberculosis, bronconeumonía, tifus, avitaminosis. A eso había que añadir el frío espantoso del invierno, el calor abrasador del verano, la suciedad, los piojos.

José procesó toda esta información durante los primeros minutos de ingreso, con la mirada clínica del médico que entra en un espacio y lo diagnostica antes de que nadie le diga nada.

El diagnóstico no era bueno.

El funcionario de recepción lo registró con la eficiencia mecánica de siempre. Nombre, edad, delito, procedencia. Luego levantó los ojos hacia ese hombre mayor de pelo blanco que lo miraba con una serenidad que resultaba ligeramente desconcertante en las circunstancias.

—¿Oficio o profesión?

—Médico —dijo José—. Médico forense, dermatólogo y cirujano.

El funcionario escribió algo. Y José esperó, con la paciencia aprendida a lo largo de años, a que el sistema decidiera qué hacer con él.


En 1940, Franco había dado la orden de trasladar al Penal de Burgos todos los presos políticos del resto de España a quienes se les hubiera conmutado la pena de muerte por la de prisión. El resultado de esa orden era el mundo que José encontró al ser conducido al patio de presos políticos: un lugar que no se parecía a ningún otro que hubiera conocido antes.

Porque en el patio de Burgos no había solo sindicalistas y maestros de pueblo y funcionarios republicanos. Había también escritores, abogados, médicos, ingenieros, profesores universitarios, oficiales del ejército republicano, diputados, periodistas, dirigentes políticos de todos los partidos que habían tenido la desgracia de encontrarse en el lado equivocado del 18 de julio. Dentro de la actividad político-cultural existía incluso una tertulia literaria donde se realizaban debates y representaciones escenificadas sobre escritores célebres. Los presos se habían organizado para impartirse clases unos a otros: francés, inglés, matemáticas, historia, literatura. Lo llamaban, con el humor negro que es el último recurso de los que no tienen otro, la Universidad de Burgos. O, más específicamente, la "Universidad Roja".

José lo entendió la primera tarde, cuando un hombre de unos cuarenta años con gafas de montura metálica se acercó a él en el patio con la formalidad de quien hace una presentación en un congreso.

—Doctor García-Ramos, supongo. Me lo han dicho en el módulo. Soy Aurelio Fernández, catedrático de Derecho en la Universidad de Salamanca. O lo era, antes de que me inhabilitaran. —Le tendió la mano—. Bienvenido a la mejor universidad de España. La única que no cobra matrícula.

José estrechó la mano del catedrático.

—¿Y qué se estudia aquí? —preguntó.

—Lo que cada uno puede enseñar. —Fernández hizo un gesto amplio hacia el patio—. Tenemos un ingeniero de caminos que da matemáticas, un coronel que da historia militar, un poeta que da literatura. Y nos faltaba un médico. Ahora ya no nos falta.

José miró el patio. Cuatro mil hombres en un espacio para ochocientos. El frío de diciembre cayendo sobre todos ellos con la misma imparcialidad brutal. Y en medio de todo eso, hombres dando clase, debatiendo, enseñando, negándose a dejar que el encierro les embotara el pensamiento.

—¿De qué quieren que hable? —dijo José.

—De medicina, naturalmente. Aquí hay mucha gente enferma y poca información sobre cómo cuidarse.

—Eso sí puedo hacerlo.


Pero antes de enseñar nada, José necesitaba resolver el problema más urgente.

El frío.

No era una queja, era un diagnóstico. Con sesenta y siete años, una salud que había salido comprometida de los meses anteriores y una tos que no terminaba de irse, el frío de Burgos en invierno era un riesgo médico real y concreto. José lo sabía mejor que nadie. Y también sabía que la celda que le habían asignado, pensada para un hombre y compartida con cuatro, tenía una ventana que cerraba mal y una manta que habría sido insuficiente para un hombre joven y sano.

Pidió ver al director.

El director del penal era un militar de carrera, un comandante apellidado Romero, con el bigote y la expresión de quien ha visto demasiadas cosas para sorprenderse de ninguna más. Escuchó a José con la atención distraída del hombre ocupado.

—¿Qué necesita? —dijo cuando José terminó.

—Ropa de abrigo adecuada. Y autorización para que alguien de Burgos me traiga comida. Tengo los medios para pagarla.

Romero lo miró.

—¿Edad?

—Sesenta y siete años.

—¿Profesión?

—Médico. Puedo ser útil en la enfermería, si me lo permiten.

Romero tamborileó los dedos sobre el escritorio. Era el mismo gesto universal de los directores de prisión, pensó José, debían de enseñarlo en alguna academia militar.

—Para la comida, necesito que me haga llegar una solicitud por escrito, de manera que una persona de confianza se ocupe de ello. —Romero hizo una pausa—. La enfermería, lo veremos.

José escribió a Pilar esa misma tarde. Le explicaba la situación con la economía de palabras de quien sabe que las cartas pueden ser leídas por ojos no deseados: que hacía mucho frío, que necesitaba que le enviara dinero para gestionar la comida, que buscara a alguien de confianza en Burgos o que preguntara en La Coruña si alguien conocía a alguien.

Pilar, que era Pilar, lo resolvió en dos semanas. A través de una cadena de contactos que nunca quedó del todo clara, apareció una mujer burgalesa dispuesta a cocinar para un preso mayor que pagaba puntualmente.

Se llamaba Áurea, como su hija, era viuda de un funcionario y tenía la complexión robusta y el carácter práctico de las mujeres que han aprendido a resolver solas los problemas de la vida. Cada día, a la hora del mediodía, Áurea aparecía en la reja de entrada con el cazuelón tapado con un paño de lana gruesa, porque en Burgos el paño de cocina del Puerto de Santa María no habría servido de nada.

La primera vez que José tomó ese caldo caliente en el frío del comedor del penal, cerró los ojos un momento. No era el caldo de Pilar. Pero era caliente, era suficiente, y estaba hecho con la intención de que alguien se encontrara mejor después de tomarlo.

Era suficiente.


El invierno de Burgos fue exactamente lo que el funcionario de custodia había anunciado en el andén de la estación.

Las celdas eran de piedra y el frío se instalaba en ellas con la permanencia de algo que tiene derecho a estar ahí. Por las mañanas, el agua de la palangana amanecía con una película de hielo que había que romper con el puño antes de lavarse. En el patio, el aliento de los presos formaba nubes de vapor que se disolvían en el aire gris de la meseta. Los hombres menos abrigados se movían sin parar durante las horas de patio, caminando en círculos, porque detenerse era dejar que el frío te ganara.

José había conseguido que Pilar le enviara un jersey grueso de lana, unos calcetines de abrigo y los guantes de invierno que tenía en casa desde hacía años. Se los ponía todos juntos cada mañana, en ese orden específico que había desarrollado como ritual de supervivencia, y aun así el frío de Burgos encontraba siempre algún resquicio por el que colarse.

La tos empeoró en enero. Era inevitable: el aire seco y helado de la meseta, el hacinamiento de las celdas, la imposibilidad de descansar bien en un espacio compartido por cuatro hombres con sus cuatro respiraciones y sus cuatro historias de insomnio. José se trató a sí mismo con los recursos disponibles, que eran escasos. Vapor caliente cuando podía conseguirlo. El jersey de lana puesto incluso para dormir. El caldo de Áurea que llegaba a mediodía como el único momento del día en que el cuerpo podía permitirse cierta relajación.

Una noche de enero, el catedrático Fernández, que compartía celda con él, lo escuchó toser durante un rato largo y luego dijo en la oscuridad:

—¿Está usted bien, doctor?

—Estoy vivo —dijo José—. Que es la respuesta más honesta que puedo darle a esa pregunta.

Un silencio.

—¿Necesita algo?

—Necesito que deje de hacer este frío. Pero eso está fuera de sus posibilidades.

—Me temo que sí.

—Entonces duérmase, Fernández. Mañana tiene usted clase de derecho constitucional y sus alumnos merecen un profesor descansado.

Otro silencio. Y luego, desde la litera de abajo, el sonido contenido de una risa.


En la enfermería, José encontró lo que ya había encontrado en La Coruña y en el Puerto de Santa María, pero amplificado por el tamaño del penal y por las condiciones del invierno: demasiados enfermos, demasiado poco de todo lo demás.

Entre las enfermedades más frecuentes estaban la tuberculosis, la avitaminosis, la bronconeumonía, el tifus y el cólera. José las veía todas, en distintos estadios de evolución, en hombres de todas las edades y procedencias. El médico titular del penal, un hombre llamado Vega que había llegado al cargo por ser afecto al régimen más que por sus méritos clínicos, reconoció desde el primer día la experiencia de José con la misma mezcla de alivio y incomodidad que Fernández había reconocido en La Coruña.

—Tiene usted más años de práctica que yo de vida —le dijo Vega la primera mañana.

—Eso no tiene por qué ser un problema —dijo José.

—No lo es. —Una pausa—. Bienvenido a la enfermería.

José se remangó la chaqueta y fue a ver a sus pacientes.

Lo más frecuente y lo más grave era la tuberculosis. Se extendía en el hacinamiento de las celdas con la eficiencia silenciosa de algo que tiene todo el tiempo del mundo y sabe que las condiciones le son favorables. José diagnosticaba, recomendaba el aislamiento que era imposible de conseguir en aquel espacio, prescribía lo poco que había, y hacía lo que siempre había hecho cuando la medicina no alcanzaba: escuchaba, explicaba, ayudaba al enfermo a entender lo que le estaba pasando y lo que podía hacer para mitigarlo.

Un día de febrero, un hombre joven de unos treinta años, un maestro de Extremadura con los pómulos hundidos y los ojos demasiado brillantes de la fiebre, le preguntó con voz ronca:

—Doctor, ¿voy a morirme?

José lo miró. Era la pregunta que ningún médico quiere responder y que todos tienen que aprender a responder de todos modos.

—No si puedo evitarlo —dijo—. Pero necesito que me ayudes. Que comas todo lo que puedas, aunque no tengas apetito. Que te muevas en el patio aunque haga frío. Que duermas con la boca tapada. Y que me digas inmediatamente si la fiebre sube.

—¿Por qué me lo dice? —preguntó el maestro—. Usted también es preso. No tiene por qué...

—Soy médico —dijo José, con la sencillez de quien recita algo que es tan obvio que casi no merece decirse—. Eso no lo cambia nadie.


En la "Universidad Roja", José impartía sus clases en el patio cuando el tiempo lo permitía, o en el pasillo junto a la enfermería cuando no. Sus alumnos eran hombres de todas las edades y todos los oficios, que lo escuchaban con atención hambrienta. Hablaba de higiene, de nutrición, de cómo reconocer los síntomas de las enfermedades más comunes y qué hacer antes de que un médico pudiera intervenir. Hablaba de cómo cuidar el cuerpo en condiciones de privación, de la importancia del movimiento, del sueño, de beber agua aunque estuviera fría.

Eran clases prácticas, útiles, sin ninguna pretensión académica. Pero el catedrático Fernández, que asistía a todas ellas con sus gafas de montura metálica y su cuaderno de apuntes, le dijo un día:

—Usted enseña como quien habla con un paciente. Sin distancia.

—Es que estoy hablando con pacientes —dijo José—. Solo que todavía no están enfermos.

—Eso es exactamente lo que es la medicina preventiva, doctor.

—Ya lo sé. Llevo cuarenta años practicándola.

Fernández sonrió.

—En esta universidad, usted es el decano.


Las cartas de Pilar llegaban con la puntualidad de siempre, aunque el frío de Burgos parecía ralentizarlo todo, incluso el correo. Le contaba de Aurita, de Pepito en Ferrol, de Moncho en Venezuela, cuya mujer estaba embarazada. Le contaba que Carmelina estaba bien en Pontevedra con sus cuatro hijos. De la pequeña Nena, que ya tenía seis meses y que según decía era la niña más lista que había nacido en Galicia en mucho tiempo, lo cual era exactamente lo que cabría esperar de una García-Ramos.

José leía esas cartas en el pasillo de la enfermería, que era el lugar más cálido del penal, aprovechando los últimos minutos de luz de la tarde antes de que la oscuridad llegara demasiado pronto, como llegaba siempre en el invierno de Burgos.

Pensó que era un hombre afortunado, aunque eso costara un poco de esfuerzo verlo desde donde estaba sentado.


La primavera llegó a Burgos con la tardanza característica de los climas continentales, que no se rinden al calendario sino cuando les parece. Pero llegó. Y con ella, algo que José había aprendido a rastrear en los penales con la misma atención con que rastreaba los síntomas de una enfermedad: el cambio en el ambiente, la percepción difusa de que algo en el sistema podía estar moviéndose.

Corrían rumores. Los penales siempre tenían rumores, pero estos tenían una cualidad diferente, más concreta, más fundamentada. Se hablaba de decretos de libertad condicional, de revisiones de condenas, de que el régimen necesitaba vaciar las prisiones porque el coste de mantenerlas tan llenas era insostenible incluso para una dictadura.

José escuchaba esos rumores con la cautela del hombre que ha aprendido a no construir nada sobre arena. Pero los escuchaba.

Y en el verano, Pepito le escribió una carta que era más larga que de costumbre y que José leyó tres veces.

Los abogados habían presentado una solicitud de conmutación de pena. Habían argumentado la edad de José, su estado de salud, los informes médicos de Castillo en el Puerto de Santa María, el reconocimiento del propio Tribunal de Responsabilidad Política de que era un hombre de orden. Argumentaban que doce años de condena para un médico de sesenta y siete años con la salud comprometida era, en la práctica, una condena de muerte.

Pedían conmutar la pena por seis años de confinamiento. Residencia obligatoria a más de cien kilómetros de donde se había cometido el delito, es decir, fuera de La Coruña. Pero en libertad. Sin rejas.

La carta también traía otra noticia, en julio había nacido su nieto Luis en Caracas.

José dobló la carta con cuidado. Se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.

Esa noche, en la celda que compartía con cuatro hombres, con el frío de Burgos cediendo apenas lo justo para que fuera posible dormir sin los guantes puestos, José permaneció despierto durante un rato largo mirando el techo oscuro.

No se permitió la esperanza. La esperanza era un lujo peligroso en los penales, que te hacía vulnerable de una manera que el estoicismo no te hacía. Pero sí se permitió hacer el cálculo: si la conmutación se aprobaba antes de que llegara el invierno siguiente, no tendría que volver a pasar otro diciembre en Burgos.

Eso era suficiente para cerrar los ojos.


El 14 de diciembre de 1943, José García-Ramos y Segond fue informado de que su pena había sido conmutada por la de seis años y un día de confinamiento. Debía residir a más de cien kilómetros de La Coruña. No podía volver a su casa, a su ciudad, al piso de la calle Ferrol.

Pero podía salir.

Se lo comunicaron en el despacho del director Romero, con la misma frialdad burocrática con que se comunicaban todas las cosas en aquel lugar. José escuchó la resolución de pie, con las manos a los lados, sin moverse.

Cuando el oficial terminó de leer, José asintió una vez.

—¿Tengo que firmar algo? —preguntó.

—Aquí. —El oficial le pasó un papel.

José firmó con su letra firme y regular, la misma letra de siempre, la que había usado para firmar recetas y certificados forenses y sentencias de tribunales y cartas a Pilar durante cuarenta años.

Luego dejó la pluma sobre la mesa.

—¿Puedo ir a la enfermería a despedirme de mis pacientes? —preguntó.

El oficial lo miró un momento.

—Tiene una hora.

—Es suficiente.


En la enfermería, el médico Vega le estrechó la mano con algo más que protocolo.

—Ha sido un honor, doctor García-Ramos.

—El honor ha sido mío. Cuide a ese muchacho del pabellón tres. La tuberculosis está cediendo pero necesita otras cuatro semanas de reposo.

—Anotado.

El maestro extremeño de los pómulos hundidos, que había sobrevivido al invierno y que estaba recuperando peso con una lentitud que era también una forma de victoria, lo despidió desde su cama con la mano.

—¿Adónde va, doctor?

—A Pontevedra —dijo José—. Con mi hija y mis nietos.

El maestro asintió.

—Qué bien —dijo en voz baja, con la sencillez absoluta de quien lleva demasiado tiempo sin poder ir a ningún sitio.

En el patio, el catedrático Fernández lo esperaba con dos hombres del grupo de la tertulia que habían asistido a las clases de medicina. Le dieron la mano, uno por uno, en silencio. Fernández fue el último.

—La Universidad Roja pierde a su decano —dijo.

—La Universidad Roja seguirá igual de bien sin mí —dijo José—. Tiene usted todo lo que necesita aquí dentro, Fernández. Use lo que sabe. No deje que este sitio se lo quite.

Fernández asintió.

José recogió la maleta de cuero marrón, que había cruzado ya más fronteras de las que nadie debería cruzar, metió las cartas de Pilar atadas con el cordel, los libros, los guantes de lana que habían sido su salvación en el año más duro de su vida.

Cruzó la puerta de la Prisión Central de Burgos bajo un cielo de diciembre que era gris y frío y perfectamente indiferente a todo lo que había ocurrido detrás de esos muros.

Había entrado con sesenta y siete años y una condena de doce.

Salía con sesenta y ocho y el frío en los huesos, pero libre.

El coche que lo llevaba a la estación recorrió los cinco kilómetros hasta Burgos por una carretera bordeada de campos helados. José miraba por la ventanilla sin decir nada. El conductor, un funcionario joven que no había abierto la boca en todo el trayecto, lo miró por el retrovisor una vez.

—¿A dónde va, señor?

—A Pontevedra —dijo José—. A ver a mi familia.

El funcionario asintió. Y siguió conduciendo.

En la estación de Burgos, José se sentó en el banco del andén con el billete en la mano y la maleta entre los pies. Hacía frío, el mismo frío de siempre, el frío de Burgos que no hace concesiones a nadie. Pero esta vez no había barrotes entre él y ese frío. Era simplemente el frío del mundo, que es el frío al que todo el mundo tiene derecho.

José se subió el cuello del abrigo.

Y esperó el tren hacia el norte.


CAPÍTULO 25 - El destierro dulce

Diciembre de 1943 – 1945

El tren llegó a Pontevedra con la tarde ya cerrada, en una de esas noches de diciembre gallego que huelen a humedad y a eucalipto y que nada tienen que ver con el frío de Burgos. Era el mismo mes, el mismo año, el mismo hombre con la misma maleta de cuero marrón. Pero el aire que entró por la ventanilla cuando el tren redujo la marcha era otro tipo de aire: suave, húmedo, con ese punto de sal atlántica que José recordaba de toda la vida y que en el último año había aprendido a echar de menos con una precisión física que no sabía que fuera posible.

Su hija Carmelina lo esperaba en el andén.

La vio antes de que ella lo viera a él: su hija mayor, treinta y cinco años, el pelo oscuro recogido, el abrigo azul marino que debía de ser nuevo porque no lo recordaba. En ese momento estaba mirando los vagones que pasaban uno por uno, buscándolo, y José tuvo el tiempo justo de observarla sin que ella lo supiera, ese lujo pequeño de los padres que ven a sus hijos sin que los hijos sepan que los están viendo.

Entonces Carmelina lo encontró con la mirada y le hizo un gesto con la mano, el gesto alegre de quien lleva tiempo esperando algo que ya sabía que iba a llegar.

José bajó del tren con la maleta. Carmelina le dio un abrazo breve y firme, de los suyos, sin palabras, que era exactamente lo que José necesitaba.

—¿Cómo estás, papá?

—Con frío de Burgos todavía en los huesos. Pero mejorando por momentos.

Carmelina le cogió la maleta de la mano antes de que él pudiera protestar.

—El coche está fuera. Los niños están despiertos, han esperado.

—¿A estas horas?

—Llevan una semana preguntando cuándo llegabas. —Una pausa—. La Nena cumplió en agosto. Ya tiene un año y medio.

José asintió. Pensó en esa niña que había nacido cuando él estaba en La Coruña esperando el traslado al Puerto de Santa María, a quien había visto en foto pero no en persona. Pensó que había una cantidad considerable de vida que se había pasado sin él alrededor, y que la única manera de responder a eso era estar presente ahora.

—Vamos entonces —dijo—. No hay que hacerlos esperar más.


La casa de los Guimaraens en Pontevedra era un piso amplio en la colonia de militares, con techos altos y ventanas que daban a una calle empedrada donde el eco de los pasos llegaba limpio a cualquier hora. José María Guimaraens, el yerno, lo recibió en la puerta con una sonrisa y el apretón de manos de siempre, algo más cálido que de costumbre, la incomodidad de los hombres que no saben muy bien qué decir en los momentos en que habría mucho que decir.

—Bienvenido a casa, José.

—Gracias, José María.

Era la relación que habían construido a lo largo de los años: correcta, respetuosa, sin excesiva intimidad, dos hombres que habían estado en bandos opuestos durante la guerra y que habían encontrado la manera de no hablar nunca de eso directamente. En el fondo, José sabía que el uniforme de su yerno había protegido a su hija durante los años más difíciles, y José María sabía que su suegro había sobrevivido siete años de prisiones y destierros con una dignidad que no era fácil de ignorar. No hacía falta más conversación que esa.

Luego aparecieron los niños.

José María el mayor tenía siete años y se parecía a su padre, con esa expresión seria de los primogénitos que han aprendido demasiado pronto que son los primogénitos. Beatriz tenía seis, la misma Beatriz que José había conocido por unas horas aquella tarde de julio de 1937, justo antes de su segundo ingreso en la cárcel, y que ahora lo miraba con los ojos grandes de quien observa a alguien de quien ha oído hablar mucho sin haberlo visto nunca del todo. Jorge tenía cuatro años y no tenía ninguna inhibición: se acercó a José directamente, lo miró de arriba abajo con la concentración de la infancia, y le preguntó:

—¿Eres el abuelo que estaba en la cárcel?

Carmelina abrió la boca.

—Jorge...

—Sí —dijo José—. Ese soy yo.

—¿Por qué te metieron en la cárcel?

—Porque pensaba cosas que a algunos no les gustaban.

Jorge procesó esto con la seriedad de los cuatro años.

—¿Y ahora ya no piensas esas cosas?

—Ahora las pienso igual —dijo José—. Pero ya no me meten en la cárcel por ellas.

Carmelina suspiró. José María el yerno hizo el gesto de quien prefiere no haber escuchado eso. Pero en los ojos de Beatriz, que había seguido el intercambio sin perderse nada, José vio algo que reconoció: la misma expresión que debía de tener él cuando era niño y escuchaba a los mayores decir algo que era más verdad de lo que pretendían.

Y la Nena, que tenía un año y medio y estaba en brazos de su madre, lo miraba con esa absoluta serenidad de los bebés que todavía no saben que tienen que encontrar el mundo complicado.

José le tendió el dedo. La Nena lo cogió.

—Hola —dijo José.

La Nena no dijo nada, pero apretó el dedo.

Era suficiente presentación.


Los seis meses en Pontevedra fueron los primeros meses en mucho tiempo en que José se levantó por las mañanas sin que hubiera barrotes entre él y el día.

Al principio el cuerpo tardó en entenderlo. Había dormido mal durante tanto tiempo que el silencio y la tranquilidad de la habitación que Carmelina le había preparado le resultaban, en cierto modo, extraños. Se despertaba antes del amanecer con el hábito adquirido en los penales, donde la luz llegaba siempre demasiado pronto y con demasiado ruido, y tardaba unos segundos en recordar dónde estaba. Luego escuchaba el silencio de la casa, el respirar regular de la familia al otro lado de las paredes, y se quedaba tumbado mirando el techo hasta que la luz empezaba a filtrarse por las contraventanas.

Entonces se levantaba, se vestía con la misma meticulosidad de siempre, y bajaba a la cocina a prepararse el café.

Era ese momento, esos primeros minutos de la mañana con la taza caliente entre las manos y la ciudad de Pontevedra despertándose al otro lado de la ventana, cuando José empezó a entender que había sobrevivido.

No era una conclusión dramática. Era más bien una constatación clínica, del tipo que un médico hace después de observar a un paciente durante un tiempo suficiente: el paciente ha pasado lo peor y está en proceso de recuperación. Los síntomas más agudos han remitido. Queda trabajo por hacer, pero el pronóstico ha cambiado.

El paciente era él mismo. El médico también.


Pilar vino a los dos días.

Cogió el tren desde La Coruña, sola, con la maleta pequeña de los viajes cortos, y Carmelina fue a buscarla a la estación. José la esperó en casa porque Carmelina había considerado, con razón, que la estación de Pontevedra era un espacio demasiado público para el reencuentro de un matrimonio que llevaba más de un año y medio separado.

Pilar entró por la puerta del piso y José estaba de pie en el pasillo.

Se miraron un momento.

Luego Pilar se acercó y le puso las dos manos en la cara, como si quisiera comprobar que era él, que estaba ahí, que no había ningún cristal entre los dos. José le cubrió las manos con las suyas. No dijeron nada durante un rato que no fue corto.

Carmelina, que había entrado detrás con la maleta de su madre, dejó la maleta en el suelo con discreción y desapareció hacia la cocina.

Luego comieron todos juntos, los cuatro adultos y los cuatro niños, alrededor de la mesa grande del comedor, con el ruido y el movimiento que producen inevitablemente cuatro niños menores de ocho años cuando hay algo que celebrar aunque no sepan exactamente qué. José miraba esa mesa y pensaba que llevaba años comiendo solo o entre desconocidos, y que esto, este ruido específico, era lo que había echado de menos sin saber ponerle nombre.

Pilar se quedó unos días. Luego volvió a La Coruña. Pero volvió en Semana Santa, y en verano, y cada vez que el tren y el dinero lo permitían.

Las cartas siguieron llegando entre visita y visita, con la misma regularidad de siempre.


Poco después fueron Pepito y Aurita, en el tren de la mañana, sin coordinar demasiado la hora exacta porque Pepito tenía la opinión de que las llegadas anunciadas con demasiada precisión adquieren algo de ceremonia que les quita la verdad. Viajaron en silencio la mayor parte del trayecto, mirando la ría pasar por la ventanilla. Era un silencio de hermanos que llevan toda la vida siéndolo. Pero a ratos, cuando el tren doblaba una curva, Aurita miraba a Pepito de reojo y Pepito miraba por la ventanilla con una concentración ligeramente excesiva para el paisaje gallego, y los dos sabían lo que el otro estaba pensando sin necesidad de decirlo.

La última vez que habían visto a su padre, él entraba en la cárcel.

Carmelina les abrió la puerta y hubo un momento de niños y ruido y abrazos que los adultos agradecieron, porque pospone lo que sea necesario posponer. Luego Carmelina señaló el pasillo con la cabeza.

—En el despacho. Está escribiendo.

La puerta estaba entornada. Aurita la empujó despacio.

José estaba de espaldas, inclinado sobre el cuaderno, con la luz cayendo sobre su pelo completamente blanco. Se giró, los vio, y se levantó sin decir nada durante un momento, solo mirándolos, como quien necesita comprobar que algo es real antes de reaccionar a ello.

Pepito avanzó primero. Le tendió la mano y José la estrechó, y luego los dos se abrazaron con la torpeza de los hombres que no abrazan mucho. Una palmada en la espalda. Dos. Lo suficiente.

Luego José miró a Aurita.

Aurita había prometido que no iba a llorar. Aguantó exactamente hasta que su padre le puso las manos en la cara para mirarla de cerca, y entonces algo se rompió dentro de ella con la silenciosa inevitabilidad de las cosas que llevan demasiado tiempo a punto de romperse. José la abrazó sin decir nada, sin decir que no pasaba nada porque pasaba, sin decir que ya había terminado todo porque no del todo. Solo la abrazó, con una mano en su espalda y la otra en su cabeza, el tiempo que hizo falta.

Pepito miraba por la ventana.

Cuando Aurita se separó y se limpió la cara con el dorso de la mano, lo primero que dijo fue:

—Estás muy delgado.

—Estoy perfectamente —dijo José.

—No, no lo estás.

José los miró a los dos, a Pepito que había cogido la silla del rincón y a Aurita de pie junto a la ventana, y durante un momento los tres se quedaron en silencio, del tipo que se produce cuando hay demasiadas cosas que decir y ninguna es la primera.

Fue José quien lo rompió, como siempre.

—¿Cómo está vuestra madre?

Pepito sonrió apenas.

—Bien. Vuelve en cuanto pueda.

—Lo sé. Me escribe.

Y con eso, sin más preámbulo, sin el discurso que podría haber habido y que ninguno de los tres necesitaba, José señaló las sillas y se sentaron, y empezaron a hablar de las cosas de siempre, que eran también las únicas cosas que importaban.


Las nuevas órdenes llegaron para José María Guimaraens: el 6 de junio de 1944 debía trasladarse de nuevo a La Coruña, su nuevo destino.

Carmelina lo comunicó a la hora de la cena, con la calma práctica de la mujer de militar que ha aprendido que los destinos se reciben, no se eligen. José escuchó la noticia y asintió.

Nadie sabía todavía que en esa fecha, ese mismo día en que su yerno cumplía la orden de traslado a su ciudad natal, los aliados desembarcarían en Normandía y el mundo estaría, por primera vez en años, girando en una dirección diferente. Era el tipo de paralelismo que la historia construye sin consultarte, y que solo tiene sentido cuando lo miras desde lejos.

José miró a los niños. Jorge estaba concentrado en no derramar la sopa. La Nena golpeaba la cuchara contra el borde del plato con la determinación de alguien que ha descubierto que los objetos hacen ruido si los tratas con la suficiente energía. Beatriz lo miraba, porque Beatriz siempre lo miraba cuando había algo en el aire que los adultos no estaban diciendo directamente.

—¿Y tú adónde vas, abuelo? —preguntó Beatriz.

—A Caldas de Reyes —dijo José—. Con la tía Carmelina.

Era la respuesta práctica y era la correcta: la cuñada, la viuda del hermano Alfredo, que seguía en el pazo donde José había pasado el primer destierro entre 1936 y 1937. El pazo conocido, la mujer de confianza, el lugar donde el destierro al menos tenía la dignidad de un espacio propio.

—¿Y cuándo vuelves a La Coruña? —preguntó Beatriz.

—Cuando me lo permitan —dijo José.

Beatriz asintió. Era una niña de siete años que entendía perfectamente que algunas respuestas son respuestas aunque no sean la respuesta completa.


La despedida fue en el andén de Pontevedra, una mañana con el sol ya alto y el calor suave de Galicia en el final de la primavera, que nada tiene que ver con el calor del sur sino con una tibieza que sabe a hierba mojada y a piedra vieja.

Los cuatro niños estaban en fila, por edades, con el orden espontáneo que adoptan los niños cuando sienten que el momento requiere cierta solemnidad. José María el mayor le tendió la mano, formal. Jorge lo abrazó sin previo aviso, con toda la fuerza de sus cinco años. Beatriz le dio un beso en cada mejilla, igual que hacían los adultos, con esa gracia suya de niña que ya ha decidido que va a tomarse el mundo en serio.

Y la Nena, a quien Carmelina llevaba en brazos, extendió los dos brazos hacia él con esa demanda absoluta e irresistible de los dos años que aún no saben que hay situaciones en las que no se puede coger a alguien.

José la cogió. La tuvo un momento contra su pecho, ese peso pequeño y caliente de la infancia, y pensó que esta niña no iba a recordar nada de esto, que su cerebro de dos años no iba a guardar ninguna imagen de este andén ni de este hombre mayor que la sostenía. Pero que quizás quedara algo de otro tipo, el tipo de memoria que no es imagen sino sensación, la temperatura de unos brazos.

Le devolvió la Nena a Carmelina.

—Cuídate mucho —le dijo su hija.

—Siempre lo hago.

Carmelina hizo ese gesto suyo, mitad sonrisa mitad reproche.

—No, papá. No siempre lo haces.

José consideró si rebatir esto y decidió que tenía razón.

—Esta vez sí —dijo.


El pazo de Casal Novo en Caldas de Reyes estaba exactamente como lo recordaba.

La cuñada Carmelina Batallán, viuda de su hermano Alfredo desde 1934, lo recibió con la misma sencillez con que lo había recibido la primera vez, en octubre de 1936, sin aspavientos, con la hospitalidad gallega que no hace teatro de las cosas importantes. El pazo tenía el mismo olor a piedra húmeda y a madera vieja, las mismas ventanas desde las que se veía el jardín descuidado, la misma cocina con el mismo fogón de hierro donde había pasado tantas mañanas de aquel primer destierro.

Pero esta vez José tenía sesenta y nueve años y había estado en tres prisiones distintas, y el pazo le resultó, en comparación, casi lujoso.

Retomó los hábitos de entonces: levantarse temprano, pasear por el jardín antes de que la humedad de la mañana se disipara, leer en la habitación con la luz que llegaba de frente, escribir cartas a Pilar, a los hijos, a los amigos. Había empezado a tomar notas sobre sus años de prisión, no con la intención definida de hacer algo concreto con ellas, sino porque había cosas que convenía no olvidar y porque escribir era una manera de ordenarlas, de darles la forma que necesitaban para ser pensadas con calma.

La cuñada Carmelina lo dejaba hacer. Era una mujer que entendía el valor del silencio y que no sentía la necesidad de llenar el espacio con conversación cuando no había nada urgente que decir. Comían juntos, hablaban de la familia, de las noticias que llegaban, de lo que estaba ocurriendo en Europa, donde la guerra terminó en mayo de 1945 con una derrota del fascismo que a José le produjo la satisfacción fría de quien llevaba demasiado tiempo esperándola para permitirse la alegría caliente.

—¿Crees que cambiará algo aquí? —le preguntó la cuñada una tarde.

José lo pensó con la honestidad que se había prometido a sí mismo aplicar siempre que pudiera.

—No pronto —dijo—. Pero algún día.


La notificación llegó en el otoño de 1945.

Pepito había movido los hilos con esa capacidad suya de navegar entre los sistemas sin perder la dignidad. Los abogados habían argumentado que el tiempo de prisión preventiva, los años de cárcel antes de la sentencia firme, debían computarse en el cumplimiento de la pena de confinamiento. El argumento era técnicamente sólido. Y el régimen, que en 1945 empezaba a calcular sus apoyos internacionales con más cuidado que antes, era más permeable de lo que había sido a ese tipo de argumentos cuando se aplicaban a hombres mayores de salud comprometida que no representaban ningún peligro activo para nadie.

La pena quedaba extinguida.

José podía volver a La Coruña.

Leyó la notificación sentado en la misma silla de la habitación del pazo donde había leído tantas cartas a lo largo de los años. La leyó dos veces, con la misma atención con que leía los documentos médicos, asegurándose de no malinterpretar nada. Luego la dobló y la dejó sobre la mesa.

La cuñada Carmelina asomó la cabeza por la puerta.

—¿Buenas noticias?

—Las mejores —dijo José.

Escribió a Pilar esa tarde. La carta fue más larga que de costumbre.


El tren de Caldas de Reyes a La Coruña tardaba algo más de dos horas, parando en todas las estaciones de la ría. Era un trayecto que José conocía de toda la vida, que había hecho varias veces antes de que la vida se complicara, y que ahora hacía por primera vez en muchos años en la dirección correcta, hacia su ciudad, hacia su casa, hacia la mujer que lo esperaba en el andén de San Cristóbal con el abrigo de los días especiales y las manos entrelazadas delante, el gesto que tenía Pilar cuando controlaba la emoción.

Se bajó del tren con la maleta de siempre.

Pilar dio tres pasos hacia él.

No hubo discurso. No hacía falta. Llevaban cuarenta y tantos años casados y los dos sabían que los momentos que importan de verdad no necesitan palabras que los describan, porque las palabras son para los momentos que todavía están siendo entendidos, y este ya estaba entendido.

José puso la maleta en el suelo. Le tomó las manos a Pilar. Las manos de Pilar, que él conocía tan bien como sus propias manos.

—Me has esperado mucho tiempo —dijo.

—No tanto —dijo Pilar.

Era mentira piadosa y los dos lo sabían, y ninguno de los dos señaló que lo era, porque hay mentiras que son más verdad que la verdad.

Cogieron la maleta, salieron de la estación, y tomaron un taxi hacia la calle Ferrol.


El piso estaba exactamente igual que cuando se había ido.

Pilar lo había mantenido así, no como homenaje sino como acto de fe, la convicción práctica de quien está seguro de que algo va a volver y lo tiene preparado para cuando vuelva. La misma distribución de los muebles, el mismo escritorio en el despacho, los mismos libros en las estanterías en el mismo orden ligeramente caótico que José imponía y Pilar toleraba. El mismo olor a casa que ningún otro lugar en el mundo tiene.

José dejó la maleta en el dormitorio. Se sentó en el sillón del despacho. Apoyó las manos en el escritorio.

Era su escritorio. Era su sillón. Era su casa.

Se quedó así un momento, sin hacer nada, dejando que el cuerpo entendiera lo que la cabeza ya sabía.

Luego se levantó, abrió el cajón superior del escritorio, sacó un cuaderno en blanco, y lo puso encima de la mesa.

Tenía cosas que escribir.


CAPÍTULO 26 - El regreso

1945 – 1963

Lo primero que resolvió fue la cuestión del trabajo.

La inhabilitación perpetua era exactamente eso: perpetua. No iba a poder volver a ejercer como médico forense, el cargo que había ocupado durante décadas, el trabajo que le había dado un nombre en La Coruña y que el régimen le había quitado en agosto de 1936 con una firma. Eso no cambiaba. No iba a cambiar.

Pero había otras formas de ejercer la medicina.

A través de un familiar de Barcelona llamado el primo Luis, y quien tenía un alto cargo en la Mutua General de Seguros, esta firma le ofreció a José un puesto de médico para su oficina de la avenida Juana de Vega. No era el trabajo de un forense, no era la consulta privada de un especialista con reputación establecida, no era lo que José habría elegido si hubiera podido elegir. Pero era trabajo médico, era trabajo digno, y era trabajo en La Coruña.

José firmó el contrato sin discutirlo.

Por las tardes, en el piso de la calle Ferrol, reabrió su consulta privada. La noticia circuló por los canales de siempre: el doctor García-Ramos había vuelto, estaba disponible, seguía siendo el mismo médico que siempre había sido. Los pacientes empezaron a aparecer con la timidez de quien no está completamente seguro de si está haciendo algo que tiene permiso de hacer, y José los recibía con la misma seriedad y la misma atención de siempre, porque no había ninguna razón para recibirlos de otra manera.

Dermatología. Venéreas. Vías urinarias. Los campos que había cultivado durante décadas, que ninguna sentencia podía quitarle, porque estaban en sus manos y en su cabeza y no en ningún papel oficial.

El primer mes fue tranquilo. El segundo, más concurrido. Para el tercero, la agenda de las tardes estaba llena con la regularidad de siempre.

Una mañana, camino de la mutua, José pasó por delante del edificio del Juzgado, donde había ejercido como forense. José lo miró un momento desde la acera de enfrente, sin detenerse, y siguió caminando.

Había otras maneras de ejercer. Las había encontrado.

Era suficiente.


Pilar le preguntó una noche, mientras cenaban los dos solos —Aurita había quedado con una amiga—, si echaba de menos ser forense.

José pensó la respuesta con honestidad, que era lo que Pilar merecía siempre.

—Echo de menos lo que significaba —dijo—. Poder identificar una causa de muerte, hacer que la verdad quedara registrada. Eso tiene un valor que la consulta privada no tiene de la misma manera.

—¿Y lo que no echas de menos?

José consideró esto.

—Los juzgados —dijo—. Los formularios. Los abogados que querían que el informe dijera algo diferente a lo que yo había visto.

Pilar asintió. Era la respuesta que esperaba, o algo parecido.

—¿Y los presos? —preguntó—. Los que atendías en la cárcel.

José tardó un momento.

—A esos sí —dijo—. Porque había cosas que yo podía hacer ahí que nadie más iba a hacer.

Pilar lo miró.

—Todavía puedes hacer cosas que nadie más haría —dijo.

Era una afirmación, no una pregunta. José lo entendió así.

—Sí —dijo—. Supongo que sí.

Terminaron de cenar. Pilar recogió los platos. José se quedó en la mesa con la taza de café, mirando la ventana donde las luces de la calle Ferrol dibujaban los mismos patrones de siempre sobre el techo, y pensó que tenía setenta años, que había sobrevivido a nueve años de cárceles y destierros, que tenía cuatro nietos que iban a crecer en un mundo que ya no era el que él había conocido, y que seguía siendo médico.

Por el momento, era suficiente.


La Coruña era la misma ciudad y no lo era.

José lo entendió los primeros días, paseando por las calles que conocía de memoria, reconociendo las fachadas y los escaparates y el olor del Atlántico que llegaba desde el paseo marítimo con la misma indiferencia de siempre hacia todo lo que había ocurrido en tierra firme. La ciudad había sobrevivido a la guerra sin los bombardeos que habían destrozado otras, y en la superficie parecía intacta. Pero había huecos donde antes había personas, silencios donde antes había conversaciones, y una forma específica de mirarse a los ojos entre la gente que se conocía desde antes que decía, sin palabras, cuánto sabemos el uno del otro y cuánto hemos aprendido a no decir.

José saludaba a los conocidos que se cruzaban con él en la calle con la misma cortesía de siempre. Algunos respondían con calidez genuina. Otros con una incomodidad apenas disimulada, el gesto de quien no sabe si alegrarse de verte o disculparse por no haberse alegrado antes. José trataba a unos y a otros exactamente igual, porque tenía setenta años y había aprendido que el rencor es un lujo que solo pueden permitirse los que tienen energía de sobra, y él tenía cosas mejores en las que gastarla.

La consulta de las tardes se llenó rápidamente. La mutua ocupaba las mañanas. La vida recuperó una forma reconocible.

Pilar estaba ahí, en el piso de la calle Ferrol, con Aurita y con sus rosarios y con esa paz suya que no era resignación sino algo más activo, una decisión renovada cada día de no dejar que el mundo le quitara la serenidad. José se levantaba temprano, desayunaba en la cocina, leía el periódico con el café, y salía a trabajar. Volvía a mediodía. Comían juntos. Por las tardes, los pacientes.

Era una vida pequeña comparada con lo que había sido. Pero era su vida, y estaba entera, y eso tenía un valor que solo se aprecia cuando se ha pasado mucho tiempo sin tenerla.


En 1947, José cumplió setenta y dos años y solicitó la jubilación.

Era un trámite razonable. Había ejercido la medicina desde 1898, cuarenta y nueve años de práctica ininterrumpida salvo los que había pasado entre rejas, y tenía derecho a una pensión que le permitiera dejar de trabajar con la dignidad básica que corresponde a quien ha dedicado media vida al servicio público. Los abogados habían revisado los papeles. Todo parecía en orden.

La respuesta llegó en un sobre oficial con el membrete del Ministerio.

La solicitud había sido denegada.

El motivo era técnico y era brutal en su precisión burocrática: José García-Ramos y Segond no pertenecía al cuerpo de médicos forenses. Había sido separado definitivamente del escalafón en febrero de 1937, por resolución del Gobierno Civil, como consecuencia de no ser afecto al régimen. En consecuencia, no tenía derecho a la jubilación de ese cuerpo. Y sin ese derecho, no tenía pensión.

José leyó la resolución una vez. La dejó sobre el escritorio.

Pilar estaba en la puerta del despacho.

—¿Qué dice?

—Que sigo trabajando —dijo José.

No dijo nada más esa tarde. Pero el abogado recibió una carta a la semana siguiente que era más larga de lo habitual y que contenía, entre otras cosas, la instrucción clara de no dejar caer el asunto, de seguir presentando recursos, de no permitir que la maquinaria burocrática se convenciera de que nadie estaba prestando atención.

José siguió yendo a la mutua por las mañanas. Siguió recibiendo pacientes por las tardes.

Con setenta y cinco años, José seguía trabajando.


La mina fue idea de Oliveira.

Antonio Oliveira Rodríguez era vicecónsul de Portugal en La Coruña, lo cual en la práctica significaba que era un hombre de negocios portugués con suficientes intereses en Galicia como para que a Lisboa le resultara conveniente tenerlo con un cargo oficial. Llevaba años establecido en la ciudad, con una empresa de contratación de obras y varios negocios mineros que le habían dado una posición sólida y una reputación de hombre que sabía lo que hacía con los minerales metálicos. Había hecho buena parte de su fortuna con el wolframio y el estaño en los años de la guerra, cuando el precio del wolframio pasó de trece pesetas el kilo al inicio de la Segunda Guerra Mundial a trescientas pesetas en dos años, y había tenido la prudencia de no confundir ese momento excepcional con el estado natural de las cosas.

Conocía a José desde antes de la guerra, de esos almuerzos y reuniones donde los hombres con cierta posición en La Coruña acababan encontrándose inevitablemente. Cuando José volvió del destierro, Oliveira fue uno de los primeros en aparecer en el piso de la calle Ferrol con una botella de vino verde del Miño y la naturalidad de quien no hace ningún teatro de la situación.

—García-Ramos —dijo, sentándose en el sillón del despacho como si nunca hubiera dejado de hacerlo—. Tienes buen aspecto para todo lo que ha pasado.

—Tengo el aspecto que tengo —dijo José—. ¿Qué te trae por aquí, Oliveira?

—Una conversación. Y el vino, que no viene de más.

La conversación duró dos horas y tenía que ver con una nueva concesión minera en Orense. Oliveira había identificado un filón prometedor en una zona rica en wolframio que llevaba décadas siendo explotada con fortuna diversa. El negocio requería tres socios: él mismo, que aportaría los contactos y la experiencia minera; José González Chao, un hombre de negocios coruñés de confianza contrastada; y un tercero que completara la sociedad a partes iguales poniendo capital.

Ese tercero era José.

—Soy médico, Oliveira. No soy minero.

—No necesito un minero. Para eso hay capataces. Necesito un hombre de orden con quien pueda hacer negocios sin tener que estar mirando hacia atrás.

José pensó en la pensión denegada. En los años que quedaban por delante y los ingresos que la mutua y la consulta privada proporcionaban, que eran suficientes pero no holgados. Pensó también que tenía setenta y dos años, que había sobrevivido cosas considerables, y que la prudencia a esas alturas no debía confundirse con el miedo.

—¿Cuánto mineral hay? —preguntó.

—Suficiente para que los tres salgamos bien parados si el mercado acompaña.

—¿Y si no acompaña?

Oliveira sonrió.

—Entonces tendremos una mina en Orense muy bonita y una lección sobre la naturaleza del riesgo.

Firmaron la sociedad ante un notario de la calle Real. Tres socios, tres partes iguales: Oliveira, González Chao, y José García-Ramos. La concesión era sobre un terreno en Orense donde el subsuelo guardaba filones de wolframita mezclada con cuarzo, según el informe de un ingeniero de minas de Vigo que Oliveira había encargado antes de dar ningún paso.

Los primeros meses la mina produjo lo suficiente para cubrir los gastos de extracción y dejar un margen razonable. El capataz que Oliveira había contratado enviaba informes regulares que no requerían su presencia física. Era una inversión en papel, en números que llegaban a final de mes y que José revisaba con la misma atención metódica con que revisaba cualquier otra cosa.

En 1956, cuando su hijo Moncho volvió de Venezuela por primera vez desde la Guerra Civil, José, Moncho y su nieto Luis fueron a visitar la mina de wolframio y tomaron estas fotos:

Luego el mercado empezó a moverse. Los precios del wolframio fluctuaban enormemente, ligados a la industria armamentística, y a medida que la guerra de Corea se estabilizaba, la demanda caía. Los márgenes se estrecharon. El capataz enviaba informes cada vez más cautos.

—El filón se agota en los niveles superiores —le dijo en una de sus visitas a La Coruña—. Para profundizar habría que invertir más de lo que el mineral devolvería.

Los tres socios lo consultaron. Y los tres decidieron, con la misma sensatez con que habían entrado, que el momento de salir era antes de que salir costara más que quedarse.

Liquidaron la sociedad con un balance que no era el que habían imaginado en los días de la firma ante el notario, pero que tampoco era una pérdida ruinosa. Era el resultado razonable de una apuesta razonable en un mercado que no había terminado de acompañarles.

Oliveira le estrechó la mano al salir del despacho.

—Ha sido un placer hacer negocios contigo, José. Aunque el wolframio no haya sido tan generoso como esperábamos.

—El wolframio nunca prometió nada —dijo José—. Nosotros fuimos los que prometimos.

Oliveira soltó una carcajada.

—Tienes razón. Como casi siempre.

Esta no fue la única experiencia de José con el sector minero, como demuestran las siguientes noticias aparecidas en periódicos en 1951 y en 1969:


Los recursos para conseguir la jubilación seguían entrando en los registros oficiales. Las respuestas seguían siendo negativas, o no llegaban. Los abogados empujaban desde un lado, José de otro. Esperaba con la paciencia que había aprendido a fuerza de no tener alternativa, sabiendo que los sistemas burocráticos se mueven por inercia y que la única manera de cambiar su dirección es aplicar una presión constante durante el tiempo suficiente.

En 1951, por fin, el cuerpo de médicos forenses le reconoció la jubilación.

No era exactamente una victoria. Era una rectificación tardía, del tipo que los organismos oficiales realizan cuando la alternativa se ha vuelto más incómoda que la concesión. Los abogados habían argumentado durante cuatro años que la destitución de 1937 había sido un acto político, no disciplinario, y que el tiempo transcurrido desde entonces debía computarse como servicio activo a efectos de pensión. El argumento era sólido. Y en 1951, en un contexto político que se había movido lo suficiente como para que ciertas correcciones fueran posibles sin que nadie tuviera que admitir que había habido un error, el argumento fue finalmente aceptado.

La jubilación se reconocía con efectos retroactivos desde 1947. La cuantía se calculaba como si José hubiera seguido ejerciendo como forense desde 1937, el año en que lo habían destituido. Catorce años de salario que no había cobrado, convertidos ahora en la base de una pensión que llegaba cuando José tenía setenta y seis años y cinco décadas de ejercicio médico a sus espaldas.

Los papeles llegaron al piso de la calle Ferrol un martes por la mañana.

José los leyó despacio, con la misma atención con que leía cualquier documento, sin acelerar hacia la conclusión. Luego los dejó sobre la mesa.

—Bien —dijo.

Pepito lo miró.

—¿Bien? Papá, llevas cuatro años...

—Bien —repitió José—. Es lo que corresponde. Que llegue tarde no cambia que sea lo que corresponde.

Pepito abrió la boca, la cerró, y decidió que su padre era irremediablemente su padre.

José firmó los papeles. Y la semana siguiente, por primera vez en cincuenta y tres años, no fue a trabajar por la mañana.

Se quedó en casa, desayunó despacio, leyó el periódico entero en lugar de los titulares, y luego se sentó en el despacho con el cuaderno donde llevaba meses tomando notas sobre sus años de prisión.

Tenía tiempo ahora. Podía escribir con calma.


Los años cincuenta pasaron con la cadencia lenta de las décadas en que no ocurren grandes cosas pero sí ocurren las pequeñas, que son las que en realidad constituyen una vida.

En septiembre de 1952 llegó una carta de Moncho anunciando que había tenido una nueva hija en Caracas, Elena.

Con Pilar, la vida había encontrado un ritmo tranquilo que era también una forma de felicidad, aunque ninguno de los dos lo habría llamado así porque los dos pertenecían a una generación que desconfiaba de las palabras grandes aplicadas a las cosas cotidianas. Compartían la mesa, los periódicos, las visitas de los hijos. Pilar rezaba. José leía y escribía. Los dos sabían lo que el otro estaba haciendo en cualquier momento del día sin necesidad de preguntarlo, que es la intimidad real, la que no necesita comprobarse porque simplemente está.


Aunque José siempre estuvo vigilado por el régimen, consiguió mantener comunicación con el Gobierno de la República en el exilio en París.

Las cartas empezaron sin que José tomara una decisión formal de escribirlas.

Fue gradual: sobre un artículo leído, una noticia sobre los republicanos en Francia, el nombre de algún conocido que había cruzado la frontera en 1939 y del que llegaban noticias indirectas a través de canales que era mejor no nombrar demasiado explícitamente. José empezó a escribir, primero a personas concretas que conocía, luego a organismos, con la misma precisión con que escribía cualquier otra cosa: lo que había pasado, lo que seguía pasando, lo que debería quedar registrado para cuando llegara el momento de hacer el recuento.

Las cartas salían por la red discreta que había cultivado durante años con la paciencia de quien sabe que estas cosas requieren tiempo y cuidado. A veces las cartas las llevaba su nieto Luis a Barcelona, y desde allí eran enviadas. No era actividad política en el sentido que el régimen entendía esa expresión. Era, más bien, el acto de un hombre que había dedicado su vida profesional a que la verdad quedara documentada y que no veía ninguna razón para dejar de hacerlo solo porque el contexto fuera incómodo.

Nunca habló de esas cartas con Pilar. Pilar nunca preguntó. Era el tipo de acuerdo tácito que solo existe entre personas que se conocen desde hace mucho tiempo y han aprendido exactamente dónde están los límites de lo que necesitan saber el uno del otro.


El homenaje

El 8 de octubre de 1963, el Colegio Oficial de Médicos de La Coruña celebró un homenaje en honor del doctor José García-Ramos y Segond.

No era un aniversario. No había ninguna fecha redonda que justificara el evento en términos protocolarios. Era, simplemente, que un grupo de médicos coruñeses había decidido que llevaban demasiado tiempo sin decir en voz alta algo que todo el mundo sabía en voz baja, y que había llegado el momento de decirlo.

Franco seguía vivo. El régimen seguía en pie. La inhabilitación de José seguía siendo, en términos legales, perfectamente vigente. Nada de eso importó ese día.


El salón de Parque del Casino estaba lleno.

José lo vio al entrar y tardó un momento en procesar lo que estaba viendo. No era un acto institucional con cuatro filas de sillas y los asistentes obligados por el protocolo. Era un salón con todas las sillas ocupadas, médicos de La Coruña y de otras ciudades de Galicia, compañeros de décadas, algunos que habían sido sus pacientes, algunos que simplemente habían venido porque consideraban que este acto merecía ser presenciado.

Se hizo un silencio cuando José entró. Y luego alguien empezó a aplaudir, y los demás se sumaron, y José se detuvo en el umbral con Pilar a su lado y recibió ese aplauso con la serenidad de quien ha esperado mucho tiempo algo que no estaba seguro de merecer y que ahora, al llegar, resulta ser demasiado grande para saber exactamente qué hacer con ello.

Pepito estaba. Y Aurita. Y Carmelina, que había venido con José María. Una familia entera que había vivido nueve años de cárceles y destierros y silencios y que estaba sentada ahora en ese salón viendo cómo el mundo le devolvía a su padre algo de lo que le había quitado.


Hablaron varios médicos. Cada uno desde su lugar, desde lo que José había significado para ellos o para la medicina coruñesa o para la dignidad de un oficio que en los años más oscuros había necesitado personas que lo ejercieran.

Habló un dermatólogo joven que había estudiado los trabajos de José sobre sífilis y vías urinarias con la reverencia que se reserva a los maestros que no han podido ser maestros en persona. Habló un médico de guardia que recordó haberlo visto trabajar en la enfermería de la prisión provincial, en los años del primer encierro, cuando José atendía a los presos. Habló el presidente del Colegio, con las palabras medidas del hombre que sabe que está diciendo algo que tiene consecuencias pero que ha decidido decirlo de todas formas, y dijo que la medicina coruñesa tenía una deuda con el doctor García-Ramos que no era posible saldar del todo pero que era necesario reconocer, y ese Colegio no quería ser cómplice de ningún silencio más.

El salón escuchó todo esto en ese silencio específico de los momentos en que la gente está oyendo algo que lleva años necesitando oír.

José escuchó cada palabra con la quietud de siempre, sentado con las manos sobre las rodillas, sin moverse, sin gesticular. Solo escuchaba. Y solo quien lo conocía muy bien, solo Pilar que estaba a su lado y que llevaba más de sesenta años aprendiendo a leer cada milímetro de ese rostro, podía ver lo que estaba ocurriendo detrás de esa quietud: que cada palabra le llegaba, que ninguna se perdía, que ese hombre de ochenta y ocho años que había pasado por tres cárceles y dos destierros y la inhabilitación perpetua y la pensión denegada y todo lo demás, estaba recibiendo en ese salón algo que ningún tribunal y ningún decreto le habían devuelto todavía oficialmente, y que sin embargo estaba ocurriendo aquí, delante de todos, en La Coruña, con Franco vivo y el régimen en pie y la historia haciendo lo que la historia hace cuando hay suficiente gente dispuesta a no esperar a que los papeles se pongan al día con la verdad.


Al final del acto, el presidente del Colegio se acercó a José con un cuadro en las manos.

Era el acuerdo del Pleno del Consejo General de Colegios de Médicos de España, enmarcado con la solemnidad que merecía: el Consejo acordaba inscribir al doctor José García-Ramos y Segond en el Cuadro de Honor de los Médicos Españoles.

El Cuadro de Honor. No una disculpa, no una compensación, no el lenguaje tortuoso de los organismos que reconocen un error sin llamarlo error. El honor. La palabra exacta, sin rodeos, puesta por escrito con membrete oficial y firmada.

José tomó el cuadro con las dos manos.

Lo miró durante un momento que no fue corto, con esa concentración que ponía en las cosas que quería ver bien, que quería guardar bien. El texto, la firma, el sello. Su nombre, escrito ahí con la permanencia de lo que queda en un registro y no puede deshacerse.

Luego levantó los ojos hacia el salón lleno, hacia los compañeros de pie, hacia la familia, hacia Pilar que lo miraba con las manos entrelazadas y los ojos demasiado brillantes para ser solo el reflejo de la luz.

El presidente del Colegio esperaba, con la expectativa del hombre que acaba de entregar algo importante y no sabe exactamente qué va a ocurrir ahora.

José tardó un momento en hablar. Cuando lo hizo, su voz era la de siempre: tranquila, sin énfasis innecesarios, la voz del médico que ha aprendido que las palabras tienen más peso cuando no se las carga con más de lo que pueden llevar.

—He ejercido la medicina durante setenta y cinco años —dijo—. En consulta, en juzgados, en enfermerías de prisiones donde no debería haber habido enfermerías porque no debería haber habido presos. La he ejercido porque era lo que sabía hacer y porque había personas que necesitaban que alguien lo hiciera. —Hizo una pausa—. No necesité nunca que me dijeran que estaba haciendo lo correcto. Pero les agradezco que lo digan.

El silencio que siguió duró unos segundos.

Y luego el salón se puso en pie.


Esa noche, en el piso de la calle Ferrol, José colgó el cuadro en el despacho, en la pared que quedaba frente al escritorio, en el lugar donde lo vería cada vez que levantara los ojos de los papeles. Pilar lo ayudó a encontrar la altura correcta, unos centímetros arriba, unos centímetros a la derecha, hasta que los dos estuvieron de acuerdo en que estaba bien.

José se sentó en el sillón. Miró el cuadro desde la distancia del escritorio.

Cuadro de Honor de los Médicos Españoles. Su nombre, escrito en ese documento mientras Franco seguía vivo y la inhabilitación seguía en vigor y los papeles oficiales seguían diciendo lo que los papeles oficiales decían.

Pero esto también era un papel oficial. Y decía otra cosa.


José García-Ramos y Segond murió en La Coruña el 2 octubre de 1970.

Tenía noventa y cinco años. Murió en su casa, en el piso de la calle Ferrol, mientras escribía sus memorias a máquina.

Había solicitado a Aurita ser enterrado vistiendo su chaqué. Lo enterraron en el cementerio de San Amaro, con la familia alrededor y esa discreción que es la única forma correcta de despedir a los hombres que hicieron algo que mereció la pena.

Con el ajetreo del entierro, Aurita no vistió a su padre con el chaqué, pero luego recordó la petición y sí que se lo metió en el ataúd, a su lado, por si acaso.


Pilar Platas Freire sobrevivió a su marido cuatro años, sorda y enferma de diabetes. Murió el 28 de septiembre de 1974, a los noventa y siete años, en La Coruña, en la misma casa de la calle Ferrol donde había esperado el regreso de José durante nueve años de cárceles y destierros con la certeza práctica de quien sabe que esperar es también una manera de luchar.

La enterraron junto a él en San Amaro.


1978 - La rehabilitación

Aurita tenía sesenta y seis años cuando firmó la solicitud.

Era la pequeña de los cuatro hijos, la que se había quedado en el piso de la calle Ferrol cuando sus hermanos siguieron sus propios caminos, la que había cuidado de sus padres en los últimos años. Después de la muerte de Pilar en 1974, Aurita había seguido viviendo en el piso de la calle Ferrol con la misma naturalidad con que había vivido siempre ahí, de todo lo que ese piso contenía de una vida que había merecido la pena.

Franco había muerto en noviembre de 1975. España estaba cambiando, despacio y con la precaución de quien no está completamente seguro de que el suelo que pisa es firme, pero cambiando. En junio de 1977 se habían celebrado las primeras elecciones democráticas desde la República. Adolfo Suárez era presidente del Gobierno. Y Aurita, que había heredado de su padre la convicción de que las injusticias no se corrigen solas sino que alguien tiene que tomarse la molestia de señalarlas, había presentado ante el Ministerio de Justicia una solicitud de rehabilitación del expediente de José García-Ramos y Segond, médico forense, destituido el 26 de agosto de 1936 por no ser afecto al régimen.


La carta llegó el 6 de abril de 1978.

Era un sobre con el membrete del Ministerio de Justicia, con la dirección escrita a máquina y el sello oficial en la esquina. Aurita lo reconoció desde el buzón, antes de abrirlo, con esa mezcla de anticipación y cautela que produce la llegada de algo que puede ser lo que uno espera o puede no serlo.

Subió las escaleras despacio. Entró en el piso. Se sentó en el sillón del despacho de su padre y abrió el sobre.

Era una comunicación del ministro de Justicia, Landelino Lavilla, del Gobierno de Adolfo Suárez, fechada dos días antes. Aurita la leyó una vez, rápido, con la urgencia de quien necesita saber primero si la noticia es buena antes de permitirse leerla despacio. Luego la leyó de nuevo, desde el principio, despacio, cada párrafo, cada línea.

El Ministerio había tenido a bien disponer tres cosas:

Primera: la anulación de la destitución de José García-Ramos y Segond como médico forense del Juzgado de La Coruña. Anulada. Sin efecto. Como si no hubiera existido nunca, que era exactamente lo que tendría que haber ocurrido cuarenta y dos años antes.

Segunda: la anulación y cancelación completa de la condena impuesta por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Todo ello anulado, cancelado, borrado del expediente con la misma firma oficial con que había sido escrito, aunque las firmas que lo cancelaban llegaran décadas tarde y de un gobierno distinto en un país que estaba aprendiendo a ser otro.

Tercera: todo el tiempo que José había estado separado del Cuerpo de Médicos Forenses, desde 1936 hasta su jubilación, se consideraría tiempo de servicio activo a efectos de pensión. Y en consecuencia, a Aurea García-Ramos Platas le correspondía la pensión de orfandad calculada sobre ese período completo.

Aurita leyó ese tercer punto tres veces.

Pensó en su padre a los setenta y dos años solicitando la jubilación y recibiendo una negativa técnica y precisa que le decía que no pertenecía al cuerpo del que lo habían expulsado. Pensó en los años que siguió trabajando, en la mutua, en la consulta privada, con setenta y tres años, con setenta y cuatro, hasta que a los setenta y seis el propio cuerpo que lo había expulsado decidió que llevaba razón y le concedió lo que siempre había sido suyo.

Pensó en todo eso y luego dejó de pensar y simplemente se quedó sentada en el sillón de su padre, con la carta en las manos, en el piso de la calle Ferrol que olía igual que siempre, bajo el cuadro de honor del Colegio de Médicos en la pared.

Afuera, La Coruña hacía lo que La Coruña hace siempre: vivir, con el Atlántico de fondo y el granito brillando bajo la lluvia o bajo el sol según el día, sin ninguna conciencia particular de que en ese piso del segundo piso de la calle Ferrol acababa de cerrarse un círculo que había estado abierto desde el verano de 1936.


En memoria de José García-Ramos y Segond.

Su alma no la doblegaron nunca.

Pasó por tres cárceles y en las tres ejerció de médico. Porque nadie le había quitado las manos. Ni el conocimiento.Ni la obligación moral de usarlos.

La dignidad no es lo que tienes cuando todo va bien. Es lo que te queda cuando todo va mal y decides, cada mañana, seguir siendo quien eres.

José García-Ramos y Segond decidió eso cada mañana durante noventa y cinco años.

Algunos días era más fácil que otros. Nunca dejó de decidirlo.


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