EL PAZO DE ZANFOGA

Para Beatriz, mi madre, que siempre deseó haber vivido en el campo y en otra época.
La historia de la familia Platas Freire de Vilasantar: de Ramón, de Áurea y de sus quince hijos en el pazo de Zanfoga. (33 páginas)
- PRÓLOGO
- CAPÍTULO I: El Matrimonio (1865-1870)
- CAPÍTULO II: La Casa Grande (1870-1880)
- CAPÍTULO III: Los Hermanos (1880-1890)
- CAPÍTULO IV: La Estrategia (1890-1895)
- CAPÍTULO V: La Pérdida (Enero 1897)
- CAPÍTULO VI: Los Primeros Encuentros (1897-1900)
- CAPÍTULO VII: El Cortejo (1899-1901)
- CAPÍTULO VIII: La Boda y el Comienzo (Abril 1901-1903)
- EPÍLOGO: Los otros hermanos
PRÓLOGO
Hay lugares que parecen existir fuera del tiempo. El Pazo de Zanfoga era uno de ellos.
Se alzaba en la parroquia de San Martín de Armental, en Vilasantar, rodeado de praderas que descendían suavemente hasta el río. Desde lejos, con sus muros de piedra gris y sus jardines cuidados, parecía una ilustración de un libro antiguo. Pero de cerca era otra cosa: era un mundo completo, con sus propias leyes, sus propios ritmos, su propia respiración.

El río Mandeo pasaba al lado del pazo, tranquilo la mayor parte del año, bullicioso cuando llegaban las lluvias de invierno. En sus orillas había un lavadero de piedra donde las mujeres del pazo lavaban la ropa, golpeándola contra las losas con un ritmo que se oía desde la casa grande. Más allá, el prado se extendía verde y suave, perfecto para tender las sábanas blancas que se hinchaban con el viento como velas.
La casa grande era de dos plantas, con balcones de hierro forjado y una escalera interior que llevaba directamente a la capilla. Era una casa hidalga, construida hacía más de cien años por alguien que había querido demostrar que en Vilasantar también había señorío. Tenía un seto perfectamente recortado que la rodeaba, y detrás, un jardín con camelias, hortensias y rosales que la Condesa de Pardo Bazán —la verdadera dueña de todo aquello— había mandado plantar.
Porque el pazo no pertenecía a cualquiera. Era propiedad de doña Emilia Pardo Bazán, una de las escritoras más famosas de Galicia, que pasaba temporadas en La Coruña y en Madrid pero que mantenía sus raíces hundidas en esta tierra. El pazo era el corazón de sus propiedades en la zona: quince lugares, cada uno con su casa, su terreno, su casero que trabajaba la tierra y pagaba renta.
Para administrar todo aquello hacía falta alguien de confianza. Alguien que supiera de números y de personas, de cosechas y de pleitos. Alguien que pudiera moverse entre los campesinos con la misma naturalidad con que firmaba un contrato ante notario.
Ese alguien era Ramón Platas Freire.

Ramón había nacido en Betanzos hacía veintisiete años. Era hijo de Rosendo Platas, Escribano del Reino, y de Jacinta Freire, y había aprendido el oficio de su padre: las fórmulas legales, la caligrafía perfecta, el arte de escuchar sin juzgar. Había pasado años en la escribanía de Betanzos, copiando contratos, registrando testamentos, viendo pasar la vida de la ciudad a través de documentos.
Pero Ramón no era solo un escribano. Era, sobre todo, un hombre de campo. Le gustaba caminar por las tierras, hablar con los caseros, resolver problemas prácticos. Sabía cuándo un arrendatario mentía sobre la cosecha, cuándo una disputa de lindes era real o solo excusa para no pagar. Sabía también cuándo dar tiempo y cuándo apretar.
La Condesa lo había conocido a través de su padre, y cuando necesitó a alguien que administrase el pazo de Zanfoga, pensó en él inmediatamente.
Ramón aceptó. Tenía veintisiete años y ningún deseo de pasarse la vida encerrado en una escribanía. Quería espacio, aire, tierra bajo los pies.
Se mudó al pazo en la primavera de 1864. La casa grande estaba esperándolo, con sus habitaciones vacías y sus ventanas que daban al río. Sus padres, Rosendo y Jacinta, ya jubilados, se trasladaron con él.
—Aquí podrás respirar —le dijo su madre mientras deshacían los baúles en el salón principal—. Aquí hay paz.
Y tenía razón. Zanfoga era un lugar apacible, protegido del mundo. Los días tenían una cadencia propia: por la mañana, Ramón salía a caballo a inspeccionar los lugares, a hablar con los caseros, a resolver lo que hubiera que resolver. Por la tarde, volvía a la casa grande, se sentaba en el despacho que había habilitado en la planta baja y se ocupaba del papeleo: las rentas cobradas, las que faltaban, los gastos de mantenimiento, las cartas a la Condesa informándole de todo.
Los domingos iba a misa a la iglesia de Armental, donde conoció a medio Vilasantar. Era un pueblo pequeño, de apenas unos cientos de almas, donde todo el mundo se conocía y las novedades corrían de boca en boca como el agua por el río.
Fue en la feria de Armental donde la vio por primera vez.
Áurea Freire Mosquera tenía catorce años y acababa de llegar a Vilasantar para vivir con un hermano de su padre.

Tras un noviazgo de dos años, se casaron el 16 de diciembre de 1865, en la iglesia de San Salvador de Barbeito. Ella tenía dieciséis años, él veintiocho. Fue una boda sencilla, sin grandes fastos, pero con toda la dignidad que correspondía a la hija de un catedrático y al administrador de la Condesa.
Cuando llegaron al pazo esa noche, como marido y mujer, Ramón llevó a Áurea al balcón que daba al río.
—Este es tu hogar ahora —le dijo—. Para siempre.
Áurea apoyó la cabeza en su hombro y por primera vez en mucho tiempo, sintió que tenía un lugar en el mundo.
CAPÍTULO I: El Matrimonio (1865-1870)
Los primeros años en el pazo fueron años de aprendizaje y construcción. Áurea llegó siendo casi una niña y tuvo que convertirse en señora de una casa grande, con sirvientes, con responsabilidades, con un marido que pasaba la mitad del día cabalgando por los lugares del pazo.
Al principio le daba miedo todo. No sabía dar órdenes, no sabía organizar una casa, no sabía ni siquiera qué ropa ponerse cada día. Jacinta, la madre de Ramón, fue su salvación.
—Ven —le decía por las mañanas—, vamos a revisar la despensa.
Y bajaban juntas a la cocina, donde Jacinta le enseñaba a contar los sacos de harina, a calcular cuánta carne necesitaban para la semana, a negociar con los proveedores que venían del pueblo.
—Una casa se gobierna con la cabeza, no con el corazón —le decía Jacinta—. El corazón es para tu marido y tus hijos. La casa necesita orden.

Áurea aprendió rápido. Era una muchacha inteligente, acostumbrada a observar y adaptarse. En pocos meses ya llevaba las cuentas del hogar, supervisaba a las sirvientas, organizaba las comidas. Ramón la miraba con orgullo.
—Eres una buena administradora —le decía—. Mejor que yo.
Por las tardes, cuando Ramón volvía de sus rondas, se sentaban en el salón y él le contaba lo que había visto. Que un casero estaba enfermo y necesitaba más tiempo para pagar. Que en otro lugar había habido una discusión por un linde y él había tenido que mediar. Que la cosecha de maíz iba bien pero la de centeno no tanto.
Áurea escuchaba todo con atención. A veces hacía preguntas, a veces solo asentía. Le gustaba sentirse parte de ese mundo, de ese trabajo que Ramón hacía con tanta dedicación.
El 22 de mayo de 1866 murió D. Rosendo, al que enterraron en el Santuario de Laxe, cerca de Zanfoga.
Los domingos iban a misa juntos. Caminaban desde el pazo hasta la iglesia de Armental, un paseo de media hora por un camino de tierra que bordeaba el río. En invierno iban abrigados, en verano Áurea llevaba un sombrero de paja para protegerse del sol. Después de misa se quedaban un rato en el atrio, hablando con los vecinos, intercambiando noticias.
—¿Cómo está doña Jacinta?
—Mejorando, gracias a Dios, pero todavía con mucha pena.
—¿Y usted, doña Áurea? ¿Se ha acostumbrado ya a Vilasantar?
—Cada día un poco más.
Y era verdad. Áurea se estaba acostumbrando. El pazo dejó de parecerle intimidante y empezó a parecerle un hogar. Las habitaciones vacías empezaron a llenarse con los muebles que Ramón encargaba a un ebanista de Betanzos. Los jardines empezaron a florecer bajo el cuidado de un jardinero que venía dos veces por semana.
Pero sobre todo, el pazo empezó a llenarse de vida cuando llegaron los niños.
Lola nació el 4 de febrero de 1867, un día frío de invierno en que el río bajaba crecido y el viento golpeaba las ventanas. Áurea estuvo de parto doce horas, atendida por una comadrona de Vilasantar y por Jacinta, que no se apartó de su lado ni un momento.
Cuando por fin la niña nació, Ramón entró en la habitación y se quedó mirando a su hija con una mezcla de asombro y terror.
—Es tan pequeña —dijo.
—Todos los bebés son pequeños —respondió la comadrona.
—¿Y si se rompe?
—No se va a romper, hijo —dijo Jacinta—. Cógela.
Ramón cogió a la niña con cuidado, como si fuera de cristal. Lola abrió los ojos y lo miró, y en ese momento Ramón supo que su vida había cambiado para siempre.
Áurea miraba la escena desde la cama, exhausta pero feliz. Había traído vida al pazo. Había cumplido.
Lola fue una niña tranquila, de risa fácil, que dormía bien y comía mejor. Jacinta la adoraba. Pasaba horas meciéndola en la mecedora del salón, cantándole canciones antiguas en gallego que había aprendido de su propia madre.
—Esta niña va a ser hermosa —decía—. Mírala. Tiene los ojos de su padre.
Y Áurea sonreía, porque era verdad. Lola tenía los ojos oscuros de Ramón, su misma mirada serena.
Quince meses después nació Juanito, el 11 de mayo de 1868. Esta vez el parto fue más fácil, más rápido. Juanito era un bebé grande, de llanto fuerte, que exigía atención constantemente.
—Este va a dar guerra —dijo la comadrona.
—Todos los varones dan guerra —respondió Jacinta.
Ramón estaba feliz. Un hijo varón. Alguien que llevaría su apellido, que heredaría las tierras, que quizás algún día también sería escribano o administrador.
—Juan Platas Freire —dijo, saboreando el nombre—. Suena bien.
—Suena a notario —dijo Jacinta.
Y tenía razón. Juanito, desde pequeño, tuvo algo de formal. Mientras Lola se reía con cualquier cosa, Juan era afable, pero como si estuviera pensando en asuntos importantes.
Dos años después nació Carmen, el 9 de abril de 1870. Era una niña delicada, de piel muy blanca y pelo casi rubio, diferente a sus hermanos. Lloraba poco y observaba mucho, con unos ojos azules que parecían entenderlo todo.
—Esta va a ser maestra —dijo Jacinta el día que nació—. Tiene cara de maestra.
Y otra vez acertó.
Con tres niños pequeños, el pazo se transformó. Ya no era solo una casa elegante y ordenada. Era un lugar lleno de voces, de risas, de llantos, de juguetes esparcidos por el suelo. Las sirvientas corrían de un lado a otro. Jacinta no paraba. Áurea, que había llegado siendo una niña asustada y ahora tenía veintiún años, se había convertido en madre y señora de la casa.
Ramón la miraba a veces y no podía creer que fuera la misma muchacha tímida que había conocido en la iglesia.
—¿Eres feliz? —le preguntó una noche, cuando los niños ya dormían y ellos estaban sentados en el salón.
—Sí —respondió Áurea sin dudar—. Más de lo que nunca pensé que podría ser.
—Yo también.
Y se quedaron en silencio, escuchando el crepitar del fuego en la chimenea y el sonido lejano del río.
Afuera, Vilasantar dormía bajo un cielo lleno de estrellas. Dentro del pazo, tres niños dormían en sus cunas, ajenos a todo, mientras sus padres soñaban con el futuro que les esperaba.
Todavía no sabían que habría doce niños más. Que el pazo se llenaría hasta los topes. Que los años venideros serían los más felices de sus vidas.
Pero esa noche, con tres hijos dormidos y el fuego encendido, Ramón y Áurea eran simplemente dos personas que se habían encontrado en el momento justo, en el lugar justo, y que habían construido algo hermoso juntos.
El pazo de Zanfoga ya no era solo la propiedad de la Condesa. Era el hogar de los Platas Freire.
Y apenas estaban empezando.
CAPÍTULO II: La Casa Grande (1870-1880)
El pazo tenía su propia música. Por las mañanas, el canto de los gallos desde los lugares cercanos. Después, el golpeteo rítmico de la ropa en el lavadero del río. A mediodía, las voces de los caseros que venían a hablar con Ramón. Por la tarde, el rosario en la capilla, con la voz monótona del sacerdote y las respuestas susurradas de las mujeres. Y por la noche, antes de dormir, el murmullo del río que nunca callaba.
Pero sobre todo, el pazo tenía voces de niños.
Después de Carmen vinieron más. José nació el 9 de abril de 1872, el mismo día que su hermana Carmen pero dos años después. Áurea bromeaba diciendo que era su regalo de cumpleaños.
José era inquieto desde el primer día. Lloraba más que sus hermanos, dormía peor, exigía más atención. Pero tenía algo que los demás no tenían: una energía arrolladora, una curiosidad insaciable. Cuando aprendió a caminar no hubo rincón del pazo que no explorara.
—Este niño va a terminar en el río —decía Ramón, medio en broma, medio preocupado.
—O en la cárcel —añadía Jacinta—. Tiene manos largas. Ayer lo pillé intentando abrir el armario de las conservas.
Pero José no era malo. Era simplemente... incansable. Necesitaba movimiento, actividad, cosas que hacer. Ramón, que empezaba a entender a sus hijos, le dio tareas desde muy pequeño.
—Ven conmigo al estanco —le decía—. Vas a aprender a llevar cuentas.
Y José iba, feliz, sintiéndose importante.
Francisco nació después de José, el 1 de diciembre de 1873.
Paquitiño, como lo llamaban todos en el pazo, era un niño alegre y curioso, con una energía inagotable que lo llevaba a meterse en todos los rincones. Tenía el pelo oscuro como su madre y los ojos inquietos de quien siempre está buscando aventuras. Le encantaba seguir a su hermano José por todas partes, imitando todo lo que hacía.
Filomena nació el 22 de marzo de 1876, y con ella llegó una calma al pazo. Era una niña dulce, conciliadora, que nunca peleaba con sus hermanos. Cuando Juan y José discutían, era Filomena quien los separaba.
—Ya está bien —decía con su vocecita—. Mamá se va a enfadar.
Y ellos, sorprendentemente, le hacían caso.
—Esta niña nació para dar paz —decía Áurea.
Tenía razón. Filomena pasaba horas en el jardín, recogiendo flores, haciendo ramilletes que luego regalaba a todo el mundo. A Jacinta, a las sirvientas, a su padre cuando volvía de las rondas.
—Para ti, papá —le decía, tendiéndole un ramo de margaritas aplastadas.
Y Ramón lo aceptaba como si fueran rosas de un jardín real.
Con Pilar, que nació el 6 de junio de 1877, la familia alcanzó los siete hijos. Áurea tenía veintiocho años y ya no era la muchacha delgada que había llegado al pazo. Su cuerpo había cambiado con cada embarazo, pero ella no parecía importarle. Tenía otras preocupaciones.
—Siete bocas que alimentar —le dijo a Ramón una noche—. Y todavía somos jóvenes.
—¿Te arrepientes?
—No. Pero a veces me pregunto si la casa va a ser suficiente.
—La casa es enorme —dijo Ramón—. Caben veinte niños aquí.
—No digas esas cosas ni en broma.
Pero Ramón tenía razón. El pazo era grande. Y poco a poco, lo fueron llenando.
Pilar era tranquila y sensata, con una curiosidad insaciable y mucha vitalidad.
Ramón, la adoraba. Veía en ella algo de sí mismo: esa independencia, esa necesidad de entender las cosas antes de aceptarlas.
—Déjala —le decía a Áurea—. Es lista.
—Es terca.
—Es lista y terca. Que es todavía mejor.
Mercedes nació el 6 de diciembre de 1879, en pleno invierno, con la chimenea encendida día y noche y el río helado por las mañanas. Era una niña robusta, de mejillas coloradas, que comía con apetito y crecía deprisa.
Concha llegó el 1 de septiembre de 1881, en pleno verano, cuando el pazo olía a hierba recién cortada y las cigarras cantaban sin parar. Era una niña seria, servicial, que se llevaba bien con todo el mundo.
—Es un sol —decían en el pueblo.
Y lo era. Concha transmitía optimismo.
Para entonces, la casa grande estaba llena hasta arriba. Lola tenía catorce años, Juan trece, Carmen once, José nueve, Francisco ocho, Filomena cinco, Pilar cuatro, Mercedes dos y Concha era un bebé. Áurea pasaba el día organizando, supervisando, resolviendo conflictos.
—Lola, vigila a tus hermanas.
—Juanito, no dejes que José y Paquitiño se acerquen al río.
—Carmen, ayuda a Filomena a vestirse.
Era un caos ordenado, una sinfonía de voces y movimiento que nunca paraba.
Las mañanas en el pazo tenían su ritual. Áurea se levantaba al alba. Bajaba a la cocina, donde ya estaba la cocinera encendiendo el fuego, y supervisaba que las sirvientas preparasen el desayuno para toda la familia.
A las siete, Ramón bajaba, ya vestido, listo para salir. Desayunaba de pie, tomándose el café de un trago, mordiendo un trozo de pan.
—¿Adónde vas hoy? —preguntaba Áurea.
—A Mourelle. El casero dice que hay goteras en el tejado.
—¿Volverás a comer?
—No lo sé. Si termino pronto, sí.
Y salía, con sus botas de montar y su sombrero, y poco después se oía el galope de su caballo alejándose por el camino.
Después bajaban los niños, en orden de edad. Primero Lola, ya toda una señorita, que ayudaba a servir a sus hermanos pequeños. Luego Juanito, siempre formal, siempre pensativo. Carmen, que se sentaba junto a la ventana para aprovechar la luz del día. José, que no paraba quieto ni para desayunar. Paquitiño y las pequeñas se quedaban arriba con Jacinta hasta más tarde.
—Juanito, ¿has estudiado?
—Sí, mamá.
—¿Qué has estudiado?
—Latín.
—Di algo en latín.
—Pater noster qui es in caelis.
—Muy bien.
Juanito quería ser notario como su abuelo Rosendo y como su padre. Pasaba horas encerrado en el despacho de su padre, leyendo los libros de derecho que Ramón guardaba en un armario, copiando contratos con letra perfecta.
—Este niño va a llegar lejos —decía Ramón con orgullo.
Carmen, en cambio, quería ser maestra. Le gustaba enseñar a sus hermanas pequeñas, organizarlas en fila, hacerles repetir las letras del abecedario.
—A de árbol, B de burro, C de casa.
—C de casa —repetían las pequeñas.
—Muy bien.
Áurea la miraba desde la puerta y sonreía. Carmen tenía paciencia infinita, una dulzura natural que la hacía perfecta para tratar con niños.
Las tardes en el pazo seguían siempre el mismo patrón. Después de comer, que era la comida principal del día y se servía a las dos en punto, los niños tenían una hora de descanso. Los mayores podían leer o estudiar. Los pequeños dormían la siesta.

A las cinco, Jacinta tocaba una campanilla y todos bajaban a la capilla para el rosario. Era obligatorio. No había excusas.
La capilla era pequeña, apenas cabían todos. Tenía un altar sencillo con una virgen de madera policromada y tres hileras de bancos de roble. Olía a incienso y a cera.
El sacerdote, don Manuel, un cura joven de la parroquia de Armental, venía tres veces por semana a dirigir el rosario. Los otros días lo dirigía Jacinta.
—Dios te salve María, llena eres de gracia.
—El Señor es contigo —respondían todos.
Los niños pequeños se aburrían. Pilar miraba por la ventana, contando los pájaros que pasaban. Mercedes se dormía apoyada en el hombro de Lola. José movía los pies sin parar hasta que D. Ramón le daba un codazo.
Pero Áurea insistía. El rosario era importante. Era la manera de mantener a la familia unida bajo Dios.
Después del rosario, los niños tenían libertad hasta la cena. Y ahí era cuando el pazo se transformaba.
Los mayores —Lola, Juanito, Carmen— solían quedarse dentro, leyendo o ayudando con tareas de la casa. Pero los pequeños corrían hacia afuera como potros sueltos.

El río era su reino.
José fue el primero en descubrirlo. Un día, con cinco años, se escapó de la vigilancia de Lola y bajó al lavadero. El agua estaba fría y clara, y José metió los pies y se quedó maravillado.
—¡Hay peces! —gritó.
Y desde entonces, el río se convirtió en el lugar favorito de todos.
Filomena recogía piedras de colores y las guardaba en un cubo. Pilar se remangaba el vestido y caminaba por la orilla, persiguiendo ranas. Mercedes se sentaba en una roca y metía los pies en el agua, chapoteando. Concha, todavía pequeña, se quedaba en la orilla bajo la vigilancia de Lola.
—No os alejéis —gritaba Lola desde el lavadero—. Que mamá se enfada.
Pero ellos no hacían mucho caso. El río era demasiado tentador.
Un día, José encontró una culebra de agua. La cogió con las manos y subió corriendo a la casa.
—¡Mamá, mira!
Áurea pegó un grito.
—¡Suelta eso inmediatamente!
—Pero si no muerde...
—¡He dicho que lo sueltes!
José soltó la culebra en medio del salón. La culebra, asustada, salió reptando hacia el pasillo. Las niñas gritaron. Jacinta salió de la cocina con una escoba.
—¡Fuera de aquí! ¡Fuera!
José terminó castigado una semana sin bajar al río. Pero valió la pena. Durante años, sus hermanas le rogaron que les contara otra vez la historia de la culebra en el salón.
Los domingos eran diferentes. Los domingos eran sagrados.
Por la mañana, toda la familia iba a misa. Caminaban en procesión desde el pazo hasta la iglesia de Armental: primero Ramón y Áurea, después los niños en orden de edad, después Jacinta, y cerrando la marcha las sirvientas.
Era un espectáculo. Todo Vilasantar los miraba pasar.
—Ahí van los del pazo —decían.
Y había orgullo en esas palabras. Los Platas Freire eran respetados. Ramón era un buen administrador, justo con los caseros, cumplidor con la Condesa. Áurea era caritativa, siempre dispuesta a ayudar cuando alguien estaba enfermo o necesitado.
Después de misa, se quedaban un rato en el atrio. Ramón hablaba con los hombres sobre las cosechas, sobre el tiempo, sobre política. Áurea hablaba con las mujeres sobre recetas, sobre los niños, sobre las enfermedades que andaban rondando.
Los niños jugaban entre las tumbas del cementerio contiguo, escondiéndose detrás de las cruces de piedra.
—No corráis entre las tumbas —les gritaba Áurea.
Pero ellos seguían corriendo.
Después volvían al pazo para la comida del domingo, que era siempre especial. Caldo gallego, carne asada, tarta de almendra que hacía Jacinta.
Por la tarde, si hacía buen tiempo, salían a pasear. A veces iban hasta el Santuario de Laxe, que estaba a media hora a pie. Otras veces simplemente caminaban por los prados, viendo pastar las vacas, recogiendo flores silvestres.
Ramón llevaba a los niños pequeños sobre los hombros por turnos. José iba delante, corriendo, explorando. Las niñas iban cogidas de la mano, cantando.
—Soy la reina de los mares —cantaba Pilar.
—Y tú serás mi doncella —respondía Mercedes.
—Irás por agua a la fuente —seguía Concha.
—Calle, calle, calle —terminaban todas a coro.
Áurea las miraba y sentía que el corazón se le llenaba. Eran felices. Sus hijos eran felices.
Por las noches, cuando los niños ya dormían, Ramón y Áurea se sentaban en el salón. A veces hablaban del día, de lo que había pasado, de los problemas que había habido. Otras veces simplemente se quedaban en silencio, cada uno con su libro o su labor.
—¿Crees que tendremos más? —preguntó Áurea una noche.
Ramón la miró sorprendido.
—¿Hijos, dices?
—Sí.
—No lo sé. ¿Tú quieres más?
Áurea se quedó pensativa.
—No sé si quiero. Pero creo que vendrán igual.
Y tenía razón. Porque apenas estaban a mitad de camino.
El 25 de enero de 1882 falleció Jacinta, y la enterraron en el Santuario de Laxe junto a su marido.
CAPÍTULO III: Los Hermanos (1880-1890)
Casilda nació el 13 de julio de 1883, en uno de esos días de verano en que el calor apretaba tanto que hasta el río parecía quedarse quieto. Era una niña seria desde el primer momento, de llanto suave, que miraba el mundo con una intensidad que desconcertaba.
—Esta niña ve cosas que nosotros no vemos —dijo Ramón cuando la cogió por primera vez.
—Todas los bebés miran así —respondió Áurea, cansada después del parto.
—No. Esta es diferente.
Y lo era. Casilda creció apartada de los juegos de sus hermanas. Mientras las demás corrían por el pazo, ella se quedaba en la capilla, mirando la virgen con una devoción que no era propia de una niña de cuatro años.
—Casilda, ven a jugar —la llamaba Mercedes.
—Luego.
—¿Qué haces ahí?
—Rezo.
—¿Por qué rezas tanto?
—Porque Dios me escucha.
Mercedes se encogía de hombros y se iba. No entendía a su hermana, pero la respetaba.
Con tantos hijos la familia necesitaba más dinero, y Ramón se hizo cargo también de la Secretaría del Ayuntamiento de Vilasantar. Un nuevo sueldo que les venía muy bien. Años después llegaría a ser el Alcalde del pueblo.
Emilia llegó el 31 de marzo de 1885, y con ella volvió la alegría bulliciosa al pazo. Era todo lo contrario a Casilda: ruidosa, traviesa, siempre riéndose de todo. Tenía una energía que recordaba a José, pero sin su intensidad. Emilia era pura ligereza.
—Esta niña es como el aire —decía Ramón—. No se puede atrapar.
Le gustaba trepar a los árboles del jardín, algo que escandalizaba a Áurea.
—¡Las niñas no se suben a los árboles!
—¿Por qué no? —preguntaba Emilia desde una rama.
—¡Porque se caen y se matan!
—Yo no me voy a caer.
Y nunca se cayó. Tenía un equilibrio natural, una gracia felina que la salvaba de cualquier peligro.
El 11 de julio de 1885 llegó la tragedia a la casa. Paquitiño murió con doce años de edad. Áurea no pudo llorar durante días, como si el dolor fuera tan grande que no cupiera en lágrimas. Lo enterraron en el Santuario de Laxe, en una tumba pequeña junto a la entrada, donde doce años después sería enterrada la propia Áurea, eligiendo estar al lado de su niño perdido por toda la eternidad.
Dos años después Antonio nació el 23 de diciembre de 1887, justo antes de Navidad. Otro varón. Después de tantas niñas, otro hijo.
—Ya tenemos tres hombres —le dijo a Juanito, que ya tenía diecinueve años y estudiaba Derecho en Santiago—. Vais a tener que ayudarme con las tierras.
Juanito asintió solemnemente. Él ya sabía que no iba a quedarse en Vilasantar. Quería ser notario, ver mundo. Pero no se lo había dicho todavía a su padre.
Antonio era un bebé tranquilo, reflexivo, que pasaba horas observando todo con ojos enormes. Cuando empezó a hablar, sus primeras palabras fueron preguntas.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—¿Pero por qué?
—Porque lo digo yo.
—¿Pero por qué lo dices tú?
Áurea perdía la paciencia. Ramón se reía.
—Este va a ser abogado —decía—. Tiene alma de jurista.
Con once hijos entonces—porque después de Antonio vinieron Asunción, Clara y Amparo— el pazo parecía que había alcanzado su máxima capacidad. Ya no cabían más.
Las habitaciones estaban llenas. Los niños dormían de tres en tres, a veces de cuatro en cuatro. Lola, la mayor, tenía su propia habitación porque ya era una mujer hecha y derecha, con veintitrés años. Pero el resto se apretujaban como podían.
Pilar compartía habitación con Mercedes, Concha y Casilda. Cuatro camas en una habitación que apenas tenía espacio para caminar.
—No te muevas tanto —decía Mercedes cuando Pilar se daba la vuelta en la cama.
—Es que no encuentro la postura.
—Pues búscala más despacio.
—Ya está, ya está.
Y se quedaban en silencio. Pilar era la más tranquila de todas a la hora de dormir. Necesitaba su comodidad, su almohada perfectamente colocada, las mantas bien estiradas. Mercedes se burlaba de ella, pero en el fondo le gustaba compartir habitación con Pilar. Era ordenada, no dejaba sus cosas por medio, y siempre olía a las flores que recogía por el jardín.
Los domingos por la mañana era cuando más se notaba que eran una familia numerosa. El desfile hacia la iglesia parecía una procesión.
Todo Vilasantar salía a verlos pasar.
—Ahí van los Platas —decían.
—¿Cuántos llevan ya?
—Doce, me parece.
—Dios los bendiga.
En la iglesia ocupaban tres bancos enteros. El párroco, don Manuel, siempre les dedicaba una mirada de aprobación antes de empezar la misa.
—Una familia así es bendición de Dios —decía en sus sermones, mirándolos directamente.
Y Ramón y Áurea bajaban la cabeza, humildes, aunque en el fondo estaban orgullosos.
Las tardes en el pazo, cuando los niños tenían libertad, eran puro caos organizado.
José, que ya tenía dieciocho años, se había hecho cargo del estanco de Vilasantar. Ramón había conseguido la licencia y su hijo se ocupaba. José pasaba las mañanas allí, vendiendo tabaco, sellos, papel de cartas. Por las tardes volvía al pazo y ayudaba a su padre con las cuentas.
Puesto que la casa de Zanfoga no era propiedad de la familia, Ramón hizo construir una en el mismo Vilasantar. El edificio cumplía varias funciones: en la planta baja estaba el Ayuntamiento, la oficina de Correos, y el estanco que regentaba su hijo José y también se vendía vino. En la planta alta estaba la escuela municipal, donde Carmen, una vez tuvo el título de maestra, empezó dando clases a las niñas del pueblo.

Juanito estaba en Santiago, estudiando para notario. Venía solo en verano y en Navidad, siempre con libros bajo el brazo.
Las hermanas medianas —Filomena, Pilar, Mercedes y Concha— formaban una piña. Tenían entre trece y nueve años y eran inseparables.

Por las tardes bajaban al río, siempre bajo la supervisión de alguna de las sirvientas. Pero la supervisión era más bien nominal. Las chicas se quitaban las medias y los zapatos y se metían en el agua hasta las rodillas.
—Si os caéis, no os puedo sacar —les advertía la sirvienta desde la orilla.
—No nos vamos a caer.
Y no se caían. Conocían cada piedra, cada curva del río. Era su territorio.
Filomena recogía flores acuáticas que luego prensaba entre las páginas de los libros. Mercedes perseguía renacuajos con un tarro de cristal. Concha se tumbaba en la hierba y miraba las nubes, inventando formas.
—Esa parece un dragón —decía.
—No, parece un caballo —respondía Mercedes.
—Puede ser un caballo-dragón.
—Eso no existe.
—Ahora sí.
Pilar corría tanto como sus hermanas, pero otras veces prefería quedarse sentada en una piedra grande que había a la orilla, con los pies en el agua, observando. Miraba cómo el río arrastraba hojas, cómo los peces nadaban entre las piedras, cómo la luz del sol se reflejaba en el agua creando destellos de oro.
—¿Qué haces? —le preguntaba Mercedes.
—Miro.
—¿Qué miras?
—El agua. Nunca se queda igual. Cambia todo el rato.
—Pues sí. Es agua. Se mueve.
—Sí, pero cada momento es diferente. Mira esa hoja. Ahora está aquí, ahora se ha ido. No va a volver nunca más.
Mercedes la miraba como si estuviera loca.
—Pilar, a veces dices cosas muy raras.
Pero Pilar no era rara. Era simplemente observadora. Le gustaba fijarse en las cosas, en los detalles. Mientras sus hermanas jugaban, ella se quedaba mirando cómo las hormigas llevaban migas de pan, cómo las arañas tejían sus telas, cómo las flores se abrían por la mañana y se cerraban por la tarde.
—Tienes muy buena vista —le decía Ramón cuando la veía agachada en el jardín, examinando una flor.
—Me gusta mirar las cosas de cerca.
—¿Y qué ves?
—Cosas que desde lejos no se ven. Mira esta rosa, papá. Tiene unos bichitos diminutos. Y si te fijas bien, las gotas de rocío tienen formas diferentes cada una.
Ramón se agachaba a su lado y miraba.
—Tienes razón. Nunca me había fijado.
—Es que hay que pararse a mirar.
Y Pilar se pasaba horas así. Parándose a mirar.
También le encantaba hablar. Con todo el mundo. Con sus hermanas, con las sirvientas, con los caseros que venían a ver a su padre, con el párroco después de misa. Tenía una curiosidad insaciable por las historias de la gente.
—¿Y cómo era tu pueblo? —le preguntaba al jardinero, que era una persona mayor.
—Pequeño. Más pequeño que Vilasantar.
—¿Y por qué te viniste aquí?
—Porque aquí había trabajo.
—¿Y tu familia?
—Mi mujer murió. Mis hijos están en América.
—¿En América? ¿Dónde en América?
—En Argentina. En Buenos Aires.
—¿Y cómo es Buenos Aires?
—No sé, niña. Nunca he estado.
—¿Y tus hijos te escriben?
—A veces.
—¿Y qué te cuentan?
El jardinero sonreía. Le gustaba hablar con Pilar. Era una niña que escuchaba de verdad, que hacía preguntas inteligentes, que se interesaba por las personas.
Esa capacidad para hablar con cualquiera, para hacer que las personas se abrieran, era algo que Áurea notaba.
—Pilar tiene un don —le decía a Ramón—. La gente le cuenta cosas.
—Es porque escucha —respondía Ramón—. Y porque no juzga.
También le gustaba la belleza. Los vestidos bonitos, las flores bien arregladas, la mesa puesta con cuidado. No era vanidosa, pero apreciaba las cosas hermosas.
Pilar también ayudaba a Áurea a arreglar la casa. Le gustaba poner flores en los jarrones, cambiar las cortinas cuando empezaban a verse gastadas, organizar los armarios para que todo estuviera en su sitio.
Era la única de las hermanas que ordenaba su parte de la habitación todos los días. Mercedes dejaba todo tirado. Concha perdía sus cosas constantemente. Casilda vivía en su mundo. Pero Pilar mantenía su rincón impecable.
Por las noches, cuando ya estaban todas en la cama, Pilar era la que contaba historias.
—¿Qué historia quieres hoy? —preguntaba Concha.
—La de la princesa del río —decía Mercedes.
—No, esa ya la hemos oído mil veces —protestaba Casilda.
—Entonces cuento una nueva —decía Pilar.
Y empezaba a inventar. Historias de princesas y dragones, de bosques encantados, de niñas que encontraban tesoros escondidos. Pilar tenía imaginación para mil cuentos.
—¿De dónde sacas tantas historias? —le preguntaba Concha.
—No sé. Se me ocurren.
—Podrías escribir un libro.
—A lo mejor algún día lo hago.
Pero lo que más le gustaba a Pilar, por encima de todo, era estar con su familia. Las comidas del domingo, cuando todos se sentaban alrededor de la mesa enorme del comedor. Las tardes en el jardín, cuando Ramón les contaba historias de los caseros. Las noches de invierno junto al fuego, cuando su madre les hacía chocolate caliente.
—¿Vosotras queréis casaros cuando seáis mayores? —preguntó Mercedes una noche.
—Yo sí —dijo Concha—. Quiero tener hijos.
—Yo voy a ser monja —dijo Casilda, como siempre.
—¿Y tú, Pilar?
Pilar se quedó pensativa.
—No sé. Supongo que sí. Pero tiene que ser alguien bueno.
—¿Bueno cómo?
—Que sea amable. Que me escuche. Que le gusten las mismas cosas que a mí.
—¿Y cómo vas a saber cuándo lo encuentres?
Pilar sonrió.
—Creo que lo sabré. Cuando esté con él, me sentiré tranquila. Como cuando estoy aquí, en el pazo, junto al río.
—Eso suena muy bonito.
—Sí —dijo Pilar—. Suena bonito.
Y se quedaron en silencio, cada una imaginando su futuro.
Los veranos en el pazo eran mágicos. Las clases de Carmen paraban, José cerraba el estanco por las tardes, Juanito volvía de Santiago. Toda la familia estaba reunida.
Ramón organizaba excursiones. A veces iban al Santuario de Laxe, donde la familia tenía su sepultura. Otras veces iban a Betanzos, a visitar a la familia de Ramón. O simplemente paseaban por los campos, por los lugares que Ramón administraba.
—Este es el lugar de Vila —decía, señalando una casa de piedra rodeada de maizales—. El casero se llama Manuel. Tiene cinco hijos.
—¿Puedo jugar con ellos? —preguntaba Antonio.
—Claro. Todos sois niños.
Y Antonio corría hacia la casa mientras Ramón hablaba con Manuel sobre la cosecha, sobre el tiempo, sobre las rentas.
Los niños de los caseros miraban a los Platas con una mezcla de admiración y envidia. Ellos comían pan de maíz. Los Platas comían pan blanco, aunque en ocasiones lo cambiaban con ellos. Ellos iban descalzos en verano. Los Platas llevaban siempre zapatos.
Pero jugaban juntos. Al escondite, a la rayuela, a perseguirse por los prados. Y durante esas horas, las diferencias desaparecían.
A Pilar le encantaba jugar, pero también le gustaba sentarse a hablar con las madres.
—¿Cómo está tu marido? —le preguntaba a la mujer del casero.
—Bien, gracias a Dios. Con el reuma, pero trabajando.
Áurea miraba a Pilar con orgullo. Era una buena niña. Tranquila, sensata, cariñosa. No daba problemas como José, que siempre estaba metido en líos. Ni era tan formal como Juanito. Ni tan ensimismada como Casilda. Pilar era... equilibrada. Eso era la palabra.
—¿Qué vas a ser cuando seas mayor? —le preguntó Ramón un día mientras paseaban por el jardín.
—No sé, papá. ¿Qué puedo ser?
—Lo que quieras. Puedes ser maestra como Carmen. O casarte y tener tu propia familia.
—Me gustaría tener una familia —dijo Pilar—. Pero también me gustaría hacer otras cosas.
—¿Qué cosas?
—No sé. Ver mundo. Conocer gente. Aprender.
—Todo eso lo puedes hacer.
—¿De verdad?
—De verdad.
Pilar sonrió. Le gustaba que su padre creyera en ella.
—Papá, ¿tú querías a mamá cuando te casaste con ella?
Ramón se detuvo, sorprendido por la pregunta.
—Sí. Mucho.
—¿Cómo lo supiste?
—Porque cuando estaba con ella me sentía en paz. Como si hubiera encontrado mi sitio.
Pilar asintió, guardando esas palabras en su memoria.
Pilar era paciente. Sabía esperar. Sabía observar. Sabía que las cosas buenas llegaban a su tiempo, como las flores que se abrían cuando tocaba, como el río que seguía su curso sin prisa.
Todavía era una niña. Tenía trece años. Pero ya empezaba a entender cómo era el mundo.
CAPÍTULO IV: La Estrategia (1890-1895)
El problema se planteó en la primavera de 1890, durante una de esas comidas dominicales en las que toda la familia se reunía alrededor de la mesa enorme del comedor.
Lola tenía veintitrés años y todavía no estaba casada.
No era que faltaran pretendientes. Lola era hermosa, educada, de buena familia. Pero Vilasantar era un pueblo pequeño. Muy pequeño. Apenas trescientas almas. Y los muchachos casaderos se contaban con los dedos de una mano.
—Necesitamos pensar en el futuro de las niñas —dijo Ramón esa tarde, cuando ya se habían retirado los platos y solo quedaban él y Áurea en el comedor.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Áurea.
—Que tenemos once hijas. Once. Y aquí no hay once muchachos decentes para ellas.
—Entonces ¿qué hacemos? —preguntó Áurea—. ¿Las mandamos a todas a un convento?
—No —respondió Ramón—. Las mandamos a Santiago.
Y así nació el plan.
La hermana de Ramón, Isabel, vivía en Santiago de Compostela, en una casa grande de la rúa do Vilar. Era soltera, y cuando Ramón le escribió proponiéndole que acogiera a sus sobrinas por temporadas, aceptó encantada.
—Mándame a las niñas de dos en dos —escribió en su respuesta—. Las llevaré a misa, a pasear por la Alameda, a las tertulias de las familias respetables. Ya verás cómo conocen buenos partidos.
El plan era sencillo pero efectivo: las hermanas irían rotando. Dos o tres a la vez pasarían unos meses en Santiago, instaladas en casa de la tía Isabel. Allí las llevarían a los sitios donde se movía la buena sociedad compostelana: la catedral, los paseos, las reuniones en casas de familias conocidas. Cuando conocieran a algún pretendiente interesante, volverían a Vilasantar para despertar más interés. Y cuando hubiera espacio libre en casa de Isabel, irían las siguientes.
—Es como una campaña militar —dijo José cuando se enteró del plan.
—Es exactamente eso —respondió Ramón—. Una campaña para asegurar el futuro de tus hermanas.
Lola y Carmen fueron las primeras en ir. Partieron una mañana de mayo de 1890, con dos baúles llenos de vestidos que Áurea había mandado hacer especialmente para la ocasión.
—Portaos bien —les dijo Áurea antes de subir al coche que las llevaría a Santiago—. Sed discretas. Educadas. No habléis demasiado.
—Sí, mamá —respondieron las dos al unísono.
—Y escribidme todas las semanas.
—Sí, mamá.
Ramón las abrazó a las dos.
—Y divertíos —les susurró—. Que también se puede disfrutar.
Pilar las vio partir desde el balcón de la casa grande. Tenía trece años y le parecía todo tremendamente emocionante.
—Algún día yo también iré —le dijo a Mercedes.
—Faltan años para eso.
—No tantos. En unos años nos tocará a nosotras.
—Eso es muchísimo tiempo.
—Pasa más rápido de lo que crees.
Y tenía razón.
Las cartas de Lola y Carmen llegaban cada semana, puntualmente. Áurea las leía en voz alta durante la cena, con toda la familia escuchando.
"Querida mamá, querido papá:
Santiago es maravilloso. La tía Isabel nos tiene muy entretenidas. Esta semana fuimos a la catedral tres veces, al paseo de la Herradura dos, y a una tertulia en casa de los Salgado.
Carmen está encantada con las librerías. Dice que nunca había visto tantos libros juntos. Yo estoy más interesada en las tiendas de telas. Los vestidos que se llevan aquí son mucho más elegantes que los de Vilasantar.
La tía Isabel nos ha presentado a muchas familias. Hay estudiantes de medicina, abogados jóvenes, hijos de propietarios. Todos muy educados. Muy correctos.
Os echamos mucho de menos. Especialmente la comida de mamá. Aquí se come bien, pero no es lo mismo.
Besos para todos. Lola."
Los meses pasaban y las hermanas rotaban. Lola y Carmen estuvieron en Santiago durante el otoño. Luego volvieron al pazo y fueron Filomena y Pilar. Después Mercedes y Concha. Y así, año tras año.
La tía Isabel se convirtió en una especie de directora de orquesta, coordinando visitas, presentaciones, paseos. Conocía a todas las familias respetables de Santiago, sabía quién tenía hijos en edad de casarse, quién tenía propiedades, quién tenía buena reputación.
—Isabel es una estratega —le decía Ramón a Áurea cuando leía las cartas.
—Tu hermana sabe lo que hace —respondía Áurea—. Y le gusta hacerlo.
Era verdad. Isabel disfrutaba teniendo a sus sobrinas en casa. Las trataba como a las hijas que nunca tuvo, las educaba en las costumbres de la ciudad, las preparaba para la vida que les esperaba.
Pero el plan no consistía solo en conocer pretendientes. También se trataba de que las chicas se cultivaran, vieran mundo más allá de Vilasantar, aprendieran.
Carmen aprovechó su tiempo en Santiago para estudiar. Visitaba las bibliotecas, asistía a conferencias cuando la dejaban, se empapaba de conocimiento.
—Esta niña va a terminar siendo más culta que su padre —decía Isabel en una carta.
Y probablemente tenía razón.
Filomena, por su parte, descubrió en Santiago su amor por la música. La tía Isabel la llevó a varios conciertos en el teatro, y Filomena quedó fascinada.
—Mamá, ¿podríamos tener un piano en el pazo? —escribió en una carta.
—¿Un piano? —respondió Ramón cuando leyó la petición—. ¿Para qué queremos un piano?
—Para que Filomena aprenda —dijo Áurea—. Sería bonito tener música en la casa.
—Sería caro tener música en la casa.
—No tan caro.
Y al final, cedió. Porque Ramón siempre cedía cuando se trataba de sus hijas.
El piano llegó al pazo en un carro especial desde Santiago. Era un instrumento precioso, de madera oscura y teclas de marfil. Lo instalaron en el salón principal, y Filomena pasaba horas practicando.
—¿No te cansas? —le preguntaba Pilar.
—No. Me relaja.
—A mí me relaja el silencio.
—Pues vete al río.
Y Pilar se iba al río, mientras en el pazo sonaban las escalas de Filomena.
Pilar fue a Santiago por primera vez cuando tenía dieciseis años.
Llegó con Mercedes, las dos nerviosas y emocionadas. Para Pilar era la primera vez que salía de Vilasantar, y todo le parecía enorme, ruidoso, fascinante.
Santiago no era una ciudad inmensa. Tenía unos veinte mil habitantes. Pero para alguien que había crecido en un pueblo de trescientas almas, era como llegar a otro mundo.
La casa de la tía Isabel estaba en pleno centro, en la rúa do Vilar, una calle estrecha y empedrada llena de comercios. Desde la ventana de su habitación, Pilar podía ver pasar a la gente: estudiantes con sus libros, señoras con sus criadas, vendedores ambulantes, peregrinos con sus bordones.
—¿Te gusta? —le preguntó Isabel el primer día.
—Me encanta —respondió Pilar—. Es todo tan... vivo.
—Pues prepárate. Mañana empezamos con las visitas.
La tía Isabel tenía un plan muy claro. Por las mañanas, misa en la catedral. Por las tardes, paseo por la Alameda o la Herradura. Los domingos, tertulia en casa de alguna familia respetable.
—El objetivo —le explicó a Pilar y a Mercedes— es que os vean. Que sepan quiénes sois. Que conozcan a vuestra familia.
—¿Y luego qué? —preguntó Mercedes.
—Luego ya veremos. Hay que tener paciencia.
Y paciencia era algo que Pilar tenía de sobra.
Le gustaba Santiago. Le gustaba caminar por sus calles empedradas, observar a la gente, escuchar las conversaciones en los cafés. Le gustaba la catedral, con su incienso y sus velas, con sus peregrinos que llegaban de todas partes del mundo.
—¿De dónde vienes? —le preguntó un día a un peregrino que estaba sentado en las escaleras de la catedral.
—De Francia —respondió él en un español con acento—. De Toulouse.
—¿Has caminado todo el camino?
—Todo el camino.
—¿Cuántos días?
—Cuarenta y tres.
—¿Y no te cansaste?
El peregrino sonrió.
—Todos los días. Pero seguí caminando.
—¿Por qué?
—Porque hay que terminar lo que se empieza.
Pilar se quedó pensando en esas palabras mucho tiempo.
En las tertulias, Pilar era siempre la que más escuchaba. Mientras las demás chicas parloteaban sobre vestidos y bailes, ella observaba y procesaba.
Pilar conoció a mucha gente esos meses. Estudiantes de medicina, abogados jóvenes, comerciantes, hijos de propietarios rurales que venían a Santiago a estudiar o a hacer negocios.
Hablaba con todos. Le interesaban sus historias, sus vidas, de dónde venían, qué querían hacer. Algunos se enamoraban de ella inmediatamente. Pilar era hermosa sin ser ostentosa, inteligente sin ser intimidante, amable sin ser coqueta.
Pero ninguno la hacía sentir lo que esperaba sentir.
—¿No te gusta ninguno? —le preguntaba Mercedes.
—Me gustan para conversar —respondía Pilar—. Pero no me imagino casada con ninguno.
Después de seis meses, Pilar y Mercedes volvieron a Vilasantar. Otras hermanas tomaron su lugar en casa de la tía Isabel. El sistema seguía funcionando.
Los años pasaban. Las hermanas iban y venían. Conocían pretendientes, algunos más serios que otros. Pero todavía no había bodas.
—¿Cuándo se van a casar estas niñas? —preguntaba Ramón a veces, medio en broma, medio preocupado.
—Cuando encuentren al hombre adecuado —respondía Áurea—. No hay prisa.
—Lola ya tiene veintisiete años.
—Y está bien. Es feliz. Viaja, conoce gente, vive.
—Pero algún día tendrá que sentar cabeza.
—Y lo hará. Pero a su tiempo.
Ramón suspiraba. Tenía once hijas y ninguna casada todavía. A veces se preguntaba si el plan estaba funcionando realmente.
Pero Áurea no estaba preocupada. Conocía a sus hijas. Sabía que cada una tenía su carácter, su ritmo, sus necesidades. Lola era prudente, necesitaba estar segura. Carmen estaba más interesada en enseñar que en casarse. Filomena era romántica, esperaba al amor verdadero. Pilar era selectiva, no se conformaría con cualquiera.
—Todo llega a su tiempo —le decía a Ramón.
—Espero que tengas razón.
—La tengo. Ya verás.
Y mientras tanto, el pazo seguía lleno de vida. Las hermanas que estaban en Santiago escribían cartas. Las que estaban en Vilasantar ayudaban con la casa, con los pequeños, con las tareas del campo.
Pilar, cuando volvía de Santiago, se instalaba de nuevo en su rutina. Por las mañanas ayudaba a Áurea con la casa. Por las tardes bajaba al río, se sentaba en su piedra favorita, observaba el agua.
A veces pensaba en los muchachos que había conocido en Santiago. Algunos habían sido interesantes. Pero ninguno había sido... especial.
—¿Crees que existe? —le preguntó un día a Filomena—. ¿El hombre perfecto?
—No existe el hombre perfecto —respondió Filomena—. Pero sí existe el hombre perfecto para ti.
—¿Y cómo se reconoce?
—No sé. Dicen que lo sabes cuando lo ves.
—Eso es muy vago.
—El amor es vago.
Pilar sonrió. Filomena siempre tenía respuestas poéticas para todo.
—Pues yo espero que cuando lo vea, lo sepa con certeza —dijo—. Porque no pienso casarme con alguien de quien no esté completamente segura.
—Entonces puede que tardes mucho en casarte.
—No me importa esperar.
Y era verdad. No le importaba.
Porque Pilar sabía que las cosas buenas llegaban a quien sabía esperar.
Y ella sabía esperar.
CAPÍTULO V: La Pérdida (Enero 1897)
El invierno de 1896 llegó temprano a Vilasantar. En noviembre ya nevaba, y el río bajaba con un frío que cortaba los huesos.
Áurea no se sentía bien desde el otoño. Estaba cansada todo el tiempo, se quedaba sin aliento al subir las escaleras, tenía la piel pálida como la cera.
—Deberías ver a un médico —le decía Ramón.
—No es nada. Solo estoy cansada. Criar quince hijos cansa.
—Áurea...
—De verdad, Ramón. Estoy bien.
Pero no estaba bien. Y Ramón lo sabía.
En diciembre, Áurea empezó a tener mareos. Se desmayó dos veces: una en la cocina, otra en la capilla durante el rosario. Lola la encontró tirada en el suelo, blanca como un fantasma.
—¡Papá! —gritó—. ¡Ven rápido!
Ramón bajó corriendo y encontró a Áurea inconsciente. La llevó en brazos hasta su habitación, la acostó, mandó llamar al médico de Vilasantar.
El médico la examinó durante una hora. Cuando salió de la habitación, su expresión era grave.
—¿Qué tiene? —preguntó Ramón.
—Anemia severa. Ha perdido mucha sangre durante años. Los partos, probablemente. El cuerpo se ha quedado sin reservas.
—¿Se puede curar?
El médico dudó.
—Podemos intentarlo. Hierro, hígado, descanso. Pero don Ramón... el pronóstico no es bueno.
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que está muy débil. Su corazón está débil. Su cuerpo está agotado. Ha dado todo lo que tenía que dar.
Ramón se quedó helado.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. Semanas. Meses si tiene suerte.
—No puede ser. Tiene cuarenta y siete años. Es joven todavía.
—Lo siento, don Ramón.
Esa noche, Ramón se sentó al lado de la cama de Áurea y lloró por primera vez en décadas. Lloró en silencio, para que ella no lo oyera, con la cara entre las manos.
¿Cómo iba a vivir sin ella? ¿Cómo iba a criar a los niños pequeños? Amparo tenía solo tres años. Clara cinco. Asunción siete.
—Ramón —dijo Áurea con voz débil.
Él se limpió rápidamente las lágrimas y se volvió hacia ella.
—Estoy aquí.
—Sé que estoy muy enferma.
—No digas eso.
—Ramón, no me mientas. Por favor. Necesito que seas sincero conmigo.
Él tomó su mano.
—Estás muy enferma, sí. Pero vamos a luchar. Vamos a hacer todo lo que podamos.
—¿Y si no es suficiente?
—Entonces... entonces lo afrontaremos cuando llegue el momento.
Áurea asintió. Cerró los ojos. Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Tengo miedo —susurró.
—Yo también.
—¿De qué tienes miedo tú?
—De perderte. De quedarme solo. De no saber cómo seguir sin ti.
Áurea apretó su mano.
—No vas a estar solo. Tienes a los niños. Y tienes... tienes todo lo que hemos construido juntos. Eso no se va a ir.
Las semanas siguientes fueron terribles. Áurea pasaba los días en cama, cada vez más débil. Las hijas mayores —Lola, Carmen, Filomena, Pilar, Mercedes— se turnaban para cuidarla.
Le daban las medicinas que el médico había recetado. Le preparaban caldos nutritivos. Le leían libros. Le contaban historias de los niños pequeños para hacerla sonreír.
Pilar, que tenía diecinueve años, pasaba horas sentada al lado de su madre.
—Cuéntame de cuando eras pequeña —le pedía Áurea.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Cualquier cosa. Quiero oírte hablar.
Y Pilar le contaba. Del río, de los juegos con sus hermanas, de las tardes de verano cuando el pazo parecía un paraíso interminable.
—Has sido una buena hija —le dijo Áurea un día.
—No digas eso como si fuera una despedida.
—Es que puede que lo sea.
—Mamá...
—Escúchame, Pilar. Quiero que sepas algo. Vas a encontrar a un buen hombre. Lo sé. Tienes un corazón tan grande, tan generoso. Algún día alguien va a ver eso y va a amarte como te mereces.
—No quiero pensar en eso ahora.
—Yo sí quiero pensarlo. Quiero imaginar tu boda. Quiero imaginarte feliz.
Pilar se echó a llorar.
—No te vayas, mamá. Por favor, no te vayas.
—No depende de mí, hija.
La Navidad de 1896 fue la más triste que el pazo había conocido. Áurea estaba tan débil que no pudo bajar a cenar. Los niños subieron a verla, uno por uno, para darle besos y desearle feliz Navidad.
Amparo, la más pequeña, no entendía qué pasaba.
—¿Por qué mamá no baja? —preguntaba.
—Porque está enferma, pequeña —le explicaba Lola.
—¿Y cuándo se va a curar?
Lola no sabía qué responder.
El primero de enero amaneció frío y gris. Áurea había pasado una mala noche, con fiebre y delirios. El médico vino por la mañana y después de examinarla salió de la habitación con la cabeza baja.
—Es cuestión de horas —le dijo a Ramón.
—¿Está seguro?
—Completamente. Su corazón está fallando. No puede más.
Ramón reunió a todos los hijos. Desde Juanito, que tenía veintiocho años, hasta Amparo, de tres. Los sentó en el salón y les dijo la verdad.
—Vuestra madre se está muriendo. Hoy probablemente. Podéis subir a verla, a despediros. Pero quiero que seáis fuertes. Por ella. ¿Entendido?
Hubo lágrimas. Muchas lágrimas. Pero todos subieron, en orden de edad, a despedirse.
Lola entró primero. Se sentó al lado de su madre y le tomó la mano.
—Mamá, soy Lola.
Áurea abrió los ojos con esfuerzo.
—Mi niña mayor —susurró—. Tan responsable siempre. Tan seria.
—He aprendido de ti.
—Cuida de tus hermanos. Especialmente de los pequeños.
—Lo haré. Te lo prometo.
Juanito entró después. Alto, formal, conteniendo las lágrimas con todas sus fuerzas.
—Mamá.
—Juan. Mi primer hijo varón. Qué orgullosa estoy de ti.
—Yo de ti también.
—Sé bueno. Sé justo. Como tu padre.
—Lo seré.
Uno por uno fueron entrando. Carmen, José, Filomena, Pilar, Mercedes, Concha, Casilda, Emilia, Antonio.
Cuando llegó el turno de Asunción, que tenía ocho años, no quiso entrar.
—No quiero verla así —lloraba.
—Tienes que despedirte —le dijo Ramón con suavidad.
—¡No! ¡Si me despido es como decir que se va a morir y yo no quiero que se muera!
Ramón la abrazó mientras ella lloraba contra su pecho.
Clara, de cinco años, entró tímidamente. Se acercó a la cama y tocó la mano de su madre.
—¿Mamá?
—Hola, mi amor.
—¿Te duele?
—Un poco. Pero cuando te veo ya no me duele tanto.
—¿Vas a ir al cielo?
—Sí.
—¿Y vas a vigilarme desde allí?
—Siempre. Siempre te voy a vigilar.
Amparo fue la última. Tan pequeña que apenas entendía lo que pasaba. Ramón la llevó en brazos hasta la cama.
—Mamá está muy cansada —le explicó—. Va a dormir mucho tiempo.
—¿Y cuándo se va a despertar?
Ramón no pudo responder.
Áurea alzó la mano y acarició la mejilla de Amparo.
—Eres mi bebé —susurró—. Mi último regalo. Sé buena, pequeña. Sé feliz.
Cuando todos se despidieron, Ramón se quedó solo con ella. Era el atardecer. La habitación estaba en penumbra.
—¿Tienes miedo? —le preguntó Ramón.
—Un poco. Pero también estoy en paz.
—¿Paz?
—He tenido una buena vida, Ramón. He sido feliz contigo. He tenido catorce hijos maravillosos. He vivido en este pazo precioso. ¿Qué más podía pedir?
—Más tiempo.
—El tiempo que me dieron fue suficiente.
Ramón se acostó a su lado en la cama, algo que no había hecho en meses por miedo a hacerle daño. La abrazó suavemente.
—Te quiero —le dijo—. Desde el día que te vi en la feria de Armental. Desde que llegaste a este pazo siendo casi una niña. Siempre te he querido.
—Y yo a ti.
Se quedaron así mientras la noche caía sobre Vilasantar. Ramón sintió cómo la respiración de Áurea se volvía más y más débil. Cómo su cuerpo se relajaba. Cómo se iba, poco a poco, suavemente.
—No te vayas —susurró—. Por favor, no te vayas.
Pero Áurea ya se había ido.
Murió a las ocho de la tarde del 2 de enero de 1897, en la misma cama donde había dado a luz a quince hijos, en la misma habitación donde había pasado más de treinta años de su vida.
Ramón se levantó lentamente. Besó la frente de Áurea por última vez. Salió de la habitación.
En el pasillo estaban todos sus hijos, esperando. Cuando lo vieron la cara, supieron.
Amparo empezó a llorar sin entender por qué.
Asunción se abrazó a Lola.
Los mayores lloraban en silencio.
—Mamá ha muerto —dijo Ramón con voz rota—. Pero nos quiso hasta el último momento. Y ese amor... ese amor no se va a ir nunca.

El entierro fue dos días después. Áurea fue enterrada en el Santuario de Laxe, en la sepultura familiar, junto a su hijo Paquitiño. A su entierro asistieron veinticuatro sacerdotes, todo Vilasantar, gente de los pueblos de alrededor que había conocido y querido a Áurea.
Ramón estuvo de pie junto a la tumba, con Amparo en brazos, rodeado de sus once hijas y sus tres hijos, y sintió que una parte de él moría con ella.
Tenía sesenta años. Las más pequeñas todavía necesitaban madre.
Y él no sabía cómo iba a seguir adelante.
Pero tendría que hacerlo.
Porque eso era lo que Áurea hubiera querido.
CAPÍTULO VI: Los Primeros Encuentros (1897-1900)
El pazo sin Áurea era como un cuerpo sin alma. Seguía funcionando —los niños seguían creciendo, las comidas se servían, la ropa se lavaba— pero había perdido su centro.
Ramón envejeció diez años en los meses siguientes a la muerte de su esposa. Su pelo se volvió completamente blanco. Se le marcaron arrugas profundas alrededor de los ojos. Por las noches, cuando creía que nadie lo oía, lloraba en su habitación.
Las hijas mayores ayudaban como podían. Lola, con treinta años, se convirtió en una segunda madre para las pequeñas. Carmen, que había conseguido trabajo como maestra en Andeiro (Cambre), venía siempre que podía. Filomena, con veintiún años, era la que más tiempo pasaba con Amparo y Clara, jugando con ellas, contándoles cuentos, intentando llenar el vacío que Áurea había dejado.
Pilar, que tenía veinte años, se ocupaba de mantener el orden en la casa. Organizaba los armarios, supervisaba la cocina, se aseguraba de que todo funcionara. Era su manera de lidiar con el dolor: mantenerse ocupada.

—¿Estás bien? —le preguntaba Mercedes a veces.
—Tengo que estarlo —respondía Pilar—. Si yo me derrumbo, papá se derrumba. Y si papá se derrumba, esta casa se derrumba.
—No es tu responsabilidad sostener a todo el mundo.
—A lo mejor no. Pero alguien tiene que hacerlo.
Los primeros meses fueron los peores. Todo recordaba a Áurea. Su sillón en el salón, donde bordaba por las tardes. Su sitio en la mesa. Su habitación, en la que Ramón no pudo entrar durante medio año.
Poco a poco, muy lentamente, la vida fue volviendo a una nueva normalidad. No era la misma. Nunca sería la misma. Pero era una normalidad al fin y al cabo.
En el otoño de 1897, Filomena fue a Arzúa a visitar a una amiga de la familia. Era un viaje corto —solo treinta kilómetros desde Vilasantar— pero suficiente para salir del pazo, respirar otros aires.
Arzúa era un pueblo más grande que Vilasantar, con varios cientos de habitantes, comercios, un mercado semanal. Tenía vida propia.
La amiga de Filomena, Rosario, la llevó a pasear por el pueblo.
—Te voy a enseñar el taller de relojería —le dijo—. El dueño es un muchacho muy interesante. Se llama José Taboada.
—¿Y por qué me interesaría un relojero? —preguntó Filomena.
—Porque no es solo relojero. También es fotógrafo. Tiene un estudio. Hace unos retratos preciosos.
—Ah.
El taller estaba en la calle principal de Arzúa, en una casa de dos plantas con un escaparate lleno de relojes de todo tipo. Cuando entraron, un hombre joven estaba inclinado sobre un banco de trabajo, con una lupa en el ojo, manipulando piezas diminutas.
—José —llamó Rosario—. Tengo visita.
El hombre alzó la vista y se quitó la lupa. Era delgado, de unos veintiocho años, con manos elegantes y ojos inteligentes.
—Rosario —saludó con una sonrisa—. Qué sorpresa.
—Te presento a mi amiga Filomena Platas, de Vilasantar.
José se levantó y se limpió las manos en un trapo antes de extenderla.
—Encantado, señorita Platas.
—El placer es mío —respondió Filomena.
Sus miradas se cruzaron y algo pasó. Algo pequeño pero significativo. Como una chispa.
—¿Le interesa la relojería? —preguntó José.
—Me interesa más la fotografía, a decir verdad.
José sonrió.
—Entonces tiene que ver mi estudio. Está arriba. ¿Quiere subir?
Filomena miró a Rosario, que asintió con complicidad.
—Me encantaría.
El estudio era una sala grande con ventanales enormes que dejaban entrar la luz natural. Había un telón de fondo, sillas, un pequeño escenario. Y en las paredes, docenas de fotografías.
Filomena se quedó fascinada. Había retratos de familias, de niños, de parejas de novios. Todos tenían algo especial, algo que iba más allá de la simple técnica.
—Son preciosas —dijo.
—Gracias. La fotografía es... es capturar un momento. Una emoción. Algo que de otra manera se perdería para siempre.
—Es poesía —dijo Filomena.
José la miró sorprendido.
—Exactamente. Es poesía hecha luz.
Hablaron durante más de una hora. De fotografía, de arte, de belleza. Filomena descubrió que José había aprendido el oficio de relojero de su padre, pero que su verdadera pasión era la fotografía. José descubrió que Filomena tocaba el piano, que amaba la música, que tenía un alma artística.
Cuando finalmente se despidieron, José le dijo:
—¿Vendría a visitarme otra vez? Me gustaría... me gustaría hablar más con usted.
Filomena sonrió.
—Me gustaría mucho.
Y así comenzó. Filomena empezó a ir a Arzúa cada semana. Oficialmente iba a visitar a Rosario. Pero en realidad iba a ver a José.
Se enamoraron lentamente, con esa dulzura propia de los amores que nacen de la amistad. José le hacía retratos. Filomena le tocaba el piano. Hablaban durante horas.
En la primavera de 1898, José fue al pazo a hablar con Ramón.
Ramón lo recibió en su despacho. Todavía estaba de luto por Áurea, todavía llevaba una banda negra en el brazo.
—Señor Platas —dijo José—. Quiero casarme con su hija Filomena.
Ramón lo estudió en silencio.
—¿La quiere?
—Mucho, señor.
—¿Puede mantenerla?
—Tengo el taller de relojería que heredé de mi padre y el estudio fotográfico que monté yo. No somos ricos, pero vivimos bien. Tengo una casa en Arzúa.
—¿Y Filomena quiere casarse con usted?
—Dice que sí.
Ramón asintió lentamente. Áurea habría estado encantada. Filomena había encontrado a alguien que la hacía feliz.
—Tiene mi bendición —dijo—. Cuídela bien.
—La cuidaré como a lo más preciado que tengo.
La boda se preparó para el verano de 1899. Filomena tenía veintitrés años, José treinta. Sería la primera boda en la familia, y Ramón quería que fuera especial.
—Tu madre hubiera querido que fuera una boda hermosa —le dijo a Filomena.
—Lo sé, papá. Y lo será.
Lola y Pilar se encargaron de los preparativos. El vestido de novia, las flores, el banquete. Querían que todo fuera perfecto.
La boda se celebró en julio de 1899 en la iglesia de San Martín de Armental. Todo Vilasantar asistió, y también mucha gente de Arzúa.
Filomena estaba radiante con su vestido blanco. José no podía dejar de mirarla. Cuando intercambiaron los votos, había lágrimas en los ojos de todos.
Ramón caminó con su hija por el pasillo y cuando tuvo que entregarla a José, sintió una mezcla de tristeza y alegría.
—Áurea estaría muy orgullosa —le susurró.
—Lo sé, papá.
El banquete se celebró en el pazo. Había música, baile, risas. Era la primera celebración alegre que el pazo veía desde la muerte de Áurea.
José Taboada había invitado a varios amigos de Arzúa. Entre ellos estaba el joven médico del pueblo, José García Ramos, que trabajaba con su padre don Manuel haciendo las prácticas después de haberse licenciado en medicina el año anterior, con sobresalientes.
José García Ramos tenía veinticuatro años. Era un hombre serio, trabajador, que pasaba los días visitando pacientes por los pueblos de alrededor montado en su caballo.
En el banquete, José Taboada se acercó a Pilar.
—Señorita Platas, ¿me permite presentarle a un amigo? José García Ramos, médico de Arzúa.
Pilar se volvió y se encontró con un hombre joven de mirada inteligente y modales educados.
—Encantada —dijo.
—El placer es mío —respondió José García Ramos.
Pero el encuentro fue breve. Apenas intercambiaron unas palabras antes de que otros invitados reclamaran la atención de Pilar.
Sin embargo, algo quedó. Una impresión. Pilar pensó que tenía una mirada amable. José pensó que ella tenía una sonrisa hermosa.
Pero nada más. Todavía no.
Los meses siguientes transcurrieron tranquilos. Filomena se instaló en Arzúa con José Taboada y era feliz. Venía a visitar el pazo cada domingo y siempre traía historias de su nueva vida.
—¿Cómo es estar casada? —le preguntaba Pilar.
—Es... diferente. Bueno. A veces difícil. Pero cuando amas a la persona con la que estás, todo se hace más fácil.
—¿Y lo amas?
—Mucho. Cada día más.
Pilar escuchaba con atención. Tenía veintidós años y todavía no había conocido a nadie que la hiciera sentir lo que Filomena describía.
En el otoño de 1899, Pilar fue a Arzúa a visitar a Filomena. Pasó unos días en su casa, ayudándola a organizar, hablando, recuperando esa cercanía que habían tenido siempre.
Un día, mientras paseaban por el pueblo, se cruzaron con José García Ramos. Iba montado en su caballo, volviendo de hacer sus rondas.
—¡José! —lo llamó Filomena.
José detuvo el caballo y se bajó.
—Filomena, qué alegría verte. ¿Y la señorita Pilar?
—Está de visita unos días.
—Qué bien. ¿Cómo está su padre?
—Bien, gracias. Recuperándose poco a poco.
—Me alegro. La pérdida de su madre fue muy dura para todos.
Hubo un silencio incómodo. José se dio cuenta de que había mencionado algo doloroso.
—Perdón —dijo—. No quería...
—No pasa nada —lo interrumpió Pilar con suavidad—. Gracias por preocuparse.
Se miraron. Esta vez por más tiempo. Y algo pasó. Algo diferente al breve encuentro en la boda.
—¿Le gustaría tomar un té? —preguntó José de repente—. Los tres. En el café de la plaza.
Filomena miró a Pilar con una sonrisa cómplice.
—Nos encantaría.
Fueron al café. Se sentaron en una mesa junto a la ventana. Pidieron té y pastas.
Y hablaron.
Hablaron de Arzúa, de Vilasantar, de medicina. José le contó a Pilar sobre su trabajo, sobre los pacientes que visitaba, sobre los pueblos remotos donde a veces tenía que quedarse días enteros porque el tiempo empeoraba.
Pilar le contó sobre el pazo, sobre cómo era la vida allí desde que murió su madre, sobre sus hermanas pequeñas.
—Debe ser difícil —dijo José—. Sostener a toda una familia sin madre.
—Lo es. Pero lo hacemos entre todas las hermanas mayores.
—Usted también ayuda, imagino.
—Intento hacerlo.
José la miraba con una intensidad que la hacía sonrojarse.
—Es admirable —dijo—. No todo el mundo tiene esa fortaleza.
Pilar bajó la mirada a su taza de té.
—No es fortaleza. Es solo... lo que hay que hacer.
Cuando se despidieron esa tarde, José le preguntó:
—¿Cuánto tiempo va a estar en Arzúa?
—Solo unos días más.
—¿Le gustaría... me gustaría enseñarle el pueblo. Si tiene tiempo.
Pilar miró a Filomena, que asintió con entusiasmo.
—Me gustaría mucho.
Los días siguientes, José vino cada tarde después de terminar su trabajo. Paseaban por Arzúa —siempre con Filomena como carabina— y hablaban de todo.
Pilar descubrió que José era inteligente, sensible, que tenía un sentido del humor sutil que la hacía reír. José descubrió que Pilar era más profunda de lo que parecía, que tenía ideas propias, que escuchaba de verdad.
El último día antes de que Pilar volviera a Vilasantar, José la acompañó hasta la casa de Filomena.
—He disfrutado mucho estos días —le dijo.
—Yo también.
—¿Puedo... puedo escribirle?
Pilar sintió un vuelco en el corazón.
—Me gustaría mucho.
—¿Y visitarla en el pazo?
—Siempre que quiera.
José sonrió.
—Entonces nos veremos pronto.
Y se despidieron con un apretón de manos que duró un poco más de lo necesario.
De camino a Vilasantar, Filomena no paraba de sonreír.
—Le gustas.
—¿Tú crees?
—Sé que sí. Y a ti te gusta él.
Pilar se quedó mirando por la ventana del coche.
—Es... diferente.
—¿Diferente a qué?
—A todos los demás que he conocido. Cuando estoy con él, me siento... tranquila. Como si no tuviera que fingir ser otra persona.
—Eso es bueno, Pilar. Eso es muy bueno.
Y así comenzó todo. Con un encuentro casual en una boda. Con un café en la plaza de Arzúa. Con conversaciones que se alargaban más de lo planeado.
Con la sensación de que algo estaba empezando.
Algo importante.
Algo que cambiaría la vida de Pilar para siempre.
CAPÍTULO VII: El Cortejo (1899-1901)
La primera carta de José llegó una semana después de que Pilar volviera a Vilasantar.
Era una carta formal, educada, dirigida tanto a ella como a la familia. Pero entre líneas, Pilar podía leer algo más.
"Estimada señorita Platas:
Espero que haya llegado bien a Vilasantar y que encuentre a su familia en buena salud.
He disfrutado mucho de nuestras conversaciones durante su visita a Arzúa. Es poco frecuente encontrar personas con las que se puede hablar de manera tan natural y sincera.
Si me lo permite, me gustaría continuar nuestra correspondencia. Y, si a su padre no le importa, me gustaría visitarlos en el pazo algún domingo.
Quedo a la espera de su respuesta.
Atentamente, José García Ramos."
Pilar leyó la carta tres veces antes de mostrársela a su padre.
Ramón la leyó con atención, sin expresión.
—¿Quién es este José García Ramos?
—El médico de Arzúa, papá. Trabaja con su padre, don Manuel. ¿Lo conoces?
—Conozco a don Manuel. Buen médico. Buen hombre. ¿Y el hijo?
—Lo conocí en la boda de Filomena. Y luego... luego lo vi varias veces cuando estuve en Arzúa la semana pasada.
Ramón alzó una ceja.
—¿Varias veces?
—Filomena siempre estaba presente —se apresuró a aclarar Pilar—. Fue todo muy apropiado.
—¿Y te gusta?
Pilar sintió que se sonrojaba.
—Sí, papá. Me gusta.
Ramón suspiró. Hacía dos años y medio que Áurea había muerto.
Pero sus hijas necesitaban seguir adelante. Especialmente Pilar, que había cargado con tanto peso desde que Áurea murió.
—¿Qué sientes cuando estás con él?
Pilar pensó en la pregunta.
—Paz —dijo finalmente—. Cuando estoy con él, siento paz. Como si no tuviera que estar en guardia todo el tiempo. Como si pudiera ser yo misma.
Ramón asintió lentamente. Recordó las palabras que le había dicho a Pilar años atrás, cuando Áurea todavía vivía. "Cuando lo encuentres, vas a saber que es él. Va a ser como llegar a casa después de un viaje largo."
—Entonces respóndele —dijo—. Y dile que puede venir a visitarte. Los domingos. Con la debida formalidad.
—¿De verdad?
—De verdad. Pero quiero conocerlo bien antes de que esto vaya más lejos.
—Gracias, papá.
Pilar escribió su respuesta esa misma tarde:
"Estimado doctor García Ramos:
Gracias por su amable carta. Yo también he disfrutado mucho de nuestras conversaciones.
Mi padre está de acuerdo en que nos visitéis cuando gustéis. Los domingos sería perfecto.
Espero verle pronto.
Atentamente, Pilar Platas."
El primer domingo que José vino al pazo fue a finales de noviembre de 1899.
Llegó en un coche de caballos que había alquilado en Arzúa, vestido con su mejor traje, nervioso como un colegial.
La familia estaba esperándolo. Ramón en el salón, serio y formal. Las hermanas más mayores —Lola, Carmen, Mercedes— actuando como anfitrionas. Las pequeñas —Amparo, Clara, Asunción— escondidas detrás de las puertas, espiando.

Y Pilar, con un vestido verde que le favorecía, intentando no parecer tan nerviosa como se sentía.
—Doctor García Ramos —saludó Ramón, extendiendo la mano—. Bienvenido.
—Señor Platas, gracias por recibirme. Es un honor.
José traía flores para las hermanas y puros para Ramón. Había pensado en todo.
Se sentaron en el salón. Lola sirvió té y unas pastas que había hecho esa mañana. La conversación fue cortés pero tensa al principio.
—¿Cómo van sus prácticas? —preguntó Ramón.
—Bien, señor. Mi padre es un excelente maestro. Estoy aprendiendo mucho.
—¿Y qué planes tiene para el futuro?
—Me gustaría conseguir una plaza de médico municipal. Idealmente cerca de aquí, de Vilasantar. Culleredo o Tordoya serían perfectos.
—Esas plazas son difíciles de conseguir.
—Lo sé, señor. Pero estoy dispuesto a trabajar duro. Y mientras tanto, seguiré trabajando con mi padre en Arzúa.
Ramón asintió, aprobador.
Después del té, Pilar y José pasearon por el jardín del pazo. Lola los vigilaba desde el balcón, pero les daba espacio suficiente para hablar con cierta intimidad.
—Tu padre es intimidante —dijo José.
—Solo al principio. Cuando te conozca mejor, verás que es muy cariñoso.
—Espero tener esa oportunidad.
—La tendrás.
Caminaron hasta el río, ese lugar que Pilar tanto amaba. José la miraba mientras ella le contaba historias de su infancia, de los veranos interminables, de las tardes en el agua con sus hermanas.
—Era feliz aquí —dijo Pilar—. Antes de que muriera mamá. Después... después todo cambió.
—¿La echas mucho de menos?
—Todos los días. Y también a mi abuela Jacinta.
—Lo siento mucho.
—Han sido años difíciles. Pero papá es fuerte. Y nosotras también.
José tomó su mano. Fue un gesto atrevido, pero natural.
—Eres muy valiente. No todo el mundo podría hacer lo que tú has hecho.
Pilar sintió lágrimas en los ojos.
—No soy valiente. Solo hago lo que hay que hacer.
—Eso es lo que hace a alguien valiente.
Se quedaron en silencio, escuchando el río. José no soltó su mano.
Esa noche, cuando José se fue, Ramón le preguntó a Pilar:
—¿Qué piensas?
—Que es un buen hombre, papá. Trabajador, honesto, amable.
—¿Y lo quieres?
—Estoy empezando a hacerlo. Cada vez que lo veo, estoy más segura.
Ramón la abrazó.
—Tu madre estaría feliz. Y tu abuela también. Siempre quisieron que encontraras a alguien bueno.
—Lo sé. Y creo que lo he encontrado.
Los meses siguientes establecieron una rutina. José venía todos los domingos sin falta. Llegaba por la mañana, comía con ellos, pasaba la tarde con Pilar.
Poco a poco, todos en el pazo se fueron acostumbrando a su presencia. Lola aprobaba su seriedad. Carmen apreciaba su inteligencia. Mercedes pensaba que era guapo.
Y Ramón, lentamente, fue dejando de verlo como un pretendiente para empezar a verlo como un futuro yerno.
Entre semana, José y Pilar se escribían. Cartas largas, profundas, donde compartían sus pensamientos, sus miedos, sus sueños.
José le contaba de sus días como médico. De la satisfacción de curar a un niño enfermo, del dolor de perder a un paciente anciano, de la responsabilidad que sentía.
Pilar le contaba de la vida en el pazo. De cómo Amparo estaba creciendo, de los problemas con las rentas de algunos caseros, de las tardes junto al río donde pensaba en él.
"Querido José:
Hoy he estado en nuestro lugar del río. (Sí, ya es nuestro lugar, porque es donde siempre caminamos cuando vienes.)
El agua estaba muy fría. Se acerca el invierno. Pronto no podremos bajar hasta la primavera.
He estado pensando en nosotros. En lo que esto significa. Y quiero que sepas que cada día estoy más segura. Que cuando llegue el momento, mi respuesta será sí.
Te echo de menos entre semana. Es extraño cómo alguien puede volverse tan necesario en tan poco tiempo.
Tuya, Pilar."
José guardó esa carta en su billetera y la llevó consigo a todas partes.
En diciembre de 1900, después de más de un año de cortejo, José le pidió a Ramón hablar a solas.
Se encerraron en el despacho. Ramón se sentó detrás de su escritorio. José se quedó de pie, con el sombrero en las manos, nervioso.
—Señor Platas —comenzó—. Llevo más de un año visitando su casa. Más de un año conociendo a Pilar. Y cada día estoy más seguro de que es la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida.
—Continúe —dijo Ramón.
—Sé que todavía no tengo una plaza de médico municipal. Sigo trabajando con mi padre en Arzúa. Pero mi padre está dispuesto a ayudarnos al principio. Tenemos una casa en Arzúa donde podríamos vivir. Y estoy presentándome a todas las oposiciones que salen.
—¿Y qué quiere de mí?
José respiró hondo.
—Quiero su bendición para casarme con su hija. Quiero pedirle formalmente su mano.
Ramón se quedó en silencio durante un momento que pareció eterno. Miró el retrato de Áurea que colgaba en la pared.
—Mi esposa estaría muy contenta —dijo finalmente—. Siempre quiso que Pilar encontrara a un buen hombre. Creo que usted lo es.
—Haré todo lo posible por hacerla feliz, señor.
—Eso es todo lo que pido. ¿La quiere?
—Con todo mi corazón.
—¿La va a cuidar?
—Como a lo más valioso que tengo.
—¿La va a respetar?
—Siempre.
Ramón se levantó y extendió la mano.
—Entonces tiene mi bendición. Bienvenido a la familia, José.
José estrechó su mano con fuerza, sintiendo que las lágrimas le quemaban los ojos.
—Gracias, señor. No sabe lo que significa para mí.
—Ahora vaya. Vaya a decirle a mi hija que puede casarse con usted.
José salió del despacho casi corriendo. Pilar estaba en el jardín, paseando con sus hermanas pequeñas, intentando mantener la calma aunque estaba muerta de nervios.
Cuando vio a José salir de la casa con una sonrisa enorme, supo la respuesta antes de que él dijera nada.
—¿Y? —preguntó, acercándose.
—Dijo que sí.
Pilar se tapó la boca con las manos.
—¿De verdad?
—De verdad. Tu padre nos ha dado su bendición.
Se miraron. José tomó su mano.
—Pilar Platas Freire, ¿quieres casarte conmigo?
—Sí —respondió ella sin dudar—. Sí, sí, sí.
José sacó el anillo de su bolsillo y se lo puso en el dedo. Era un anillo sencillo, de oro con una pequeña piedra, pero para Pilar era lo más hermoso del mundo.
—Era de mi abuela —explicó José—. Dijo que era para cuando encontrara a la mujer de mi vida.
—Es precioso.
—Tú eres preciosa.
Se abrazaron ahí mismo, en el jardín del pazo, mientras las hermanas pequeñas gritaban de alegría.
—¡Se casan! ¡Se casan! —gritaba Amparo corriendo hacia la casa.
En cuestión de minutos, toda la familia estaba en el jardín, felicitándolos, abrazándolos.
Ramón salió de la casa y vio a su hija radiante, abrazada a José, con el anillo brillando en su dedo.
Y por primera vez en casi cuatro años, desde que Áurea murió, sintió que todo iba a estar bien.
Que la vida seguía.
Que el amor seguía.
Que su hija iba a ser feliz.
La boda se preparó para la primavera siguiente. No tenían prisa, pero tampoco querían esperar demasiado.
—Abril —dijo Pilar—. Me gustaría casarme en abril.
—¿Por qué abril? —preguntó José.
—Porque es cuando el pazo está más hermoso. Cuando todo florece. Cuando empieza la vida de nuevo.
Y así se decidió.
El 17 de abril de 1901, José García Ramos y Pilar Platas Freire se casarían en la iglesia de San Martín de Armental.

Un nuevo comienzo.
Una nueva vida.
Un nuevo capítulo en la historia del pazo de Zanfoga.
CAPÍTULO VIII: La Boda y el Comienzo (Abril 1901-1903)
Los meses entre el compromiso y la boda pasaron en un torbellino de preparativos.
Lola y Carmen se encargaron de organizar todo. El vestido de novia, que mandaron hacer en Santiago con encajes y telas que eligieron personalmente. Las flores para la iglesia. El banquete en el pazo. La lista de invitados que crecía cada día.
—Medio Vilasantar va a venir —se quejaba Mercedes—. Y medio Arzúa también.
—Es normal —respondía Lola—.
Pilar pasaba las tardes cosiendo su ajuar. Sábanas, toallas, manteles. Todo lo que necesitaría para su nueva casa en Arzúa.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó Filomena un día, cuando vino de visita desde Arzúa.
—Un poco. Es extraño pensar que dentro de poco ya no viviré aquí.
—Lo sé. Yo sentí lo mismo. Pero vas a estar cerca. Arzúa está a solo cuatro horas.
—¿Y cómo es? ¿Estar casada?
Filomena sonrió.
—Es... diferente. A veces difícil. Tienes que aprender a compartir todo: el espacio, el tiempo, las decisiones. Pero cuando amas a la persona con la que estás, todo es más fácil.
—¿Tú eres feliz?
—Muy feliz. Y tú también lo serás.
José venía todos los domingos, como siempre, pero ahora las visitas tenían un sabor diferente. Ya no eran solo cortejo. Eran planificación, preparación para una vida juntos.
—Mi padre nos va a dejar vivir en la casa de la calle Real —le dijo José un domingo—. No es grande, cuatro habitaciones, pero está bien situada. Cerca del consultorio.
—Me parece perfecto.
—¿De verdad? No es como el pazo.
—José, podría ser una cabaña en el monte y me parecería perfecto. Lo importante es que estaremos juntos.
—¿Cómo he tenido tanta suerte?
—La suerte la he tenido yo.
También hablaban de cosas prácticas. De cómo Pilar llevaría la casa, de cómo José seguiría trabajando con su padre hasta conseguir una plaza propia, de cuándo querrían tener hijos.
—¿Quieres tener muchos? —preguntó Pilar.
—Me gustaría. Pero no quince como tu familia.
Pilar se rió.
—Yo tampoco quiero quince. Pero tres o cuatro estaría bien.
—Tres o cuatro suena perfecto.
El 17 de abril de 1901 amaneció con un cielo despejado y un sol suave de primavera.
Pilar se despertó temprano en su habitación del pazo, la habitación que había compartido con sus hermanas durante tantos años. Mercedes, Concha y las pequeñas ya estaban despiertas, nerviosas y emocionadas.
—¡Es tu día! —gritó Amparo saltando en la cama.
—Sí, pequeña. Es mi día.
Lola entró con el vestido.
—Es hora de prepararte.
Entre todas la ayudaron a vestirse. El vestido era precioso, de seda blanca con encajes que Lola había bordado ella misma. El velo había sido de Áurea, guardado cuidadosamente todos estos años.
—Mamá estaría tan orgullosa —dijo Carmen con lágrimas en los ojos.
—Y la abuela Jacinta también —añadió Lola.
Pilar se miró en el espejo. Apenas se reconocía. Ya no era la niña que jugaba en el río. Era una mujer a punto de casarse, de empezar su propia familia.
—¿Estás lista? —le preguntó Lola.
—Estoy lista.
La iglesia de San Martín de Armental estaba llena hasta los topes. Todo Vilasantar había venido. Los padres y los ocho hermanos de José desde Santiago. Amigos, vecinos, caseros de las tierras que Ramón administraba.
José esperaba en el altar, nervioso, con su mejor traje. A su lado estaban su madre doña Victoria, que hacía de madrina.
Cuando las puertas de la iglesia se abrieron y Pilar apareció del brazo de Ramón, José sintió que se le cortaba la respiración.
Estaba hermosa. Radiante. Y caminaba hacia él.
Ramón llevó a su hija por el pasillo despacio, saboreando cada paso. Cuando llegaron al altar, se detuvo.
—Cuídala —le susurró a José.
—No lo dude —respondió José.
Ramón besó la frente de Pilar y la entregó a José. Después se sentó en el primer banco, con las lágrimas corriendo libremente por su rostro.
La ceremonia fue hermosa. El párroco, don Manuel, que había conocido a Pilar desde niña, habló del amor, del compromiso, de la importancia del matrimonio.
Cuando llegó el momento de los votos, la voz de Pilar sonó clara y firme:
—Sí, acepto.
Y la de José, emocionada pero segura:
—Sí, acepto.
Se besaron bajo la mirada aprobadora de todos. El primer beso como marido y mujer.
El banquete se celebró en el pazo. Había comida para un ejército: caldo gallego, pulpo, empanadas, carne asada, tartas y postres de todo tipo.
Había música. Baile. Risas.
Ramón brindó por los novios:
—Por mi hija Pilar, que ha sido la luz de esta casa en los años más oscuros. Y por José, que la va a cuidar y a querer como se merece. Por vosotros. Por vuestra felicidad.
—¡Por los novios! —gritaron todos.
Filomena y José Taboada se acercaron a felicitarlos.
—Bienvenido oficialmente a la familia —le dijo José Taboada a José García Ramos.
—Gracias. Ahora somos cuñados.
—Y vecinos. Vas a vivir a tres calles de mi casa.
—Eso significa que nos veremos mucho.
—Espero que sí.
Al anochecer, José y Pilar subieron al coche que los llevaría a Arzúa. Toda la familia salió a despedirlos.
Amparo lloraba.
—¡No te vayas!
—Voy a venir a verte todo lo que pueda —le prometió Pilar—. Y tú puedes venir a visitarme cuando quieras.
—¿De verdad?
—De verdad.
Pilar abrazó a su padre por última vez.
—Gracias, papá. Por todo.
—Sé feliz, hija. Es lo único que quiero.
—Lo seré. Lo prometo.
El coche partió mientras el sol se ponía sobre Vilasantar. Pilar se asomó por la ventanilla y vio el pazo alejarse, el lugar que había sido su hogar durante veinticuatro años.
José tomó su mano.
—¿Estás triste?
—Un poco. Pero también estoy feliz. Muy feliz.
—Yo también.
Llegaron a Arzúa cuando ya era de noche. La casa de la calle Real los esperaba, pequeña pero acogedora. Don Manuel había dejado flores en el salón y una cena preparada.
—Es perfecta —dijo Pilar cuando entró.
—¿De verdad te gusta?
—Me encanta. Es nuestra.
Esa noche, en su primera noche como marido y mujer, se quedaron despiertos hasta tarde, hablando de todo y de nada, haciendo planes para el futuro.
—Voy a ser muy feliz aquí —dijo Pilar.
—Vamos a ser muy felices —la corrigió José.
Y tenía razón.
Los primeros meses de matrimonio fueron de puro descubrimiento. Aprender a vivir juntos, a compartir espacio, a conocerse en la intimidad cotidiana.
José se levantaba temprano todas las mañanas para ir al consultorio de su padre. Después salía en su caballo a visitar pacientes por los pueblos de alrededor. A veces no volvía hasta la noche.
Pilar se quedaba en casa, cocinando, aprendiendo a ser ama de casa.
No era fácil. Había crecido en el pazo con sirvientas que hacían todo. Ahora tenía que hacerlo ella con solo una sirvienta. Quemar la comida las primeras veces. Arruinar la ropa al lavarla. Cometer mil errores.
Pero José nunca se quejaba.
—Está delicioso —decía aunque la carne estuviera dura como una piedra.
—Mentiroso —respondía Pilar.
—Está hecho con amor. Eso lo hace delicioso.
Poco a poco, Pilar fue mejorando. Filomena le enseñaba recetas. La vecina de al lado le daba consejos. Y Pilar, que siempre había sido observadora y paciente, aprendía rápido.
Algunos fines de semana iban al pazo a comer con Ramón y las hermanas. Era su manera de mantenerse conectados, de seguir siendo parte de la familia.
—¿Cómo va la vida de casada? —le preguntaba Ramón cada vez.
—Muy bien, papá. Estoy feliz.
—Se te nota.
Y era verdad. Pilar tenía una luz nueva. Una serenidad que no había tenido antes.
En el verano de 1902, José recibió una carta oficial. Había conseguido la plaza de médico municipal de Tordoya.
—¡Lo conseguí! —gritó cuando llegó a casa.
—¿La plaza?
—¡Sí! ¡Tordoya! ¡Empiezo en octubre!
Pilar lo abrazó.
—Estoy tan orgullosa de ti.
—Ahora tendremos un sueldo fijo. Una casa mejor. Podremos... podremos empezar a pensar en tener hijos.
—Me encantaría.
—¿Sí?
—Sí. Quiero tener una familia contigo.
José la besó.
—Entonces vamos a tenerla.
En octubre de 1902, la familia se mudó a Tordoya. La casa del médico municipal era más grande que la de Arzúa, con cinco habitaciones, un jardín pequeño, y estaba al lado del ayuntamiento.
—Es perfecta para criar niños —dijo Pilar cuando la vio.
—¿Niños? ¿En plural?
—Bueno, no pensarás que voy a tener solo uno, ¿verdad?
José sonrió.
—Tienes razón. Necesitan hermanos.
Se instalaron en Tordoya con facilidad. José empezó su trabajo como médico municipal, visitando pacientes por todo el municipio. Su zona comprendía tanto el pueblo como las aldeas de alrededor, por lo que todas las mañanas cogía el caballo para hacer la ronda por las casas de sus pacientes enfermos.
Pilar organizó la casa, se hizo amiga de las vecinas, empezó a sentirse parte de la comunidad.
EPÍLOGO: Los otros hermanos
Mientras Pilar establecía su vida en Tordoya con José, el pazo de Zanfoga seguía siendo el centro de la familia. Y los otras hermanos Platas continuaban sus propias historias.
Ramón tenía sesenta y cuatro años en 1901, y el peso de administrar las propiedades de la Condesa de Pardo Bazán comenzaba a resultar cada vez más difícil. Pero seguía haciéndolo con la misma dedicación de siempre.

Lola, con treinta y cuatro años, se había convertido en el verdadero pilar de la casa. Era ella quien organizaba todo, quien se aseguraba de que las niñas pequeñas estudiaran, quien supervisaba a las sirvientas, quien llevaba las cuentas del hogar.
—Deberías casarte —le decía Carmen a veces, olvidando que ella también estaba soltera.
—¿Para qué? Aquí tengo todo lo que necesito.
—Pero no tienes a nadie propio.
—Tengo a papá. Tengo a mis hermanas. Tengo esta casa. Es más de lo que mucha gente tiene.
Carmen no insistía. Conocía a su hermana. Lola había elegido su camino y estaba en paz con él.
Carmen seguía trabajando como maestra en diferentes sitios, unos más lejos y otros más cerca. Venía al pazo trayendo siempre historias de sus alumnas, de la vida moderna que comenzaba a abrirse paso.
—El mundo está cambiando —decía—. Las mujeres están empezando a trabajar, a estudiar, a tener voz propia.
—No en Vilasantar —respondía Lola.
—Ya llegará. Todo llega tarde aquí, pero llega.
Mercedes tenía veinticuatro años y empezaba a impacientarse. Llevaba años rotando por casa de la tía Isabel en Santiago, conociendo pretendientes, y ninguno la convencía.
—¿Qué esperas? —le preguntaba Concha.
—No lo sé. Algo... algo que me haga sentir lo que Pilar siente por José.
—Eso es muy difícil de encontrar.
—Lo sé. Pero no voy a conformarme con menos.
Concha, con veintidós años, era la más pragmática de todas.
—Yo no espero un gran amor —decía—. Espero un buen hombre. Honesto, trabajador, que me trate bien. El amor vendrá después. O no. Pero al menos tendré estabilidad.
—Qué poco romántica eres —se reía Mercedes.
—Soy realista.
Las pequeñas seguían creciendo. Casilda tenía dieciocho años y ya había manifestado su deseo de entrar al convento.
—¿Estás segura? —le preguntaba Ramón.
—Completamente, papá. Siento la llamada. Desde que era pequeña.
—Tu madre estaría... no sé cómo estaría. Orgullosa, supongo. Pero también triste de perderte.
—No me vas a perder, papá. Voy a estar rezando por todos vosotros todos los días.
Emilia, con dieciséis años, era la más aventurera de todas. Soñaba con viajar, con ver mundo, con salir de Vilasantar.
—Algún día voy a ir a Madrid —decía—. O a Barcelona. O incluso a París.
—Las señoritas decentes no viajan solas —le recordaba Lola.
—Entonces encontraré un marido que quiera viajar conmigo.
No fue hasta 1905 que Mercedes conoció a Maximino Neira.
Maximino era comerciante en Carballo, dueño de una zapatería, una tienda de paños y varias propiedades. Tenía treinta y dos años, era viudo sin hijos, y buscaba una esposa joven.
Se conocieron en una tertulia en Santiago. No fue amor a primera vista. Pero Maximino era educado, próspero, respetable. Y Mercedes tenía veintisiete años. Ya no era tan joven.
—¿Qué te parece? —le preguntó Pilar cuando Mercedes le contó.
—No me hace temblar las rodillas. Pero es bueno. Me trata con respeto. Me ofrece seguridad.
—¿Y eso es suficiente?
Mercedes suspiró.
—Tiene que serlo. No voy a esperar toda la vida por un amor que quizás nunca llegue.
Se casaron en marzo de 1908. Mercedes se fue a vivir a Carballo, a ochenta kilómetros de Vilasantar.
—¿Eres feliz? —le preguntó Pilar unos meses después de la boda.
—Soy... estoy contenta. Maximino es bueno conmigo. Me compra cosas bonitas. Me lleva a pasear. No es pasión, pero es tranquilidad.
—A veces la tranquilidad es suficiente.
—Eso espero.
Ese mismo año, Concha conoció a Elías García Méndez en otra tertulia en Santiago. Elías era de Santiago y propietario de enormes extensiones de olivares en Baeza que había heredado de su tío Félix García de la Riva.
Era un hombre serio, formal, diez años mayor que Concha.
—Baeza está muy lejos —le dijo Ramón cuando Concha le habló de él.
—Lo sé, papá, pero estaremos yendo y viniendo.
—¿Y no te importa?
Concha dudó un momento.
—Me importaría más quedarme aquí sin él que irme lejos con él.
—Entonces es amor.
—Creo que sí.
Se casaron en octubre de 1912 en . Fue una boda hermosa, con la familia completa reunida.
Concha era una mujer muy simpática. Esa noche, fue la primera vez que Elías le vio las piernas a ella.
—Pero Concha, si tienes las piernas torcidas...
—Pues ya, tienes que roerlas. Le dijo riendo.

Pero también fue una despedida dolorosa.
—Baeza está a mil kilómetros —lloró Amparo—. No vamos a volver a verte.
—Claro que sí, solo vamos de viaje de novios para conocerlo —la consoló Concha—. Vendré dentro de poco.
—¿De verdad?
—De verdad.
Después de la boda, Concha se fue a Andalucía. Sus cartas llegaban cada semana, contando de los olivares, del calor sofocante, de lo diferente que era todo.
"Querida Pilar:
Echo tanto de menos el pazo. Echo de menos el río, el jardín, las tardes frescas. Aquí hace un calor que no te puedes imaginar. En verano es insoportable.
Pero Elías es maravilloso. Me cuida, me quiere.
Los olivares son impresionantes. Kilómetros y kilómetros de árboles plateados. Es un paisaje completamente diferente a Galicia.
¿Cómo están los niños? Pepito ya debe estar enorme. Y Moncho también. Dale besos de mi parte.
Te echo de menos. Echo de menos a todos.
Tu hermana, Concha."
En 1909, Lola finalmente se casó.
Tenía cuarenta y dos años. Todos habían asumido que se quedaría soltera para siempre.
Pero ese año conoció a Pastor García Varela, el farmacéutico de Arzúa. Era viudo desde hacía 5 años, sin hijos, de cincuenta años. Un hombre tranquilo, culto, de buenos modales.
Se conocieron porque Pastor era amigo de José Taboada. Un día Lola fue a Arzúa y le conoció.
No fue un enamoramiento juvenil. Fue algo más maduro, más sereno.
—Me gusta cómo habla —le dijo Lola a Pilar—. Me gusta su inteligencia. La manera en que me escucha.
—¿Y él qué siente por ti?
—Dice que admira mi fortaleza. Que siempre quiso una esposa con carácter propio.
—Entonces es perfecto para ti.
La boda fue en junio de 1909. Pequeña, íntima, solo la familia cercana. Lola se fue a vivir a Arzúa, a la farmacia de Pastor, que estaba justo en la plaza del pueblo.
—Nunca pensé que me casaría —le confesó a Pilar la noche antes de la boda.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy en paz. Pastor es un buen hombre. Vamos a ser felices juntos. No de la manera loca y apasionada de la juventud. Pero de una manera tranquila y duradera.
—Eso es lo que importa.
Con Lola casada, Carmen asumió el papel de sostener el pazo. Dejó su trabajo en La Coruña y volvió a Vilasantar para cuidar de su padre y de las hermanas pequeñas.
—¿No te importa? —le preguntó Ramón—. Tenías tu vida en La Coruña.
—Papá, tienes sesenta y siete años. Necesitas ayuda. Y las niñas me necesitan.
—Pero tu independencia...
—La independencia no lo es todo. La familia también importa.
Casilda entró al convento de las Clarisas en Toledo. Fue una despedida desgarradora.
—No vamos a volver a verte —lloraba Amparo.
—Podréis venir a visitarme una vez al año —explicaba Casilda—. Es un convento de clausura, pero permiten visitas.
—¿Y vas a ser feliz encerrada?
—Voy a ser feliz sirviendo a Dios.
Ramón la abrazó antes de que entrara al convento.
—Tu madre estaría orgullosa —le dijo.
—Lo sé, papá.
—Reza por nosotros.
—Todos los días.
Juanito, el notario, que había estado destinado en varios pueblos, finalmente consiguió la notaría de La Coruña en 1912. Se casó con Amparo Siso en febrero de 1911, una muchacha de buena familia de Puebla de Trives. Cada año organizaba un viaje a Toledo con sus hermanas para visitar a Casilda.
Antonio se licenció en Derecho en Santiago y empezó a trabajar como abogado, profesor en la universidad y como fiscal. En marzo de 1915 se casó con Rosa Riverón García en Vilagarcía de Arousa.
En 1913, María se casó con José Rodríguez García, viajante de comercio de una importante casa de La Coruña. Se fue a vivir a la capital.

En 1915, Ramón enfermó.
Tenía setenta y ocho años. Una vida larga para la época. Pero su cuerpo estaba cansado.
Pasó sus últimas semanas en el pazo, en la misma habitación donde había muerto Áurea. Todas las hijas vinieron a despedirse.
Pilar llegó desde Tordoya con sus cuatro hijos: Pepito de once años, Moncho de nueve, Carmelina de seis y Aurita.
—Papá —dijo Pilar, tomando su mano.
—Hija. Qué guapo está Pepito. Se parece a José.
—Es igualito.
—Cuida de tu familia. Como tu madre cuidó de la suya.
—Lo haré, papá.
—He tenido una buena vida. Tuve a tu madre durante treinta años. Tuve quince hijos maravillosos. Construí algo. Dejé algo.
—Dejaste mucho, papá.
Ramón murió el 29 de marzo de 1915, a los setenta y ocho años, rodeado de sus hijos.
Fue enterrado en el Santuario de Laxe, junto a Áurea y junto a su madre Jacinta. A su entierro asistieron más de doscientas personas. Todo Vilasantar, todos los caseros de las tierras que había administrado, todos los que lo habían conocido y respetado.
María (Asunción) se casó con José Rodríguez García el 13 de enero de 1919, viajante de la importante casa comercial de La Coruña Fernández, Torres y Compañía.
Clara se casó con Adolfo Pando Rivero, médico en Pamplona, el 11 de mayo de 1917.
José se quedó soltero y heredó el puesto de su padre como secretario del Ayuntamiento.
Amparo, la más pequeña, la que había tenido solo tres años cuando murió su madre Áurea, se quedó soltera. Con los años se quedó completamente sorda, pero eso no le impidió vivir con alegría.
El pazo se quedó vacío después de su muerte.
La época dorada había terminado.
La época de Áurea y Ramón, de los quince hijos corriendo por el jardín, de las tardes en el río, de las cenas interminables.

Todo eso había quedado atrás.
Pero la memoria permanecía.
En las piedras del pazo.
En el agua del río que seguía corriendo.
En los hijos y nietos que llevaban la sangre de los Platas.
Y especialmente en Pilar, que cada verano llevaba a sus hijos al pazo y les contaba historias de su madre Áurea, de su padre Ramón, de cómo era crecer en ese lugar mágico.

—¿De verdad os bañabais en el río? —preguntaba Pepito.
—Todas las tardes de verano.
—¿Y la abuela también?
—La abuela también. Era la que mejor nadaba de todas.
—Cuéntanos más, mamá.
Y Pilar contaba. Porque esa era su manera de mantener viva la memoria.
De asegurarse de que sus hijos conocieran de dónde venían.
De quiénes eran.
Y de qué significaba ser un Platas de Vilasantar.
FIN


Me ha encantado!!!!
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