LA MEMORIA DEL AGUA - LIBRO PRIMERO: DE PORTUGAL A CHILE
La llegada de José Guimaraens a Chile y la construcción de su fortuna en Valparaíso con barcos y tierras (40 páginas)
- PRÓLOGO: LA SEPULTURA ROTA
- LIBRO PRIMERO: LAS RAÍCES (1813-1868)
- Capítulo 1: El hijo del naviero
- Capítulo 2: La ciudad sin memoria
- Capítulo 3: María de los silencios
- Capítulo 4: Los hijos
- Capítulo 5: El adiós y el comienzo
- Capítulo 6: El oro y la gloria
- Capítulo 7: Todo lo que se pierde
- Capítulo 8: La muerte llega de noche
- Anexo - La flota Guimaraens (1846-1865)
PRÓLOGO: LA SEPULTURA ROTA
La Coruña, 1975

María Caruncho Astray tenía ochenta y ocho años cuando murió, y había sobrevivido a todos. A su marido José Martín Guimaraens, muerto dieciocho años atrás. A sus padres, a sus hermanos mayores, a tres de sus quince hijos. Había sobrevivido a dos guerras mundiales, a una guerra civil, a la dictadura de Primo de Rivera y a la de Franco. Había visto nacer el siglo XX y ahora lo veía envejecer.
En su funeral, rodeada de hijos, nietos y bisnietos que llenaban la iglesia de Santa Lucía, alguien mencionó que la sepultura de los Guimaraens en Valparaíso llevaba décadas abandonada. Que la lápida se había quebrado en el terremoto de 1906 y nunca nadie la había reparado.
—No queda familia allí —dijo uno de sus hijos—. Todos vinieron a España.
Pero no era del todo cierto. Lo que no quedaba era memoria. La familia había cruzado el océano y con cada generación había olvidado un poco más de dónde venía. Los bisnietos de María ya no sabían que su sangre venía de Portugal, que había surcado el Pacífico en veleros con nombres portugueses, que había construido imperios y los había visto desmoronarse.
Esta es la historia que María nunca contó completa, porque nadie se la preguntó. Es la historia del agua: la que cruza océanos, la que une continentes, la que arrastra memorias como sedimentos en el fondo del mar.
LIBRO PRIMERO: LAS RAÍCES (1813-1868)
Portugal, 1813
Vasco José Guimaraens nació en Portugal el año en que las tropas portuguesas se aliaban con el ejército británico de Wellington para expulsar definitivamente a Napoleón de la península ibérica. Su padre era naviero y comerciante, un hombre práctico que había hecho fortuna comerciando y transportando vino de Oporto y bacalao de Noruega.
Vasco José debía su nombre al gran explorador portugués Vasco da Gama, primer europeo en llegar a la India por mar en el siglo XV, aunque él prefería que le llamasen José Guimaraens.
José creció entre muelles y almacenes, entre el olor del salitre y el crujir de las maderas. A los diecisiete años, su padre le hizo una propuesta extraordinaria.
En 1828 había comenzado la guerra civil en Portugal entre los liberales (partidarios de una monarquía constitucionaly parlamentaria) y los absolutistas (partidarios del poder absoluto del rey. En 1830 iban ganando los absolutistas, y los Guimaraens eran simpatizantes del bando liberal, aunque no muy significados políticamente.
Fue una tarde de domingo, después de misa, mientras caminaban por el Chiado. El Tajo brillaba bajo el sol de marzo como un espejo roto. Su padre se detuvo frente a un vendedor de castañas asadas, compró dos cucuruchos de papel, le entregó uno a José sin mirarlo, y dijo:
—Quiero que conozcas el mundo, como hacen los hijos de otros navieros. Pondré a tu disposición un barco, tres profesores y un año. Después vuelves y decides qué quieres hacer con tu vida.
José se quedó con la castaña caliente en la mano, sin atreverse a comérsela. Su padre nunca hacía gestos gratuitos. Cada palabra, cada gesto, tenía un propósito calculado.
—¿Por qué? —preguntó José.
—Porque necesito un heredero que entienda el mundo, no solo Lisboa. Y porque si te quedas aquí, nunca sabrás si esto es lo que realmente quieres o solo lo que te tocó.
Era la conversación más larga que habían tenido en años.
Lo que no le dijo fue que muchos liberales se estaban exiliando de Portugal temiendo represalias de los absolutistas, y que él quería que su hijo estuviera más seguro fuera de Portugal.
El barco y los profesores
Era 1830, y José era un muchacho delgado, de ojos oscuros y manos que no sabían estarse quietas. Partió cuando el Tajo arrastraba niebla y Lisboa parecía un grabado difuminado en gris.
El Guimaraens era un velero mediano y robusto, de madera con 3 tres mástiles, y en él viajaban José, diez tripulantes y tres profesores que cambiarían su vida.


Don Manuel era el mayor de los profesores, un navegante de casi sesenta años con la piel curtida por el sol y las manos llenas de cicatrices. Había naufragado dos veces y sobrevivido. La primera noche a bordo, mientras José intentaba no vomitar con el vaivén del barco, Don Manuel le dijo:
—El mar no perdona la ignorancia. Aprende rápido o muere joven.
Don Alfonso era diferente. Rechoncho, calvo, con dedos manchados de tinta. Había sido contable en las oficinas de la Compañía de las Indias antes de aceptar este trabajo. Llevaba siempre un cuaderno negro donde anotaba todo: precios, distancias, nombres de personas importantes.
—El comercio —le dijo a José mientras cruzaban el golfo de Vizcaya— es memoria. Quien recuerda mejor, gana más.
Don Ricardo era el más joven de los tres, apenas treinta años. Políglota, había vivido en Londres, París y Roma. Leía novelas en inglés, escribía cartas en francés, discutía filosofía en italiano. José lo encontraba pretencioso, pero útil.
Londres: la ciudad del humo
Llegaron a Londres en primavera, cuando la ciudad estaba cubierta de una niebla perpetua que olía a carbón quemado. José había imaginado Londres de una manera —elegante, ordenada, civilizada— y se encontró con otra cosa completamente diferente.
El Támesis era una cloaca abierta. Los muelles bullían con estibadores que hablaban en dialectos incomprensibles. Las calles estaban tan atestadas de carretas, caballos y vendedores ambulantes que era imposible caminar en línea recta. Y el ruido. El ruido era constante, ensordecedor: martillos en las fábricas, gritos de vendedores, campanas de iglesias, silbatos de trenes.
Una mañana, Don Ricardo lo llevó a una fábrica de tejidos en las afueras de la ciudad. El propietario, un tal señor Whitmore, les enseñó las máquinas de vapor que movían cientos de telares simultáneamente.
—Antes —explicó Whitmore en un inglés que José apenas entendía— tardábamos una semana en producir lo que ahora hacemos en un día. Las máquinas no se cansan, no se quejan, no piden aumentos de sueldo.
José observaba hipnotizado los telares en movimiento. Había algo hermoso y terrorífico en esa precisión mecánica. Don Ricardo tradujo sus pensamientos mejor de lo que él habría podido expresarlos:
—El mundo está cambiando, José. Los que se aferren al pasado desaparecerán. Los que entiendan el futuro lo conquistarán.
Esa noche, en la pensión donde se alojaban, José no pudo dormir. Miraba el techo manchado de humedad y pensaba en su padre, en los barcos de vela, en las rutas comerciales que habían funcionado durante siglos. ¿Cuánto tiempo más funcionarían? ¿Qué pasaría cuando las máquinas de vapor también llegaran al mar?
Ámsterdam: la lección del comerciante arruinado
Desde Londres navegaron hasta Ámsterdam. La ciudad era más pequeña que Londres, más ordenada, construida sobre canales que la dividían como las líneas de una mano. Don Alfonso tenía contactos allí, comerciantes portugueses que llevaban décadas establecidos.
Uno de ellos era António Ferreira, un hombre que había sido rico y ahora vivía en un cuarto de pensión. Don Alfonso llevó a José a visitarlo deliberadamente, como quien lleva a un niño a ver un cadáver para que entienda la muerte.
António los recibió en un cuarto que olía a cerrado y a col hervida. Tenía cincuenta y pocos años pero parecía mucho mayor. Cuando sonreía, se veían los huecos donde faltaban dientes.
—¿Qué le pasó? —preguntó José, con la franqueza brutal de los diecisiete años.
António se echó a reír, una risa sin alegría.
—¿Qué me pasó? La misma tormenta que hace rica a mucha gente me hundió a mí. Tenía tres barcos, todos buenos, todos rentables. Los tres se fueron a pique en una tormenta frente a las Azores. En una noche perdí veinte años de trabajo.
—¿Y no tenías seguros? —preguntó José.
—Los seguros cuestan dinero. Yo prefería ganar más. Fui codicioso. Y la codicia es la madre de todos los naufragios.
Salieron de allí en silencio. Don Alfonso no dijo nada hasta que estuvieron en el canal, caminando junto al agua verde.
—¿Entiendes ahora? En el comercio, como en la navegación, nunca apuestes todo a una sola carta. Diversifica. Siempre diversifica.
José asintió. Pero en su interior pensaba: "Yo no seré como António Ferreira. Yo tendré éxito."
Todavía no había aprendido que todos los jóvenes piensan lo mismo.
Brasil: el sabor de la libertad
Cruzaron el Atlántico en otoño. Fueron seis semanas que José recordaría el resto de su vida. Seis semanas de olas gigantes, de mareos que lo dejaban vacío, de tormentas que rugían como bestias furiosas. Don Manuel le enseñó a distinguir las nubes que traían tormenta de las inofensivas, a calcular la posición del barco mirando las estrellas, a mantener el equilibrio cuando la cubierta se inclinaba cuarenta y cinco grados.
—El mar —le dijo una noche, mientras José se aferraba a las cuerdas y vomitaba por décima vez— te enseña humildad. No importa cuán rico o poderoso seas en tierra. Aquí eres solo un hombre pequeño en un mundo muy grande.
Cuando finalmente avistaron la costa brasileña, José lloró de alivio. No se avergonzó de las lágrimas. Hasta Don Manuel tenía los ojos húmedos.
Río de Janeiro fue una revelación. La bahía era tan hermosa que dolía mirarla: montañas que se hundían en el mar, agua azul imposible, vegetación tan verde y densa que parecía vibrar con vida propia. Hacía un calor sofocante, húmedo, que te pegaba la ropa a la piel. El aire olía a flores desconocidas y a algo más, algo dulce y podrido a la vez.
José pasó tres meses en Brasil. Don Ricardo lo llevó a conocer plantaciones de café, haciendas de caña de azúcar, almacenes atestados de mercancías de todos los rincones del mundo. Vio esclavos por primera vez en su vida: hombres encadenados trabajando bajo el sol, la piel tan negra que parecía azul a la luz.
—¿No te parece mal? —le preguntó José a Don Ricardo una tarde.
—¿El qué?
—Los esclavos.
Don Ricardo se encogió de hombros.
—No es mi problema. Así funciona el mundo. Algunos mandan, otros obedecen.
José no dijo nada más, pero algo dentro de él se rebeló contra esa idea. No sabía articular por qué, no tenía las palabras, pero sentía que había algo fundamentalmente equivocado en un hombre siendo propiedad de otro hombre.
La cena que cambió todo
Una noche, un comerciante portugués llamado António da Silva los invitó a cenar. Da Silva era un hombre gordo y jovial que había llegado a Brasil veinticinco años atrás sin un real en el bolsillo. Ahora era dueño de tres haciendas de café y vivía en una mansión con vistas a la bahía de Guanabara.
La cena fue espléndida: pescado fresco, aves asadas, frutas que José nunca había visto. Después, mientras fumaban puros en la terraza y miraban el mar iluminado por la luna, da Silva le dijo:
—¿Volverás a Portugal cuando acabe tu viaje?
—Es lo que mi padre espera —respondió José.
Da Silva soltó una bocanada de humo.
—En Europa, tu futuro está escrito desde que naces. Tu padre decide qué serás, tu apellido decide hasta dónde llegarás. Yo era el hijo menor de un zapatero de Braga. Nunca habría podido ser nada allí. Aquí soy lo que tú ves. Mis hijos irán a la universidad. Mis nietos serán algo que yo ni siquiera puedo imaginar.
José escuchó esas palabras y sintió algo removerse en su interior. Una posibilidad que antes no había considerado. ¿Y si no volvía? ¿Y si el mundo era más grande que las expectativas de su padre?
—En América —continuó da Silva— puedes escribir tu propio destino.
Esa noche, José no durmió. Se quedó en la terraza mirando el mar hasta que el sol empezó a salir. Y cuando el velero zarpó de Río una semana después, algo en José ya había cambiado.
En 1832, con diecinueve años, el velero rodeó el Cabo de Hornos. Dos marineros murieron en las tormentas. José sobrevivió aferrado a las cuerdas, rezando a Dios. Y una mañana de verano, cuando el mar estaba calmo como un espejo, entraron en la bahía de Ancud.
Ancud, Isla grande de Chiloé
Durante más de un año había navegado por las rutas que su padre había trazado en mapas amarillentos. Aprendió astronomía, navegación, comercio, el arte de leer a los hombres en una negociación. Pero lo que realmente aprendió fue otra cosa: aprendió que el mundo era inmenso, que había lugares donde podías reinventarte, donde tu apellido no pesaba como una lápida.
José subió a cubierta y vio las suaves lomas verdes que rodeaban la ensenada, las casas de madera dispersas entre la niebla, y el pequeño puerto tranquilo donde las embarcaciones se mecían al ritmo pausado de la marea. Y supo, con una certeza que era casi física, que había llegado a su destino final.
Don Manuel se acercó a él en la cubierta.
—Bonito sitio para una escala —dijo.
—No es una escala —respondió José—. Es mi casa.
Don Manuel lo miró largamente.
—¿Y tu padre?
—Mi padre me dijo que decidiera qué quería hacer con mi vida. Ya he decidido.
El viejo navegante asintió lentamente.
No sabía entonces que nunca volvería a Portugal. No sabía que moriría aquí, a miles de kilómetros de Lisboa, enterrado en tierra chilena bajo un cielo que no era el suyo.
Pero sí sabía una cosa: en Chile construiría su propia fortuna, escribiría su propia historia, sería dueño de su propio destino. El hijo del naviero había terminado su viaje. El comerciante de Chile estaba a punto de nacer.
Capítulo 2: La ciudad sin memoria
Chile había sido español durante trescientos años, pero en 1812 empezó la guerra de independencia. Trataba de arrancar ese pasado como quien se arranca una piel muerta. La independencia había llegado en oleadas de violencia: batallas que dejaron campos sembrados de muertos, fusilamientos al amanecer, familias divididas entre patriotas y realistas. Cuando José Guimaraens desembarcó en 1832, apenas habían pasado veinte años desde aquel grito de independencia, y el país todavía sangraba por las heridas.
Era un país sin memoria, o más bien, un país que estaba inventando su memoria sobre la marcha. Los que habían sido ricos en tiempos de la colonia habían perdido todo. Los nuevos ricos eran aventureros que habían llegado con las manos vacías y se habían hecho a sí mismos. Todo estaba por hacerse.
La bahía de Ancud
José estaba en la cubierta mirando Ancud. No era Londres. No era Río de Janeiro. Era algo más pequeño, más quieto, más verdadero.
Sintió que lo conocía. Eso era lo extraño. Sintió que lo conocía desde antes de haberlo visto jamás.
El muelle ya bullía a esa hora temprana. Estibadores descargando fardos de un bergantín inglés que había llegado la noche anterior. Un grupo de marineros noruegos sentados sobre sus baúles, fumando en silencio, esperando que abriera alguna taberna. Un agente de aduanas con su libro de registros bajo el brazo que se acercó al barco sin mirarlos siquiera, con el paso aburrido de quien ha visto entrar mil barcos y sabe que verá mil más. Era el primer puerto del Pacífico, la primera escala obligada para todo barco que doblaba el Cabo de Hornos. El mundo entero pasaba por aquí.
Detrás de él, los tres profesores se acercaron uno por uno para despedirse.
Don Manuel llegó primero. Se puso a su lado con las manos apoyadas en la borda, los ojos fijos en la bahía, y durante un rato largo no dijo nada. Así era Don Manuel: cuando algo le importaba de verdad, callaba.
—Ancud —dijo finalmente, con la familiaridad de quien saluda a un conocido de toda la vida—. He entrado aquí doce veces en treinta años. Nunca pensé que la decimotercera sería la última contigo.
—¿Tantas veces?
—Todo barco que dobla el Cabo pasa por aquí. No hay otro camino. —Hizo una pausa—. Eso significa que tendrás competencia, José. Mucha. Y que también tendrás oportunidades. Muchas más. Este puerto lo conoce todo el que navega el Pacífico.
—Lo sé.
El viejo navegante giró la cabeza y lo miró con esa expresión que José había aprendido a leer durante veinte meses: la expresión del hombre que ha visto demasiadas tormentas para mentirse a sí mismo o mentirle a otros.
—¿Estás seguro de que es aquí?
—Sí.
Don Manuel asintió una sola vez. Después extendió la mano —una mano llena de cicatrices, de cuerdas y de naufragios— y José la estrechó con las dos suyas.
—El mar te enseñó bien —dijo—. Este puerto ha visto llegar a muchos hombres con una maleta y ambición. Pocos se quedaron. Menos aún prosperaron. A ver si tú eres de los otros.
No se abrazaron. No era el estilo de Don Manuel. Pero cuando soltó la mano, se quedó un momento con los dedos apretados, como si no quisiera del todo soltar. Después se volvió hacia la proa y no dijo nada más.
Don Alfonso llegó después, con un cuaderno negro bajo el brazo como siempre, como si incluso en ese momento pudiera estar anotando algo. Se detuvo frente a José y lo estudió con esos ojos de contable que lo sumaban y restaban todo.
—He hecho los cálculos —dijo.
—¿Qué cálculos?
—De ti. De lo que vales. —Hizo una pausa—. Eres solvente, muchacho. Más de lo que crees.
José sonrió. Era la manera de Don Alfonso de decir que lo quería.
—Me enseñaste bien.
—Te enseñé lo que se puede enseñar. Lo demás lo trajiste tú. —Se sacó el cuaderno de debajo del brazo y se lo tendió—. Toma. Las rutas, los precios, los nombres de las personas que conviene conocer en este lado del mundo. El comercio es memoria, ya te lo dije.
José tomó el cuaderno, que su maestro había copiado para él. Las páginas llenas de esa letra pequeña e inclinada que había visto inclinarse sobre las mesas de medio mundo.
—No puedo aceptar esto.
—No te estoy pidiendo permiso. —Don Alfonso le dio un golpecito en el hombro, torpe y breve, la única demostración de afecto que era capaz de hacer—. Y escríbele a tu padre. No lo dejes morirse pensando que lo abandonaste.
Se fue a hacer sus cosas sin mirar atrás. Así era Don Alfonso.
Don Ricardo fue el último. Llegó con su levita bien abotonada y esa expresión suya de quien siempre tiene algo inteligente que decir, aunque esta mañana estaba más callado de lo habitual. Miraba la bahía con los ojos entrecerrados, como si intentara encontrarle un defecto y no lo encontrara.
—Es hermoso —admitió, casi con resignación—. No lo habría esperado de un lugar que huele a bacalao y a cuero mojado.
—¿Eso es un cumplido?
—Es una observación. —Hizo una pausa—. José, escucha. Vas a cometer errores. Muchos. Algunos serán por ignorancia, que es perdonable. Otros serán por orgullo, que es menos perdonable. Cuando no sepas qué hacer, no finjas que lo sabes. Los hombres que fingen saber lo que no saben pierden antes que los que admiten su ignorancia. ¿Me estás escuchando?
—Sí.
—No lo parece. Tienes esa cara que pones cuando ya has decidido algo y solo estás esperando que los demás terminen de hablar.
José se echó a reír, y Don Ricardo, después de un momento, también.
—Aprende los idiomas de la gente con la que trabajas —dijo entonces en serio—. No solo el español. Los gestos, las costumbres, lo que les ofende y lo que les honra. Los idiomas de verdad. —Le puso una mano en el hombro, con una naturalidad que Don Alfonso nunca habría tenido—. Vas a estar muy solo al principio, muchacho. Eso no te lo va a quitar nadie. Pero la soledad también enseña.
Se miraron un momento. Después Don Ricardo lo abrazó, rápido y sin aspavientos, y se fue hacia el interior del barco.
José se quedó solo en la proa y escribió la carta para su padre.
La empezó cuatro veces. Las tres primeras versiones las había arrugado y tirado por la borda. Esta era la que había conseguido terminar, aunque tampoco estaba seguro de haberlo dicho todo.
Padre:
Cuando leas esto, ya habré desembarcado en un lugar llamado Ancud, en la isla de Chiloé, al sur de Chile. No voy a volver a Lisboa. No es ingratitud. Es que encontré el lugar donde quiero construir mi vida, y ese lugar está aquí.
Me diste un barco, tres profesores y un año. Me diste más de lo que pediste: me diste el mundo. Ahora el mundo me ha devuelto a un puerto donde nadie me conoce y donde puedo ser, por primera vez, exactamente quien quiero ser.
Sé que esto no es lo que esperabas. Sé que tenías planes para mí. Pero me dijiste que decidiera qué quería hacer con mi vida. He decidido.
Cuídate.
Tu hijo, José
Se la dio al capitán.
José recogió la maleta de cuero del camarote, se la echó al hombro, y se volvió una última vez hacia los tres hombres.
Don Manuel seguía de espaldas, mirando el horizonte, como si ya estuviera pensando en la siguiente ruta. Don Alfonso había desaparecido bajo cubierta. Don Ricardo estaba en la borda de popa y lo miraba desde arriba, con esa expresión suya que no terminaba de ser una sonrisa pero que tampoco era otra cosa.
Le hizo un gesto con la mano. Un gesto pequeño, casi nada.
José respondió igual. Casi nada.
José bajó su maleta al muelle. Se quedó de pie mirando cómo los marineros recogían los cabos, cómo el Guimaraens se separaba lentamente del embarcadero empujado por el viento del sur. El barco giró despacio en la bahía, desplegó las velas y empezó a alejarse hacia el canal de Chacao.
José lo miró hasta que desapareció en la niebla.
Entonces se dio la vuelta y miró Ancud.
Bueno, pensó. Empecemos.
Los hombres del muelle
Lo encontraron ellos antes de que él los encontrara a ellos.
José llevaba dos horas sentado en una caja de madera junto al muelle, cuaderno en mano, anotando todo lo que veía: qué barcos había, cuántos, de dónde venían, qué cargaban, qué descargaban. Era el método que Don Alfonso le había enseñado. Primero observa. Después actúa.
—Estás contando mis barcos.
José levantó la vista. Frente a él había un hombre de unos cuarenta años, de complexión robusta, con la piel curtida de quien ha vivido al aire libre y los ojos con ese brillo específico de los portugueses que han hecho fortuna lejos de Portugal y no piensan ocultarlo.
—Estoy contando todos los barcos —respondió José en portugués, por instinto.
El hombre arqueó una ceja, sorprendido. Respondió en la misma lengua.
—¿Portugués?
—Así es.
—Yo de Braga. —El hombre extendió la mano—. José António Garrão. Comerciante.
José se puso de pie y estrechó la mano. Garrão tenía un apretón firme, sin teatralidad. El apretón de los hombres que no necesitan demostrar nada.
—José Guimaraens. Recién llegado.
Garrão lo miró de arriba abajo con la franqueza brutal de quien lleva suficiente tiempo en el fin del mundo como para no perder tiempo en cortesías inútiles.
—¿Cuánto dinero tienes?
Era una pregunta que en Lisboa habría sido una grosería. Aquí era simplemente una pregunta.
—Suficiente para empezar —respondió José—. No suficiente para equivocarme.
Garrão lo estudió un momento. Después asintió, como si esa respuesta hubiera superado alguna prueba invisible.
—Ven. Hay alguien que deberías conocer.
Robert Williams era exactamente lo contrario de Garrão. Delgado donde el portugués era robusto, silencioso donde Garrão era directo, con esa paciencia característica de los ingleses que han aprendido que en el fin del mundo los nervios son un lujo que no se puede costear. Llevaba quince años en Ancud. Hablaba español como un chilote y portugués con acento de Lisboa.
Los tres se sentaron en la trastienda del almacén de Garrão, que olía a tabaco, cuero y madera mojada. Williams sirvió tres vasos de aguardiente sin preguntar si querían.
José les contó lo justo: que era hijo de naviero, que había pasado dos años recorriendo el mundo, que había elegido Ancud porque era el único lugar donde nadie esperaba nada de él.
—¿Y con qué capital cuentas? —preguntó Williams, con la misma franqueza directa de Garrão pero en un tono más suave, casi académico.
José sacó las monedas de oro del forro de su chaqueta y las puso sobre la mesa sin dramatismo. Las contaron entre los tres en silencio.
—No es mucho —dijo Garrão.
—No —admitió José—. Pero tengo esto también.
Puso sobre la mesa las cartas de presentación de su padre. Garrão las leyó despacio. Se las pasó a Williams. Williams las leyó con más calma todavía.
—Tu padre tiene buena reputación en Valparaíso —dijo Williams finalmente—. Estos nombres abren puertas.
—Entonces es todo lo que necesito. Lo demás lo haré yo. —dijo José.
Garrão y Williams se miraron. Después Garrão se reclinó en su silla y dijo:
—Muy bien, muchacho. Te explicaremos cómo funciona esto.
Lo que Chiloé tenía
Lo que Chiloé tenía era trigo. Y madera. Y papas de variedades que no existían en ningún otro lugar del mundo. Y ovejas, y cerdos, y bueyes que las guarniciones militares del norte necesitaban constantemente. Y carpinteros que eran los mejores del Pacífico sur, capaces de construir una embarcación con la misma naturalidad con que otros hombres construyen una silla.
Lo que Chiloé no tenía era manera de mover todo eso en cantidad suficiente.
El archipiélago era un laberinto de islas verdes y canales angostos donde las distancias se medían en mareas, no en leguas. Cada productor estaba en su isla, con su cosecha almacenada, esperando que alguien apareciera con una embarcación y una oferta razonable. A veces ese alguien llegaba. A veces no, y la cosecha se pudría en el almacén mientras el productor miraba el agua con una resignación que los siglos de aislamiento habían convertido en carácter.
El negocio, entendió José en sus primeras semanas, no era producir. Era conectar. Era saber quién tenía qué, quién necesitaba qué, y ser el hombre que unía esos dos extremos antes de que lo hiciera otro.
El problema era que José no tenía barco. Y sin barco en Chiloé, eras un hombre con los pies en el agua.
—Necesito embarcarme con alguien —le dijo a Garrão al final de su primera semana.
—¿Para qué?
—Para conocer el archipiélago. No puedo comerciar con lo que no conozco.
Garrão lo pensó.
—Hay un patrón de lancha que hace el recorrido de las islas cada dos semanas. Se llama Cárdenas. Es desconfiado y con mal genio, pero es honesto. Le diré que te lleve.
—¿A cambio de qué?
—A cambio de que le cargues y descargues la mercancía en cada parada. Aquí nadie hace nada gratis, muchacho. Ni siquiera los favores.
—Bien —dijo José—. ¿Cuándo sale?
Las islas
Pasó tres semanas navegando con Cárdenas por el laberinto del archipiélago.
Cárdenas era un hombre de unos cincuenta años, gordo, con las manos tan curtidas que parecían de cuero y una desconfianza hacia los forasteros que era casi filosófica. No hablaba a menos que fuera necesario. Pero conocía cada canal, cada corriente, cada roca sumergida entre las islas como quien conoce su propia casa de noche y a oscuras.
José cargaba y descargaba sin quejarse. Sacos de trigo, barriles de aceite, fardos de lana mojada que pesaban el doble de lo que debían. Se levantaba antes que la tripulación y se dormía después. Tenía las manos en carne viva al tercer día y no dijo nada.
Al quinto día, Cárdenas le habló por primera vez de manera voluntaria.
—¿Por qué apuntas todo en ese cuaderno?
—Para recordarlo.
—¿Qué cosa?
—Todo. Cuánto trigo tiene Vera en Quinchao. Cuántos cueros almacenó el viejo Mansilla en Dalcahue. A qué precio vendió su madera el aserradero de Castro el mes pasado.
Cárdenas lo miró de reojo.
—¿Y para qué te sirve saber eso?
—Todavía no lo sé. Pero cuando lo sepa, ya lo tendré apuntado.
El patrón escupió al agua y no dijo más. Pero esa noche, cuando ancló frente a la isla de Lemuy, le ofreció a José un trozo de pan y cecina sin que nadie se lo pidiera. Que en el lenguaje de Cárdenas equivalía a una declaración de amistad.
Cuando regresó a Ancud tres semanas después, José tenía el cuaderno lleno y las manos curadas por la sal. Y sabía exactamente qué había en cada isla, en cada almacén, en cada galpón húmedo del archipiélago.
El primer contrato
Lo cerró con un agricultor de Quinchao llamado Ignacio Vera que tenía cuarenta toneladas de trigo almacenadas desde la cosecha anterior y ninguna manera de moverlas.

José llegó a verlo en la lancha de Cárdenas, que le cobró el pasaje en trabajo. Vera lo recibió con la desconfianza automática del chilote ante el forastero, pero José había aprendido de Garrão que esa desconfianza no era hostilidad sino prudencia, y que la única manera de atravesarla era con paciencia y con hechos.
Se sentaron en la cocina de Vera, que olía a madera húmeda y a estofado. José abrió su cuaderno, mostró sus números y habló con la precisión de Don Alfonso: precios actuales del trigo en Valparaíso, costos de flete, márgenes razonables para ambos.
—¿Y tú qué sacas? —preguntó Vera.
—Una comisión sobre el precio de venta final. Si consigo más de lo acordado, gano más. Si consigo menos, pierdo yo, no usted.
Vera lo miró largamente.
—¿Y quién va a fletar el trigo?
—Yo me encargo.
Que era exactamente lo que todavía no sabía cómo hacer.
Pero salió de la casa de Vera con un acuerdo firmado en un papel que ningún juez de Ancud habría considerado vinculante, y que sin embargo valía más que cualquier contrato notarial porque llevaba la firma de un chilote que había dado su palabra.
Esa tarde, de vuelta en Ancud, José fue a ver a Williams.
—Necesito un barco.
Williams lo miró con esa calma suya que a veces era sabiduría y a veces era simplemente flemática indiferencia inglesa.
—¿Cuánta carga?
—Cuarenta toneladas de trigo en Quinchao. Más lo que pueda agregar en Lemuy y Dalcahue si consigo fletar rápido.
Williams pensó un momento.
—Hay un capitán escocés llamado Dunbar que tiene una goleta de ochenta toneladas. Hace el recorrido sur cada mes. Me debe un favor. —Se levantó—. Ven conmigo.
Dunbar era un hombre pequeño y rojizo que olía a tabaco y a whisky y que evaluó a José con los ojos entrecerrados de quien ha visto pasar demasiados entusiastas por los puertos del Pacífico.
—¿Tienes la carga comprometida?
—Cuarenta toneladas en Quinchao. Puedo tener veinte más en Lemuy si me da tres días.
—¿Y el comprador en Valparaíso?
—Garrão tiene el contacto. Un catalán llamado Puig que necesita trigo para las panaderías.
Dunbar miró a Williams. Williams asintió levemente. Era el aval silencioso que José necesitaba.
—Te fleto la bodega —dijo Dunbar—. Pero si la carga no está lista cuando yo diga, zarpo igual y tú pierdes el depósito.
—Estará lista —dijo José.
Pasó los tres días siguientes recorriendo las islas en la lancha de Cárdenas, cerrando acuerdos con productores que nunca habían visto a un forastero llegar con números precisos y una oferta concreta. Llegó a Valparaíso con sesenta y dos toneladas de trigo. Puig las compró sin regatear. El margen fue modesto, pero fue real.
Cuando regresó a Ancud y pagó a cada productor lo acordado hasta el último centavo, la noticia corrió por el archipiélago con la velocidad específica de las cosas que importan en los lugares pequeños: el portugués paga lo que promete.
Era el único capital que José necesitaba de verdad.
Siete años
Los años que siguieron fueron años de trabajo sin descanso y sin espectáculo.
José no tenía barco propio. Esa era su limitación y también, sin saberlo todavía, su mejor escuela. Porque el hombre que no tiene barco propio tiene que aprender a conocer todos los barcos ajenos: sus capitanes, sus rutas, sus calendarios, sus manías. Tiene que saber que Dunbar zarpa siempre los martes y no espera a nadie, que el capitán Herrera acepta cargas de última hora si le pagas en plata y no en promesas, que la goleta del viejo Mansilla tiene la bodega trasera con humedad y no sirve para el trigo pero es perfecta para los cueros.
José lo aprendió todo. Lo apuntó todo. Y lo usó todo.
En 1834 alquiló un cuarto como almacén junto al puerto. En 1835 lo cambió por uno más grande. En 1836 compró ese almacén. En 1837 compró el de al lado.
No era espectacular. Era sistemático. Y la diferencia entre las dos cosas, aprendió José, era la diferencia entre el hombre que hace fortuna una vez por suerte y el que la construye para siempre por método.
Garrão lo observaba con una mezcla de afecto y respeto que fue creciendo con los años.
—Tienes algo que yo no tenía a tu edad —le dijo una noche, mientras bebían en la trastienda.
—¿Qué cosa?
—Paciencia. Yo quería hacerme rico rápido. Tú construyes como construyen los chilotes sus iglesias: tabla a tabla, sin prisa, pero sin parar nunca.
—La prisa es para el que no tiene plan —dijo José.
El plan era simple en su estructura y exigente en su ejecución: cada peso que ganaba lo dividía en tres partes iguales. Un tercio para gastos. Un tercio para reinvertir. Un tercio guardado en una caja de metal bajo el suelo del almacén, intocable, sagrado, para el día en que apareciera la oportunidad que justificara gastarlo todo de una vez.
Williams le había enseñado eso. El comerciante que no ahorra —le había dicho con su español preciso y su calma inglesa— es como el barco sin lastre: navega más rápido pero vuelca con el primer golpe de viento.
José no volcó. Hubo momentos difíciles: una carga de madera que llegó podrida a Valparaíso y que tuvo que reponer de su propio bolsillo porque había dado su palabra al comprador. Un invierno de tormentas que paralizó el comercio durante seis semanas y que devoró sus reservas como un animal hambriento. Un socio ocasional que desapareció con un adelanto que José nunca recuperó.
En cada uno de esos momentos, José apretó los dientes, revisó sus números, ajustó el plan y siguió adelante. Sin dramatismo. Sin victimismo. Con la misma terquedad silenciosa con que los chilotes sobrevivían sus inviernos.
Y la gente lo vio. Eso era lo importante. En Ancud, donde todo el mundo sabía todo de todos, la reputación se construía exactamente así: en los momentos en que las cosas salían mal. El que pagaba sus deudas cuando tenía dinero era simplemente un hombre honesto. El que las pagaba cuando no lo tenía era otra cosa. Era alguien en quien se podía confiar.
Y la confianza, en un puerto del tamaño de Ancud, era la única moneda que no se devaluaba.
Lo que Chiloé enseña
En 1837, cinco años después de su llegada, José cerró el contrato más grande de su vida hasta entonces: abastecer de madera de alerce a un astillero de Valparaíso que estaba construyendo tres embarcaciones simultáneamente. Era una operación que requería coordinar a seis aserraderos distintos en cuatro islas diferentes, fletar cuatro embarcaciones en dos meses y gestionar una cadena de pagos que cualquier error podría romper como una cuerda tensa.
José pasó tres semanas sin dormir más de cuatro horas. Llevaba en la cabeza cada precio, cada fecha, cada nombre. Cuando la última carga llegó a Valparaíso en tiempo y en la cantidad exacta acordada, el dueño del astillero —un vasco de Bilbao llamado Echevarría, hombre de pocas palabras y menos sonrisas— lo llamó a su despacho.
—¿Cuántos años tiene, Guimaraens?
—Veinticuatro.
Echevarría lo miró un momento.
—He trabajado con comerciantes de toda la costa del Pacífico. Portugueses, ingleses, alemanes, chilenos. —Hizo una pausa—. Muy pocos cumplen lo que prometen. Usted ha cumplido hasta el último tablón. —Le extendió la mano—. Cuando necesite madera de Chiloé, vendré a verle a usted. Solo a usted.
José estrechó esa mano. Y en el barco de vuelta a Ancud, sentado en cubierta mientras el canal de Chacao se abría ante él en la oscuridad, permitió que la satisfacción lo recorriera de arriba abajo durante exactamente un minuto. Después abrió el cuaderno y empezó a planear el siguiente contrato.
Garrão tenía razón. Chiloé enseñaba paciencia. Pero también enseñaba otra cosa que José tardó años en saber nombrar: que la grandeza no llegaba de golpe, en un momento de inspiración o de suerte. Llegaba gota a gota, contrato a contrato, año a año, en la acumulación invisible de cosas pequeñas hechas bien.
Para 1839, José Guimaraens era el comerciante más activo del puerto de Ancud. No el más rico —todavía— pero sí el más respetado. Tenía dos almacenes, una red de contactos que se extendía desde las islas más remotas del archipiélago hasta los principales puertos del Pacífico, y una reputación que en Chiloé valía más que cualquier escritura notarial.
Tenía veintiseis años. Llevaba siete en Ancud. Y llevaba siete años sin pensar en otra cosa que en el trabajo.
Hasta aquella mañana de abril en que entró a la parroquia de San Francisco y vio, cuatro bancos más adelante, a una mujer de vestido oscuro con las manos quietas sobre el regazo.
Capítulo 3: María de los silencios
La vio por primera vez en la misa del domingo de Ramos de 1839.
Ancud tenía una sola iglesia que valiera ese nombre: la parroquia de San Francisco, construida en madera como todo lo demás en Chiloé, con una torre que se inclinaba ligeramente hacia el oeste como si estuviera mirando el mar. José iba a misa sin fe con disciplina. Era donde se veía a la gente que importaba, donde se cerraban las conversaciones que no podían cerrarse en los almacenes. Garrão le había enseñado eso en sus primeras semanas.
Esa mañana de abril, mientras el padre Cienfuegos recitaba el evangelio con la monotonía de quien lo ha leído tantas veces que ya no lo escucha, José estaba calculando mentalmente el precio del alerce en Valparaíso cuando algo lo distrajo.
Estaba sentada cuatro bancos delante, entre una mujer mayor y una muchacha joven. Llevaba un vestido oscuro, sin adornos. El pelo castaño recogido con sencillez. Las manos cruzadas sobre el regazo, completamente quietas, mientras a su alrededor todos los demás se movían, tosían, susurraban. Ella no. Ella estaba inmóvil con una quietud que no era rigidez sino algo más extraño: la quietud de alguien que está realmente presente.
José no oyó el resto del sermón.
Las averiguaciones
Al salir de la iglesia fue directo a Garrão.
—La mujer del vestido oscuro.
Garrão no necesitó más descripción.
—María Quinteros. Hija de Don Fermín Quinteros, administrador retirado de la gobernación. Familia española, establecida aquí hace dos generaciones. Apellido limpio, sin gran fortuna. Veinticinco años. No está comprometida.
—¿Por qué no?
—Porque es callada. Hay hombres a los que eso asusta.
—¿Y a ti?
—A mí ya me casaron mis padres en Braga. —Garrão lo estudió—. ¿Quieres conocerla?
—Sí.
—Es una familia seria. Tendrá que ser con presentación formal. Mi esposa organizará algo.
Tardaron dos semanas. La invitación llegó a través de Williams, que conocía a Don Fermín de los años en que el gobernador había necesitado un intermediario con los comerciantes ingleses. Una cena pequeña en casa de los Garrão, con media docena de familias de Ancud. Nada que pudiera interpretarse como una trampa.
La cena
La señora Garrão era una estratega consumada. Puso a José junto a Don Fermín en la cena y reservó el jardín para después.
Don Fermín era un hombre de silencios largos y preguntas breves. No le interesaban las respuestas en sí sino la manera en que se respondía. José lo entendió a los diez minutos y actuó en consecuencia: opiniones firmes pero sin arrogancia, conocimiento sin ostentación. Cuando no sabía algo, lo decía.
Cuando los hombres salieron a fumar a la terraza, Don Fermín se acercó a José y le ofreció tabaco.
—¿Cuánto tiempo lleva en Ancud?
—Siete años.
—¿Y piensa quedarse?
José lo pensó un momento.
—Ancud me ha dado todo lo que tengo. Pero el comercio crece hacia donde crecen los puertos. Y el puerto que crece es Valparaíso. —Hizo una pausa—. Algún día me trasladaré allí.
Don Fermín asintió lentamente, sin decir nada más. Pero cuando se despidieron le estrechó la mano con una firmeza diferente a la del saludo. Era suficiente por ahora.
El noviazgo
Pasaron seis meses.
Seis meses de domingos en San Francisco, de saludos medidos en el mercado, de meriendas en casa de los Garrão donde la señora Garrão seguía ejerciendo su discreta dirección de escena. Seis meses en que Doña Josefa fue ablandando su mirada evaluadora. Seis meses en que José fue conociendo a María en fragmentos pequeños, como quien descifra un texto difícil, una línea cada vez.
Descubrió que de niña había querido aprender piano pero en Ancud no había maestro. Que le gustaba leer pero en su casa los libros eran pocos. Que a veces se asomaba a la ventana y miraba el canal de Chacao preguntándose cómo sería cruzarlo.
—Pero eso son solo fantasías —dijo ella una tarde, mientras caminaban por el muelle con Doña Josefa a distancia prudente detrás—. Las mujeres como yo no cruzan canales.
—¿Por qué no?
Ella lo miró con una paciencia que tenía algo de tristeza.
—Porque las mujeres como yo se casan, tienen hijos y mueren sin haber salido de la ciudad donde nacieron.
José la miró directamente.
—Yo no pienso quedarme siempre en Ancud, María. El futuro está en Valparaíso. Los barcos más grandes, los contratos más importantes, las oportunidades que aquí no existen todavía. —Hizo una pausa—. Me gustaría que cuando llegue ese momento, usted viniera conmigo.
María no respondió inmediatamente. Miró el canal, ese agua gris que había mirado toda su vida desde la ventana de su cuarto como quien mira una promesa que nunca llega.
—¿Cómo es Valparaíso? —preguntó finalmente.
—Grande. Ruidoso. Lleno de barcos de todos los rincones del mundo. —José buscó sus ojos—. Lleno de todo lo que Ancud no tiene.
Ella lo miró entonces con una intensidad que José no le había visto antes. No era la cortesía estudiada de los primeros meses. Era algo más profundo, más real.
—Debe ser hermoso —dijo en voz baja— poder elegir adónde ir.
—Lo es —dijo José—. Y es más hermoso todavía no tener que elegir solo.
Doña Josefa tosió discretamente desde atrás. Pero María, por primera vez, no bajó la vista.
La propuesta
En octubre, José fue a ver a Don Fermín Quinteros.
La casa era modesta: madera de una planta, limpia y ordenada, con muebles que habían sido buenos veinte años atrás. Don Fermín lo recibió solo, lo que significaba que lo esperaba.
—Imagino a qué viene, señor Guimaraens.
—Vengo a pedirle la mano de su hija María.
Don Fermín giró su vaso de vino entre los dedos.
—¿Puede mantenerla?
—Tengo dos almacenes y contratos estables en todo el archipiélago. Puedo darle una vida digna ahora y una vida cómoda en pocos años. —Hizo una pausa—. Y cuando me traslade a Valparaíso, una vida mejor todavía.
—¿Y si ella no lo ama?
—Entonces me ganaré su amor con el tiempo.
Don Fermín lo miró largo rato.
—Mi hija se guarda mucho. Siempre se ha guardado mucho. ¿Eso no le asusta?
—Las cosas que cuestan conocer son las que más vale la pena conocer.
Don Fermín dejó el vaso sobre la mesa y se puso de pie.
—Tiene mi permiso. Pero quiero que sepa algo: si le hace daño, si la humilla, si la trata mal, no habrá distancia suficiente entre Ancud y Valparaíso para esconderse de mí. ¿Me entiende?
—Lo entiendo. Y le doy mi palabra.
—Su palabra es lo único que vale algo de verdad —dijo Don Fermín—. El resto son papeles.
La boda
Se casaron en 1839, en la parroquia de San Francisco. La misma iglesia de madera que se inclinaba hacia el oeste. La misma torre que miraba el mar.
Fue una ceremonia pequeña. La familia de María, Garrão y Williams como testigos, algunos comerciantes del puerto. María llevaba un vestido blanco que ella misma había cosido. José llevaba su levita negra de las grandes ocasiones.
Cuando el padre Cienfuegos les pidió que se dieran las manos, José sintió que las de María temblaban ligeramente. Eran manos pequeñas y frías, como siempre que hacía viento en Ancud.
—¿Estás bien? —le susurró.
Ella asintió sin mirarlo.
Después de la ceremonia, cuando salieron a la plaza y la lluvia había parado milagrosamente y el cielo sobre el canal era de un azul casi inverosímil, José le puso en las manos una caja pequeña. Dentro había un collar de perlas comprado a un comerciante panameño que había pasado por Ancud el invierno anterior.
María las miró un momento sin decir nada. Después levantó la vista.
—Es hermoso.
—No tanto como tú.
Ella se sonrojó. Garrão, que estaba detrás, le dio a José un golpe suave en el hombro.
—Ahora sí eres de Ancud de verdad, muchacho.
Esa noche, en la casa que José había preparado para ella con vistas al canal, María se puso el collar ante el espejo. Y José, mirándola desde la puerta, pensó en lo que ella había dicho aquella tarde en el muelle. Debe ser hermoso poder elegir adónde ir.
—María —dijo—. Seré un buen marido. Te lo prometo.
Ella lo miró en el espejo. Sus ojos oscuros, que guardaban tanto.
—Y yo intentaré ser una buena esposa.
No era la declaración que José había imaginado. Pero era honesta. Y afuera, el canal de Chacao brillaba bajo la luna, ancho y abierto, como una promesa que todavía no tenía fecha pero que los dos sabían que algún día cumplirían.
Capítulo 4: Los hijos
Durante los primeros años de matrimonio, José descubrió que vivir con María era como habitar con un fantasma cortés. Ella estaba siempre ahí —silenciosa, eficiente, invisible— pero nunca del todo presente.
Por las mañanas, cuando José se levantaba antes del amanecer para ir al puerto, encontraba el desayuno preparado: pan tostado, café cargado, a veces huevos revueltos si había conseguido buenos en el mercado. María ya estaba levantada —José nunca la oía moverse— y lo servía sin decir palabra. Él comía, ella esperaba de pie. Cuando terminaba, recogía los platos y desaparecía hacia la cocina como humo.
—Siéntate conmigo —le decía José a veces.
—Ya he desayunado.
—Entonces tómate un café mientras yo como.
Ella obedecía, se sentaba con las manos cruzadas sobre el regazo, mirándolo comer. Pero no hablaba a menos que él le preguntara algo directamente. Y entonces sus respuestas eran breves, precisas, diseñadas para no revelar nada.
José intentaba llegar a ella de todas las formas que conocía. Le traía regalos de sus viajes: una tela fina llegada en un barco inglés, un broche de plata comprado a un artesano de Castro, una figurita de madera tallada por un chilote de Quinchao. María agradecía cada regalo con una sonrisa educada y los guardaba cuidadosamente, pero José nunca la veía usarlos.
—¿No te gusta el broche?
—Es hermoso.
—Entonces, ¿por qué no te lo pones?
Ella lo miró desconcertada, como si la pregunta no tuviera sentido.
—Es demasiado fino para el uso diario.
José dejó de preguntar. Había cosas de María que no tenían respuesta, o cuya respuesta estaba tan enterrada que necesitaría años de paciencia para encontrarla. Y José, que era paciente en los negocios, aprendía lentamente a serlo también en el matrimonio.
La solicitud de nacionalidad
En diciembre de 1842, diez años después de haber bajado del Guimaraens con una maleta y un puñado de monedas de oro, José Guimaraens se presentó ante el juez de derecho de Ancud con dos testigos: José António Garrão y Robert Williams.
El documento que firmó esa mañana era breve y preciso. Declaraba que llevaba en el país desde 1832, que era vecino de Ancud, que estaba casado con chilena, que tenía buen capital en giro y una casa en la ciudad. Pedía que se le concediera la nacionalidad chilena.
Garrão firmó como testigo sin dramatismo, como quien hace algo que lleva años siendo inevitable. Williams firmó con su letra inglesa, cuidadosa y vertical.
Cuando salieron a la calle, el cielo sobre Ancud estaba despejado por una vez y el canal de Chacao brillaba como plata vieja.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Garrão.
José lo pensó un momento.
—Como siempre. Igual.
—Mentira.
José sonrió.
—Como si hubiera cerrado un contrato que llevaba diez años pendiente.
Garrão se echó a reír. Williams asintió con esa calma suya que era su manera de celebrar las cosas.
No era un gesto sentimental. José no era dado a los gestos sentimentales. Era algo más concreto y más profundo a la vez: la declaración formal de un hombre que había elegido su vida con los ojos abiertos y no pensaba disculparse por ello. Había llegado a Ancud con poco. Había construido algo de la nada. Y ahora ponía su firma en un papel que decía, con la precisión fría del lenguaje legal, lo que él ya sabía desde hacía años: que este era su lugar en el mundo. Que aquí se quedaba.
Lo que no decía el papel, pero que José sabía también, era que quedarse en Ancud para siempre no era el plan. El plan era otro. Y ese año, mientras el documento viajaba lentamente hacia Santiago para ser presentado ante el Senado, ese plan empezó a tomar forma concreta.
El embarazo
María le dio una noticia mientras cenaban. Lo dijo sin más preámbulo, con la misma voz con que habría anunciado que se había acabado el azúcar:
—Estoy esperando un hijo.
José dejó el tenedor sobre el plato. Sintió algo inmenso llenándole el pecho—¿alegría?, ¿miedo?, ¿orgullo?—que casi no podía respirar.
—¿Estás segura?
—He consultado al médico.
—María, esto es... —buscó las palabras—. Esto es maravilloso.
Ella asintió, pero su expresión no cambió. Como si le acabara de informar del resultado de una transacción comercial, no del hecho de que llevaría a su hijo dentro de ella durante los próximos siete meses.
—¿Estás contenta? —preguntó José.
—Por supuesto.
Pero no lo parecía. Parecía asustada.
Los meses siguientes fueron extraños. El cuerpo de María cambió—la barriga creciendo, los pechos hinchándose—pero su comportamiento siguió igual. Silenciosa, eficiente, distante. José intentaba hablarle del bebé, del futuro, de cómo sería cuando naciera. Ella escuchaba educadamente y respondía con monosílabos.
Una noche, José la encontró llorando en el cuarto del bebé que estaban preparando. Era la primera vez que la veía llorar.
—¿Qué pasa? ¿Te duele algo?
Ella negó con la cabeza, secándose las lágrimas rápidamente, avergonzada de que la hubiera visto.
—No es nada.
—María, dime qué te pasa.
Ella lo miró con esos ojos oscuros llenos de algo que José no supo interpretar.
—Tengo miedo de no ser buena madre. Mi madre... ella sabía hacer todo. Yo no sé nada.
José se arrodilló frente a ella, tomó sus manos pequeñas entre las suyas.
—Nadie sabe ser padre o madre hasta que lo es. Aprenderemos juntos.
—Tú no entiendes. Las mujeres deben saber estas cosas. Y yo... yo no sé ni siquiera cómo querer bien.
Fue la cosa más honesta que María le había dicho desde que se casaron. José quiso responder algo reconfortante, algo que borrara ese miedo de sus ojos. Pero no encontró las palabras. Así que simplemente la abrazó, sintiendo la barriga redonda presionando contra él, sintiendo cómo ella se ponía rígida en sus brazos porque no sabía cómo recibir ternura.
Vasco Jenaro
El niño nació en 1842, el mismo mes en que José firmaba su solicitud de naturaleza, como si el destino hubiera decidido concentrar en esas semanas de verano austral todas las cosas que iban a cambiar su vida.
El parto duró catorce horas. José esperó afuera caminando de un lado a otro, con Garrão sentado en una silla a su lado, callado, con una botella de aguardiente entre las manos que ninguno de los dos tocó hasta que escucharon el llanto.
La partera —una mujer grande y eficiente llamada Petrona que había traído al mundo a la mitad de los niños de Ancud— salió con un bulto envuelto en mantas.
—Es un varón. Fuerte y sano. Su mujer está bien, solo cansada.
José miró la carita arrugada, los ojos cerrados, los puñitos apretados contra el pecho como si ya estuviera listo para pelear. Y sintió algo que nunca había sentido antes: un amor absoluto, incondicional, aterrador en su intensidad. Este niño era suyo. Parte de él. Y haría cualquier cosa para protegerlo.
—¿Cómo lo llamarás? —preguntó Garrão desde la puerta.
—Vasco. Como mi padre y como yo. Y el segundo nombre será Jenaro.
Entró a la habitación. María estaba en la cama, pálida, con el pelo pegado a la frente por el sudor. Cuando vio a José con el niño, extendió los brazos. Lo tomó torpemente, como si tuviera miedo de romperlo. Se quedó mirándolo largo rato sin decir nada. Después, por primera vez desde que José la conocía, sonrió de verdad. Una sonrisa completa, sin reservas, que iluminó su cara entera como el sol ilumina el canal en los días raros en que Chiloé decide ser generosa.
—Es hermoso —susurró.
—Como su madre —dijo José.
Ella negó con la cabeza, pero siguió sonriendo. Y durante un momento —solo un momento— José sintió que finalmente la veía. La María real, no la sombra educada y distante que vivía en su casa. Era como si el niño hubiera abierto una puerta que llevaba años cerrada.
Garrão se asomó a la puerta con los dos vasos de aguardiente ya servidos.
—Ahora sí —dijo.
Ana, la frágil
Tres años después, en 1845, nació Ana.
Este parto fue más rápido pero más difícil. La niña venía mal colocada y Petrona tuvo que trabajar con una concentración tensa y silenciosa que asustó a José más que cualquier grito. María aguantó con los dientes apretados, sin llorar, con esa terquedad suya que era lo más parecido al heroísmo que José había visto nunca.
Cuando finalmente nació, hubo un momento horrible de silencio. Tres segundos que a José le parecieron tres años.
Después Petrona la golpeó suavemente en las nalgas y Ana lloró. Pero era un llanto débil, fino, como de pájaro pequeño.
—Es una niña —dijo Petrona—. Pequeña. Pero viva.
Era diminuta, con la piel casi transparente y una mata de pelo negro que parecía demasiado grande para esa cabeza tan pequeña. El médico de Ancud —un chileno llamado Doctor Vidal que había estudiado en Santiago— vino a examinarla al día siguiente y al siguiente y al siguiente, con una expresión que José aprendió a temer: la expresión de quien sabe más de lo que dice.
—Tiene los pulmones delicados —diagnosticó—. Habrá que tener mucho cuidado.
María se convirtió en una madre obsesiva con Ana. La envolvía en mantas incluso en los días menos fríos, preparaba infusiones de hierbas con una concentración de alquimista, rezaba rosarios interminables. Con Vasco había sido diferente: Vasco era robusto, gritón, exigente, y María lo cuidaba eficientemente pero sin esa desesperación. Era como si supiera que Vasco sobreviviría de todas formas, mientras que Ana necesitaba que la mantuvieran viva con pura fuerza de voluntad.
José la miraba con una mezcla de orgullo y miedo que no sabía cómo nombrar. Ana tenía algo de él: esa inquietud, esa manera de mirar siempre más allá. Pero era frágil. Demasiado frágil para el invierno de Chiloé, para el viento que bajaba del Pacífico cargado de lluvia y sal.
Una tarde, mientras María dormía con la niña en brazos, José se quedó en la puerta mirándolas. La mujer callada y la niña pequeña, respirando al mismo ritmo, como si la una le prestara a la otra parte de su aliento.
Pensó en Valparaíso. En el clima más benigno del norte. En los médicos mejores que había allí, en los hospitales, en todo lo que Ancud no podía ofrecer a una niña con los pulmones delicados.
El plan, que hasta entonces había sido una ambición, se convirtió esa tarde en una urgencia.
Dos hijos, dos destinos
Vasco creció fuerte y despreocupado. Era un niño que reía fácilmente, que se metía en problemas constantemente, que rompía cosas sin querer y no parecía preocuparse demasiado. José lo llevaba consigo al puerto, pero Vasco se aburría.
—¿Cuándo vamos a casa, papá?
—¿Ya te cansaste? Apenas llevamos una hora.
—Es que solo hay hombres trabajando.
José intentaba enseñarle el negocio. Pero Vasco no prestaba atención. Prefería perseguir perros por las calles de Ancud, trepar árboles, meterse en peleas con los hijos de los pescadores.
Era joven. Todavía era joven. Pero José, que había construido su vida sobre la capacidad de ver más allá del presente, tenía sus dudas.
—Es muy joven —decía María cuando José se quejaba—. Ya madurará.
—Quizás —decía José. Y no decía más.
Ana, en cambio, era toda alma. Mientras Vasco corría y gritaba, Ana se sentaba en el jardín a mirar las flores o leía en su cuarto los pocos libros que había en la casa. Tosía mucho, especialmente en invierno, y María la envolvía en mantas y le daba infusiones que olían a hierbas del monte.
A los pocos meses de nacer ya había dejado claro de cuál de sus padres había heredado. No la energía de José ni su hambre de construir. Sino esa otra cosa de María, más difícil de nombrar: la capacidad de estar completamente presente. De mirar las cosas como si las viera por primera vez.
Una tarde de otoño de 1845, con Ana recién cumplidos los tres meses, José entró al cuarto donde María la amamantaba junto a la ventana. El canal de Chacao estaba gris y quieto. Vasco dormía en su cuarto. La casa olía a leña y a infusión de hierbas.
José se sentó frente a ella.
—María. Tenemos que hablar de Valparaíso.
Ella levantó la vista. Sus ojos oscuros, atentos.
—Ana necesita un clima mejor —continuó José—. Y yo llevo años con los contactos y los contratos allí. El negocio ha crecido todo lo que puede crecer aquí. El siguiente paso está en Valparaíso.
María miró a la niña que tenía en brazos. Después miró por la ventana, el canal que había mirado toda su vida.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Todavía no. Necesito más capital. Y hay cosas que resolver aquí antes. —Hizo una pausa—. Pero pronto.
María asintió lentamente. Y en sus ojos José vio algo que llevaba años esperando ver: no miedo, no resignación, sino esa chispa que había entrevisto aquella tarde en el muelle cuando le habló por primera vez de Valparaíso. La chispa de la mujer que había mirado el canal toda su vida preguntándose cómo sería cruzarlo.
—Bien —dijo María. Y volvió a mirar a Ana.
Era todo lo que José necesitaba.
Capítulo 5: El adiós y el comienzo
La carta llegó a principios de 1846, traída por un barco que venía de Valparaíso con correo de Europa. José la reconoció por el sello lacrado antes de abrirla: el escudo de la familia, el mismo que había visto toda su infancia en el papel de carta de su padre.
La abrió en su almacén, solo, con la puerta cerrada.
La letra era del abogado de la familia, Don Joaquim Ferreira, un hombre meticuloso que José recordaba como una figura pequeña y silenciosa sentada siempre en una esquina del despacho de su padre, tomando notas que nadie le pedía. Le informaba que el Sr. Guimaraens había muerto en Portugal de una neumonía que había durado tres semanas. Que había muerto en su casa, en su cama, con los papeles en orden como había vivido siempre. Que la herencia estaba siendo inventariada y que José era el heredero principal. Que debía comunicar sus instrucciones a la mayor brevedad.
José leyó la carta dos veces. Después la dejó sobre la mesa y miró por la ventana el puerto de Ancud, los barcos amarrados, el canal gris de la mañana.
Intentó sentir tristeza. Encontró algo más complejo: una mezcla de culpa y una pena sorda que no era exactamente por su padre sino por todo lo que nunca habían llegado a ser el uno para el otro. Su padre había sido un hombre bueno, a su manera. Le había dado el barco, los profesores, la oportunidad de ver el mundo. Le había dado, sin saberlo, todo lo necesario para construir una vida a miles de kilómetros de él. Pero nunca le había dado lo único que José había necesitado de verdad: presencia. Atención. Algo parecido al amor, aunque esa palabra le avergonzaba incluso pensarla.
Dobló la carta, la guardó en el cajón y fue a buscar a Garrão.
Se sentaron en la trastienda del almacén de Garrão, como tantas veces en catorce años. Williams llegó veinte minutos después, sin que nadie lo llamara, porque en Ancud las noticias viajaban más rápido que los hombres.
—Lo siento —dijo Garrão.
—Era su hora —dijo José—. Era mayor y había vivido como quería vivir.
—¿Vas a Portugal?
—No. Le escribiré a Don Joaquim que venda todo y me envíe mi parte. —Hizo una pausa—. Y luego nos vamos a Valparaíso.
Garrão y Williams se miraron.
—¿Cuándo? —preguntó Williams.
—Antes de que acabe el año.
Garrão asintió lentamente. No dijo nada. Pero José vio en sus ojos algo que no esperaba ver: no sorpresa, sino una tristeza tranquila, como la de quien sabe desde hace tiempo que un momento va a llegar y cuando llega comprueba que no estaba tan preparado como creía.
—Era inevitable —dijo Garrão finalmente—. Lo sé desde hace años. —Llenó tres vasos de aguardiente—. Pero eso no lo hace más fácil.
Los tres bebieron en silencio. Afuera, el viento del Pacífico golpeaba los tejados de Ancud con su persistencia característica. Era el mismo viento de siempre. El mismo puerto. La misma ciudad pequeña y verde que había recibido a José con desconfianza catorce años atrás y que ahora, en el momento de dejarse, se le antojaba de repente más grande de lo que había sido nunca.
La herencia
La respuesta de Don Joaquim llegó cuatro meses después junto con tres letras de cambio giradas sobre un banco de Valparaíso. El abogado había liquidado los barcos, el almacén del puerto y la casa familiar. Había pagado las deudas, los impuestos, los honorarios notariales y su propia comisión, que era generosa pero no abusiva. Lo que quedaba, convertido en letras de cambio, era una cantidad que José tardó un momento en asimilar.
No era una fortuna inmensa. Pero era suficiente. Suficiente para lo que tenía en mente.
Esa noche, sentado en su despacho con los números delante, José hizo los cálculos que llevaba años haciendo mentalmente. El capital propio acumulado en catorce años de comercio en Chiloé. La herencia de su padre. Los contactos en Valparaíso, construidos contrato a contrato durante años de fletes y negociaciones. Los nombres que abrían puertas: Echevarría el vasco del astillero, Puig el catalán de las panaderías, media docena de capitanes y consignatarios que conocían la palabra de José Guimaraens y la respetaban.
Sumó todo. No solo el dinero. También lo que el dinero no podía comprar pero que valía tanto como él.
El resultado era claro.
Era el momento.
La despedida
Ancud no era una ciudad de grandes despedidas. La gente llegaba y se iba con la misma naturalidad con que llegaban y se iban los barcos, porque en un puerto del fin del mundo uno aprende pronto que la permanencia es una ilusión y que lo único constante es el movimiento.
Pero la partida de José Guimaraens fue distinta.
Corrió la voz con la velocidad específica de las noticias que importan en los lugares pequeños. Y en los días que precedieron a la partida, desfilaron por el almacén de José una procesión de hombres que nunca habrían dicho en voz alta lo que sentían pero que lo decían de otras maneras: trayendo una botella, sentándose un rato sin motivo aparente, estrechando la mano un segundo más de lo necesario al despedirse.
Ignacio Vera, el agricultor de Quinchao cuyas cuarenta toneladas de trigo habían sido el primer contrato de José, vino desde su isla expresamente. Llegó una mañana con un saco de papas y lo dejó en la puerta sin decir nada y sin esperar las gracias.
El capitán Cárdenas, el patrón de lancha huraño que le había enseñado los canales, apareció una tarde y se sentó en silencio durante media hora. Cuando se levantó para irse dijo solamente:
—Has sido buen comerciante. Eso es mucho decir.
Para Cárdenas, era un discurso.
La noche antes de la partida, Garrão organizó una cena en su casa. Fueron Williams, Cárdenas, Echevarría que había bajado desde Valparaíso expresamente, y media docena de los hombres con los que José había hecho negocios durante catorce años. La señora Garrão cocinó un cordero entero y sacó el vino bueno que guardaba para las ocasiones que lo merecían.
Bebieron y comieron y contaron historias de los primeros años, de los contratos que habían salido mal y de los que habían salido bien, de las tormentas del Cabo de Hornos que Dios no había querido que se llevaran a ninguno de los presentes. Nadie hizo un discurso. Nadie pronunció palabras solemnes. Eso no era el estilo de Ancud.
Pero cuando José se levantó para irse, Garrão lo abrazó. Era la primera vez en catorce años que lo hacía. Un abrazo breve, fuerte, sin más palabras que ese gesto.
—Cuide-se, rapaz.
—Sempre —respondió José.
Williams le estrechó la mano con su habitual economía de gestos. Pero sus ojos decían lo que su boca no diría nunca: que había visto llegar a un muchacho de diecinueve años con una maleta y un puñado de monedas de oro, y que lo que se iba ahora era otra cosa completamente distinta.
La despedida de María
María pasó los últimos días en Ancud despidiéndose a su manera, que era en silencio y sin que nadie lo viera.
José la encontró una mañana en la iglesia de San Francisco, arrodillada en el mismo banco donde él la había visto por primera vez siete años atrás. Estaba sola. Rezaba en silencio con los ojos cerrados y las manos juntas, completamente inmóvil, completamente presente. Como siempre.
José se quedó en la puerta sin entrar.
Cuando ella salió y lo vio, no se sorprendió.
—¿Cuánto llevas ahí?
—Un momento. —Hizo una pausa—. ¿Estás bien?
María miró la iglesia, la torre que se inclinaba hacia el oeste, la plaza de barro que había cruzado miles de veces.
—Nací aquí —dijo—. Mi familia queda aquí. Mis hijos nacieron aquí.
—Lo sé.
—Y también sé que es hora de irse. —Lo miró directamente—. El canal de Chacao lleva ahí toda mi vida. Ya es tiempo de cruzarlo.
José no respondió. No hacía falta. Simplemente le ofreció el brazo y caminaron juntos hacia la casa a recoger a los niños.
El viaje
Zarparon de Ancud en el otoño de 1846, en una mañana de viento suave y cielo despejado que parecía un regalo o una ironía, según como se mirara. La goleta que los llevaba era la misma de Dunbar, el escocés rojizo que había fletado José para su primer gran carga de madera catorce años atrás. Dunbar los recibió en cubierta con su expresión habitual de ligera desaprobación hacia el mundo en general.
—Buen día para navegar —dijo, que en Dunbar equivalía a una bienvenida efusiva.
Vasco, que tenía cuatro años y no tenía miedo a nada, corrió directamente a la proa a mirar el agua. Ana, que tenía un año y era transportada en brazos de una criada que María había contratado en Ancud, miraba todo con esos ojos grandes y oscuros que ya entonces parecían guardar más de lo que podían contener.
María se quedó en popa, mirando Ancud alejarse. Las casas de madera sobre la colina, la torre de San Francisco inclinada hacia el oeste, el verde imposible de las lomas que rodeaban la bahía. José se puso a su lado sin decir nada.
—¿Lo recordaré como era? —preguntó ella en voz baja.
—La memoria cambia las cosas —dijo José—. Dentro de diez años lo recordarás más hermoso de lo que era.
—Ya es bastante hermoso.
José la miró. María tenía los ojos secos. No lloraba. Simplemente miraba con esa atención total suya, como guardando cada detalle para cuando lo necesitara.
El canal de Chacao se abrió ante ellos, ancho y brillante bajo el sol de octubre. La goleta tomó velocidad. Ancud fue haciéndose pequeña, difusa, hasta convertirse en una mancha verde en la distancia.
María no se movió de popa hasta que desapareció.
Valparaíso

Llegaron a Valparaíso cinco días después, una mañana en que el sol caía sobre la bahía con una generosidad que Chiloé nunca había conocido. Los cerros que rodeaban la ciudad bajaban hasta el mar en cascadas de casas de colores —amarillo, azul, rojo, verde— apiladas unas sobre otras con la alegre irresponsabilidad de quien construye donde puede y como puede. El puerto bullía: barcos de todas las banderas, grúas en movimiento, estibadores que gritaban en cuatro idiomas, carretas cargadas hasta los topes que subían y bajaban por las calles empinadas.
Vasco miraba desde cubierta con los ojos como platos.
—¡Papá! ¡Cuántos barcos!
—Sí.
—¿Son todos tuyos?
José se echó a reír. Era la primera vez que se reía en días.
—Todavía no.
María miraba la ciudad con una expresión que José no supo interpretar de inmediato. No era miedo. No era exactamente asombro. Era algo más parecido a la concentración de quien está aprendiendo algo nuevo y complejo y sabe que necesita tiempo para entenderlo.
—Es muy grande —dijo finalmente.
—Sí.
—Y muy ruidoso.
—También.
Ella asintió lentamente, como aceptando un hecho que no estaba en sus manos cambiar.
—Bien —dijo—. Entonces habrá que acostumbrarse.
La nueva casa
José había comprado la casa antes de llegar, a través de Echevarría, que conocía a medio Valparaíso y sabía qué se vendía y a qué precio. Estaba en el cerro Alegre, una de las laderas que miraban directamente a la bahía. Era una construcción sólida de dos pisos, con balcones de madera pintados de blanco y un jardín pequeño donde alguien había plantado hortensias que nadie había cuidado en meses.
Cuando María las vio, se detuvo.
—Hortensias.
—Sí. —José la miró—. Las manda la señora Garrão. Las hizo traer expresamente.
María se agachó y tocó un pétalo con la punta del dedo, con esa delicadeza característica suya.
—Son las únicas que sobreviven el invierno sin que nadie las cuide demasiado —dijo en voz baja.
Era lo mismo que había dicho la primera tarde que José le había hablado en el jardín de los Garrão, siete años atrás. José lo recordaba perfectamente. No dijo nada. Pero algo en su pecho se apretó de una manera que no supo nombrar.
Esa noche, cuando los niños dormían y la casa todavía olía a pintura nueva y a madera recién barnizada, José y María se sentaron en el balcón con una copa de vino portugués que había guardado para la ocasión. La bahía de Valparaíso se extendía ante ellos, salpicada de luces de los barcos anclados. El aire era tibio y olía a sal y a ciudad.
—¿Qué piensas? —preguntó José.
María tardó en responder. Miraba las luces, los barcos, el horizonte oscuro donde el Pacífico se fundía con el cielo.
—Pienso que toda mi vida miré el canal de Chacao desde la ventana —dijo finalmente—. Y ahora miro esto. —Hizo una pausa—. Es más grande de lo que imaginaba.
—¿Te asusta?
—Sí. —Lo miró—. Pero también me parece hermoso. Y creo que esas dos cosas juntas significan que estamos en el lugar correcto.
José bebió su vino. Miró la bahía. Pensó en el muchacho de diecinueve años que había bajado de una barca en Ancud con una maleta y un puñado de monedas de oro. En los catorce años de trabajo sin espectáculo, contrato a contrato, tabla a tabla. En su padre muerto en Lisboa sin que hubieran vuelto a verse. En Garrão abrazándolo por primera vez en catorce años en la puerta de su casa.
En María tocando las hortensias del jardín.
—Sí —dijo—. Creo que sí.
Los primeros barcos
En enero de 1847, tres meses después de su llegada, José Guimaraens compró su primer barco.
El Adelaida era una goleta de ochenta toneladas, usada pero sólida, con las velas remendadas y el casco recién calafateado. El vendedor era un capitán inglés que se retiraba a Escocia y necesitaba liquidar rápido. José lo supo antes de que el capitán abriera la boca y negoció con la calma del hombre que conoce el valor de la paciencia en una negociación.
Pero el segundo movimiento fue más significativo todavía.
A través de Echevarría supo que el Guimaraens —el velero que le había traído desde Portugal quince años atrás y que su padre había seguido operando desde Lisboa— estaba en venta. Su padre la había vendido antes de morir a un consorcio de comerciantes lisboetas que ahora, con la expansión del vapor, querían deshacerse de los barcos de vela. Había llegado a Valparaíso cargada de mercancías portuguesas y su nuevo propietario provisional buscaba comprador.
José fue a verla al día siguiente.
Estaba amarrada en el muelle sur, entre dos barcos ingleses que la hacían parecer pequeña. Pero cuando José subió a cubierta y puso las manos en la madera del palo mayor, sintió algo que no esperaba sentir: el tacto familiar de una madera que conocía. Como si el barco lo recordara también a él.
Recorrió la bodega, inspeccionó el casco, revisó el aparejo con ojos que catorce años de comercio marítimo habían vuelto precisos y exigentes. El barco tenía veinte años ya. Había navegado el Atlántico, el Mediterráneo, el Pacífico. Tenía las marcas de esos años en cada tablón. Pero era sólido. Bien construido. El astillero que lo había hecho en 1826 sabía lo que hacía.
Esa tarde, José fue a ver a Echevarría.
—Quiero el Guimaraens. Pero no tengo el capital para comprarla ahora mismo.
Echevarría lo miró por encima de sus anteojos.
—¿Qué propones?
—Quiero entrar como copropietario y avalista. Un tercio mío, dos tercios del consorcio. Me encargo de la gestión comercial del barco en la ruta del Pacífico. En dos años, cuando haya generado suficiente, compraré el resto.
Echevarría tamborileo los dedos sobre la mesa.
—¿Y si el barco no genera lo suficiente?
—Entonces respondo con mi propio capital. —José lo miró directamente—. Pero generará suficiente.
Echevarría lo conocía desde hacía diez años. Sabía lo que valía la palabra de ese portugués que hablaba español con acento de Chiloé y miraba los números con la misma tranquilidad con que otros hombres miran el horizonte.
—De acuerdo —dijo—. Prepara los papeles.
José salió a la calle. El sol de enero caía sobre Valparaíso con una fuerza que todavía le sorprendía después de tantos años de lluvias de Chiloé. Se quedó un momento parado en la acera, mirando el puerto.
En el muelle sur, entre los dos barcos ingleses, podía ver los mástiles del Guimaraens. Su barco. Todavía no del todo suyo, pero suyo. Como todo lo demás que había construido: poco a poco, con paciencia, sin prisa pero sin parar nunca.
El hijo del naviero portugués tenía por fin sus propios barcos.
Y el comerciante de Valparaíso acababa de nacer.
Capítulo 6: El oro y la gloria
La noticia llegó a Valparaíso en enero de 1848, traída por un bergantín norteamericano que venía de San Francisco con las bodegas medio vacías y el capitán con los ojos brillantes de quien ha visto algo que cambia el mundo. Se llamaba Morrison, tenía la barba sin arreglar desde hacía semanas y golpeaba la mesa de la taberna del puerto con el puño mientras gritaba lo que había visto.
—¡Oro! ¡En California, en un lugar llamado Sutter's Mill! ¡Un carpintero lo encontró en el suelo! ¡Hay tanto que no alcanza la vista!
José estaba en esa taberna, cerrando un contrato con un consignatario peruano. Escuchó a Morrison con la misma atención con que escuchaba cualquier cosa que viniera del mar, que era mucha, y con el mismo escepticismo con que escuchaba cualquier historia que empezara con la palabra oro, que era también mucha.
Pero una semana después llegó otro barco con la misma noticia. Y luego otro. Y otro más.
En marzo, José cerró su despacho, mandó a su secretario a casa y pasó tres días solo con sus cuadernos y sus números.
Los cálculos
Echevarría lo encontró al cuarto día, con los ojos rojos de no dormir y la mesa cubierta de papeles.
—¿Qué estás haciendo?
—Calculando.
—¿Qué cosa?
José levantó un papel lleno de números.
—Todo el mundo está pensando en ir a California a buscar oro. Yo no necesito buscar oro. El oro va a venir a mí.
Echevarría se sentó.
—Explícate.
—Van a ir doscientos mil hombres a California. Quizás más. ¿Qué necesitan esos hombres? Comida. Ropa. Herramientas. Madera para construir. Todo. Y todo eso tiene que llegar por barco, porque no hay otra forma. ¿Y cuál es el puerto más importante del Pacífico sur?
—Valparaíso.
—Exacto. Todos los barcos que salgan hacia California desde esta costa pasarán por aquí. Y los que vengan cargados de mineros que vuelven con oro también. Yo tengo barcos. Necesito más.
Echevarría lo estudió.
—¿Cuántos más?
—Los que pueda conseguir. Y rápido, antes de que los precios suban.
—Los precios ya están subiendo.
—Entonces hay que moverse hoy.
La flota
Lo que vino después fue el período más intenso de la vida de José Guimaraens. Dos años en que compró, fletó, avaló y gestionó embarcaciones con una velocidad que dejaba sin aliento a quienes lo rodeaban.
El Adelaida, su primera goleta, ya hacía la ruta de California desde 1846 bajo el mando del capitán Walsh, un irlandés de pocas palabras y navegación impecable. Ochenta toneladas, pequeña pero ágil, perfecta para las cargas urgentes que necesitaban llegar rápido.
El Guimaraens, que había comprado como copropietario en 1847 y que ahora era completamente suya, era otra cosa: doscientas noventa y nueve toneladas de madera norteamericana renombrada en Valparaíso, con el capitán Loutrop y trece hombres de tripulación. Hacía el cabotaje con la regularidad de un reloj.
Pero el negocio de California exigía más.
En septiembre de 1847 había entrado como avalista en el bergantín Trovador, ciento cuarenta toneladas construidas en Guayaquil, propiedad de Francisco Álvarez e Hijo. El capitán Alba lo llevó a California en 1849, en 1850 y en 1851, cargado cada vez con lo que los mineros necesitaban y volviendo con lo que los mineros habían ganado.
Ese mismo año avaló el bergantín Eduardo, ciento cincuenta y dos toneladas, que el capitán Roudanelli llevó a California dos temporadas seguidas con las bodegas llenas. Y el bergantín Express, ciento treinta y una toneladas de construcción inglesa, que el capitán Jacobson hacía entre el cabotaje y las rutas del norte según lo que el mercado pedía cada temporada.
José no era el propietario de todos esos barcos. Era algo más sutil y más poderoso: era el hombre cuya firma en un papel convertía una embarcación dudosa en una inversión confiable. El avalista. El que respondía con su propio capital cuando los demás no tenían suficiente reputación para respaldar sus deudas.
Y esa reputación, construida contrato a contrato desde los primeros años en Ancud, valía en Valparaíso más que cualquier escritura notarial.
Lo que la fiebre del oro enseñó
En junio de 1849, José compró la fragata Ville de Bordeaux.
Quinientas ochenta y seis toneladas, construida en Burdeos en 1838, con once hombres de tripulación bajo el mando del capitán Hulle, un francés que fumaba en pipa incluso durante las tormentas y que conocía cada corriente del Pacífico como si las hubiera dibujado él mismo. Era la embarcación más grande que José había poseído hasta entonces. La matriculó en Valparaíso el 5 de junio y la primera carga zarpó al día siguiente.
La Ville de Bordeaux hizo California en 1850. Hizo cabotaje en 1851, 1852, 1853. Hizo California de nuevo en 1854. Siguió navegando bajo su nombre hasta 1856, cuando José la vendió en el momento exacto en que debía venderse, ni un mes antes ni uno después.
Ese era su don. No solo ver las oportunidades sino ver también cuándo terminaban.
En febrero de 1851 matriculó la fragata Ana Guimaraens. Seiscientas veinte toneladas, la embarcación más grande de su flota, rebautizada desde el nombre anterior de Roger con el nombre de su hija pequeña. El capitán Finche la llevó con quince hombres de tripulación por las rutas del cabotaje chileno durante cinco años consecutivos.
José nunca explicó públicamente por qué había puesto el nombre de Ana en su barco más grande. Pero Echevarría, que lo conocía bien, lo entendió sin necesidad de explicación: Ana seguía siendo frágil. Seguía tosiendo en los inviernos de Valparaíso. Y poner su nombre en la embarcación más sólida de la flota era la manera que tenía José Guimaraens de decirle al mundo —y quizás al cielo, en el que no estaba seguro de creer— que esa niña iba a durar.
La flota completa
Para 1852, José Guimaraens era el armador más activo del puerto de Valparaíso.
La barca Carmen, doscientas treinta y una toneladas construidas en Halifax, rebautizada desde su nombre anterior de Levante, hacía la ruta peruana bajo el mando del capitán Lutjen con diez hombres. La barca José Guimaraens, doscientas noventa y tres toneladas de construcción filadelfiana, antes llamada Sultán, navegaba el cabotaje con el capitán Jones y catorce hombres. La barca Lusitania, doscientas treinta y una toneladas, hacía el cabotaje con el capitán Thorntiten. La barca María Quinteros, ciento sesenta y ocho toneladas construidas en Hamburgo, antes llamada Helena, era la más pequeña de la flota pero la más querida de José, que insistía en que ese barco estuviera siempre impecable, las velas remendadas, la cubierta lavada, el nombre pintado con letras claras en la popa. El capitán Boch la llevaba con doce hombres y la precisión que el nombre exigía.
La barca Portugués Guimaraens, cuatrocientas cincuenta toneladas de construcción inglesa, era su manera de mantener vivo el recuerdo de un país al que nunca volvería. El capitán Anderson la llevaba con quince hombres por las rutas del cabotaje. La fragata San José, doscientas cinco toneladas, hacía la ruta peruana bajo el mando del capitán Chandler. Y el bergantín Vasco Guimaraens, ochenta y una toneladas, el más pequeño de la flota, llevaba el nombre de su hijo.
Once embarcaciones. Once nombres. Once tripulaciones que sabían que trabajar para José Guimaraens significaba cobrar puntualmente, ser tratado con respeto y navegar en barcos que se mantenían en condiciones porque el armador no escatimaba en mantenimiento.
Eso también era reputación. Y esa reputación llegaba hasta los puertos del Perú, de California, de Panamá. Los capitanes que habían navegado para José una vez volvían a buscarlo. Los que no habían navegado para él preguntaban cómo hacerlo.
El hombre del puerto
Una mañana de 1852, José subió al cerro Alegre antes de que amaneciera.
Se sentó en la terraza de su casa con una taza de café y miró la bahía. Era una de esas mañanas de Valparaíso en que el aire está completamente quieto y la superficie del mar refleja el cielo con una precisión que parece irreal. Los barcos anclados se recortaban en negro contra el gris plateado del amanecer. Podía distinguir sus siluetas: la masa alta de la Ville de Bordeaux, los mástiles más delgados de la Carmen, la línea inconfundible de la Ana Guimaraens con sus seiscientas veinte toneladas que la hacían reinar sobre las demás.
Contó los barcos que podía ver. Siete. Los otros cuatro estaban en ruta.
Llevaba veinte años en Chile. Había llegado con una maleta y un puñado de monedas de oro. Había construido todo lo que tenía con sus propias manos, sin herencia, sin padrinos, sin más capital inicial que la reputación de su padre y la determinación de no desperdiciarla.
María salió a la terraza con otra taza de café y se sentó a su lado sin decir nada. Miraron juntos la bahía. El sol empezaba a asomar por detrás de los cerros, tiñendo el agua de naranja y oro.
—¿Estás contento? —preguntó ella finalmente.
José lo pensó de verdad, que era su manera de responder las preguntas que merecían una respuesta de verdad.
—Estoy satisfecho —dijo—. No es lo mismo.
María lo miró.
—¿Cuál es la diferencia?
—Contento es una emoción. La satisfacción es un juicio. —Bebió su café—. He construido lo que quería construir. Eso merece satisfacción. Contento es otra cosa.
María asintió lentamente, mirando el mar.
—¿Y qué te falta para estar contento?
José no respondió de inmediato. Pensó en Vasco, que tenía diez años y seguía sin mostrar el menor interés por nada que tuviera que ver con barcos o comercio. Pensó en Ana, que había cumplido siete años y tosía menos que antes pero seguía siendo frágil. Pensó en todo lo que había construido y en el miedo permanente, sordo, de fondo, de que algo o alguien pudiera deshacerlo.
—No lo sé todavía —dijo finalmente.
María puso su mano sobre la de él. Era un gesto raro en ella, que no era dada a los gestos. José la miró. Ella seguía mirando el mar.
—Yo sí estoy contenta —dijo en voz baja—. Por si sirve de algo.
Sirvió de mucho. Más de lo que José habría sabido decir.
La fama
En Valparaíso, la fama de José Guimaraens se construyó exactamente como se había construido en Ancud: no en los momentos buenos sino en los malos.
Un capitán al que había fletado llegó a Callao con la carga averiada por agua de mar que había entrado por una vía que nadie había detectado en la inspección previa. El comprador peruano rechazó la mercancía. José, que técnicamente no tenía obligación legal de hacerse cargo, pagó la diferencia de su propio bolsillo, reemplazó la carga y la envió de nuevo en otro barco. Le costó seis meses de beneficios.
—Eres un idiota —le dijo Echevarría cuando se enteró—. No era tu responsabilidad.
—Era mi barco —dijo José—. Y mi nombre estaba en el contrato.
—¡Pero la vía de agua no era culpa tuya!
—No importa de quién sea la culpa. Importa quién la resuelve.
La noticia corrió por los puertos del Pacífico con la misma velocidad con que corría cualquier noticia que tocara el dinero y el honor. El comprador peruano, un limeño llamado Castilla que había jurado no volver a hacer negocios con nadie de Valparaíso, mandó una carta a José agradeciéndole y pidiéndole que reservara espacio en su próxima fragata para una carga de azúcar.
Ese fue el negocio más rentable de ese año.
Echevarría lo entendió entonces. Señaló a José con un dedo y dijo:
—Eres más listo de lo que pareces.
—O más honrado de lo que conviene —respondió José—. A veces no sé cuál de las dos cosas.
No era falsa modestia. Era una pregunta genuina que José se hacía a veces en sus momentos de honestidad brutal: ¿era honrado por convicción o por cálculo? ¿Pagaba sus deudas porque creía que era lo correcto o porque sabía que la honradez era el mejor negocio a largo plazo?
La respuesta, sospechaba, era las dos cosas a la vez. Y no estaba seguro de que eso fuera una contradicción.
La riqueza que llega
José compró casas. Una quinta elegante en la calle de la Merced, con jardines y una fuente. Una mansión imponente en la calle de la Independencia, de tres pisos, con balcones de hierro forjado y pisos de mármol traído de Italia.
Todo lo compraba al contado. "El dinero prestado es como el agua salada", decía. "Cuanto más bebes, más sed tienes". Había aprendido la lección: el dinero prestado te da oportunidades pero también te quita el sueño.
María nunca dijo que se había equivocado con él. Nunca lo felicitó por haber tenido razón. Simplemente aceptó la nueva riqueza con la misma serenidad con que había aceptado todo lo demás en su vida. Contrató sirvientas—tres, después cuatro—. Compró vajilla inglesa de porcelana fina. Mandó hacer vestidos de seda que le enviaban desde Francia, aunque seguía usando los mismos vestidos sencillos de algodón que había usado siempre.
Una noche, José la encontró en la nueva casa de la calle de la Independencia, sentada en el salón enorme, sola, mirando las paredes vacías.
—¿Qué haces aquí? —preguntó José.
—Intento sentir que esto es mi casa.
—Es tu casa. Es nuestra casa.
María negó con la cabeza.
—No lo es. Es solo un edificio. Muy bonito, muy caro. Pero no es mi casa.
José se sentó junto a ella en el sofá nuevo de terciopelo verde que había costado una fortuna.
—¿Qué puedo hacer para que se sienta como tu casa?
Ella lo pensó largo rato.
—Nada. Yo no sé vivir en lugares como este. Me crié en una casa pequeña donde mi madre cocinaba y limpiaba. Aquí hay sirvientas que hacen todo. No sé qué hacer conmigo misma.
—Puedes hacer lo que quieras. Leer. Bordar. Visitar amigas.
—No tengo amigas. Y ahora que somos ricos, las mujeres que antes me ignoraban quieren ser mis amigas. Pero solo porque quieren algo de mí.
Había en su voz una soledad tan profunda que José sintió una punzada de culpa. Había estado tan ocupado construyendo su imperio que no se había dado cuenta de que María estaba perdida en él.
—¿Qué quieres, María? Dime qué quieres y te lo daré.
Ella lo miró con esos ojos oscuros que guardaban tantos secretos.
—Quiero volver a la casa del cerro Alegre. Quiero que las cosas sean como antes.
—¿Cuando éramos más pobres?
—Cuando éramos nosotros.
Pero José no podía darle eso. No podía deshacer los años, no podía devolver la simplicidad perdida. Lo único que podía hacer era seguir adelante, seguir construyendo, seguir creciendo. Porque detenerse habría significado admitir que quizás María tenía razón: que en algún momento en el camino hacia el éxito, habían perdido algo más importante.
La riqueza de María
María, que había vivido en la austeridad toda su vida, no supo qué hacer con la riqueza.
Seguía rezando el rosario todas las noches, arrodillada junto a su cama como había hecho desde niña. Seguía yendo a misa todos los domingos. Y empezó a dar dinero a los pobres. Mucho dinero.
Cada semana, una procesión de mendigos llegaba a la puerta trasera de la casa. María los recibía a todos. Les daba monedas, comida, ropa vieja. José intentó detenerla al principio.
—Van a pensar que somos un asilo. Van a venir más y más.
—Que vengan —dijo María—. Tenemos suficiente.
—No es solo el dinero. Es tu seguridad. Algunos de esos hombres son peligrosos.
—Son seres humanos que tienen hambre.
Era imposible razonar con ella en esto. María, que era sumisa en todo lo demás, era terca como una mula cuando se trataba de sus pobres. José finalmente se rindió. Contató a un hombre—un mestizo enorme llamado Juan—para que vigilara la puerta trasera durante las horas de limosna. Al menos así María estaría protegida.
Una tarde, José llegó temprano a casa y encontró a María en la cocina, preparando una canasta de comida. Había pan, queso, cecina, manzanas.
—¿Para quién es eso?
—Para la viuda Ramírez. Su marido murió la semana pasada. Tiene cinco hijos y no tiene cómo alimentarlos.
—¿La conoces?
—No. Pero el Padre Ignacio me habló de ella.
José se apoyó en el marco de la puerta, observándola. María trabajaba con movimientos eficientes, envolviendo cada cosa cuidadosamente. Había algo hermoso en su concentración, en su determinación silenciosa de aliviar el sufrimiento de desconocidos.
—¿Por qué lo haces? —preguntó—. ¿Por qué te importan tanto?
María no levantó la vista.
—Porque podría ser yo. Si mi padre no hubiera quebrado cuando quebró, si nos hubiera dejado con deudas en vez de con nada, habríamos sido nosotros los que pedían limosna. La diferencia entre tener y no tener es a veces solo suerte. Y la suerte puede cambiar en cualquier momento.
—Por eso hago lo que hago —dijo José—. Para que la suerte no importe. Para construir algo tan sólido que no pueda desmoronarse.
María lo miró finalmente.
—Nada es tan sólido como crees, José. Todo puede desmoronarse. Todo puede perderse.
Había algo profético en sus palabras. Algo que hizo que José sintiera un escalofrío a pesar del calor de la cocina.
—No voy a perderlo —dijo con más convicción de la que sentía—. He trabajado demasiado duro.
María cerró la canasta, se secó las manos en el delantal.
—Eso es lo que todos dicen. Hasta que lo pierden.
Y salió de la cocina, dejando a José solo con una sensación de inquietud que no supo nombrar. Como si María pudiera ver algo en el futuro que él no podía. Como si supiera que todo este oro, toda esta gloria, era temporal. Prestado, no ganado. Y que algún día vendrían a cobrarlo.
Capítulo 7: Todo lo que se pierde
El cambio llegó gradualmente, como llegan todas las catástrofes verdaderas. No fue un cataclismo repentino sino una erosión lenta, casi imperceptible al principio.
En 1855, la fiebre del oro empezó a enfriarse. No se acabó de golpe—todavía había oro en California, todavía había mineros llegando—pero el frenesí inicial había pasado. Los barcos que antes hacían cola para entrar en San Francisco ahora encontraban muelles medio vacíos. Las mercancías que antes se vendían a precios exorbitantes ahora se vendían al costo, o incluso con pérdida.
José vio venir el cambio. Lo vio en los márgenes de beneficio que se encogían mes a mes. Lo vio en las cartas de sus capitanes que hablaban de mercados saturados, de almacenes llenos de mercancía sin vender. Lo vio en los ojos de otros comerciantes en las tabernas del puerto, ese miedo compartido que nadie quería nombrar.
Pero había otro cambio más fundamental, más aterrador. Los barcos de vapor estaban llegando.
La muerte de los veleros
La primera vez que José vio un vapor de verdad—no los pequeños remolcadores que movían barcos en el puerto sino un verdadero buque de vapor transoceánico—fue en marzo de 1856. Era el Pacific, de la Pacific Steam Navigation Company, un monstruo de hierro con dos chimeneas que escupían humo negro.
José estaba en el muelle cuando llegó. Media docena de comerciantes estaban allí también, observando en silencio mientras el vapor entraba en la bahía. No necesitaba velas. No dependía del viento. Simplemente avanzaba, implacable, las ruedas de paletas golpeando el agua con un ritmo mecánico.
Echevarría estaba junto a José.
—Es el futuro —dijo.
—Es el fin —respondió José.
Y tenía razón. Los vapores eran más rápidos, más confiables, más baratos de operar a largo plazo. No tenían que esperar vientos favorables. No quedaban atrapados durante semanas en calmas chicha. Podían mantener horarios regulares, predecibles.
En 1857, la Pacific Steam Navigation Company estableció una ruta regular entre Valparaíso y Panamá. En 1858, agregaron rutas a El Callao, Guayaquil, todos los puertos importantes del Pacífico. Los fletes empezaron a bajar. Los veleros como los de José simplemente no podían competir.
José pasó noches enteras haciendo cálculos. Intentó encontrar rutas donde los veleros todavía fueran rentables. Chiloé al sur, donde el viento era constante. Las rutas cortas de cabotaje, donde la velocidad importaba menos. Pero los márgenes eran cada vez más estrechos. Y había otro problema: las grandes compañías navieras.
El fin de los armadores pequeños
En 1858 se constituyó la Compañía Chilena de Vapores, respaldada por los hombres más ricos de Chile. No eran comerciantes individuales como José, eran un consorcio, un monstruo corporativo con capital ilimitado. Podían operar con pérdidas durante años si era necesario para destruir la competencia.
José fue a una reunión con ellos. Le ofrecieron comprarle su flota por un precio que era insultantemente bajo.
—Es una oferta generosa, señor Guimaraens —dijo Don Matías Cousiño, uno de los directores—. Sus barcos están envejeciendo. Los vapores son el futuro.
—Mis barcos son buenos. Todavía tienen años de vida útil.
—Pero no son rentables. El mundo está cambiando, señor. Los que no cambien con él desaparecerán.
José se levantó de la mesa.
—No voy a regalarles mi flota.
—No es un regalo. Es un precio justo para barcos que pronto no valdrán nada.
—Buenos días, señores.
Salió de esa reunión con la mandíbula apretada y las manos temblando de rabia. Pero en el fondo sabía que Cousiño tenía razón. El mundo estaba cambiando y José no podía detenerlo.
Esa noche le dijo a María:
—Voy a vender los barcos.
Ella estaba cosiendo junto a la lámpara. Levantó la vista, sorprendida.
—¿Todos?
—Todos. Antes de que no valgan nada.
—¿Y qué harás después?
José había estado pensando en eso durante semanas.
—Compraré tierras. Propiedades urbanas, haciendas. Cosas que no pueden hundirse, que no pueden quedarse obsoletas. La tierra siempre vale.
María dejó la costura en su regazo.
—¿Estamos en problemas?
—No. Pero podríamos estarlo si no actúo ahora.
Ella asintió lentamente.
—Siempre has tenido buen olfato para los negocios. Confío en ti.
Fueron las palabras más cercanas a un cumplido que María le había dado en años. José sintió una calidez en el pecho.
—Gracias.
La liquidación
Vender la flota fue como cortar un brazo. Cada barco que se iba era un pedazo de su vida.
El Carmen lo compró un comerciante peruano. El Guimaraens y el Portugal Guimaraens los compraron juntos dos hermanos alemanes que tenían ideas de hacer transporte de pasajeros. El San José fue a parar a un chileno de Concepción. La fragata Villa de Burdeos la compró la Compañía Chilena de Vapores, probablemente solo para desguazarla.
Los últimos barcos fueron el María Quinteros y el Ana Guimaraens. No podía deshacerse de ellos. Eran los nombres de su esposa y su hija. Sentía que venderlos habría sido como venderlas a ellas, por eso fueron los últimos.
Con el dinero de la venta—una suma considerable, aunque menos de lo que los barcos valían en sus mejores tiempos—José compró propiedades. Compró lotes en Valparaíso, en el plan y en los cerros. Compró haciendas en el interior: Los Quillayes, cinco mil hectáreas de tierra fértil cerca de Casablanca, donde cultivaban viñas y criaban ganado. San José de Marga-Marga, siete mil hectáreas de pastos y bosques. Compró una hijuela llamada Santa Ana de Pocochai en Quillota
Todo al contado. Sin deudas. Sin préstamos.
En 1858, José Guimaraens ya no era armador. Era terrateniente. Ya no era el joven navegante que había llegado con diecinueve años y un sueño; era un hombre de cuarenta y cinco años, próspero, respetado, pero también más triste, aunque no sabía muy bien por qué.
La melancolía del éxito

Los Quillayes era una hacienda hermosa. Ondulaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada. Había un arroyo que cortaba la propiedad por la mitad, con álamos plantados en sus orillas. La casa patronal era sólida, de adobe grueso y tejas rojas. Desde la terraza se veía todo: kilómetros y kilómetros de tierra que le pertenecían.

José se sentó en la terraza con una botella de vino. El mayordomo—un hombre llamado Sepúlveda que había venido con la hacienda—le trajo queso y pan.
—Es hermoso, ¿verdad, patrón?
—Sí —dijo José.
Pero no sentía lo que esperaba sentir. Había imaginado que la tierra le daría paz, estabilidad, la sensación de haber echado raíces finalmente. En cambio, solo sentía vacío.
Una tarde de domingo, José cabalgó por Los Quillayes. Era la primera vez que visitaba la hacienda desde que la había comprado. Necesitaba alejarse de Valparaíso, del puerto que ya no era suyo, de los barcos que llevaban otros nombres.
Quizás era porque el tiempo de los aventureros se había acabado. Chile se estaba civilizando, ordenando, convirtiéndose en un país respetable. Ya no era esa tierra salvaje de oportunidades ilimitadas donde un muchacho portugués podía llegar con una maleta y hacerse rico. Ahora había leyes, regulaciones, barreras invisibles. El futuro ya no era un territorio inexplorado sino un calendario predecible.
O quizás era simplemente que José había alcanzado todo lo que quería alcanzar y ahora no sabía qué hacer con el resto de su vida. Había pasado veintisiete años construyendo, acumulando, creciendo. ¿Y para qué? Su hijo no quería heredar su imperio. Su hija era demasiado frágil para este mundo. Su esposa era una extraña cortés que compartía su casa pero no su vida.
José bebió el vino directamente de la botella, algo que nunca habría hecho en Valparaíso, donde había que mantener las apariencias. Aquí, en medio de la nada, con solo Sepúlveda como testigo, podía permitirse ser quien era realmente: un hombre de cuarenta y cinco años que ya no reconocía su propia vida.
Pensó en António da Silva, el comerciante portugués que había conocido en Brasil tantos años atrás. Da Silva le había dicho que en América uno podía escribir su propio destino. Y José lo había hecho. Había escrito una historia de éxito, de riqueza, de respetabilidad.
Pero nadie le había advertido que después de escribir tu destino, tenías que vivirlo. Y que a veces, el destino que escribes no es el que realmente querías.
El bombardeo
En septiembre de 1866, ocho años después de que José vendiera su flota, España declaró la guerra a Chile.
La razón era absurda—una disputa sobre las islas Chincha, guano, dinero—pero las guerras rara vez tienen razones sensatas. Lo que importaba era que había una escuadra española en el Pacífico, encabezada por la fragata blindada Numancia, y que venía hacia Valparaíso.
El 31 de marzo de 1866, la escuadra llegó. El almirante español—un hombre llamado Méndez Núñez—envió un mensaje a la ciudad: tenían dos horas para evacuar a los civiles. Después bombardearían el puerto.
José estaba en su oficina cuando llegó la noticia. Corrió a casa. María estaba en el salón con Ana. Vasco había salido con amigos, como siempre.
—Tenemos que irnos —dijo José—. Ahora.
—¿A dónde? —preguntó María con esa calma suya que José encontraba a veces exasperante.
—A Los Quillayes. O a Santiago. Cualquier lugar lejos de aquí.
—No voy a dejar mi casa.
—María, van a bombardear la ciudad. ¿Entiendes lo que eso significa?
Ella se levantó, se alisó la falda.
—Significa que hay gente que necesitará ayuda. Voy a la iglesia. El padre Ignacio está organizando refugios.
—María...
—Tú haz lo que tengas que hacer, José. Yo haré lo que debo hacer.
Y salió de la casa antes de que él pudiera detenerla. José maldijo, miró a Ana.
—¿Tú también quieres quedarte?
Ana, que tenía veintiún años y estaba pálida como siempre, negó con la cabeza.
—Iré contigo, padre. Mamá sabe cuidarse sola.
José la tomó del brazo y salieron. Las calles eran un caos. Familias enteras corrían cargadas con lo que podían llevar. Carretas atascaban las calles. Niños que lloraban, mujeres que gritaban. José consiguió dos caballos y él y Ana cabalgaron hacia los cerros, hacia la casa de unos amigos en Viña del Mar que estaría fuera de alcance de los cañones.
Desde allí, José vio arder el puerto.
A las nueve de la mañana comenzó el bombardeo. Los cañones de la Numancia y los otros barcos españoles abrieron fuego. José vio las explosiones, el humo negro elevándose, escuchó el trueno de los cañones rodando por los cerros como una tormenta. El bombardeo duró tres horas.
Cuando finalmente terminó, el silencio fue peor que el ruido. José montó su caballo y volvió a Valparaíso, dejando a Ana con los amigos.
El puerto estaba destruido. Almacenes ardiendo, barcos hundidos en la bahía, cadáveres en las calles. El olor a pólvora y a carne quemada era insoportable. José caminó por las ruinas del mundo que había ayudado a construir y sintió algo romperse dentro de él.
Su oficina ya no existía. El edificio había recibido un impacto directo. José se quedó mirando los escombros, viendo papeles carbonizados volar con el viento. Veintisiete años de contratos, de cuentas, de memorias, reducidos a ceniza.
Encontró a María en la iglesia del Salvador, que milagrosamente había sobrevivido. Estaba vendando la cabeza de un hombre herido. Cuando vio a José, se levantó y corrió a abrazarlo. Fue la primera vez en años que lo abrazaba espontáneamente.
—Pensé que te habían matado —susurró.
—Estoy bien. Ana está bien. ¿Tú estás bien?
—Sí. Asustada, pero bien.
Se quedaron abrazados largo rato, en medio del caos, en medio de las ruinas. Y José pensó que quizás esto era lo que hacía falta para recordarles que eran humanos, que eran frágiles, que todo lo que habían construido podía desaparecer en tres horas de fuego y hierro.
Ana
Dos semanas después del bombardeo, Ana enfermó.
Al principio parecía un resfriado común. Tosía, tenía fiebre leve. María la metió en la cama, le preparó infusiones, la envolvió en mantas. Pero la tos no mejoraba. Empeoraba.
José llamó al Dr. Hoffman. El alemán examinó a Ana, escuchó sus pulmones, frunció el ceño.
—¿Qué tiene? —preguntó José.
—Tuberculosis.
La palabra cayó como una piedra en un pozo. José sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Está seguro?
—Completamente. Los pulmones están muy comprometidos. Ha debido estar desarrollándose durante meses, quizás años.
—¿Qué podemos hacer?
Hoffman cerró su maletín.
—Mantenerla cómoda. Alimentarla bien. Rezar.
—Debe haber algo más. Algún tratamiento, alguna medicina.
—No hay cura para la tuberculosis, señor Guimaraens. Lo siento.
José lo acompañó hasta la puerta. Cuando volvió al cuarto de Ana, María estaba sentada junto a la cama, tomando la mano de su hija. Ana dormía, respirando con dificultad.
—¿Escuchaste? —preguntó José.
María asintió sin mirarlo.
—Voy a curarla —dijo con una voz que no admitía contradicción—. No me importa lo que diga el médico. Voy a curarla.
Pero no pudo. Durante los siguientes seis meses, María no se separó de Ana. Le daba infusiones de hierbas, le hacía cataplasmas, rezaba rosarios interminables. Contrató a una curandera mapuche que prometía sanar los pulmones con humo de hierbas sagradas. Nada funcionaba.
Ana se fue consumiendo lentamente. Su cara, siempre delgada, se volvió esquelética. Sus ojos, siempre grandes, parecían ocupar toda su cara. Tosía sangre en pañuelos que María quemaba inmediatamente, como si destruir la evidencia pudiera detener la enfermedad.
José se sentaba junto a su cama y le leía—novelas románticas que a Ana le gustaban, poesía, cualquier cosa que la distrajera del dolor. A veces Ana estaba lo suficientemente despierta para hablar.
—Papá —dijo una noche—, ¿me estoy muriendo?
José quiso mentir. Quiso decirle que no, que se pondría bien, que viviría muchos años. Pero Ana merecía la verdad.
—Sí, hija.
Ella asintió, como si ya lo supiera.
—No tengo miedo. Pero me da pena por mamá. Esto la va a matar.
—Tu madre es fuerte.
—No tanto como crees.
Ana tosió, una tos profunda y húmeda. José le sostuvo la cabeza mientras escupía sangre en una palangana.
Ella sonrió débilmente.
—Gracias, papá. Por todo. Fuiste un buen padre.
—No lo fui. Trabajé demasiado. Te descuidé.
—Me diste lo que podías dar. Es suficiente.
Ana murió el 14 de septiembre de 1866, seis meses después del bombardeo. Tenía veintiún años.
María no lloró en el funeral. No lloró cuando enterraron a Ana en el cementerio número uno de Valparaíso, en la sepultura de mármol que José había mandado construir once años atrás. No lloró cuando volvieron a casa y el cuarto de Ana estaba vacío, las sábanas limpias, todo guardado como si nunca hubiera existido.
Pero José la escuchaba por las noches. Lloraba en su cuarto, un llanto silencioso, sofocado, el llanto de alguien que ha aprendido que es mejor sufrir en privado.
José se encerró en su despacho durante tres días. No comió, no habló con nadie. Solo se sentó mirando por la ventana, viendo el puerto donde ya no tenía barcos, pensando en la hija que ya no tenía.
Cuando salió, parecía haber envejecido diez años.
Y algo en él se había roto. Algo que nunca se repararía.
Capítulo 8: La muerte llega de noche
Los meses después de la muerte de Ana fueron como vivir bajo agua. Todo parecía más lento, más distante, menos real. José iba a su oficina—había alquilado una nueva en un edificio que había sobrevivido al bombardeo—pero no podía concentrarse.
—Tienes que volver a la vida, muchacho —le decía Echevarría.
—No quiero.
—Tu hija no habría querido verte así.
—Mi hija está muerta. No puede querer nada.
MacLeod no sabía qué responder a eso. Nadie sabía qué decirle a José. Así que dejaron de intentarlo y lo observaban preocupados desde la distancia, esperando que el tiempo hiciera su trabajo.
En casa era peor. María se había convertido en un fantasma. Seguía haciendo todo lo que se esperaba de ella—dirigía a las sirvientas, supervisaba la cocina, iba a misa—pero lo hacía mecánicamente, sin estar realmente presente. José intentó hablar con ella varias veces, pero era como hablarle a una pared.
—María, tenemos que seguir viviendo.
Ella lo miraba con ojos vacíos.
—¿Para qué?
—Por Vasco. Por nosotros.
—Vasco no nos necesita. Y nosotros... —se detenía, como si las palabras fueran demasiado dolorosas para pronunciarlas—. Nosotros nunca nos hemos tenido realmente.
Era verdad y los dos lo sabían. Su matrimonio había funcionado porque ninguno esperaba demasiado del otro. Pero ahora, enfrentados a esta pérdida compartida, descubrían que no tenían las herramientas para consolarse mutuamente. Eran dos extraños que vivían en la misma casa, unidos por un dolor que los separaba más que cualquier otra cosa.
Vasco, mientras tanto, era inútil. Tenía veinticuatro años y actuaba como si tuviera catorce. Salía todas las noches, volvía borracho al amanecer, dormía hasta el mediodía. José intentó hablar con él una vez.
—Tu madre te necesita.
—Mamá no necesita a nadie. Tiene a Dios.
—No seas cínico.
—No soy cínico, soy realista. Tú y mamá nunca me necesitaron. Yo era solo... una obligación. Ana era la que importaba.
José lo abofeteó. Fue un impulso, algo que nunca había hecho antes. Vasco se tocó la mejilla, sorprendido, y después sonrió con amargura.
—Eso es lo más cercano a una emoción que he visto en ti en meses, papá.
Y salió de la casa antes de que José pudiera responder.
El primer síntoma
En febrero de 1867, José estaba en Los Quillayes supervisando la vendimia cuando sintió un hormigueo extraño en la mano izquierda. Al principio pensó que se había dormido. Sacudió la mano, esperando que la sensación pasara. No pasó.
Durante el camino de vuelta a Valparaíso, el hormigueo se convirtió en entumecimiento. Para cuando llegó a casa, no podía mover los dedos de esa mano.
—Es solo cansancio —le dijo a María esa noche—. He estado trabajando demasiado.
Pero al día siguiente, el entumecimiento había subido por el brazo. Y para fin de semana, José no podía levantar el brazo izquierdo.
El Dr. Hoffman vino a examinarlo. Hizo pruebas, pinchó la piel de José con alfileres, le hizo cerrar y abrir los ojos, seguir su dedo con la mirada.
—¿Qué tengo? —preguntó José.
Hoffman se quitó los lentes y los limpió lentamente, una señal de que las noticias no eran buenas.
—Parece ser una parálisis progresiva. Posiblemente causada por un derrame en el cerebro.
—¿Se puede curar?
—No lo sé. A veces la parálisis retrocede. A veces se estabiliza. Y a veces...
—A veces empeora.
—Sí.
José se quedó mirando su mano inútil.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Eso depende. Meses. Quizás un año. Quizás más. Es imposible saberlo.
Después de que Hoffman se fuera, José se quedó sentado en el salón durante largo rato. María entró, lo vio, supo inmediatamente que algo andaba mal.
—¿Qué dijo el doctor?
—Parálisis progresiva. Me estoy muriendo.
Esperaba lágrimas, protestas, negación. En cambio, María simplemente asintió y se sentó junto a él.
—¿Tienes miedo?
—No lo sé. Quizás debería. Pero solo me siento... cansado.
—Yo también.
Se quedaron sentados en silencio mientras la luz del atardecer entraba por las ventanas. Después María tomó la mano buena de José entre las suyas.
—Lo siento —dijo.
—¿Por qué?
—Por no haber sido mejor esposa. Por no haberte amado como merecías ser amado.
José sintió algo quebrarse en su pecho.
—Yo tampoco fui buen marido. Trabajé demasiado. Os descuidé a ti y a los niños.
—Hiciste lo que pudiste.
—No fue suficiente.
—Nunca es suficiente —dijo María—. Esa es la verdad que nadie te dice. No importa cuánto des, cuánto ames, cuánto intentes. Al final, nunca es suficiente.
Tenía razón. Y había algo liberador en admitirlo. En dejar de fingir que habían sido perfectos, que su matrimonio había sido un éxito, que habían hecho todo bien. Habían hecho lo que pudieron con las herramientas que tenían. Y no había sido suficiente. Pero había sido todo.
La parálisis
Durante los siguientes meses, José se fue apagando lentamente. La parálisis subió por el brazo izquierdo, después bajó por la pierna izquierda. Para abril, no podía caminar sin ayuda. Para junio, la mitad de su cara estaba paralizada, lo que le daba un aspecto grotesco, como si fuera dos personas distintas pegadas por el medio.
María lo cuidó como había cuidado a Ana, con esa dedicación silenciosa que era su forma de amor. Le daba de comer cuando ya no podía sostener la cuchara. Lo lavaba cuando ya no podía hacerlo solo. Le leía por las noches cuando no podía dormir.
José se preguntaba a veces si esto—este cuidado constante, esta atención total—era lo más cercano al amor que María podía dar. No había palabras románticas, no había declaraciones. Solo actos. Solo presencia. Quizás eso era suficiente. Quizás eso había sido siempre suficiente y José había estado demasiado ciego para verlo.
Una tarde Vasco se sentó en la silla junto a la cama. Era la primera vez en años que pasaban tiempo juntos sin pelear.
—Sé que he sido una decepción —dijo Vasco finalmente.
—No eres una decepción. Eres solo... diferente de lo que yo esperaba.
—¿Querías que fuera como tú?
—Quería que tuvieras lo que yo no tuve. Opciones. Libertad. La capacidad de elegir tu propio camino.
—¿Y lo tengo?
José lo pensó.
—No lo sé. Espero que sí. Pero también espero que no desperdicies esas opciones. Que hagas algo con tu vida. Lo que sea, no me importa qué. Solo que sea algo real, algo tuyo.
—¿Y si fracaso?
—Entonces fracasas. No es el fin del mundo. Yo he fracasado en muchas cosas. Fracasé como padre. Fracasé como marido. Pero tuve éxito en los negocios y eso tuvo que bastar.
Vasco negó con la cabeza.
—No fracasaste, papá. Solo... no supiste cómo amarnos. Pero intentaste. Eso cuenta.
Después de que Vasco se fuera, José lloró. Lloró por primera vez desde la muerte de Ana. Lloró por todo lo que había perdido, todo lo que nunca tendría, todas las palabras que había dejado sin decir.
La última noche
La noche del 14 de abril de 1868, José supo que se estaba muriendo. No fue un conocimiento racional, fue algo más profundo, algo instintivo. Su cuerpo sabía que se estaba apagando.
Le pidió a María que se sentara a su lado. Ella lo hizo, tomando su mano inútil entre las suyas.
—¿Fui un buen hombre? —preguntó José con dificultad.
María, que no era dada a las efusiones, le apretó la mano—una mano que ya no podía apretarla—y dijo:
—Fuiste todo lo que necesité.
No era verdad del todo, pero tampoco era mentira. José había sido un buen proveedor, un marido fiel, un padre que había intentado hacer lo correcto. Que no hubiera sabido expresar lo que sentía no significaba que no sintiera nada.
—Tengo miedo —susurró José.
Era la primera vez que admitía tener miedo de algo. María se inclinó y lo besó en la frente, ese gesto de ternura que había sido tan raro en su matrimonio.
—No tengas miedo. Ana te está esperando.
—¿Tú crees en eso? ¿En el cielo?
—Tengo que creerlo. Si no, ¿cómo podría soportarlo?
José cerró los ojos. Sentía que se estaba hundiendo en agua fría, hundiéndose más y más profundo. No era doloroso. Era casi placentero. Como rendirse después de luchar durante demasiado tiempo.
—María...
—¿Sí?
—Gracias. Por todo.
—Gracias a ti.
—¿Por qué?
—Por elegirme. De todas las mujeres que podrías haber tenido, me elegiste a mí. Eso significó algo. Todavía significa algo.
José quiso responder pero ya no podía hablar. Las palabras se habían ido. Solo quedaba el silencio y la oscuridad y el sentimiento de María tomando su mano.
Murió al amanecer del 15 de abril de 1868, a los cincuenta y cinco años.
María cerró sus ojos, le puso el rosario entre los dedos y se sentó a su lado hasta que llegaron a buscarlo. No lloró.
Pero por dentro, algo en ella se había roto también. Y aunque vivió veinticinco años más, una parte de ella murió esa mañana con José.
El funeral
Lo enterraron en el cementerio número uno de Valparaíso, en la sepultura de mármol junto a Ana. La lápida tenía grabados sus nombres, sus fechas, y una frase que María eligió: "Juntos para siempre".

El funeral estuvo lleno de gente. Comerciantes que habían hecho negocios con José, capitanes que habían navegado en sus barcos, amigos de tantos años. Echevarría dio un discurso breve:
—José Guimaraens llegó a este país con diecinueve años y una maleta. Lo dejó siendo uno de los hombres más respetados de Chile. No porque fuera rico—aunque lo era—sino porque su palabra valía. En un mundo donde abundan los estafadores y los mentirosos, José era un hombre de honor. Y eso, señores, es lo más raro y valioso que existe.
Después del funeral, María volvió sola a la mansión de la calle de la Independencia. Era enorme, elegante, llena de muebles caros y objetos valiosos. Y estaba completamente vacía.
Se sentó en el salón y miró las paredes. Durante años había vivido en esta casa sintiéndose fuera de lugar, como una intrusa en el palacio de otra persona. Ahora era suya. Todo era suyo. Las casas, las haciendas, el dinero.
Y lo único que María quería era poder devolverlo todo a cambio de un día más con Ana. O una noche más con José.
Pero no podía devolver nada. No podía renegociar con el tiempo. Lo único que podía hacer era seguir adelante, día tras día.
Los años de María
María sobrevivió veinticinco años más. Vivió de las rentas de las propiedades que José había comprado con tanta previsión. Fueron años tranquilos, grises, sin grandes alegrías ni grandes tragedias.
Vio crecer a sus nietos—Vasco finalmente se casó en 1870 con una muchacha de buena familia llamada Virginia Stevenson, y tuvieron tres hijos—. Vio a Vasco dilapidar parte de la herencia en viajes a Europa y en malas inversiones. Vio cómo Chile seguía cambiando, modernizándose, alejándose cada vez más del país joven que José había conocido.
Pasaba sus días en Los Quillayes, en la casa patronal rodeada de campos dorados. Era más feliz allí que en las mansiones de Valparaíso. En el campo podía imaginar que el tiempo no había pasado, que José entraría en cualquier momento cubierto de polvo del camino, que Ana correría por el jardín persiguiendo mariposas.
Seguía dando limosna a los pobres. Cada semana, una procesión de mendigos llegaba a Los Quillayes. María los recibía a todos, les daba comida, ropa, a veces dinero. Era su manera de honrar algo, aunque ya no estaba segura de qué.
En 1893, con setenta y nueve años, María supo que su tiempo había llegado. No fue una revelación dramática, solo un conocimiento tranquilo. Su cuerpo estaba cansado. Estaba lista.
Murió el 14 de abril de 1893—veinticinco años exactos después de José, aunque nadie se dio cuenta de la coincidencia hasta después—en la casa patronal de Los Quillayes, rodeada de nietos que apenas la recordarían.
Antes de morir dijo:
—Que me entierren con José.
Y así fue. La sepultaron en el cementerio número uno de Valparaíso, en la misma tumba de mármol. La lápida ya tenía grietas del terremoto de 1877.
Con el tiempo, las grietas se harían más grandes. En el terremoto de 1906, la lápida se quebraría completamente. Y nadie la repararía nunca, porque la memoria es frágil, porque las familias olvidan, porque el agua cruza océanos pero no siempre encuentra el camino de vuelta.

Porque al final, eso es todo lo que queda de cualquier vida: algunas personas que te recuerdan durante un tiempo. Y después ni siquiera eso.
Solo el agua. Siempre el agua. Cruzando océanos, arrastrando memorias como sedimentos, fluyendo implacable hacia un mar que nunca las devolverá.
Anexo - La flota Guimaraens (1846-1865)
| Nombre | Clase | Tonelaje | Construcción | Año | Propietario | Fiador | Rutas | Años activo |
|---|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Adelaida | Goleta | 80 | Valparaíso | 1845 | José Guimaraens | Francisco Peña | California | 1849, 1850 |
| Guimaraens | Barca | 299 | EE.UU. | 1826 | Francisco Álvarez e Hijo | José Guimaraens | Cabotaje | 1849, 1850, 1851, 1854, 1856 |
| Eduardo | Bergantín | 152 | — | — | Sánchez i Martínez | José Guimaraens | California | 1849, 1850 |
| Express | Bergantín | 131 | Inglaterra | — | Juana Nerman de Jacobson | José Guimaraens | Cabotaje | 1849, 1850 |
| Rosa de Chiloé | Goleta | 60 | Ancud | 1848 | José María Andrade | José Guimaraens | Cabotaje | 1849, 1850 |
| Trovador | Bergantín | 140 | Guayaquil | 1841 | Francisco Álvarez e Hijo | José Guimaraens | California | 1849, 1850, 1851 |
| Amalia Carballo | Fragata | 286 | EE.UU. | — | M. Andrade | José Guimaraens | Cabotaje | 1851 |
| Hermosa Chilena | Barca | 304 | Inglaterra | 1830 | Francisco Álvarez e Hijo | José Guimaraens | Cabotaje | 1851 |
| Ville de Bordeaux | Fragata | 586 | Burdeos | 1838 | José Guimaraens | Sánchez i Martínez | Cabotaje / California | 1850, 1851, 1852, 1853, 1854, 1856 |
| Ana Guimaraens | Fragata | 620 | — | — | José Guimaraens | Loring & Co. | Cabotaje | 1851, 1852, 1853, 1854, 1856 |
| Carmen | Barca | 231 | Halifax | — | José Guimaraens | — | Cabotaje / Perú | 1852, 1853, 1854, 1856 |
| José Guimaraens | Barca | 293 | Filadelfia | 1840 | José Guimaraens | — | Cabotaje | 1852 |
| Lusitania | Barca | 231 | — | — | José Guimaraens | — | Cabotaje | 1852, 1853, 1865 |
| María Quinteros | Barca | 168 | Hamburgo | — | José Guimaraens | — | Cabotaje | 1852, 1853, 1854, 1856 |
| Portugués Guimaraens | Barca | 450 | Inglaterra | 1846 | José Guimaraens | — | Cabotaje | 1852, 1853, 1854 |
| San José | Fragata | 205 | EE.UU. | 1846 | José Guimaraens | — | Cabotaje / Perú | 1852, 1853, 1854, 1856 |
| Vasco Guimaraens | Bergantín | 81 | EE.UU. | — | José Guimaraens | — | Cabotaje | 1852 |
| Alejandro Garrigos | Barca | 344 | — | — | José Guimaraens | — | Cabotaje | 1856 |
| Eulogia | Fragata | 478 | — | — | José Guimaraens | — | Cabotaje | 1856 |
| Nueva Pacífico | Barca | 191 | — | — | José Guimaraens | — | Cabotaje | 1856 |
| Pedro V | Bergantín | 221 | — | — | José Guimaraens | — | Cabotaje | 1856 |
| Curtilli Hermanos | Barca | 604 | Marsella | 1859 | José Courtetti | Vasco José Guimaraens y Cía. | Cabotaje | 1865 |
| María Mercedes | Barca | 283 | Escocia | 1847 | José Courtetti | Vasco José Guimaraens y Cía. | Cabotaje | 1865 |
| Adelle | Bergantín goleta | 164 | Inglaterra | 1830 | Torres y Borcosqui | José Guimaraens | Cabotaje | 1865 |
| St. James | Barca | 270 | EE.UU. | 1849 | A. Lecanda | Vasco José Guimaraens y Cía. | Guayaquil | 1865 |
| Fuente: Matrícula de embarcaciones, Valparaíso. Sin datos entre 1855 y 1864. | ||||||||
FIN DE LIBRO PRIMERO
Continúa con el LIBRO SEGUNDO - Los herederos
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Este primer libro es interesantísimooo, me encanta como se desarolla la pareja de José y María y todo lo que pasa con la familia que tienen ,¡muy entretenido!
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Leí capítulos sueltos pero ahora los estoy leyendo en orden. Muy entretenido, me ha encantado!!!
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Empecé a leer estos relatos hace unas semanas y estoy encantada. Me hacen pasar unos ratos muy agradables y entretenidos y además me siento muy orgullosa porque los protagonistas son de mi familia. Espero que haya muchos más.
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